quién manda aquí

¿quién manda aquí?
Enviado por rober en Lun, 18/07/2011 – 20:26
nuestras decisiones ejercen un poderoso efecto sobre nuestra manera de actuar. Cuando tomamos una decisión hay algo en nuestro interior que nos empuja a asumirla como correcta y adecuada y si para ello es necesario justificar lo injustificable, se justifica. Somos rehenes de nuestras decisiones, al igual que lo somos de las modas. Nuestra forma de consumir es altamente influenciable por el efecto que ejerce sobre nosotros lo que hagan los demás. Así surgen los grandes éxitos, los clubs de fans, los best sellers, el turismo, la moda,… Lo que hace “la manada” influye sobremanera en nuestros hábitos. Comportarnos como un rebaño es algo que nos define como personas y que nos asemeja a esos bancos de peces o grupos de aves que se mueven de forma sincronizada sin que haya nada evidente que determine dicho comportamiento.

Con nuestras decisiones ocurre algo similar al “efecto rebaño”. ¿Si nos fiamos de lo que hacen los demás, cómo no vamos a fiarnos de lo que hace alguien tan importante para nosotros como uno mismo?. Somos presa de lo que un día hicimos. Fiarnos de nuestras decisiones tiene una operativa similar a la de las modas, solo que en este caso quien determina qué hacer es lo que ya hemos hecho en otras situaciones similares.
Nuestra memoria tiene una gran facilidad para recordar las decisiones que toma, pero esta facilidad no se aplica a la hora de recordar nuestras emociones. Éstas son pasajeras y efímeras pero determinan, y mucho, nuestras decisiones. Cuando uno está contento sus decisiones se ven influenciadas por esta emoción positiva, lo mismo ocurre cuando uno está cabreado. En un atasco de tráfico la frustración de la pérdida de tiempo puede llevar a que cometamos cualquier tipo de infracción. Eso puede acarrear una multa o un accidente de tráfico. Con la distancia que el tiempo otorga recordaremos la multa o el arañazo del coche, pero no seremos capaces de identificar la emoción que nos impulsó.

Cuando una emoción hace su aparición en nuestro cerebro, ésta lleva a nuestro cuerpo a decidir qué tipo de actuación es la más adecuada. Estas decisiones son cortoplacistas y hay que tener mucho ojo con ellas porque en un porcentaje muy alto de ocasiones determinan nuestras actuaciones a largo plazo. Esclavos de lo que un día hicimos nuestro cerebro siempre vuelve al recuerdo de la decisión para saber qué hacer en una situación similar. Así surgen muchos de nuestros hábitos que nos convierten en víctimas de nuestro pasado. Todos sabemos lo difícil que resulta cambiar un hábito, y si no que se lo pregunten a un fumador. Alguien que un día comenzó a fumar empujado por una emoción concreta y que con el paso del tiempo desaparece pero deja un hábito que perdura en el tiempo sin que la emoción esté presente cada vez que se repite dicha acción.

Echarse atrás o cambiar algo que dicta la inercia resulta muy complicado porque supone un coste demasiado elevado para nuestra autoestima. Es tanto como reconocer que lo hemos estado haciendo durante tanto tiempo no era lo correcto. Pérdida de tiempo, incoherencia, falta de solidez y criterio, debilidad de carácter,… son demasiados los costes que nuestro cerebro considera para dejar de hacer algo que siempre ha estado en nuestros manuales de actuación. Equivocarse está muy mal visto y cambiar de opinión siempre es considerado como una muestra de fragilidad.

Es poco probable que pensemos en un cambio de decisión como un cambio en el estado de ánimo, como el surgimiento de una emoción que conduce a un resultado diferente. Mientras el resultado de nuestras decisiones tengan el peso de una losa sobre nuestras vidas, sería recomendable pararse a pensar en qué tipo de emoción es la que conduce nuestra toma de decisiones. Sería aconsejable tratar de asumirlas y recordarlas, y es por ello que el sabio consejo de no tomar decisiones influenciado por el calor de una emoción tiene todo el sentido que el sentido común siempre nos muestra. Las emociones, que como bien sabes son instantáneas, tienen un efecto a largo plazo. Subestimarlas es restarle importancia a la propia vida.
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decisiones al peso
Enviado por rober en Sáb, 02/07/2011 – 00:38
¿cuántas de las aplicaciones y opciones de tu móvil utilizas habitualmente?, ¿qué porcentaje de uso le das a las mismas frente a la funcionalidad de realizar las tradicionales llamadas telefónicas?. La respuesta está matizada por el rango de edad, pero estoy seguro de que la gran mayoría tendrá un porcentaje mucho mayor de llamadas frente a mil y una funcionalidades que sirven para todo y para nada.

A sabiendas de estos datos, el mercado de dispositivos móviles cada día ofrece nuevos terminales repletos de cientos de opciones que te permiten simular desde el sonido de cualquier tipo de espada a editar fotografía y video en el mismo dispositivo. ¿Y por qué tenemos esa manía de comprar mucho más de lo que necesitamos?. Cuando vamos a comprar un móvil solemos comparar el mismo con otros modelos y marcas para verificar la calidad de nuestra compra. Todos los dispositivos muestran características objetivas y medibles que permiten hacer cábalas. Esas cábalas son las que nos empujan a seleccionar aquellos productos que tienen características superiores que el resto de opciones al alcance. Casos similares ocurren en la compra de otros productos como los coches, los televisores, los electrodomésticos,… en todos los casos, al final, lo que realmente importa son cuestiones intangibles: la seguridad, el diseño, la usabilidad, la ergonomía, la sencillez,…

El ser humano tiene la manía de hacerse miles de preguntas que le permitan entender lo que le rodea. La respuesta a esas preguntas obliga a buscar una solución que de sentido a lo que perciben nuestros sentidos. Los números y los datos facilitan esta tarea, otorgando un falso sentido de objetividad que ofrece un orden necesario al caos de estímulos que cada día se incorporan a nuestra vidas. Cuando podemos comparar dos tipos de terminales tenemos respuestas a muchas preguntas pero olvidamos que con una alta probabilidad lo que no se ve determinará una parte fundamental de nuestra experiencia.

Con las personas ocurre igual que con los móviles. Diseñamos mil y una fórmulas que nos permitan medir la inteligencia, las competencias o las habilidades. En base al resultado de esas fórmulas emitimos juicios de valor que vendrán determinados por un número. Esta información ayuda a que la balanza se decante a favor de uno de sus lados. ¿Y de esta manera se garantiza la calidad de la decisión tomada?. La lavadora de mi casa hace cosas que no alcanzo a entender y eso me recuerda a esas personas seleccionadas tras el aval de un sinfín de pruebas objetivas pero que a largo plazo no garantizan absolutamente nada más que un CV repleto e “funcionalidades” similares a las de los móviles del principio. ¿Por qué?, porque se ha despreciado la importancia vital de los intangibles a la hora de determinar el éxito o fracaso de la decisión.

Uno de los factores que tiene mayor impacto en el éxito profesional es el autocontrol. Esta característica no es algo sobre lo que se suela indagar en los procesos de selección, pero tal y como muestra la experiencia tiene un impacto enorme en nuestro desarrollo profesional. La mayoría de las pruebas sólo ayudan a medir el peso de un CV. Cuantos más títulos, más masters, más conocimientos, más idiomas,… mejor. Algo parecido a comprar al peso. ¿Y qué pasa con lo realmente importante: la empatía, la honestidad, la perseverancia, la humildad,..?. ¿Es que no vamos a medirlo? ¿o al final nuestras preguntas quedan totalmente resultas como resultado de pruebas que miden lo que podemos comparar de una forma objetiva?. Es muy sencillo hacer una prueba de nivel de idiomas o tests a través de lo cuales determinar el nivel sobre determinados conocimientos. Pero hasta aquí sólo hemos dado respuesta a lo más evidente. En este punto disponemos de datos que nos permiten determinar que si Fulano tiene una puntuación X en las pruebas de acceso mientras que Mengano sólo tiene una puntuación Y.
Ese ansia por responder a preguntas que nos plantea la toma de decisiones nos llevan a buscar lo comparable, algo sobre lo que apoyar nuestras razones y motivos. Pero realmente es lo intangible lo que hace a las personas únicas. Cada uno dispone de unos rasgos difíciles de medir y comparar que influyen sobremanera en el curso de nuestras vidas. Esa es una de las grandezas del ser humano: que es único e irrepetible. Que los números no nos impidan ver la grandeza humana.
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decir y pensar
Enviado por rober en Jue, 16/06/2011 – 21:40
el qué y el cómo se digan las cosas modifica en mucho el resultado de lo dicho, es por ello que el poder de las palabras es infinito. En la década de los treinta del pasado siglo, los lingüistas Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf apuntaron una idea realmente interesante: el lenguaje influye de una manera determinante sobre nuestra forma de pensar. Pero esta idea no estaba avalada por experiencias empíricas que le diesen cuerpo y eso llevó a que durante mucho tiempo se concibiese la universalidad del lenguaje y el pensamiento.

En un interesante artículo de Lera Boroditsky publicado en la revista Investigación y Ciencia, la psicóloga presenta toda una serie de experimentos y evidencias que muestran el verdadero impacto que el lenguaje tiene sobre nuestra forma de pensar y que desmontan esas creencias del pasado sobre la universalidad de lo que decimos y pensamos.

En este artículo se comenta que en la actualidad, en el planeta tierra, se hablan una friolera de 7000 idiomas. Realmente este hecho viene, una vez más, a ilustrar la grandiosa diversidad que define a los seres humanos. 7000 formas de pensar totalmente diferentes simplemente determinadas por el uso de idiomas diferentes. Las reflexiones presentadas por la doctora Boroditsky revelan investigaciones que dan forma a las nociones más básicas de la experiencia humana: espacio, tiempo, causalidad o las relaciones con las demás. Sólo de pensarlo se me pone la piel de gallina…..
En el citado artículo se habla de experiencias vividas con determinadas comunidades del pacífico sur con capacidades de orientación portentosas, donde palabras como derecha o izquierda dejan paso a los puntos cardinales. Esta capacidad de orientación también influye sobremanera en su concepción del tiempo. En diferentes experimentos realizados se les pedía a esta gente que ordenasen series cronológicas de fotografías y se comprobó que el orden de las mismas dependía de la orientación de la persona dentro de la habitación. Para cualquier europeo parlante lo más antiguo siempre va a la izquierda y lo más nuevo a la derecha, mientras que para un árabe esta secuencia se invierte. Es curioso comprobar como estas “leyes universales” evidentes para todos nosotros se desmoronan en función del lenguaje utilizado por la persona.

La descripción de acontecimientos también se ve modificada por la utilización del lenguaje. Dependiendo de qué lengua hablemos nuestra percepción sobre los acontecimientos se puede ver alterada. Los hispanohablantes y japoneses somos unos verdaderos especialistas en la utilización del impersonal “se”: el plato se rompió. Cuando se presentan en nuestras vidas acontecimientos accidentales tendemos a evitar la utilización del sujeto haciendo que nadie sea el responsable de lo sucedido. Por contra, los anglosajones no entienden las frases carentes de sujeto, este tipo de frases son entendidas como evasivas.

Del artículo surge una pregunta que la propia Lera Boroditsky responde: ¿es el lenguaje quien modifica el pensamiento o es el pensamiento quien modifica el lenguaje?. La respuesta es que se trata de un proceso bidireccional, el uno influye en el otro reforzándose y haciéndose más profundo su impacto sobre nuestra memoria y forma de actuar. Es muy conocido ese remedio de que si cambias la forma de decir algo también cambia la forma de concebirlo.

Estos estudios y experimentos reivindican el lugar que el lenguaje se merece en nuestro día a día. Algo que asumimos como cotidiano y carente de valor pero que realmente influye en nuestra forma de ver el mundo. Es tal la habilidad que adquirimos con el lenguaje que éste se convierte en algo inconsciente y es precisamente esta inconsciencia la que nos aleja del poder e importancia del mismo. Las palabras son la forma física de nuestros pensamientos y cuando no las controlamos es muy difícil que podamos dominar nuestro pensamiento convirtiéndonos así en actores secundarios de nuestras vidas, donde el azar determina el resultado.
Poseemos la libertad de la palabra, pero esa libertad nos hace responsables de nuestros pensamientos. Saber ejercerla es algo que nos corresponde y es muy habitual comprobar cómo lo que decimos tiene un impacto enorme en los que nos rodean. Es la forma en la que dejamos ver a los que nos rodean cómo pensamos, si los tratamos con desprecio verán que no nos importan, si utilizamos un lenguaje sensible a sus deseos y expectativas mostraremos un pensamiento totalmente diferente.

El dominio del lenguaje es consecuencia de la maestría de autoescucharse. Pero escuchar nuestras propias palabras es un ejercicio cognitivo con un importante esfuerzo ya que al convertir nuestro lenguaje en algo inconsciente el foco de atención de la escucha está más centrado en otros aspectos menos relacionados con conocer su contenido y significado. Escucharnos nos permite conocer nuestros pensamientos y dicho esto me surge una pregunta ¿cuánto tiempo dedicas cada día a escucharte?.
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manía persecutoria
Enviado por rober en Dom, 05/06/2011 – 20:37

Conspiración es el título de una película protagonizada por Mel Gibson y Julia Roberts. Para los que no la conozcan, se trata de la historia de una taxista que vive obsesionado con la existencia de una serie de confabulaciones cuyo objetivo es controlar el mundo. La cinta muestra de manera muy gráfica la vida atormentada de este personaje, una persona que sufre los desórdenes típicos de quien padece manía persecutoria. Jerry Fletcher, así se llama el personaje en la película, es una caricatura de la peor cara de esta patología, sin embargo, no hay que llegar tan lejos para observar consecuencias a menor escala de los efectos provocados por la sensación de que todo y todos se han puesto de acuerdo para ponernos las cosas difíciles.

Todo el mundo sufre en mayor o menor medida los efectos de la manía persecutoria, pero aquellas personas que de manera recurrente se quejan de un maltrato universal unilateral padecen con mayor fuerza los efectos alucinógenos de este tipo de paranoia, por supuesto mucho más suave que la sufrida por Jerry Fletcher, pero con un resultado idéntico. En ambos casos, sentirse el objetivo a batir del resto del mundo impide disfrutar de una vida equilibrada y satisfactoria.
Las leyes estadísticas otorgan a cada ser humano una cantidad de maltrato similar, por eso, aquellos que afirman que ellos tienen mucho más que el resto invitan a que pensemos en la causa de esta asimetría. Bertrand Russell afirma que la causa está dentro de la propia persona: o bien se imagina afrentas que no existen, o su comportamiento inconsciente resulta un imán para la irritación colectiva.

Russell habla de una actitud totalmente irracional patente en la mayor parte de la población hacia el chismorreo malicioso. Nos resulta complicado resistir la poderosa tentación de no decir cosas malas de aquellos que tenemos más cerca, amigos incluidos (la televisión es buena muestra de ello, así como el consumo público de todo lo que tiene que ver con el cotilleo). Pero lo curioso del tema sucede cuando nos enteramos de que alguien habla mal de nosotros, en ese momento surge la sorpresa y por supuesto la indignación y el posterior enfado (cómo puede decir eso de mí, con todo lo que he hecho por él/ella). Resulta difícil imaginar que los demás piensen mejor de nosotros que nosotros de ellos y eso ocurre porque tenemos la tendencia natural a ver la inmensidad de nuestros logros que siempre hacen sombra a los méritos de los demás. Russell dice que si el ser humano tuviese el poder de leer la mente, el primer efecto sería la ruptura de casi todas las amistades; el segundo efecto sería que como seres sociales no soportaríamos vivir sin el calor de la amistad y por eso tendríamos que vivir asumiendo que nadie es perfecto y que tampoco hay que preocuparse mucho por el hecho de no serlo.

La manía persecutoria tiene su origen en una sobreponderación de nuestros propios méritos. Nuestra autoestima suele ser inflacionaria, nos gusta valorar lo nuestro muy por encima de lo de los demás, precisamente porque nuestra atención tiene el foco puesto en el esfuerzo que supone dicho trabajo, pero esa atención no es dirigida con el mismo nivel de consciencia hacia el trabajo y esfuerzo de los otros, lo que hace que la vara de medir que utilizamos sea totalmente diferente. Resultado: asimetría, sobrevaloración de mis méritos e incapacidad para comprender porqué los otros no lo ven así. Respuesta: porque ellos están haciendo lo mismo que tú.
Cuando sufrimos el “castigo” exterior de la crítica surge en nosotros un mecanismo de defensa natural que consiste en buscar al culpable fuera, no dentro: los celos que tienen de mi grandeza, la envidia que les provoca ver lo bien que hago las cosas,… Esa tendencia egocéntrica hace que suframos los efectos alucinógenos del ataque externo, una vez más causada por nuestra tendencia natural a ver lo nuestro mejor que lo de los demás.
Russell nos provee de 4 máximas que pueden ser muy útiles para contrarrestar los efectos de este mal, un mal que sólo alimenta a un ego insaciable al que no le gusta compartir la comida. Estas máximas son: tus motivos no siempre son tan altruistas como te parecen a ti, no sobreestimes tus propios méritos, no esperes de los demás que se interesen por ti tanto como te interesas tú y no creas que la gente piensa tanto en ti como para tener algún interés especial en perseguirte.
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