mi abuelo

mi abuelo
Enviado por rober en Vie, 03/12/2010 – 21:57
el pasado día 1 de diciembre se fue de mi vida uno de los grandes: mi abuelo. Un hombre de un sabiduría tan espectacular que era capaz de decirlo todo con los ojos. De él aprendí las cosas grandes de la vida, aquellas en las que reside la verdadera esencia. Pequeñas cosas que hacen la vida grande, muy grande. Él me enseñó que este mundo es algo realmente maravilloso y me demostró que vivir la vida es algo que merece mucho la pena. Él sabía bien de qué iba el tema este de vivir. Sabía reconocer los mensajes, era capaz de ver donde muy pocos veían. Su humildad le otorgaba el derecho de disfrutar del amor de todos los que le rodeábamos, un amor conseguido en base al esfuerzo, el trabajo duro y sobre todo a su máxima absoluta: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Nunca llego a verbalizarla, pero cada uno de los días de su vida fue un ejemplo de estos principios.

Me enseñó que el trabajo es un regalo y que trabajar es una virtud. También me enseñó que dar es más bonito que recibir, y así vivía su vida, visitador a domicilio cada domingo. No perdonaba, él y su inseparable bici, allá iban los dos a regalar su tiempo a los que quería. Y los que quería eran todos. Respetaba a las personas por encima de todo, nunca lo oí criticar o hablar mal de alguien. Vivió de manera ejemplar. Era tan rico que no necesitaba dinero, el que tenía lo regalaba, y cuando no tenía te regalaba su amistad. El poseía el mayor de los tesoros: así mismo.

Su vida fue algo revelador para mi. Sus 93 le demostraron a mis 35 que las cosas básicas de la vida son las que nos dan el 80% de nuestro equilibrio personal. Pasó hambre, frío, sufrió guerras, vio morir a familiares y a amigos a causa de las enfermedades de la pobreza y a pesar de todo ello su vida ha sido un camino digno de inmortalizar. Él sabía porque estaba en este mundo y cual era su misión. Sabía a dónde pertenecía y eso le daba fuerza.

Tengo la sensación de que no se ha ido, se ha ido su presencia, pero me ha regalado un mundo de sueños cada vez que cierro los ojos. Me hizo vivir el principio de las cosas; una naturaleza prodigiosa que nos provee de todo lo que necesitamos; me mostró el milagro de nacer … y de morir. Su vida en el campo me acercó a la tierra, a esa pachamama de la que hablan los incas. Me mostró como todo surge de debajo de nuestros pies y eso me ubicó en el universo. Pieza de un puzzle gigante en el que es muy importante saber cuál es tu posición para mantener la armonía.

Ahora me toca a mí leer su vida y tratar de parecerme, aunque sólo sea un poquito, a él. Si esto sucede, estoy seguro de que seré mejor persona. Soñó y construyó un mundo del que no nos iría mal copiar muchas cosas. Hoy vivir parece una tarea complicada, llena de problemas y estrés, pero él me demostró que el reloj de la vida lo maneja cada uno. El tiempo pasa al ritmo que tu marcas. Y así hizo, 5 minutos antes de hacerse inmortal se despidió de todos, nos dijo los que nos quería y se fue al lugar al que pertenece: el cielo.
Abuelo, espero que desde allí arriba puedas ver lo grande que eres y el vacío que has dejado.

De nuestro último día juntos me quedo con la lección magistral de un auténtico maestro del arte de vivir. Escuchar a la gente hablar de mi abuelo me enseñó que esas serían el tipo de historias que me gustaría escuchar de mi cuando ya no esté.

Gracias por todo abuelo. Te quiero.
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la trampa de la experiencia
Enviado por rober en Dom, 28/11/2010 – 18:53

en los años 40 el psicólogo holandés Adrian de Groot realizó un importante estudio sobre los jugadores profesionales de ajedrez. A de Groot le fascinaba el ajedrez pero le frustraba no ser un auténtico maestro en el tema, por ello llevó a cabo una serie de estudios y experimentos que perseguían el objetivo de entender porqué los buenos jugadores eran tan buenos. En un primer experimento dispuso un tablero de ajedrez con 20 fichas colocadas para simular un partida cualquiera. Dicha foto era mostrada a jugadores amateurs y a jugadores profesionales a los que se le pedía que en un corto periodo de tiempo memorizasen la disposición de las fichas sobre el tablero. El resultado mostró que a los jugadores profesionales les resultaba mucho más sencillo recrear la posición de las piezas, de lo cual de Groot concluyó que su maestría se basaba en una mayor memoria fotográfica.
En un segundo experimento hizo algo parecido, pero esta vez las torres, alfiles, caballos y resto de la prole eran dispuestos en el tablero de una manera aleatoria. Ya no se recreaba un partida, simplemente se colocaban al azar. El objetivo era el mismo: memorizar la posición de las piezas en el tablero. Pero esta vez de Groot se encontró que los jugadores profesionales no tenían un mejor resultado que los amateurs. En este caso, su memoria fotográfica no parecía determinante.
El resultado de ambos experimentos ayudó a comprender dónde residía la maestría de los ajedrecistas profesionales, cuando se simula una jugada, los profesionales asocian la disposición de las fichas con jugadas ya conocidas por ellos, y en este terreno, los profesionales manejan un mayor número de registros que los jugadores amateurs. Pero la cosa cambia cuando la disposición de fichas no responde a ningún patrón conocido. De manera que la memoria fotográfica, que parecía el rasgo que diferenciaba a los buenos jugadores de los no tan buenos, no resultaba el factor determinante. Lo que realmente marcaba la diferencia es lo que se conoce como “fragmentación”. No era una cuestión de memoria, sino de percepción.

Cuando los jugadores profesionales observan el tablero de juego no ven piezas, ven jugadas, y esa es realmente la diferencia. Su experiencia les permite asociar las posiciones de las fichas con determinadas jugadas y por lo tanto con estrategias ad hoc.
Esta fragmentación de la información es una característica básica de la cognición humana. El cerebro sólo es capaz de asumir 7 bits de información en un momento determinado, y la manera de escapar de esta trampa cognitiva es a través de la fragmentación. Los procesos de compresión de la información funcionan de una manera similar. El mp3 permite comprimir música ocultando información que no es relevante para nuestro oído, simplemente nos ofrece aquello que nos permite disfrutar lo que escuchamos.
Nuestro cerebro realiza operaciones de asociación constantes de manera que puede prescindir de información “no relevante”. Simplemente busca aquello que puede identificar y que responde a algún patrón conocido.

Los experimentos de de Groot nos revelan el coste que todo ello supone. Estamos cansados de escuchar que la experiencia es un grado, y realmente lo es. Pero tenemos que ser conscientes de lo que ello supone. A medida que crecemos, realizamos procesos de fragmentación constantes para de esta forma reconocer nuestro entorno de una manera más rápida y automática.
Etiquetamos nuestro entorno, la experiencia le pone nombre a todo, tal y como hacen los jugadores de ajedrez con la distribución de las piezas sobre un tablero. Y realmente estas etiquetas pueden tener un coste demasiado alto en nuestros procesos de desarrollo. Cuando etiquetamos personas, por ejemplo, asumimos que son de determinada manera porque hemos visto que se repiten ciertos patrones que nos llevan a concluir eso. Ese es el leit motif de los motes. ¿Y qué ocurre cuando etiquetamos?, pues lo que ocurre es que dificultamos el derecho que tienen las personas a cambiar. O peor aún, influimos tan poderosamente sobre su percepción que les acabamos haciendo creer que realmente son así.

Tenemos que saber que la fragmentación está muy bien para leer libros o para escuchar música, pero que cuando se trata de los demás, puede que los patrones nos llevan a limitar a las personas, a hacerles vivir una realidad que ni ellos ven. Las ideas preconcebidas son muy peligrosas y realmente suponen un freno para nosotros mismos ya que nos impiden descubrir e investigar, algo fundamental y apasionante. A veces, las cosas no son lo que parecen.
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la envidia
Enviado por rober en Dom, 21/11/2010 – 20:49

uno de los grandes males que sacude nuestra sociedad es la envidia, pero la envidia no siempre fue mala. Este sentimiento no nos lo hemos inventado nosotros. La envidia nos ha acompañado a lo largo de la historia. Durante muchos años fue ésta la que nos ha permitido evolucionar. Querer tener más que el vecino nos empujó para conseguir todo lo que tenemos ahora. Por eso que la envidia tiene un gran valor evolutivo. Este sentimiento se ha ido convirtiendo por derecho propio en un rasgo común de nuestro comportamiento.

¿En qué punto nos encontramos en la escala evolutiva de la envidia?. Durante los últimos siglos la envidia ha pasado de ser un rasgo evolutivo básico para el crecimiento, en un cáncer social que conduce a la destrucción del poder colectivo. Hoy la envidia también es conocida por la aversión a la desigualdad. Somos capaces de sacrificar cualquier tipo de recurso (tiempo, dinero, esfuerzo, compromiso, …) para intentar reducir lo máximo posible el gap que nos separa del nivel de bienestar de otras personas. Cuando no teníamos nada, la envidia era buena porque nos ayudaba a estar mejor. Pero resulta que hoy tenemos más de lo que necesitamos, y en este nuevo contexto, la envidia deja de ayudar y comienza a restar en nuestro nivel de bienestar. Tenemos más que nunca y somos más infelices. La OMS advierte que en el 2020 la depresión será la segunda causa de incapacidad en el mundo. Hemos cambiado las enfermedades de la pobreza por las enfermedades de la riqueza, y quizás uno de los causantes sea esa envidia evolutiva, una envidia que se ha convertido en parte de nuestro subconsciente y cuya inercia nos ha hecho enfermar.

Hemos cambiado las cavernas por nuestras oficinas y lugares de trabajo. Al principio queríamos tener un jabalí más que el del vecino, y ese ímpetu nos dio ventajas a la hora de salir adelante. Pero en los nuevos entornos de trabajo ya no ansiamos cosas que nos hagan estar mejor. Ahora el ansia ha pasado a influir de una manera directa sobre nuestros sentimientos, lo que a su vez ha provocado que nuestro juicio se nuble. Cuando decidimos influenciados por este sentimiento es muy probable que no tomemos la mejor decisión, sino aquella que calme nuestra aversión por la desigualdad.
Las organizaciones son un caldo de cultivo perfecto para que se reproduzcan este tipo de comportamientos: salarios, jerarquías, cargos, responsabilidades, poder, contactos, … todo un repertorio de políticas y prácticas que correlacionan de manera directa con la envidia; cuando éstas crecen, nuestra envidia crece. Sus efectos son popularmente conocidos, y abarcan una inimaginable fuente de creatividad: zancadillas, mentiras, peloteo, deslealtad, … ¿Y cómo se termina con todo ello?. Fácil, solucionando la aversión por la desigualdad. Ya, ¿y cómo se hace eso?. Cada uno debería buscar su fórmula pero yo me atrevo a indicar la dirección.

Vivimos de afuera-adentro. Los que nos rodea nos construye como personas y eso nos convierte en dependientes del refuerzo exterior. Por eso necesitamos una casa más grande que la del vecino, o un coche más rápido que el del compañero, o un salario de vértigo que todos nuestros amigos envidien para así saber que estamos bien pagados. Cuando vivimos de este modo es importante saber que las riendas de nuestra vida las lleva nuestra envidia.
Por contra, cuando construyes de dentro-afuera, el foco cambia totalmente. Ahora ya no vivimos pendientes de lo que digan los demás, ahora es mucho más importante saber qué es lo que nos hace sentir bien, y cuando lo averiguamos buscarlo constantemente. Además, el propio lenguaje popular nos demuestra que hay una envidia, conocida como sana, que nos ayuda y beneficia en ese camino del bienestar propio. Este debe ser el principio, nosotros mismos.

¿Por qué hacemos las cosas?, ¿por lo que nos gusta, o por lo que les parezca a los demás?. La envidia nos ha traído una gran crisis de vocación.
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sentir y pensar
Enviado por rober en Dom, 14/11/2010 – 13:33
el gran Antonio Damasio demostró allá por lo años noventa que para pensar hay que sentir. Cuando alguien es incapaz de sentir, será incapaz de pensar con juicio. Para ello llevó a cabo un experimento (Iowa gambling task) con un grupo de voluntarios a los que se les entregaron 2000$ para apostar a las cartas. Se trataba de 4 barajas diferentes. Los participantes tenían que elegir una carta, por cada carta ganaban algo de dinero, pero en función de la carta que eligieran había cierto riesgo. Las cartas de las barajas A y B otorgaban derecho a un beneficio de 100$, pero a su vez llevaban un riesgo asociado de 1.250$. Las cartas C y D reportaban un beneficio de 50$ y un riesgo de 250$. Las cartas de las diferentes barajas se mezclaban aleatoriamente unas con otras, pero los investigadores amañaron los cortes de las barajas creando cuatro montones con diferentes opciones de riesgo. Dos montones tenían más cartas de tipo A y B de manera que el riesgo era más alto. Y en los otros dos montones predominaban cartas de tipo C y D. Tras los 10 primeros movimientos los participantes intuían cuáles eran los montones que les reportaban un beneficio a largo plazo.

Esta misma prueba se le hizo a personas que sufrían una disfunción orbitofrontal de la corteza, o lo que es lo mismo, personas incapaces de experimentar emoción alguna. El resultado fue totalmente diferente. Las personas que sufrían esa deficiencia no eran capaces de entender que los montones donde había más cartas A y B eran mucho más arriesgados. Ellos sólo veían el beneficio inmediato y no eran capaces de asociarlo con el sentimiento de temor por la pérdida asociada. Al final los pacientes enfermos no eran capaces de encontrar la manera de ganar dinero, mientras que las personas que disfrutaban del placer de sus emociones lo encontraban gracias al miedo que sentían por perder el beneficio acumulado.

Las emociones son la antesala del pensamiento, ellas son quienes guían nuestra consciencia. Si estoy triste ya sé dónde va a estar mi pensamiento, al igual que lo sé cuando estoy contento. Es emocionante que las emociones definan el pensamiento porque ello indica que son un rasgo que nos ha permitido salir adelante en el proceso evolutivo, los sentimientos siempre nos han llevado por el camino correcto ya que nos han permitido escoger el camino que más nos beneficiaba.

El pasado siglo fue tiempo de hemisferios izquierdos. Un mundo dirigido y guiado por el número, la lógica y la razón. Todo sucedía por algo, todo tenía una causa. Ese paisaje era lo suficientemente determinista como para poder calcular el resultado. Fueron tiempos en los que sufríamos una disfunción orbitofrontal de la corteza, fueron tiempos de pensar sin sentir. Calculamos y calculamos y nos olvidamos de calcular cómo nos sentíamos. Se construyeron empresas e instituciones perfectamente habilitadas para la razón pero no para el corazón.

Pero el nuevo siglo viene pidiendo algo más. Requiere más emoción en la acción. Esas viejas estructuras donde la emoción está mal vista ya no son eficientes en términos del nuevo siglo. El nuevo siglo reclama un mayor beneficio emocional, lo cual no significa que se desprecie el beneficio económico. Ambos deben ser proporcionales.

Damasio y sus colegas abrieron las puertas a una nueva forma de pensar, bueno, no tan nueva, ya que nuestros ancestros ya la utilizaban, lo que ocurre es que nosotros la hemos ido perdiendo a medida que nuestras vidas se han ido haciendo más cómodas. Este nuevo entorno de confort nos ha alejado de nuestra capacidad para sentir. Ahora no sentimos hambre, ni frío, podemos elegir la cantidad de miedo que nuestro cuerpo necesita, nuestras necesidades más importantes están cubiertas. Hemos viajado de la sabana a los salones de nuestras casas y por el camino nos hemos ido olvidando de lo importante que es sentir.

Pensar con la razón, con la cabeza fría, alejándose del corazón pudo responder a la necesidad de un tiempo; pero los tiempos que nos quedan por vivir exigen algo más, algo que teníamos y que hemos perdido. Cuando volvamos a sentir iremos recobrando lentamente el sentido común, porque “sentir” + “pensar” es = “vivir.”

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bilingüismo artificial
Enviado por rober en Dom, 07/11/2010 – 19:09
la semana pasada viví uno de esos casos en los que lo mejor es tener la boca cerrada. Volaba de Madrid a Coruña y en el aeropuerto coruñés, como es bastante habitual en estas fechas, una niebla muy densa dificultaba el aterrizaje. Durante la maniobra de aproximación, el comandante hizo uso de la megafonía del avión para informar al pasaje de dicha eventualidad. Sus palabras fueron: “Debido a la dificultad de visión vamos a realizar una maniobra de aproximación de tipo 2-3. Rogamos a los pasajeros la importancia de mantener apagados todos los dispositivos electrónicos para evitar cualquier tipo de problema”. Lo que hasta el momento había sido un vuelo tranquilo, se transformó en un murmullo e inquietud que se expandió por el avión a la velocidad del sonido. Las palabras del comandante, en vez de informar y tranquilizar a los pasajeros, consiguieron que todos nos comenzáramos a hacer preguntas que hasta entonces ni nos habíamos imaginado.

En aquel momento me pregunté cómo le hubiera explicado aquel hombre a un amigo suyo lo que estaba sucediendo. ¿Realmente le hubiera hablado de la famosa maniobra de aproximación 2-3, o le hubiera dicho que había mucha niebla y que a lo mejor el avión se movería algo pero que eso era normal?. Lejos de ser una simple anécdota, este tipo de situaciones resultan muy habituales en las relaciones que una gran mayoría de empresas mantienen con clientes, e incluso empleados. Se trata del bilingüismo. Un mismo idioma con significados tan opuestos que parecen diferentes. Uno de ellos es el que solemos utilizar con las personas de nuestro entorno: amigos, pareja, familia. El otro es una lengua extraña que se escribe y pronuncia igual pero que sólo utilizamos con clientes, jefes, empleados, … Por ejemplo: cuando haces algo mal pides perdón, las empresas lamentan los posibles inconvenientes que te hayan podido ocasionar. En ambos casos se quiere expresar lo mismo pero el resultado es totalmente diferente. En el primer caso sientes la necesidad de perdonar, en el segundo la de protestar y reclamar. ¿Y cómo diciendo lo mismo se produce un resultado tan antagónico?. La clave está en la intención. Estoy seguro de que el comandante de mi vuelo cuando habló de la maniobra de aproximación 2-3 intentaba transmitir una imagen de profesionalidad y seriedad. ¿Pero realmente hay algo de profesional y serio en conseguir que los pasajeros del avión se preocupasen por algo por lo que no había que preocuparse?

La intención es el instrumento que convierte un lenguaje en otro, y viceversa. En uno de ellos habla el corazón, en otro los estereotipos. Cuando habla el corazón, el lenguaje está cargado de sentimiento y emoción y las palabras construyen un mapa que indica el camino. Cuando hablan los estereotipos, las palabras se convierten en la tinta que utilizan los calamares para huir de sus depredadores. Lo que era claro deja de serlo y el camino se vuelve confuso. ¿Por qué hacemos esto?, ¿qué tratamos de esconder?. El miedo a parecer, a equivocarse, a defraudar, a …. es uno de los disparadores de ese lenguaje que nos aleja de nuestra verdadera naturaleza y nos impide ser realmente lo que somos: personas. El estereotipo nos convierte en un recurso, en el deseo de otros. El estereotipo nos roba el derecho que todos tenemos a ser humanos.

Me encanta imaginarme un mundo en el que todos hablamos el mismo idioma, el mismo que utilizamos en nuestras casas. Un mundo en el que las empresas nos traten como personas y no como clientes, en el que las políticas corporativas otorgan a sus profesionales el derecho de ser ellos mismos, donde esté prohibido utilizar un idioma en el que no se diga lo que se quiere decir, donde hablar desde el corazón no se considere una muestra de debilidad. Necesitamos empresas más humanas y también necesitamos personas más humanas. Nuestro lenguaje fija los límites de la realidad que todos y cada uno de nosotros conocemos, en nuestras manos está expandirlo.

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los mineros anonimos
Enviado por rober en Dom, 17/10/2010 – 21:51
el 13 de noviembre de 1985 acababa de cumplir 10 años y sucedió algo que jamás he podido olvidar. Ese fatídico día, el volcán Nevado de Ruíz entraba en erupción provocando la avalancha del río Lagunilla que borró del mapa la ciudad de Armero (Colombia). Aquel desastre dejó un saldo de 26.000 muertos, pero mi recuerdo es para sólo uno de ellos. Se trata de Omayra Sánchez, una niña de 13 años que quedó atrapada entre los escombros sin posibilidad de ser liberada. Durante 60 horas los medios de comunicación nos ofrecieron las imágenes de aquella niña a la que la vida se le iba apagando en directo. Finalmente perdió la consciencia y murió víctima de una gangrena gaseosa. Aquellas imágenes quedaron grabadas en mi memoria para siempre.

Esta semana el mundo entero ha vivido en directo la liberación de los ya famosos mineros chilenos. Este hecho ha generado una expectación inusual, similar al de la pequeña Omayra.

Resulta increíble comprobar lo desapercibidos que pasan algunos grandes desastres, sin ir más lejos, este mismo año hemos vivido el terrible terremoto de Haití o las dantescas inundaciones en Pakistán. En ambos casos, el número de muertos arroja cifras escalofriantes que aglutinan miles de “pequeños” dramas familiares y personales, pero éstos no hacen que nuestras emociones reaccionen de la misma manera que los casos con nombre propio, como el de Omayra. En mi caso, no me vienen a la cabeza los cientos de muertos en el genocidio de Ruanda o en el tsunami del sudeste asiático. Una famosa frase de la Madre Teresa de Calcuta resume a la perfección el efecto de las víctimas identificables “si miro a la masa nunca actuaré, si miro al individuo lo haré”.

Paul Slovic, fundador y presidente de Decision Research ha realizado diferentes estudios sobre este hecho. Los experimentos fueron muy sencillos, se le preguntaba a la gente cuánto dinero estaría dispuesta a donar para diferentes causas benéficas. Una de esas causas era salvar a Rokia, un niño desnutrido de Mali. La gente reaccionó con gran generosidad ante las imágenes del cuerpo esquelético de aquel niño con unos enormes ojos marrones vidriosos.
La otra causa benéfica consistía en donar dinero para solucionar el problema del hambre en el continente africano. En este caso se proveía a los participantes de escalofriantes estadísticas sobre los devastadores efectos de la hambruna en el olvidado y maltratado continente africano.
Las donaciones para salvar a Rokia fueron, de media, de 2,5$. En el caso de las donaciones para solucionar el problema del hambre, éstas fueron un 50% inferiores.

El resultado del estudio parece no tener sentido alguno. ¿Qué es más importante, salvar a Rokia o tratar de solucionar la causa de un problema global para todo un continente?. Tal y como concluye Slovic, el problema reside en las frías estadísticas, éstas son incapaces de activar nuestras emociones morales. Nuestra mente no está capacitada para comprender el sufrimiento a una escala tan grande. La caridad humana está fuertemente relacionada con nuestros sentimientos de compasión, nada tiene que ver con el frío raciocinio o cálculos objetivos.

A pesar de ello, hay ciertas personas a las que el efecto de las víctimas identificables les influye menos que a otras. Según nos demuestra James Friedrich, de la Willamette University, esto es debido a que estas personas utilizan un mayor procesamiento analítico, es decir, son más racionales e intentan no guiarse por su intuición y sentimientos. El procesamiento analítico acalla los sentimientos y permite actuar con mayor claridad a nuestro hemisferio izquierdo del cerebro.
De lo visto estos días en Chile me da la sensación de que éste es un buen ejemplo de esta dicotomía. Dos mundos: uno en la superficie y otro a 500 metros bajo tierra.
En la superficie, medio mundo sufría por 33 trabajadores atrapados en condiciones infrahumanas en una mina víctima de unas pobres condiciones laborales. Estas circunstancias, y el hecho de ver a los mineros y sus familias en televisión avivó un sentimiento global de compasión que llevó a no reparar en gastos para liberar a estas personas.
Bajo tierra, estas personas vivían atrapadas lejos de sus familias y sin saber si podrían salir de allí. El contacto con el exterior les hizo albergar esperanzas. La soledad y el aislamiento son difíciles de sobrellevar si eres presa de sentimientos como el miedo o la tristeza. El antídoto: utilizar el hemisferio izquierdo del cerebro para hacer cábalas de cómo podrían ser sus vidas una vez liberados de esa cárcel infernal.

El final ha sido feliz, pero de lo ocurrido deberíamos aprender que detrás de los grandes números se esconden realidades demasiado importantes como para que sean olvidadas. ERE´s, paro, déficit, quiebras, … tienen sepultadas a miles de personas en túneles de difícil salida que están esperando ayuda. ¿Acaso ellos no merecen el mismo esfuerzo?.
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realidad virtual
Enviado por rober en Dom, 10/10/2010 – 21:45
biografías inspiradoras, éxitos profesionales, hazañas deportivas, grandes descubrimientos, historias de amor, … todas tienen algo en común: la fuerza de voluntad y la perseverancia. Puedes escoger la historia del personaje cuyos éxitos te gusten más, léelo y reléelo, te darás cuenta de que en el trasfondo de la historia no se habla de lo listos que son los protagonistas, más bien se habla de trabajo duro y sacrificio, mucho sacrificio. Esto me recuerda el famoso dicho que reza: “el que la sigue la consigue”. La historia ha sido y será de los que lo intentan y trabajan duro por conseguir aquello que quieren. De nada sirve tener habilidades innatas excepcionales si éstas no se trabajan y moldean para perseguir los objetivos deseados. Estoy seguro de que todos tendremos en mente personas con un gran talento natural pero que debido a su falta de constancia y trabajo lo han tirado todo por la borda.

La constancia va de intentar, intentar y volver a intentar, para ello hay que entrenar y trabajar durante largos periodos de tiempo. El proceso exige muchas horas de presencia, pero la ciencia nos está demostrando que esta presencia puede adoptar formas diferentes.
Investigadores del departamento de Neurociencia de la Universidad Northwestern han publicado un estudio en Journal of Neuroscience en el que detallan los pormenores de experimentos que demuestran que la práctica excesiva en cualquier actividad puede ser igual de efectiva que la práctica intercalada con periodos de descanso. Durante estos periodos de descanso, los participantes en el experimento eran expuestos a estímulos pasivos relacionados con la tarea objeto del estudio.
Invertimos gran cantidad de tiempo entrenando para mejorar nuestras capacidades, ya sea para aprender a leer, jugar al tenis o pilotar un avión. En la actualidad asumimos que para mejorar nuestras habilidades tenemos que practicar, pero este estudio nos revela que hay otras vías complementarias para mejorar nuestras capacidades más relacionadas con el pensar que con el hacer. Pero que nadie se piense que ésto exime de practicar, dormir con el libro debajo de la almohada no hará que entendamos lo que contiene.

El psicólogo Stephen Kosslyn ha recibido un gran número de reconocimientos por sus trabajos en el campo de las imágenes mentales, disciplina que estudia cómo nuestra mente reproduce estímulos externos cuando éstos no están presentes. Cuando estamos viendo un objeto hay una parte de nuestro cerebro que está trabajando, cuando cerramos los ojos y nos imaginamos ese mismo objeto, son las mismas partes del cerebro las que funcionan para permitirnos ver en nuestro interior esa misma imagen. Algo similar ocurre cuando soñamos. Hay ocasiones en las que los sueños parecen tan reales que podemos hasta “tocarlos”, nuestra mente es capaz de reproducir sensaciones, emociones, y experiencias sin que nosotros estemos allí.

Los trabajos de Kosslyn y los experimentos del departamento de Neurociencia de la Universidad Northwestern abren un nuevo campo al mundo del aprendizaje.
La dificultad que posee nuestro cerebro para diferenciar la realidad de la ficción nos dota del mejor simulador que nos podamos imaginar. Es precisamente este “defecto de fábrica”, junto con los estímulos necesarios, lo que nos permite practicar sin necesidad de hacer. Visualizar y repasar en nuestra mente la realidad que queremos y buscamos, tal y como hacen muchos deportistas capaces de correr una carrera de 1500 metros antes de que se produzca. Esto les permite ver dónde tienen que mejorar y por tanto saber qué es lo que tienen que practicar. Si sólo entrenasen corriendo podrían llegar a desgastar los músculos que serán vitales en el momento de la verdad. Es preciso utilizar la cabeza y ponerla al servicio del objetivo final, simulando y viviendo una realidad virtual.
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acción por omisión
Enviado por rober en Sáb, 02/10/2010 – 12:11
cada día mueren cientos de miles de personas en nuestro planeta por carecer de los aspectos más básicos para la vida. Siempre tenemos la sensación de que con muy poco se podrían cambiar muchas cosas, pero se queda solamente en eso, una mera sensación. Nuestros mandos a distancia nos permiten cambiar de canal para que la vida siga su curso y hacer que esa sensación se desvanezca entre las múltiples banalidades de nuestra vida diaria. Esta omisión de ayuda no nos hace sentir culpables de las miles de vidas que podríamos salvar con nuestras acciones, simplemente con pensar “… y yo que voy a hacer” nuestra mente pasa página.

Este mismo patrón se reproduce a nivel más micro con un tema tan polémico como la eutanasia. Consideramos que dejar morir a una persona al suprimirle la ayuda artificial que la mantiene viva es muy diferente a suministrarle una sobredosis de cualquier medicamento para evitar el sufrimiento.

Para el ser humano, la omisión está mejor valorada que la acción. Se trata de una regla empírica que nuestra mente lleva impresa a fuego, o lo que el psicobiólogo de la Universidad de Harvard, Marc Hauser, llamaría un principio de la moral universal. Este profesor de Harvard afirma que la moral no sólo es fruto del uso y costumbres del entorno en el que estamos inmersos, hay una serie de principios morales comunes a todos los seres humanos que al parecer son innatos. El profesor Hauser afirma que estos principios han sido una estrategia a través de la cual el ser humano ha podido abrirse paso en la difícil carrera de la evolución.

Hauser justifica que nos sentimos más cómodos en la omisión porque nos es mucho más sencillo ver las intenciones de las acciones que de las omisiones.
La omisión, o falta de actividad, es perfectamente justificable, cualquier excusa bien argumentada le puede dar sentido a nuestros no-actos. Moralmente, la omisión actúa como un anestesiante para nuestra consciencia, permitiendo que podamos seguir actuando sin remordimientos a pesar de que en nuestro entorno reine el caos.
Por el contrario, la acción lleva implícita la intención y ésta es difícil de excusar o esconder. La acción es la antesala de los remordimientos, de los sentimientos y las emociones. Cuando actúo siento, cuando omito me escondo.

Estamos programados para sobrevivir y somos especialistas en el ahorro de recursos emocionales. Es por ello que la omisión siempre ha sido un camino fácil de transitar para evolucionar. Pero la omisión nos puede hacer caer en la desgracia de vivir por vivir, de vivir sin sentir o de no arriesgar por no sufrir. El mundo es de los valientes, de los locos que se atreven a hacer cosas aún a riesgo de salir mal parados. Esas son las personas que son protagonistas de sus vidas. Pero hay algo peor todavía que no actuar, se trata de estar detrás de la barrera criticando a lo que se parten el pecho por hacer lo que creen en cada momento.

Es peligroso dejarse atrapar por las garras de nuestra inconsciencia escuchando únicamente los cantos de sirena de la omisión. Sin duda es el camino más fácil, pero el talento, la vocación o la pasión se construyen desde la acción. Éste es un camino lleno de errores, fallos, momento duros, … que son parte del camino y que no tienen más excusa que la de evolucionar.
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somos unos cotillas
Enviado por rober en Lun, 27/09/2010 – 23:03
el ser humano es cotilla por naturaleza. No hay más que encender la televisión o ir al quiosco para darse cuenta de la gran cantidad de información que genera el “mundo rosa”. Una oferta que atiende a una demanda que realimenta esa oferta y así continuamente llenando nuestras parrillas televisivas de vidas de famosos, frikis y personajillos autoproclamados personajes públicos. ¿Por qué se consume tanto cotilleo?, ¿por qué disfrutamos tanto sabiendo los pormenores de vidas ajenas?.

Sería pretencioso por mi parte tratar de responder a estas preguntas, pero sí que es cierto que la atención del ser humano se comporta de tal manera que nos hace ávidos de historias incompletas. En un artículo publicado en Psychological Science se analiza por qué es más duro no prestar atención a una conversación telefónica que a una conversación convencional entre dos personas. La diferencia entre ambas radica en la cantidad de información de la que disponemos; en la conversación tradicional tenemos todos los datos, mientras que en la conversación telefónica sólo disponemos de la mitad. Es precisamente esa asimetría la que provoca que nuestra atención dirija su foco hacia el gap informativo, despertando nuestra curiosidad. El objetivo es tratar de completar esa conversación telefónica, de construir un patrón que nos permita entender el total del contexto, de encontrar el orden que tanto necesitamos.
Éste documento quizás sea una de las razones que nos ayude a entender ese gusto del ser humano por consumir y opinar sobre la vida de los demás. Al carecer de la información suficiente sobre la misma, nuestra curiosidad comienza a tejer complicados itinerarios en búsqueda del porqué.

Visto lo visto, el origen del cotilleo y del ruido responde al vacío. Cuando no tenemos información la creamos nosotros mismos para hacer que todo tenga sentido… desde nuestro punto de vista, por supuesto. Ocurre que hay tantos puntos de vista como personas, lo que hace que el proceso de completar ese gap se pueda convertir en una lucha de teorías ridículas fruto de maquinaciones de cada quien.

El daño que provocan los cotilleos puede ser muy perjudicial, no sólo para las personas, también para las organizaciones. Las empresas no están libres de este “cáncer”. Ruido que se incorpora a los canales de comunicación fruto de silencios, de oscurantismo y de un secretismo contraproducente. Se podría pensar que no informar sobre determinados temas es prudente, no voy a entrar a valorarlo, pero según describió George Loewenstein con su teoría de la curiosidad, nuestro sistema de procesamiento de información tiene mucho que ver con dónde dirige nuestra mente la atención. Si hay vacío, nuestra mente busca completarlo. Si no hay vacío, dedica sus recursos a otras cuestiones.
Si en el trabajo nos dedicamos a fomentar entornos poco transparentes, es probable que la atención se centre en tratar de dar luz a esa oscuridad. En el contexto contrario, la gente se dedica a hacer lo que tiene que hacer.
Mientras se fomente el oscurantismo tendremos cotilleo, y mientras tengamos cotilleo estaremos tirando una gran cantidad de recursos a la basura. Pero ojo!!!, como dice la canción: “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir…”
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blog de rober 2 comentarios añadir nuevo comentario
atento!!! … pero no tanto
Enviado por rober en Sáb, 18/09/2010 – 10:11
siempre admiré a esas personas capaces de sentarse en una sala llena de gente y estudiar, o personas capaces de leer en el metro ajenas a todo lo que les rodea. La capacidad para concentrarse es una cualidad que permite conducir nuestra atención hacia un punto fijo en el horizonte. En el otro extremo tenemos a las personas que se entretienen con cualquier cosa. A este tipo de personas les cuesta fijar el foco, algo similar a lo que ocurre cuando navegas por internet, que empiezas leyendo A y cuando te das cuenta estás en Z.

Si tuvieras que escoger entre estos dos rasgos, ¿con cuál te quedarías?. Mi intuición me lleva a pensar que la capacidad para concentrarse ganaría por goleada. Pero imagínate que la pregunta es otra: ¿qué prefieres, poseer la capacidad de concentrarte o la de innovar?. A esta pregunta la respuesta ya no es tan evidente, y estoy convencido de que la capacidad para concentrarse perdería muchos enteros.

Un grupo de neurocientíficos de Harvard y de la Universidad de Toronto han realizado un estudio sobre las ventajas que poseen aquellas personas a las que les resulta complicado trabajar con un pensamiento único. Para ello diseñaron una serie de cuestionarios a través de los cuales se trataba de medir la inhibición latente (capacidad para abstraerse de estímulos externos). Las personas que practican la inhibición latente son capaces de estar pendientes de una conversación en medio de conversaciones cruzadas, no les molesta el zumbido de una mosca mientras están leyendo o son capaces de conducir ajenos al paisaje exterior e interior del vehículo. La inhibición latente es una componente esencial de la atención, pero lo curioso, es que en este estudio la gente con niveles bajos de inhibición latente puntuó 7 veces por encima en lo relacionado con la capacidad creativa.

Las personas con bajos niveles de inhibición latente se pasan el día luchando para tratar de filtrar la información que reciben del exterior, su incapacidad para concentrarse deja abiertas las puertas a cantidades ingentes de información. Este sobreestímulo sensorial llena sus cabezas de datos, detalles, emociones y sensaciones que combinadas construyen una enorme caja de herramientas al servicio de los procesos creativos. Las personas creativas se caracterizan por ser de mente abierta, algo que tiene un alto nivel de correlación con los niveles bajos de inhibición latente. A las personas con bajos niveles de inhibición les resulta complicado cerrar sus mentes y centrarse en algo concreto. Esto les capacita para gestionar mejor situaciones inesperadas, donde lo evidente no sirve y lo que realmente funciona es el plan B.

Pero ojo, los extremos nunca fueron buenos, y nuestros niveles de atención tampoco son una excepción a esta regla universal. Enfermedades como la esquizofrenia se relacionan con niveles extraordinariamente bajos de inhibición latente. Cuando la cantidad de información que perciben nuestros sentidos es excesiva, lo que ocurre es que nos ahogamos en un mar de posibilidades infinitas, confundiendo lo real con lo ficticio y despreciando lo evidente. Los investigadores de la Universidad de Toronto apuntan que los bajos niveles de inhibición latente sólo conducen a la creatividad cuando están emparejados con la capacidad de analizar y filtrar nuestro exceso de pensamientos, esa capacidad que nos permite ver la luz en medio de la niebla.

Entre el creativo loco y el racional recalcitrante hay un punto intermedio. Un lugar donde las ideas, las alternativas y la atención conviven con total normalidad. Un mundo donde las mentes se abren cuando las circunstancias lo requieren, y que es capaz de cerrar sus compuertas sensoriales cuando la borrachera produce efectos alucinógenos.