manía persecutoria

manía persecutoria
Enviado por rober en Dom, 05/06/2011 – 20:37

Conspiración es el título de una película protagonizada por Mel Gibson y Julia Roberts. Para los que no la conozcan, se trata de la historia de una taxista que vive obsesionado con la existencia de una serie de confabulaciones cuyo objetivo es controlar el mundo. La cinta muestra de manera muy gráfica la vida atormentada de este personaje, una persona que sufre los desórdenes típicos de quien padece manía persecutoria. Jerry Fletcher, así se llama el personaje en la película, es una caricatura de la peor cara de esta patología, sin embargo, no hay que llegar tan lejos para observar consecuencias a menor escala de los efectos provocados por la sensación de que todo y todos se han puesto de acuerdo para ponernos las cosas difíciles.

Todo el mundo sufre en mayor o menor medida los efectos de la manía persecutoria, pero aquellas personas que de manera recurrente se quejan de un maltrato universal unilateral padecen con mayor fuerza los efectos alucinógenos de este tipo de paranoia, por supuesto mucho más suave que la sufrida por Jerry Fletcher, pero con un resultado idéntico. En ambos casos, sentirse el objetivo a batir del resto del mundo impide disfrutar de una vida equilibrada y satisfactoria.
Las leyes estadísticas otorgan a cada ser humano una cantidad de maltrato similar, por eso, aquellos que afirman que ellos tienen mucho más que el resto invitan a que pensemos en la causa de esta asimetría. Bertrand Russell afirma que la causa está dentro de la propia persona: o bien se imagina afrentas que no existen, o su comportamiento inconsciente resulta un imán para la irritación colectiva.

Russell habla de una actitud totalmente irracional patente en la mayor parte de la población hacia el chismorreo malicioso. Nos resulta complicado resistir la poderosa tentación de no decir cosas malas de aquellos que tenemos más cerca, amigos incluidos (la televisión es buena muestra de ello, así como el consumo público de todo lo que tiene que ver con el cotilleo). Pero lo curioso del tema sucede cuando nos enteramos de que alguien habla mal de nosotros, en ese momento surge la sorpresa y por supuesto la indignación y el posterior enfado (cómo puede decir eso de mí, con todo lo que he hecho por él/ella). Resulta difícil imaginar que los demás piensen mejor de nosotros que nosotros de ellos y eso ocurre porque tenemos la tendencia natural a ver la inmensidad de nuestros logros que siempre hacen sombra a los méritos de los demás. Russell dice que si el ser humano tuviese el poder de leer la mente, el primer efecto sería la ruptura de casi todas las amistades; el segundo efecto sería que como seres sociales no soportaríamos vivir sin el calor de la amistad y por eso tendríamos que vivir asumiendo que nadie es perfecto y que tampoco hay que preocuparse mucho por el hecho de no serlo.

La manía persecutoria tiene su origen en una sobreponderación de nuestros propios méritos. Nuestra autoestima suele ser inflacionaria, nos gusta valorar lo nuestro muy por encima de lo de los demás, precisamente porque nuestra atención tiene el foco puesto en el esfuerzo que supone dicho trabajo, pero esa atención no es dirigida con el mismo nivel de consciencia hacia el trabajo y esfuerzo de los otros, lo que hace que la vara de medir que utilizamos sea totalmente diferente. Resultado: asimetría, sobrevaloración de mis méritos e incapacidad para comprender porqué los otros no lo ven así. Respuesta: porque ellos están haciendo lo mismo que tú.
Cuando sufrimos el “castigo” exterior de la crítica surge en nosotros un mecanismo de defensa natural que consiste en buscar al culpable fuera, no dentro: los celos que tienen de mi grandeza, la envidia que les provoca ver lo bien que hago las cosas,… Esa tendencia egocéntrica hace que suframos los efectos alucinógenos del ataque externo, una vez más causada por nuestra tendencia natural a ver lo nuestro mejor que lo de los demás.
Russell nos provee de 4 máximas que pueden ser muy útiles para contrarrestar los efectos de este mal, un mal que sólo alimenta a un ego insaciable al que no le gusta compartir la comida. Estas máximas son: tus motivos no siempre son tan altruistas como te parecen a ti, no sobreestimes tus propios méritos, no esperes de los demás que se interesen por ti tanto como te interesas tú y no creas que la gente piensa tanto en ti como para tener algún interés especial en perseguirte.
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la miopía del poder
Enviado por rober en Dom, 29/05/2011 – 21:33
seguramente hayas oído hablar de la erótica del poder. ¿Qué tiene el poder para gustarle tanto a la gente?, ¿qué ven nuestros ojos en él que tanto les llama la atención?. El poder ha sido durante la historia de la humanidad una excusa sobre la que justificar enfrentamientos y batallas, un bien por cuya conquista y disfrute se han sacrificado millones de vidas. Este objeto de deseo ha formado parte de la historia de la humanidad desde sus inicios y aunque han sido muchas las formas que ha adoptado, sus características principales no han variado a pesar de su vejez. Lo que sí ha evolucionado han sido las instituciones y la sociedad sobre la que aplican y quizás sea momento de darle una vuelta al tema.

Una característica importante del poder, y que le resta parte de ese atractivo que tanto nos llama la atención, es que en un porcentaje muy alto de casos aquellas personas que lo ostentan pierden parte de los rasgos y características que lo llevaron hasta él. Son muchos los casos de personajes públicos que llegaron a posiciones de poder gracias a rasgos de personalidad extraordinarios, pero por desgracia también son muchos los casos en que este tipo de personas se han visto traicionadas por rasgos totalmente antagónicos a los que le concedieron su posición de autoridad.
Los psicólogos afirman que uno de los mayores problemas con la autoridad es que provocan la pérdida de interés por los problemas y emociones de otros. Así, las personas que ostentan posiciones de mando tienden a confiar más en estereotipos y generalizaciones a la hora de juzgar a sus semejantes.

El psicólogo Adam Galinsky y algunos colegas han estudiado este fenómeno a través de una serie de experimentos. En uno de ellos se les pedía a los participantes que pensasen en situaciones en su vida en las que hubieran disfrutado de posiciones en las que ejercer su poder y otras en las que sucediese todo lo contrario. Una vez hecho esto, se les pidió que dibujasen una E en su frente. Aquellos que habían reportado mayor número de situaciones en las que habían ostentado la autoridad solían dibujar la E al revés. Galinsky y sus colaboradores concluyeron que esto se debía a lo que llamaron la miopía del poder, una miopía que provoca en quien la sufre una mayor dificultad a la hora de entender e integrar puntos de vista diferentes a los suyos.
En otro estudio realizado en el 2009, el mismo Galinsky observó como el poder convierte a quien lo disfruta en un hipócrita. En este estudio observó a través de múltiples pruebas y encuestas como las personas que ostentaban posiciones de autoridad eran capaces de justificar su faltas, mientras que el rasero por el que medían las actuaciones del resto de la población era totalmente diferente. El argumento principal en sus justificaciones consistía en valorar sus actos como realmente importantes y valiosos, algo que no observaba en los actos de su prójimo.

Si la autoridad nos hace miopes, ¿no será necesario que nos replanteemos a quién y cómo le damos el poder de nuestras empresas e instituciones y en qué condiciones lo hacemos?. Los estudios de Galinsky nos deberían ayudar a replantear nuevos modelos de autoridad. Los beneficios otorgados hasta ahora a las figuras de poder en las organizaciones parecen haber sido contraproducentes, ya que en vez de convertir a sus usufructuarios en mejores personas lo que hacen es todo lo contrario. Cambia el foco del “nosotros” al “yo”. Lo colectivo pasa a un segundo plano convirtiéndose lo individual en el centro de todas las decisiones. Una de las características fundamentales de un buen líder debería ser la empatía y si el poder y autoridad nos apartan de ello nublando nuestra vista, quizás sea preciso buscar nuevos modelos, nuevas formas de otorgar poder a un ser humano, con privilegios justos y razonables, con la obligación pública de predicar con el ejemplo, con la necesidad de rendir cuentas constantemente a la gente a la que presta servicio, garantizando y revisando que no aparezca esa miopía que conduce a la ceguera que convierte a tantos y tantos líderes en auténticos “temerarios”, limitando en el tiempo los periodos de los que se puede disfrutar de este bien tan adictivo, ya que si lo otorgamos de manera ilimitada en el tiempo nos será muy complicado poder acotar sus efectos.
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la irracionalidad en formato resumido
Enviado por rober en Dom, 15/05/2011 – 00:54
lo bueno, si breve, dos veces bueno. Eso reza el dicho y ese es el mejor resumen de lo que se está convirtiendo en una corriente en el ámbito del conocimiento. Twitter, TED o Pecha Kucha son buenos ejemplos de ello. 140 caracteres, 18 minutos o 20 imágenes y 20 segundos por imagen para contar una historia. Comprimir la experiencia y ser capaces de contarla en píldoras que transmitan las conclusiones e ideas más importantes de horas y horas de trabajo. Los días de las lecciones magistrales, de los discursos infinitos comienzan a dejar paso a otros formatos que tienen mucho más que ver con el nuevo mundo en el que vivimos. Rápido, sencillo, al grano, esas son las ideas que están detrás de estos formatos, formatos que buscan encender bombillas, invitar a las personas a que piensen y que sean ellas las encargadas de sacar conclusiones y potenciar su conocimiento.

El pasado 6 de mayo tuve la suerte de ser invitado a participar en el Pecha Kucha Night de Ferrol. Un formato 20×20 que supuso un reto complicado y apasionante en el que dar cuerpo a una historia. El proceso de montaje de esta historia pasó por muchas fases, pero si tuviera que resumirlo hablaría de la dificultad de abreviar, de contar algo en este guión. Pude comprobar lo difícil que resulta sintetizar, ir al grano. Estamos acostumbrados a utilizar un tiempo ilimitado para contar nuestras historias, pero este formato me obligó a someterme a unos límites a los que no estoy acostumbrado y que me permitieron comprobar el poder de la esencia.
Llegar a la historia no fue difícil, desde el primer momento tuve claro lo que quería compartir, sentí la necesidad de hablar en este foro de lo inconsciente que es nuestra consciencia, pensé que hablar de la irracionalidad sería una buena manera de demostrar lo lejos que estamos de controlar el rumbo de nuestras decisiones.

No conozco a nadie que no quiera ser feliz, pero sí que conozco a muchas personas que carecen del control necesario para la consecución de este objetivo. Básicamente la dificultad reside en nuestra habilidad para tomar decisiones. Cada vez que decidimos marcamos el rumbo de nuestra existencia, y lo preocupante es que creemos que cuando lo hacemos, lo hacemos avalados por la razón y la objetividad. Nada más lejos de la realidad. Antes que seres racionales somos seres emocionales y esta evidencia nos hace menos dueños de nuestros actos. Mi presentación versó en tratar de analizar cuatro filtros a través de los cuales comprobar cómo nuestro corazón manda sobre nuestra razón. El cálculo de probabilidades, la necesidad de sentir el control, los análisis causales selectivos y una memoria caracterizada por el olvido selectivo son estos filtros.
Los cuatro nos muestran cómo vivimos la realidad tal y como nos llega, una realidad ajena a nuestro control y determinante a la hora de vivir nuestras vidas. Estos filtros desnudan una voluntad racional que en muchos casos es víctima de impulsos y respuestas automáticas e irracionales que nos hacen menos dueños de nuestros actos.

La solución pasa por conocernos un poco mejor, por practicar un deporte impopular al que llamo conversaciones interiores. Dedicamos poco tiempo a pensar en lo que sentimos, en por qué reaccionamos ante determinados estímulos de maneras concretas y sólo cuando decidimos prestar atención a estos hechos somos capaces de entenderlos y encontrar patrones que nos ayuden a tomar el control de nuestras vidas, un control que nos reportará un mayor bienestar interior y exterior (en ese orden).

Me apetece compartir este video con vosotros porque creo que si somos capaces de encontrar y entender nuestras propias historias podremos controlar un poco mejor nuestras vidas.

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venganza y confianza
Enviado por rober en Sáb, 07/05/2011 – 17:24
imagínate el siguiente experimento: Te emparejan con otra persona a la que no conoces, ambas estáis en habitaciones separadas y nunca os llegaréis a conocer. A cada uno se os dan 10€. Te toca a ti hacer el primer movimiento y para ello debes decidir si le envías ese dinero al otro participante o te lo quedas tú. Si te lo quedas, cada uno de vosotros conservará y se llevará los 10€. Si por el contrario decides dárselo al otro participante la cantidad se multiplica por cuatro y tu compañero de juego pasa a disponer de los 10€ originales más 40€ adicionales, lo que lo deja un saldo total de 50€.

Cuando decides darle el dinero al otro jugador éste debe decidir qué hacer con él, puede quedarse con los 50€ o pasarte la mitad de esa cantidad haciendo que ambos dispongáis ahora de 25€.

La base de este juego es la confianza y el profesor Ernst Fehr comprobó que el ser humano, lejos de lo que concluye la teoría económica, tiende a confiar en los otros, de manera que la mayor parte de la gente está dispuesta a ceder su dinero a desconocidos confiando en que éstos le ayudarán a mejorar su posición en el juego. Pero Fehr y su equipo decidieron ampliar las conclusiones de su experimento y para ello incluyeron una nueva variable realmente interesante. En los casos en los que tu compañero de juego decidía no compartir las ganancias extras conseguidas gracias a tu generosidad, tú podrías usar el dinero de tu bolsillo para castigar esta traición. Así, por cada euro que aportases de tus propios ahorros, a la otra parte se le retiraban 2€ del dinero conseguido. Por 25€ del sudor de tu frente podías lograr que la otra parte perdiese todo su dinero.

Mientras los participantes de este experimento tomaban este tipo de decisiones, sus cerebros eran escaneados a través de una tomografía por emisión de positrones. Estas tomografías permitieron observar la actividad cerebral durante el proceso y a lo largo del mismo se comprobó un importante incremento de actividad cerebral en las áreas asociadas con las experiencias de gratificación. Curioso, cuando castigamos a otros por su traición esto nos produce cierto “gustito”.

Las personas tenemos una tendencia natural a confiar en los que nos rodean, de algún modo establecemos contratos implícitos con nuestros semejantes cuya claúsula más importante es la que hace referencia a la confianza. Quizás, esta es siempre la posición de partida en nuestras interacciones con los demás. Pero las relaciones personales son tan frágiles como el cristal, se rompen con suma facilidad, aunque en el caso de las personas esta ruptura no siempre es tan evidente.
Estos contratos se firman sin ser comentados por ambas partes. Se sobreentienden demasiadas cosas, se da por hecho la buena fe y sobre todo se fija un nivel de expectativas que pocas veces es puesto en común. Cuando las condiciones del contrato son similares a las descritas anteriormente, es relativamente sencillo que una de las partes no satisfaga lo que la otra espera. Cuando este sucede, ese contrato se rompe y da lugar a la aparición de la venganza.

La confianza y la venganza son las dos caras de una misma moneda, una fina e invisible línea divisoria las separa y el paso de una a otra sucede sin que apenas nos demos cuenta. La confianza es la cara amable, la que nos permite mostrar lo mejor de nosotros mismos y nos conduce al mejor resultado. Por contra, la venganza muestra nuestra peor versión, y como demostró Ernst Fehr, la sensación de placer que produce hace que no sea tan evidente identificarla cuando aparece. Cuando esta emoción tan negativa entra en escena no nos importa utilizar tiempo, recursos y esfuerzo extra para poner al otro en su sitio.

La falta de comunicación a la hora de firmar los contratos que definen nuestras relaciones unido a jerarquías de expectativas unilaterales y la sensación de placer que nos produce la venganza componen un cóctel explosivo que conduce a los seres humanos por una pendiente resbaladiza que termina en el peor de los lugares: la soledad.
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sorbos
Enviado por rober en Dom, 01/05/2011 – 21:41
vivimos obsesionados por convertir nuestras vidas en una suma de experiencias positivas, pero esta tarea es más complicada de lo que se podría pensar a priori debido a la gran cantidad de opciones que cada día se suceden delante de nuestros ojos. El escaparate de la vida nos obliga a tomar múltiples decisiones cuyo único objetivo es encontrar la mejor de las alternativas posibles para maximizar nuestras experiencias.

Y ante este festín de alternativas nos hemos visto “obligados” a establecer reglas que nos ayuden a entender cuál de las disyuntivas es la más adecuada para hacer que nuestra vida sea la mejor posible. Como consumidores, uno de estos axiomas es la relación lineal que hemos creado entre precio y calidad: un mayor precio significa mayor calidad y viceversa.
Con esto no quiero dar a entender que una mayor calidad no lleve asociado un mayor precio, pero lo que sí es cierto, es que un precio alto no es sinónimo de una mejor experiencia… que a la postre es lo más importante.

Un producto como el vino nos ayudará a entender cómo funciona la relación entre expectativas y experiencia. Los precios de este bien se mueven en rangos muy amplios y el precio de una botella puede variar mucho en función del producto. Son abundantes los experimentos que se han hecho en este campo para tratar de determinar si los consumidores son capaces de diferenciar en tests ciegos los vinos caros de los baratos. La conclusión siempre es la misma: las personas que desconocen el precio no muestran una mayor satisfacción al probar los caldos más caros.
El truco en estos tests ciegos consistía en eliminar una fuente de información (el precio) que impidiera a la persona convertir algo tan subjetivo como el sabor de un vino en una escala de placer objetivo.
Lo que experimentamos no es lo mismo que sentimos. El valor de la experiencia es el resultado de la interpretación que nuestra mente subjetiva hace de nuestros sentidos, una ecuación en la que entran en juego nuestros recuerdos, nuestros deseos más íntimos y la información de la que dispongamos. La información que nos aportan nuestros sentidos es imprecisa y somos nosotros los que la completamos con aquello que tengamos más a mano.
El filósofo Wilfrid Sellars afirma que no hay forma de separar en nuestras experiencias sensoriales lo que llega a nuestra mente y lo que ésta se encarga de añadir, de manera que cuando los individuos objeto de los experimentos de cata dan un sorbo al vino no están saboreando primero el vino y luego pensando en su precio. El proceso ocurre de manera simultánea, saboreamos todo al mismo tiempo, de tal modo que si pensamos que el vino es barato, éste nos sabrá a vino barato.

Resulta relativamente sencillo engañar a nuestro cerebro en este proceso. Neuroeconomistas de Caltech realizaron un estudio en el que una misma clase de vino era etiquetado con precios diferentes y ofrecido a los participantes (por supuesto, ellos no conocían esta información). La actividad cerebral de estas personas fue monitorizada a través de resonancias magnéticas durante la cata para analizar qué partes del cerebro se activaban durante la misma. De todas las zonas activadas, sólo una mostraba mayor actividad ante el precio del vino que al sabor de éste, se trataba del cortex orbitofrontal. En general, cuando el individuo creía que el vino era más caro, el nivel de excitación de esta parte del cortex prefontral era mayor, llegando incluso a provocar cambios en las preferencias de los sujetos objeto del estudio.
Los experimentos de Caltech muestran la sensación de placer como un producto de nuestra imaginación en el que nuestras expectativas son las responsables de determinar el valor de nuestras experiencias. Conclusión: el placer varía en función de lo que pensamos… o nos hacen pensar.

Lejos de considerar todos estos hallazgos como un fallo de nuestro cerebro, estas conclusiones abren un mundo de posibilidades y opciones en la construcción de experiencias mucho más satisfactorias sin que sea necesario hacer sufrir a nuestros bolsillos. Nuestro cerebro esta capacitado para disfrutar de las cosas sencillas, pero a medida que se van ampliando el número de opciones sobre las que elegir, el precio es un atajo que nos permite hacer asociaciones simples en busca de la maximización del placer. ¿A alguien le cabe alguna duda de que las cosas importantes de la vida no tienen precio?.
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el talento está lento
Enviado por rober en Sáb, 23/04/2011 – 23:44
a principios de los 80, el psicólogo de la Universidad de Minnesota, Paul Sackett, realizó un experimento con cajeras de supermercado en el que medía la velocidad con la que eran capaces de pasar por el escáner un par de docenas de productos. Las primeras conclusiones eran obvias: unas cajeras eran más rápidas que otras.

Estos datos fueron cruzados con el historial de rendimiento de cada un de ellas, un historial en el que se medía como había sido su trabajo durante largos periodos de tiempo. Sackett creyó que puntuaciones altas en el experimento, es decir, personas que habían sido muy rápidas en la tarea de pasar productos por el lector, serían las que mostrasen un mejor desempeño a largo plazo. Pero lo que se encontró fue una correlación muy baja entre ambos factores. Este hecho le llevó a distinguir dos tipos de rendimiento: el “rendimiento máximo” era aquel que se detectaba cuando se cronometraba a las cajeras, éstas, motivadas por el hecho de ser evaluadas, ponían toda su atención en hacerlo lo mejor posible. El otro tipo era el “rendimiento típico”, resultado de muchas horas de trabajo en las que la persona no estaba siendo cronometrada, y por lo tanto carecía de esa motivación adicional.
La diferencia entre ambos tipos de rendimiento residía en que el rendimiento máximo no intervenían rasgos de personalidad, rasgos que sí hacían presencia en el rendimiento típico y cuyo protagonismo modificaba el resultado, a priori evidente.

Los experimentos del profesor Sackett muestran el grave error que cometemos cuando medimos. Somos una sociedad obsesionada por el máximo rendimiento, no por el rendimiento típico. Venimos de un contexto orientado a medir a través de todo tipo de tests: quién es el más listo, quién tiene el mayor coeficiente intelectual, quién memoriza mejor, quién pasa las pruebas de acceso, quién aprueba el examen… muchas pruebas que nos dicen quién es mejor realizando máximos rendimientos. Pero resulta que la vida no termina cuando termina nuestra etapa formativa, ahí es donde empiezan las pruebas que miden el rendimiento típico, que a la postre es él que indica el éxito o fracaso profesional.

En la obsesión por medir el talento nos han podido las prisas. Todas nuestras pruebas encargadas de medir el máximo rendimiento son incompletas por carecer de lo más importante: la capacidad de medir algunos de los factores esenciales para el de éxito en la vida, tales como el autocontrol o la perseverancia. Rasgos de carácter que no son medidos por los tests, y que sin embargo son un factor diferencial para hacer diagnósticos a largo plazo.
Los test de máximo rendimiento, por ejemplo, funcionan muy bien para determinar el éxito en pruebas deportivas. Éstas se caracterizan por buscar en cada persona su máximo potencial en periodos cortos de tiempo. Pero por mucho que nos lo quieran hacer creer, nuestra vida poco tiene que ver con cualquier prueba deportiva. El talento es talento, y el talento está lento. Hay un antídoto que nos ayuda a detectar el talento en su estado más puro, pero éste cotiza a la baja hoy en día ya que consume tiempo, se trata de la observación, una ciencia lenta, que requiere su tiempo y su espacio, una ciencia que no arroja resultados rápidos, pero que nos da el poder de conocer en profundidad la realidad que nos rodea. Este hecho permite que nuestro instinto presente porcentajes de acierto muy superiores al de algunas disciplinas de la ciencia.
Seguro que decidir quién es tu amigo no es una tarea que te tomes a la ligera. Estoy seguro también de que no le pases ningún tipo de test psicológico a tus amigos, y es muy probable que tu porcentaje de error en estos “procesos de selección” haya sido muy bajo.
En aquellos ámbitos de nuestra vida en los que podemos permitirnos el lujo de pararnos a observar es muy probable que nos sea más sencillo asegurar quién es el que posee el talento de…
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tics sociales
Enviado por rober en Dom, 10/04/2011 – 16:25
una de las grandes aportaciones del cine a nuestra sociedad es que hace visibles problemas “invisibles” que pasan totalmente desapercibidos. Este año ha sucedido con el Discurso del Rey y la tartamudez, pero hay cientos de ejemplos que nos acercan a todo tipo de desórdenes que son difíciles de entender hasta que los ves en la pantalla. Recuerdo el día que vi Una Mente Maravillosa, ese día le puse cara a una enfermedad tan terrible como la esquizofrenia, y entendí un poco mejor lo que sienten quienes la padecen. Shutter Island es otro ejemplo que nos introduce en el oscuro y confuso mundo de las alucinaciones. Pero hay una película que me gustó especialmente y que me permitió entender algunos de los desordenes neurológicos causados por el síndrome de Tourette. La película es Mejor Imposible, en la que un Jack Nicholson espectacular nos enseña una maraña de tics y manías que son mostradas de una forma bastante cómica, pero que hacen que la vida del personaje sea bastante complicada.

Esta película me ayudó a conocer las dificultades a las que cada día tienen que hacer frente las personas que sufren este tipo de desórdenes. Pero lo que la película no muestra es la cara positiva de esta enfermedad, una cara amable que abre un mundo de posibilidades para las personas y la sociedad en general.
El síndrome de Tourette es un trastorno de desarrollo caracterizado por una serie involuntaria de tics (verbales y motores). La vida de las personas que sufren este tipo de desórdenes transcurre en una lucha constante por tratar de evitar la cara visible de esta enfermedad: los tics. Esta lucha se traduce en una activación incesante de la zona dorsolateral del cortex prefrontal de nuestro cerebro, una zona asociada al autocontrol y la regulación motora. Su activación incesante es la responsable de que las personas con este tipo de afección tengan un mayor control cognitivo que el resto de la población debido a sus esfuerzos constantes por tratar de controlar palabras, gritos, movimientos espontáneos, insultos,… que escapan a su control.
Investigadores de la Universidad de Nottingham trabajaron sobre este hecho para comprobar la consistencia de dichas conclusiones. Para ello diseñaron un experimento en el que se trataba de inhibir los movimientos oculares automáticos. El resultado del experimento fue que las personas con el síndrome de Tourette cometían menos errores que el resto. Comparando las imágenes por resonancia magnética de su cerebro, observaron que las personas con el síndrome poseían una mayor densidad de conexiones en el cortex prefrontal (recordemos que es donde se regulan nuestros impulsos).

Hace poco escribía sobre el autocontrol en otro post. En éste se hablaba de la voluntad y el autocontrol como recursos cognitivos finitos, que cuando se agotan, dejan expuesta nuestra persona a las respuestas caprichosas de nuestras emociones y sentimientos sin ningún tipo de filtro que matice sus efectos sobre los que nos rodean. El autocontrol y la fuerza de voluntad nos permiten ser mejores seres sociales y nos introduce en contextos en los que ser flexible con nuestro entorno nos reporta mayores beneficios a largo plazo.
En 1999, los psicólogos Mark Muraven, Roy Baumeister y Diana Tice realizaron un estudio en el que le pedían a un grupo de estudiantes que mejorasen su postura en clase durante dos semanas. En vez de sentarse encorvados, algo que hacían de manera inconsciente, tenían que estar atentos y tratar de sentarse derechos. Este grupo de estudiantes mostró un mejor resultado que el de sus compañeros en actividades que requerían capacidades relacionadas con el autocontrol. El porqué de estos resultados reside en que mientras el grupo objeto del estudio entrenaba su autocontrol, el resto lo dejaba libre y presa del momento.
Estos resultados dotan de consistencia las conclusiones de los investigadores de la Universidad de Nottingham. Resulta que el autoncontrol es algo maleable y que podemos trabajar. Los estudios de personas con el síndrome de Tourette demuestran como el entrenamiento constante ayuda a mejorar capacidades como la de un mayor control de nuestros actos. En el caso de las personas con el síndrome de Tourette se trata de tics, pero hay otro tipo de tics que todos tenemos y que trabajamos poco, se trata de los tics sociales, esos comportamientos automáticos que reproducimos una y otra vez ante determinados patrones. Trabajarlos ayuda a que recuperar la propiedad de nuestros actos.
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uyyy!!!
Enviado por rober en Dom, 03/04/2011 – 19:43
de lo intrínseco de la motivación hemos hablado en múltiples ocasiones en este blog. No hay duda de que le verdadera motivación nace dentro de cada uno de nosotros. Se trata de una energía que nosotros fabricamos y cuyos interruptores son la autonomía, la maestría y el propósito. Pero nunca hemos hablado de cuál es el motor que mantiene toda esta maquinaria en marcha. Yo le voy a llamar: uyyy!!!. Se trata de la sensación que genera en nosotros situaciones en las que, casi, conseguimos el objetivo deseado. Cuando nos quedamos a un punto de la gloria. Situaciones que generan cantidades suficientes de dopamina, que inundan nuestro cerebro medio creando en nosotros sensaciones similares a la de la victoria. No hemos ganado, pero casi. Y ese “pero casi” es un uyyy! que anula en nuestro cerebro la sensación de derrota y nos empuja a seguir intentándolo… porque hoy es nuestro día de suerte!. Nuestro circuito de recompensas se ve atraído de una manera intrínseca por la sensación que genera uyyy!

Cuando las cantidades de dopamina generadas en el cerebro están muy por encima del nivel de equilibrio, entonces podemos ver la cara oscura de este proceso en forma de ludopatía. Una enfermedad que impide ver al que la sufre las inmensas probabilidades que tiene el fracaso en su búsqueda incesante del gran triunfo. Los casinos son fábricas de algoritmos diseñados para aprovecharse del motor de la motivación intrínseca. Un motor que se activa cada vez que el uyyy! hace presencia en nuestras vidas.

Nuestros más antiguos ancestros ya eran movidos por esta fuerza empujándoles a cazar más, a buscar un mejor lugar donde vivir, a querer demostrar que su esfuerzo se merecía mucho más. Esta fuerza nos ha traído hasta aquí, un mundo donde tenemos más de lo que podemos tener.
Si te paras a pensar en esta fuente de energía cinética seguro que detectas entre tus múltiples actividades diarias aquellas que despiertan la fuerza que te empuja un poquito más. Esa energía que hace nuestras vidas interesantes al ser la responsable de anunciarnos la presencia de lo que realmente nos gusta. Cuando este motor se enciende hay algo ahí que nos hace sentir bien, una sensación que nos permite disfrutar de la fuerza del progreso. Y en el momento que el progreso hace presencia en nuestras vidas, nuestra fuerza de voluntad se ve enormemente reforzada.

Conocemos los interruptores y sabemos como funciona el motor de la motivación intrínseca, ¿entonces, por qué no los usamos más a menudo?. Esto, lejos de ser un secreto, es una herramienta de trabajo para muchas personas que diseñan estímulos que cada día hacen miles de impactos en nuestra vida. Como todas las fuentes de energía, son limitadas, y cuando su uso se ve activado en múltiples ocasiones, por cada vez más ingeniosas formas de llegar a nosotros, sufrimos el riesgo de que el motor se vicie y no podamos usarlo cuando realmente más lo necesitamos.

La fuerza de “casi casi” es nuestro mayor aliado a la hora de encontrar la forma de poner en marcha nuestro interior. Vigilar cómo funciona y cuándo funciona este motor ayuda a encontrar nuestro mejor yo. Un yo que olvida lo que le rodea para disfrutar realmente de lo que hace, de esa tarea que es inmune a evaluaciones, juicios de valor, plazos, miedo, imposiciones,… Cuando encontramos esa tarea nosotros somos los dueños, los que controlamos lo que pasa, precisamente porque somos los que mejor entendemos lo que hacemos, y además, lo que hacemos nos permite sentir esa conexión entre el resultado de nuestro trabajo y su objetivo. Cuando esto sucede la magia del significado genera el envoltorio de una ecuación perfecta cuyo resultado es una de las mejores versiones de ti mismo.
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¿de dónde vienen los malos humos?
Enviado por rober en Vie, 25/03/2011 – 22:27
¿te suena eso del típico día duro de trabajo en el que llegas a casa de mala leche?. Creo que es algo más común de lo que parece. Esa mala leche surge por algo, y como siempre, los científicos sociales nos ayudan a entender el origen del mal humor. En los años 90, Roy Baumeister y Mark Muraven nos hablaron del “agotamiento del ego”. Nuestro autocontrol y fuerza de voluntad son recursos cognitivos finitos, de manera que su sobreutilización acarrea un agotamiento del ego que lo convierte en cobarde y débil a la hora de afrontar la realidad que le toca. Nuestro día a día hace que vivamos con el piloto automático puesto y eso nos lleva a vivir una vida que a veces no se parece a la que nos gustaría.

En el 2007 se realizó un estudio en esta línea que reforzaba las teorías de Roy Baumeister y Mark Muraven. Se disponía un grupo de hambrientos individuos a los que se le ofrecía un sabroso donuts de chocolate. Los científicos le pedían a los participantes que tratasen de reprimir su ansias por comerse aquel delicioso donuts. Pasado un tiempo, los científicos comenzaron a increpar a los participantes. Comprobaron que aquellos que no habían conseguido refrenar sus ansías tenían respuestas mucho más agresivas a los insultos de los científicos. Esto confirma el típico estado de ánimo de la gente que está a dieta o tratando de dejar el tabaco. La necesidad de autocontrolarse agota su ego dejando que las emociones negativas afloren mostrando su peor cara.

Estos estudios le dan sentido a la necesidad de ser uno mismo en el trabajo, y en la vida en general. Ser uno mismo suena evidente, pero es increíble comprobar como dejamos de serlo para tratar de comportarnos de otra manera. Esto nos conduce al agotamiento de nuestra esencia, y eso puede resultar peligroso.
La velocidad de nuestras vidas nos obliga a vivir a un ritmo en el que malgastamos el autocontrol y la fuerza de voluntad, dos recursos necesarios para mantener nuestra homeostasis interior. Derrochamos estos recursos en situaciones poco necesarias, lo que demuestra que el ser humano es un depredador de los recursos finitos. Cada vez que tenemos a nuestro alcance recursos limitados los consumimos hasta agotarlos. Así sucede con el petróleo, los bosques, los océanos,… y por supuesto, con la fuerza de voluntad y el autocontrol. ¿Por qué lo hacemos?, quizás por esas prisas con las que vivimos. Mucho no es sinónimo de mejor. Elegimos y pensamos como maximizadores, lo que nos aparta del equilibrio. Situaciones mantenidas de este tipo de comportamientos tienen situaciones fatales: divorcios, despidos, quiebras,…

A lo largo de este blog he escrito muchos posts en los que se hace referencia a la vocación. Realmente esta es la clave para evitar que nuestro ego se agote y nos convierte en nuestras peores versiones. Cuando haces algo con lo que disfrutas es raro que tengas que utilizar el autocontrol y la fuerza de voluntad. Estos bienes están a buen recaudo cuando lo que haces no supone esfuerzo alguno para ti, cuando puedes ser tú mismo, cuando puedes expresar tus ideas y pensamientos. En estas situaciones nuestra fuerza de voluntad y nuestro autocontrol disponen de una tarifa plana. No hay consumo y por lo tanto nuestro equilibrio interior nos conduce con mayor facilidad a sentimientos de bienestar.
Merece la pena dedicarle tiempo a pensar: ¿qué es lo que me gusta?, porque cuando encuentras la respuesta dispones de la llave que abre una de las puertas que conduce al bienestar.
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confianza, flujo, autoconocimiento, compromiso, felicidad, vocación, optimismo
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sobremotivación
Enviado por rober en Dom, 13/03/2011 – 21:03

si alguien te dijese que de hoy en una semana tienes que dar un discurso delante de 1000 personas sobre algo que te apasiona, ¿cómo te sentirías?. Estoy seguro de que a la mayoría nos asaltaría el miedo inicial: “¡1000 personas!”. Pero en ese mismo momento nos pondríamos a trabajar en ello para hacerlo lo mejor posible. Practicaríamos una y otra vez el discurso en la intimidad de nuestras habitaciones hasta conseguir el mejor resultado posible. Pero resulta que el día del discurso la presión de las 1000 personas bloquea nuestra voz y hace que el resultado del discurso no sea el mismo que el alcanzado en la habitación de nuestra casa. En este caso, el interés por impresionar a nuestro público es un claro ejemplo de sobremotivación, que en vez de permitirnos dar lo mejor de nosotros mismos, nos conduce a la situación opuesta.

Vivimos tiempos de cambio en el terreno de la retribución. El antiguo modelo, en el que mayores incentivos conducían a mejores resultados, ha dejado paso a un modelo que se mueve en sentido contrario: mayores incentivos provocan peores resultados.
Se ha demostrado en repetidos experimentos que tareas rudimentarios se realizan mucho mejor cuanto mayor es el incentivo que se recibe a cambio. Pero cuando las tareas rudimentarias se sustituyen por tareas que supongan el más mínimo uso de funciones cognitivas, la relación es inversa. Los casos de glosofobia, como el descrito en el ejemplo inicial, muestran como un incentivo excesivo puede bloquear nuestra capacidad para conseguirlo, nos aparta de la tarea y nos acerca al incentivo, esto hace que nuestro nivel de atención sea mucho menor, mermando así nuestra capacidad para hacer lo que antes era mucho más sencillo.

Otra historia curiosa que nos puede ayudar a entender este tema es la del niño tartamudo: se trataba de un niño con dificultades de habla que un día se coló en el autobús con tan mala suerte que el revisor lo pilló durante su travesura. Éste, al dirigirse al niño pidiéndole el billete, provocó que el niño buscara una manera de escapar del castigo que le esperaba, eso le llevó a pensar: “si tartamudeo seguro que le doy pena y me deja viajar gratis”. Con esta idea en mente comenzó a hablar. En ese mismo momento pudo escucharse a si mismo en un discurso fluido, en el que la tartamudez había desaparecido para dejar paso a un chorro de voz constante. A este niño la sobremotivación por tartamudear le costó el billete de autobús. No se trataba de una tarea rudimentaria, consistía en fingir, en actuar delante de aquel revisor para tratar de ablandar su corazón, y fue precisamente esa presión social la que en este caso jugó el papel de sobremotivador alejando al niño de hacer bien lo que tenía que hacer, aunque esto fuese tan cotidiano para él como tartamudear.

Hace ya mucho tiempo que hablamos en este blog del maravilloso descubrimiento que Mihaly Csikszentmihalyi hizo en su día cuando le habló al mundo del “Flow”. Realmente creo que este concepto esconde la solución a muchos de los problemas que tienen que ver con las personas y su situación profesional. El control del binomio: retos/habilidades, es el secreto del camino medio. El que lo encuentra disfruta de sus ventajas y una placentera sensación de bienestar, el que se aparta del camino medio comienza a dar bandazos en búsqueda de un equilibrio que cuanto más se busca, más se aleja.
El caso de la sobremotivación responde a un encarecimiento artificial del reto. Este precio inflacionario deja sin valor a unas habilidades suficientes pero que se han visto relegadas por el excesivo precio de los incentivos.
La búsqueda del equilibrio a la hora de fijar sistemas de incentivos modernos debe tener en cuenta que las tareas cognitivas, cada día más frecuentes en nuestro trabajo, cambian la idea de que cuanto más, mejor. En la nueva ecuación de cálculo existen sentimientos, creencias, expectativas,… que hacen que la búsqueda de una fórmula universal se torne en misión imposible. Cada persona tiene una ecuación distinta. Cuanto mayor sea el grado de personalización del cálculo, mejor será el resultado. Las fórmulas universales buscan una media que molesta, sobre todo, a los que están por encima de ella. Al mismo tiempo, funciona como un sobremotivador para todas las personas que se encuentran por debajo de la media.
La generalidad se agota, cada día tenemos que aproximarnos más a la persona, conocerla y ser conscientes de sus necesidades y expectativas. Cuanto más cerca estemos de este punto, mayor será nuestra capacidad para diseñar un entorno en el que la persona fluya en un proceso constate de automotivación.