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recuerdos imperfectos
Enviado por rober en Dom, 23/10/2011 – 17:52
nuestra naturaleza como seres sociales tiene un gran efecto sobre el funcionamiento de nuestra memoria. Las personas somos grandes contadores de historias, nuestra vida es recordada en formato de historia y es narrada como tal. Este formato nos permite evitar esos vacíos de información que tanto nos molestan y al mismo tiempo le dan continuidad y coherencia a esas realidades individuales que conforman nuestras vidas.

La realidad objetiva, es decir, los hechos tal y como son, es una realidad sin importancia ya que nuestra memoria le da la forma que más le conviene y la convierte en aquello que necesita para que tenga el sentido que la persona precisa. Como dice José Bergamín: “soy subjetivo, ya que soy sujeto. Si fuese objetivo, entonces sería un objeto”.

La realidad objetiva es una anécdota frente a la realidad subjetiva. Esta última es la que conforma nuestros recuerdos y define el signo de nuestras experiencias. Pero hay algo que matiza y transforma la realidad subjetiva, se trata de nuestra naturaleza social. La necesidad de vivir en comunidad y sentir que se forma parte de la misma, hace que nuestra memoria sea lo suficientemente flexible como para crear el paisaje que nuestro entorno necesita, aunque éste sea falso. Vivir en sociedad es un hecho complejo, pertenecer a un grupo requiere de una labor de comprensión y flexibilidad realmente complicada que de no existir convertiría al ser humano en un ermitaño incapaz de convivir con sus semejantes. Nuestra necesidad de vivir en la manada, ha hecho que nuestra memoria haya evolucionado hasta convertirse en una herramienta que permite y facilita nuestra supervivencia en la sociedad.

Imagínate que vas en tu coche por un lugar que no conoces. Es mediodía y necesitas encontrar un lugar donde comer. En la carretera encuentras dos restaurantes, uno enfrente del otro. El parking de uno de ellos está lleno, mientras que en el de enfrente sólo hay un par de coches, ¿en cuál pararías a comer?. Creo que la respuesta es bastante evidente. Solemos asumir que algo es bueno o malo en función del comportamiento de los demás. Algo similar sucede con nuestra memoria, cuando pensamos de manera individual observamos los hechos de una forma concreta, pero cuando estos mismos hechos son sometidos al consenso del grupo, es muy probable que nuestra percepción sufra ciertos matices para adaptarse a la idea del colectivo. Puede incluso ocurrir que la idea comunitaria sea errónea o esté muy alejada de lo sucedido realmente, pero independientemente de ello, las personas somos lo suficientemente hábiles como para crear el guión que sustenta ese error y lo hace lógico y evidente.

Esta plasticidad que muestra nuestra memoria ha sido estudiada y analizada a través de resonancias magnéticas del cerebro. Los científicos han detectado las causas neuronales de esa capacidad que poseemos para creer algo que no es correcto y asumirlo como dogma de fe simplemente porque los demás así lo hacen. Básicamente se basa en una activación simultánea del hipocampo y la amígdala. Estas dos áreas de nuestro cerebro son las encargadas, respectivamente, de la memoria a largo plazo y las emociones. Cuando ambas áreas se activan de forma concurrente, el resultado es la creación de recuerdos inexactos que proveen a nuestra memoria del componente social que necesita para crear la trama que le permita formar parte del rebaño.

Muchos de los grandes descubrimientos de la humanidad estuvieron basados en impedir que esta característica de nuestra memoria modificase nuestro comportamiento. Inventores, científicos, artistas, pensadores,… personas que no permitieron que el poder de la masa modificase una realidad que era percibida de manera diferente y cuyo descubrimiento y comprensión les condujo a resultados diferentes. El precio, en muchos casos, los llevó a ser tachados de locos, huraños, personas con escasas habilidades sociales. A cambio obtuvieron el premio de comprobar que su visión de la realidad era la correcta y no la que el grupo trataba de imponer.
Entre el incomprendido y el borrego existe un mundo de seres humanos capaces de compaginar su naturaleza social con la certeza de que un mundo propio existe y cuyo entendimiento permitirá conocer muchas de las cosas que le suceden a uno.
microscopic image of blood

ventanas rotas
Enviado por rober en Dom, 16/10/2011 – 13:01

en 1969, Philp Zimbardo realizó un experimento muy interesante en las, entonces más que nunca, peligrosas calles del Bronx. El experimento consistía en abandonar un coche abierto y sin placas de matrícula. A los pocos minutos la gente comenzó a robar componentes del coche consiguiendo que tras varias horas el coche no tuviese nada de valor en su interior. Tres días después, a pesar de que ya no hubiese nada atractivo que pudiera llamar la atención de los ladrones, la gente seguía causando todo tipo de destrozos al coche hasta conseguir dejarlo totalmente inservible.
El mismo experimento se realizó posteriormente en un lujoso barrio de la localidad californiana de Palo Alto. Pasados unos días desde el abandono del coche, Zimbardo observó que éste no sufría ningún tipo de percance y decidió tomar cartas en el asunto, para ello se armó con un martillo y abolló en diferentes sitios la chapa del coche. Esta fue la medida que realmente despertó la consciencia de los vándalos para que el coche sufriera las mismas fases de degeneración que el abandonado en las calles del Bronx.

Este experimento de Zimbardo fue el germen de la teoría de las ventanas rotas presentado por James Wilson y George Kelling en su libro “Arreglando ventanas rotas: Restaurando el orden y reduciendo el crimen en nuestras comunidades” sobre criminología y sociología urbana. Esta teoría presenta la idea de que si tienes una ventana rota en un edificio y no la cambias, a los pocos días, aparecerán nuevas ventanas rotas y así sucesivamente hasta convertir el edificio en un lugar inhabitable. Esta teoría confirma la importancia de atajar los problemas cuando aún son pequeños y controlables, porque una vez que pasan este punto, solucionarlos es realmente complicado y costoso.
Esta teoría fue puesta en práctica en el Nueva York de los 80, un lugar donde el crimen campaba a sus anchas y convertía a esta ciudad en un lugar muy peligroso. Para abordar este problema de tan difícil solución se apostó por la tolerancia cero en temas tan triviales como los grafitis o el control de acceso al metro. Éstas fueron las claves a la hora de hacer que el índice de criminalidad se redujese drásticamente y la ciudad se convirtiese en lo que hoy es.

La teoría de las ventanas rotas desprende muchas lecturas interesantes. La primera que me viene a la cabeza es la del efecto contagio. El ser humano, como ser social, incluye en su repertorio de comportamientos el que lo convierte en rebaño. Cuando formamos parte de la manada, la responsabilidad de nuestras acciones queda diluida en medio de la masa y es así como el ser humano se convierte en un títere al servicio de la comunidad. El rebaño y sus acciones son las responsables de que algo anecdótico puede convertirse en algo realmente inmenso (en lo bueno y en lo malo).
Otra lectura de esta teoría tiene que ver con la importancia del contexto. Si algo se abandona, poco a poco, el entorno lo degrada hasta el punto de hacerlo totalmente inservible. Los criminales, como dice Malcolm Gladwell, son personas especialmente sensibles a este tipo de señales que se producen en el entorno y que les inducen a delinquir. Esta apreciación no sólo es aplicable a los criminales, también a los vándalos, pesimistas, vagos, maleducados, maltratadores,… Las personas prestamos atención a aquello que más nos interesa, por ello es importante cuidar los sistemas que nos rodean, porque si los descuidamos, siempre habrá alguien dispuesto a aprovechar ese hueco para convertirlo en un pozo sin fondo.

El día que descubrí la teoría de las ventanas rotas comprendí muchas cosas, por ejemplo, la crisis financiera que estamos padeciendo. Esta crisis es fruto, entre otras muchas cosas, de pasar por alto señales que indicaban que debíamos tener cuidado pero que fueron minimizadas y consideradas anécdotas convirtiendo al sistema en un lugar donde todo valía. Lo mismo ocurre con el comportamiento de un niño, si un día permites algo que no se debe consentir, ese mensaje es complicado de revertir en el futuro cuando lo permitido un día se convierte en un hábito. ¿Y qué me dices de lo que ocurre cuando a alguien le ofreces una mano y te coge el brazo?, en situaciones de este tipo, si no le pones freno a tiempo, sabes que en el futuro te depara algo que seguramente acabará en una situación incómoda. Los lugares de trabajo son sistemas donde la teoría de las ventanas rotas también tiene una importancia brutal ya que son la clave para determinar el tipo de cultura que vive la empresa, por ejemplo, si das cobijo al vago sabes que dejas abierta la puerta a la cultura del mínimo esfuerzo y el escaqueo.

No …