la creatividad

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Enviado por rober en Dom, 10/01/2010 – 22:34
lo mejor de la navidad son los niños y su ilusión. Estas navidades he disfrutado como un enano viéndolos comentar lo que le habían traído los Reyes y/o Papa Noel. Mientras observaba y escuchaba sus comentarios me daba cuenta de lo creativos que pueden llegar a ser y los más sorprendente es que esta creatividad no era patrimonio de unos pocos, todos la tienen en uno u otro grado. Esto contrasta con el mundo adulto, donde la creatividad es sólo patrimonio de una minoría muy selecta y cotizada.Quizás ésta sea una de las desventajas de irse haciendo viejo: que poco a poco pierdes esa frescura que te ayuda a hacer cosas de mil maneras diferentes.

Pero estas navidades también tuve la suerte de toparme con un tipo llamado Sir Ken Robinson que me ayudó a entender que esta pérdida de creatividad no tenía nada que ver con la vejez, él lo achacaba más al modelo educativo que tenemos, algo con lo que no puedo estar más de acuerdo.
Antes del siglo XIX no existía ningún tipo de sistema educativo. En ese momento surge la necesidad de educar a la población para hacer frente a una nueva era: la Revolución industrial. Era preciso formar a mano de obra para que ésta pudiera trabajar en las nuevas fábricas.

Por triste que parezca, este sistema educativo poco ha evolucionado desde entonces, los principios que lo regían siguen siendo muy parecidos: la formación de personas para incorporarse a un mercado laboral predecible. Y mientras el sistema educativo apenas ha cambiado, el mercado laboral ha evolucionado a una velocidad de vértigo, y en estos momentos nos encontramos con un modelo educativo obsoleto y que ha fomentado el ahogo uno de los tesoros que actualmente demandan las empresas: la creatividad.

En estos sistemas educativos la jerarquía de conocimiento pasa por muchas matemáticas, lengua o historia y poca música, arte o dibujo. Además este sistema busca minimizar algo tan “horrible” como el error. Esto hace que se fomente el miedo a arriesgarse, siempre moviéndose sobre seguro, respondiendo a lo que se sabe y callando cuando algo no se sabe, anulando así el desarrollo de la capacidad para imaginarse múltiples soluciones.

Si nos preguntasen cómo va a ser este año casi todos coincidiríamos en decir: “quién sabe”. Ese es el mundo en el que nos movemos, el mundo de quién sabe. La incertidumbre desde el siglo XIX hasta nuestros días se ha multiplicado exponencialmente, y sin embargo, seguimos formando mentes para trabajar en entornos seguros, donde sólo se responde a las preguntas evidentes que vienen en el temario, salirse de ahí es todo una aventura al alcance de unos pocos.
La educación es la que nos lleva a ese futuro, y frente a un futuro incierto, nosotros tenemos un sistema educativo totalmente previsible. Hay algo que no encaja y que vaticina tiempos difíciles…

Ante la ausencia de responsabilidad de quienes diseñan el panorama formativo, quizás deban ser las empresas las que asuman el liderazgo en este ámbito y se encarguen de recuperar el tiempo perdido, haciendo que quienes conforman las empresas, las personas, recuperen ese don con el que nacieron y que le “ayudaron” a perder en su proceso de maduración.
Si las personas no recuperan este don, será muy difícil pasar de pantalla en este juego. Con la revolución industrial lo conseguimos, pero creo que no hace falta recordar que ésta ya terminó hace mucho tiempo, y que las nuevas reglas del juego reclaman cosas nuevas, ¿o quizás no tan nuevas? …. al final, la creatividad siempre ha estado ahí, pero nunca se la ha valorado como se merece. Ahora ha llegado su momento, y las empresas serán las primeras en notarlo, quizás por ello deban ser las primeras en reaccionar creando y fomentando nuevas culturas corporativas que apuesten por el trabajo en equipo, donde todas las ideas tengan cabida y sean valoradas, donde el error sea quedarse callado y donde no moverse sea “castigado”.
Al igual que la inteligencia, las empresas deben ser dinámicas, únicas y heterogéneas … y la creatividad es el camino.

que leo

creatividad, recursos humanos, talento, educación
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010110
Enviado por rober en Mar, 29/12/2009 – 20:54
en estas fechas la programación televisiva nos bombardea con resúmenes en imágenes de todo lo ocurrido este año que ahora termina. Desde pequeño esto es algo que siempre me ha gustado porque de un vistazo haces un repaso general del año. Quizás estos resúmenes anuales han influido en mi forma de recapitular cada año que pasa. Hago un repaso mental en imágenes de todo lo que me ha sucedido, repaso la agenda para ver aquellos hechos más reseñables, veo las entradas del blog para ver por donde ha ido mi cabeza y cómo ha evolucionado mi pensamiento.

Ahora que el 2009 se termina, es momento para hacer un resumen y a mi mente vienen tres palabras que podrían definir el 2009, según mi punto de vista: crisis, compromiso y responsabilidad.

Crisis: recuerdo la cantidad de horas que me he tirado en el teléfono charlando con amigos que se han quedado sin empleo. Auténticos dramas personales y familiares que le ponen ojos y cara a una crisis que no sólo existe en los medios de comunicación. Ésta es parte de nuestro paisaje habitual, y a lo mejor por mi trabajo en recursos humanos, es más patente el nuevo pulso que ha adoptado el mercado laboral. La crisis no servirá de nada si no nos preguntamos el por qué. ¿Por qué hemos llegado hasta aquí?, cada uno tendrá una explicación y estoy seguro de que todas serán acertadas y correctas, es más, seguro que todos esos puntos de vista son complementarios. Las reglas del juego están cambiando y ahora ya no está tan claro quién tiene la sartén por el mango, algo que precipita decisiones, resta libertad a la persona y puede ser un hipoteca de futuro para aquellas organizaciones que intenten beneficiarse de esta situación.

Compromiso: Si cuando llegas a casa, tu pareja te abraza, te dice todo lo que te quiere, etc, etc, … y acto seguido te dice que te ha sido fiel el 99,9% de las veces, ¿cómo te sentirías?. Pues así funciona el compromiso, no hay grises, es o blanco o negro, todo lo demás resta confianza, y cuando no hay confianza, es imposible que se produzca el compromiso. Este año nos han robado la confianza, nos han dejado sin ese bien tan preciado que nos ayuda a tener la necesitada esperanza para construir con mayor facilidad el día a día. Se ha gestionado en el corto plazo, con egoísmo, agotando el recurso como si este fuese infinito, jugando con bienes que no sólo pertenecen a los que deciden, endiosando personajes para acabar demostrándonos que todas las miserias humanas se habían apoderado de ellos. Y habiendo sucedido todo esto, se le vuelve a pedir a las personas que confíen … para que esto vuelva a suceder habrá que demostrar durante un largo periodo de tiempo que las cosas han cambiado, que todo esto nos ha servido para aprender. Cuando esto suceda, es probable que aparezca de nuevo el compromiso, y cuando tengamos este preciado bien, construir será mucho más sencillo.

Responsabilidad: este año hemos demostrado que a la hora de poner culpables somos unos verdaderos especialistas. Que si los bancos, que si los gobiernos, los empresarios, los promotores, …. los hay de todos los colores y estilos, sólo depende del punto de vista del “damnificado”. Hemos llegado a criticar incluso al propio sistema, no estoy en contra de este idea, pero nos hemos olvidado que nosotros somos parte de ese sistema. Este sistema lo construimos nosotros: Los pisos que se venden son los que nosotros compramos, los créditos que otorgan los bancos son los que nosotros pedimos, los gobernantes que tenemos son los que hemos elegido, …
Hemos olvidado que esta crisis la hemos construido nosotros mismos, criticar todo lo que nos rodea es reconocer nuestra incapacidad para controlar nuestras propias necesidades. El hedonismo nos ha llevado por una senda muy peligrosa, unido este hecho a que tenemos un sistema “sin límites”, hemos demostrado que somos incapaces de gestionar nuestra propia avaricia.
Es evidente una falta de responsabilidad generalizada. Sin ella es difícil que podamos salir de cualquier bache. Debemos de asumir nuestras responsabilidades, ser valientes para reconocer nuestros errores y sobre todo debemos controlar nuestras ansias por querer tenerlo todo.

Hecho el resumen, es hora de los deseos para 2010:
Como pedir es gratis, mi primer deseo tiene que ver con el tiempo. Me gustaría que nos planteásemos el uso que hacemos de nuestro acelerador vital, y en caso de ser necesario, bajar un poco la velocidad, no por dejar de hacer cosas, sino por hacerlas mejor. Ya que vivimos más años, no nos empeñemos en pisar el acelerador para tener la sensación de que vivimos lo mismo que antes, sería bonito poder disfrutar de esta vida extra que nos ha regalado la ciencia. Empezar a distribuir el tiempo de una manera inteligente, reservando un porcentaje del mismo para regalarnos a nosotros mismos, para conocernos mejor, en definitiva, para querernos.
Mi segundo deseo tiene que ver con las personas. Me gustaría un 2010 un poco más humano, donde las personas dejasen de ser medios para conseguir fines materiales. La persona debe ser el fin en sí mismo. Me da la sensación de que la persona ha perdido protagonismo en pos de la tecnología, el dinero, las cosas, … y esto hace que la confusión generada sea muy grande. Muchas veces en el blog hablo de ser feliz en el trabajo y mucha gente puede llegar a criticar la idea por considerarla ilusa …. quizás esa crítica sea debida a la creencia generalizada de que la persona no es más que una herramienta organizativa. Pensemos en las personas!!!.
Y mi tercer y último deseo es apostar por la responsabilidad. Tenemos que pararnos a pensar en cómo afecta lo que hacemos a lo que nos rodea. Seguir creyendo que nosotros no tenemos nada que ver con lo que nos pasa es una manera poco sutil de echar balones fuera. Es reconocer que somos un cero a la izquierda, y yo preguntaría ¿quién está dispuesto a reconocer que no es importante?, ¿quién admite que nada de lo que hace sirve para algo?. Como esto no suele ocurrir, es tiempo de pensar en asumir nuestra responsabilidad, de decidir que “de mi depende”.

El 2009 ha sido una año complicado, pero esa será la gran ventaja que tendremos en 2010, este año que entra será un buen año para construir. Aprendamos de los errores pasados y centrémonos a la hora de diseñar esa nueva realidad que las circunstancias reclaman. El reloj empieza a contar el 01/01/10.

Espero que tengas un feliz año y que podamos seguir “viéndonos” por este corner.
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overthinking
Enviado por rober en Mié, 23/12/2009 – 19:20
un coche circula por la carretera en medio de un paraje deshabitado cuando de repente paff!!, PINCHAZO!!. El conductor detiene el vehículo y se dispone a cambiar la rueda, pero al abrir el maletero descubre que no tiene gato. Echa un vistazo a su alrededor y no ve ninguna casa donde pedir ayuda. Muy lejos, en el horizonte, se ven unas luces y decide caminar hacia allí para pedir ayuda.

El camino es largo, solitario y oscuro, no hay nada en qué entretenerse para hacerlo más llevadero, únicamente el diálogo interior. Y así pasa el tiempo, pensando en qué le dirá al dueño de la casa: Piensa si pedirle el gato o que le deje llamar por teléfono a la aseguradora para que le ayuden. Se da cuenta de que la opción de cambiar la rueda es la más rápida.
En este diálogo interior se empieza a plantear qué pensará el dueño de la casa cuando llame a la puerta en plena noche: Igual está durmiendo y lo despierto, a lo mejor está ocupado con unos amigos y no me atiende, a lo mejor debido a esta molestia me manda a freír espárragos, a lo mejor se hace el loco y no me abre la puerta, …. el diálogo interior avanza a medida que lo hace el camino y éste se dirige a un lugar sin salida; un final que deja al conductor tirado en plena noche, en medio de ninguna parte y sin opciones de ser ayudado. A medida que esto ocurre, el cabreo se incrementa, comienza a pensar en la insolidaridad de la gente, en lo egoísta que puede llegar a ser el ser humano, a qué tipo de persona se le ocurriría vivir allí, seguro que es un bicho raro, ….
Cuando el conductor llega a la puerta de la casa, llama al timbre completamente cabreado. Al segundo, alguien le abre la puerta y le pregunta: “Buenas noches, ¿en qué te puedo ayudar?”. El conductor le responde: “Mira, ¿sabes qué te digo? ¡que te metas el gato donde te quepa!”.

Aunque exagerado, éste es un proceso mental bastante habitual que solemos llevar a cabo las personas cuando le damos demasiado tiempo a nuestro cabeza para pensar. Nos metemos en espirales sin sentido que nos conducen a conclusiones con menos sentido todavía, donde el “¿y si …?” o “a lo mejor…” son dos grandes enemigos para el pensamiento.
Susan Nolen, denomina este proceso “overthinking” y comenta que pensar demasiado produce un montón de consecuencias adversas: mantiene o empeora la tristeza, promueve los sentimientos negativos, reduce la capacidad para resolver problemas, desgasta la motivación e interfiere en la concentración e iniciativa. La combinación de estos estados profundos de reflexión con estados de ánimo negativos son un producto tóxico para nuestra mente.

La rutina diaria está llena de contratiempos, de planes rotos, de cambios no deseados, … y para aquellas personas que tienen el hábito del pensamiento obsesivo, todos estas adversidades constituyen un auténtico muro que para ser saltado necesita el consumo de una gran cantidad de energía. Para este tipo de gente, cada minuto supone una lucha para tratar de sobreponerse a la negatividad que genera su propia cabeza. Son enemigos de sí mismos y buscan excusas como la de que son realistas para justificar un comportamiento poco rentable.

El overthinking de Susan Nole me recuerda a la versión castiza de la profecía autocumplida. Cuanto más piensas en un tema, más probable es que te ocurra lo que estás pensando. Y peor aún, si este pensamiento acaba convirtiéndose en creencia, ya podremos anticipar cuáles serán nuestras circunstancias.
Estos procesos circulares de pensamiento suelen ser una de las mejores maneras de limitar nuestras propias capacidades. Cuando el “y si…” y el “a lo mejor” son los pensamientos más repetidos, es probable que le estemos poniendo límites a algo que no tendría porqué tenerlos.

Cuando pienso en esto, recuerdo esas noches en vela en las que la cabeza no para de darle vueltas a cualquier cosa. Es increíble el malestar que me hace sentir y el remolino que se genera alrededor de cualquier idea sencilla. Al final, el remedio popular de contar ovejas siempre es el que mejor funciona. zzzzzzz ….
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¿persuasión o coacción?
Enviado por rober en Mié, 16/12/2009 – 23:44
los accidentes de tráfico constituyen una de las mayores causas de mortalidad en España. Los medios de comunicación y las autoridades están constantemente recordando a la ciudadanía el peligro que supone cualquier tipo de imprudencia en la carretera. La principal causa de accidentes es el exceso de velocidad. Medida: establecer más controles de velocidad (radares fijos y móviles). En los últimos años la presencia de dichos radares se ha multiplicado, pero los resultados siguen siendo muy parecidos.

Recuerdo haber visto en diferentes países unas señales que te mostraban la velocidad a la que ibas, de esta manera podías comprobar si la velocidad a la que estabas circulando era superior a la permitida. Al visualizar aquel cartel luminoso, de una manera casi automática todo el mundo reducía la velocidad. Los datos demuestran que este sistema reduce dos veces el número de accidentes frente al sistema tradicional del radar que todos conocemos … y además es mucho más barato. Dos conclusiones: la primera es que parece que las autoridades competentes en este tema no tienen muy claro el norte; y la segunda, es que la persuasión funciona mucho mejor que la coacción.

Vivimos en un mundo más acostumbrado al castigo que a la persuasión, y ya no digamos que a la prevención. El castigo parece el camino más corto a la hora de hacer cumplir cualquier tipo de “norma”, ¿pero es este camino el mejor?.
El castigo tiene razón de ser ante determinados comportamientos, pero si cometemos el error de generalizar su uso para todos los ámbitos, por ejemplo el profesional, lo que se consigue es quitarle a la persona su capacidad para asumir responsabilidades. Por ejemplo, en aquellas empresas donde el error se paga, lo que se produce es una perdida de iniciativa por parte del profesional y al mismo tiempo éste deja de pensar por sí mismo para que sea las normas las que piensen por él. De esta manera el pensamiento lateral se ve estrangulado y la capacidad de innovar, entendida ésta como la capacidad de hacer las cosas de una forma diferente, pierde el alimento que necesita para poder crecer.

Esta forma de gestionar puede tener sentido en empresas en las que sólo se paga por hacer y no por pensar. Son empresas cuyo modelos productivos están inspirados en el taylorismo. En este tipo de compañías el castigo ante el error busca el six sigma, una forma de producir en la que la reducción al máximo del fallo es el objetivo principal. En este tipo de empresas el pensamiento lateral sólo supone una distracción a lo realmente importante: hacer mucho, rápido y muy bien. Este tipo de empresas tienen un gran punto débil, su actividad es muy fácil de imitar, y o eres realmente el más rápido y barato, o tu actividad es probable que viaje hacia otro huso horario; el GMT+8.

Por contra, en las empresas en las que se practica la persuasión, el pensamiento lateral campa a sus anchas haciendo que las cosas siempre puedan ser vistas desde diferentes ángulos. El error no se fomenta, pero tampoco se castiga. En estas compañías los errores son gajes del oficio y se utilizan como una herramienta de trabajo sobre la que se debe actuar para mejorar en el futuro. En este tipo de empresas en vez de usar radares para “cazar” al que va muy rápido, se diseñan sistemas que le indican al profesional lo que está haciendo, y será él o ella quien decida lo que va a hacer, porque el resultado de su trabajo es responsabilidad suya. Este tipo de culturas corporativas son más difíciles de imitar y por tanto más viables en el largo plazo.

Es sólo cuestión de responsabilidad, ¿qué tipo de organización quieres ser?. Las reglas del juego están claras, ahora es tiempo de pararse a pensar si vas a comprar un radar o una de esas señales que te indican la velocidad a la que vas.
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¿cuántas patas tiene tu mesa?
Enviado por rober en Vie, 11/12/2009 – 13:30
hace ya unas semanas charlaba con un compañero de trabajo sobre lo que significaba la felicidad para él. Utilizó un símil muy interesante que describía la felicidad de una manera muy gráfica. Para él, la felicidad era como una mesa y, como todos sabemos, las mesas necesitan cuatro patas para poder mantener el equilibrio. Si a la mesa le faltase alguna de las patas, le fallaría el equilibrio y se vendría abajo. Así mismo, si una de las patas es más corta que el resto, lo normal es que la mesa baile, siendo necesario poner algo debajo de la pata más corta para poder evitar la inestabilidad de la misma. Si el número de patas supera las cuatro, la estabilidad de la mesa será mayor.

Mi compañero utilizaba este símil y me decía que para él la felicidad consistía precisamente en esto: cuatro elementos fundamentales en tu vida que te aportan la estabilidad necesaria a las que se pueden sumar otros factores que supondrán un refuerzo a las cuatro patas principales y que en caso de fallar pueden suponer un sistema de refuerzo.

Lo siguiente a esta explicación fue preguntarme cuáles eran las cuatro patas que soportaban mi equilibrio y estabilidad. Vino como un resorte a mi mente una afirmación de Seligman en la que comentaba que la felicidad consiste en la aplicación de las fortalezas en cuatro ámbitos de la vida: el amor, el ocio, la educación de los hijos y el trabajo. Sería un temerario e inconsciente si afirmase que esto es así para todo el mundo, porque las circunstancias de cada uno varían en función de toda una serie de factores. Pero lo que me llamó la atención de la afirmación de Seligman es que incluye entre esas cuatro patas el trabajo (algo con lo que estoy totalmente de acuerdo). Algo que poco tiene que ver con lo que nos enseñan desde pequeñitos, unas enseñanzas que apuntan más hacia la creencia de “trabajo: caca”.
Desde pequeños nos hablan del trabajo como si de un castigo se tratase, de algo de lo que tenemos que huir ya que significa sufrimiento, sacrificio, aplazamiento de las gratificaciones, castigo, … Este tipo de mensajes trabajan en el subconsciente colectivo haciendo que surjan creencias limitadoras que poco ayudan a que una de las patas de esta mesa tenga el mismo protagonismo que el resto.

Hay un dato que la Fundación Russell Rage descubrió: La satisfacción laboral supone el veinte por cierto de la satisfacción general en la vida. Este dato pone cara y ojos a la importancia del trabajo en la vida de las personas. Además, son pocos los que pueden vivir sin trabajar. Generalmente aquellos que más dinero tienen serían los que podrían permitirse éste lujo, y aún así, suelen optar por seguir haciéndolo… algo para pararse a pensar.
Un buen amigo siempre puntualiza este dato y afirma que este 20% de satisfacción general en la vida se multiplica exponencialmente cuando la persona pierde su trabajo, con lo cual tenemos otra evidencia más de la importancia de este factor en el equilibrio que le aporta a nuestras vidas.

A diferencia de muchos de nuestros antepasados, poseemos la libertad de poder elegir. Y aunque a veces nos dé la sensación de lo contrario, suele ser un autoengaño que utilizamos para justificar nuestra mala fortuna.

Plantearse cuáles son esas cuatro patas de nuestra mesa puede ayudarnos a conocernos un poco mejor y saber si estamos siendo consecuentes….
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el bucle inconsciente
Enviado por rober en Mié, 02/12/2009 – 22:42
esta semana pude ver uno de los programas de Redes (La2) que tenía atrasado: “El experto y sabio inconsciente”. Este programa terminaba con una frase muy interesante: “una de las funciones de la conciencia es seleccionar comportamientos que puedan automatizarse y volverse inconscientes” – John Bargh.

Cuando escuché la frase me acordé de algo que me ocurre de vez en cuando. Cuando aparco el coche y pasa un rato, siempre me paro a pensar si lo he cerrado o no. A veces la duda que me aborda es tan grande que tengo que volver para comprobar si efectivamente lo he cerrado. Tirando de estadística, el 99,9% de las veces el coche está cerrado. La solución parece sencilla: si no volviera a comprobarlo, lo más probable es que no pasase nada, pero hay algo que me impide optar por este camino.

En el programa de Redes se maneja un concepto muy interesante sobre el inconsciente. Aleja este término de la oscuridad a la que se le asociaba en el pasado y lo presenta como un elemento fundamental que nos permite convivir con nuestro entorno con total naturalidad. Es más, gracias al inconsciente, la conciencia puede trabajar con libertad. Mientras el inconsciente se caracteriza por permitirnos vivir el presente, la conciencia nos permite viajar en el tiempo revisando el pasado y planificando el futuro sin que ello interfiera en nuestro día a día.
Además, la idea de que la conciencia está reservada para tareas importantes queda descartada. Los límites máximos de información con los que trabajan ambos lo deja claro: conciencia – 50 bits/sg; inconsciencia – 11.000.000 bits/sg

Hace ya tiempo escribía una entrada en la que se explicaba cuál era la ruta para alcanzar la competencia máxima, es decir, la competencia inconsciente. Un camino que va de la incompetencia inconsciente a la competencia inconsciente. En ambos casos, el camino empieza y termina en la inconsciencia, lo que deja claro la importancia de la misma. Pero hay algo de esta ruta que me preocupa, y es que el final no siempre tiene porqué ser el final. Puede llegar a producirse un bucle que lleve de nuevo a la incompetencia inconsciente (véase el ejemplo que contaba al principio).

Alguien me dio un buen consejo un día: duda constantemente de todo lo que haces, seguro que hay maneras mejores de hacer lo que estás haciendo.
La inercia es peligrosa si no se revisa, y a pesar de la importancia de la inconsciencia, ésta puede someternos a sus trampas haciendo que demos por hechas cosas que no lo son.
Debemos ser muy cuidadosos a la hora de seleccionar aquellos comportamientos que queremos automatizar y convertir en hábitos inconscientes, porque si nos equivocamos lo que ocurrirá es que la ruta de la competencia dejará de ser un camino de dirección única para pasar a ser un circuito circular.

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el jardinero paternalista
Enviado por rober en Mié, 18/11/2009 – 20:48
¿a quién no le gustan los bonsais?, esa esencia de árbol hecha arte. El pueblo japonés es muy curioso y, entre sus peculiaridades, me llama la atención la capacidad que poseen para hacer de cada pequeña cosa un arte. Su incansable búsqueda en el deleite de todos los sentidos, les lleva a hacer cosas tan bellas como convertir los árboles que tenemos en el bosque, en una miniatura que se puede tener en casa. El bosque en casa.

Pero detrás de este arte hay una afán de control absoluto. Controlar el nivel de crecimiento del árbol, su ritmo y su tiempo. En definitiva, decidir sobre la vida de esta miniatura. La técnica consiste, por resumir mucho las cosas, en actuar sobre la raíz, podándola y trabajando sobre ella para impedir que el árbol crezca. De esta manera, algo libre, único y natural deja de serlo para convertirse en la imagen que el jardinero tiene en su mente. Este jardinero asume la responsabilidad de convertirse en el padre postizo de “la criatura”.

El jardinero asume un rol de líder que se parece mucho al paternalismo que impera en numerosas organizaciones. Un estilo de liderazgo que mucho tiene que ver con su nombre y el rol del jardinero de bonsais. En ambos casos se adopta la responsabilidad que asumiría un padre. Pero hay una diferencia entre la paternalidad biológica y la paternalidad organizativa. En el primer caso, el padre asume como natural el desarrollo de la persona, fomenta su crecimiento y busca lo mejor para su hijo. En el segundo caso, el papel del padre se asemeja peligrosamente al del podador de bonsais.
Esos padres organizativos, en su buen afán e intención, se encargan de recortar las raíces de sus hijos. La disculpa: evitar que nada malo les pase.
Para el padre: un acto de amor. Para el hijo: un regalo envenenado.
Tras una buena intención se esconde uno de los mayores saboteadores del talento. Disculpas baratas que ocultan el miedo.

Líderes paternalistas. Un problema: suelen ser buenas personas, con sólidos valores, pero malos líderes del talento. ¿Qué hacer con ellos?. Me voy de nuevo a la idea de los bonsais. Algo que pertenece a la naturaleza deja de estar en ella para pasar a otro entorno muy lejano al de la libertad que se siente en el bosque. Sin duda, en el salón de casa no llueve, no hace frío, ni calor. Se vive en un entorno estable que no sufre alteraciones. Por contra, en el bosque llueve, hace frío y calor. Esta dureza te lleva a hacerte más fuerte, a querer crecer para poder resistir mejor las envestidas del entorno. Dos modelos, dos resultados: Algo seguro que no cambia ni para bien ni para mal, siempre está igual. O algo que no se sabe cómo va a venir y que me va a obligar a hacerme más fuerte.

El entorno actual más tiene que ver con la inestabilidad del tiempo, que con la apacibilidad del salón de casa. Es por ello que plantearse un modelo u otro es ridículo. El entorno actual castiga al jardinero paternalista porque el medio cambia. Las cosas se mueven muy deprisa y querer ocultar esto a los que están contigo es como cerrarles la ventana para que sólo vean lo que hay en casa. Un miedo atroz a perderlos, que lo único que esconde es una gran falta de seguridad en uno mismo. ¿Quiénes se quedarán? Aquéllos a los que no les pique la curiosidad de mirar por la ventana. Aquéllos a los que el entorno no les interesa, con lo cual, se descartan para ser unos buenos candidatos en un mundo impermanente.

Las empresas deberían plantearse el coste que tiene este tipo de liderazgo. Porque el paternalismo es lo mismo que el inmovilismo, y ¿cuántas empresas que se hayan estancado conoces que sigan viviendo?.
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cuando el trabajo es una tortura
Enviado por rober en Jue, 12/11/2009 – 00:01
estos días el mundo celebra la caída del muro del Berlín. El final de una época muy convulsa que marcó con letras de fuego la historia de la humanidad.

Recuerdos de aquella época son los gulags, acrónimo utilizado para dar nombre a los campos de concentración situados en la fría estepa siberiana, donde se recluían a presos políticos e individuos contrarios al régimen imperante. Aquellos centros no sólo privaban de libertad a los que allí se encontraban, entre sus objetivos también se encontraba la tortura como castigo a una forma diferente de pensar.
Una de estas torturas consistía en hacer cavar hoyos a los presos. Cada día, su jornada consistía en invertir las mañana en cavar, y las tardes en cubrir de tierra el trabajo hecho por la mañana. De esta manera, los carceleros le robaban a la persona una de sus bienes más preciados: la esperanza. Esta rutina provocaba que la persona fuera perdiendo poco a poco cualquier atisbo de ver la luz al final del túnel y cuando esto ocurría, la esperanza de vida disminuía considerablemente.

Esta idea es reforzada por las vivencias narradas por Viktor Frankl en su libro “El hombre en busca de sentido”. En este libro, el autor describe sus experiencias en los campos de concentración nazis. Según Frankl, había dos tipos de personas, las que sobrevivían a aquel infierno y las que no. La diferencia no estaba determinada por factores como la fortaleza física o la salud, lo que realmente los diferenciaba era la esperanza. Aquellos que albergaban esperanza en el futuro tenían muchas más probabilidades de sobrevivir.

Todo esto hace que me pregunte por qué puede haber personas que puedan llegar a considerar su trabajo como una tortura, ¿puede ser que esas prácticas de los gulags sigan presentes en nuestras organizaciones?.
En la mente de todos están casos contados o vividos de personas que deambulan por las empresas con cargas de trabajo “muy ligeras”. El sentido común indica que este tipo de posiciones deberían ser amortizadas. Lo que ocurre, es que este tipo de medidas son muy impopulares y está mejor visto cargar a estos individuos con tareas sin sentido. Lo importante es que parezcan muy liados, de esta manera se dificulta la toma de la decisión. Flaco favor!!!.
Quien considere esto como una medida “social” me gustaría que pensase en los gulags y aquellas personas cavando y tapando el mismo hoyo una y otra vez. A las personas que sufren esta tortura moderna las despojamos de la ilusión y ganas por querer hacer las cosas. Cada día será un suplicio y levantarse de la cama cada mañana para ir a trabajar un esfuerzo titánico. La diferencia entre ellos y los presos de los gulags, es que hoy en día el “torturado” puede pedir una baja, o lo que es peor, que se dé de baja mental y acabe siendo el foco de un mal clima laboral.

Cuando las organizaciones se convierten en cárceles mentales, lo único que dejan patente es la mala calidad directiva que poseen. Este tipo de situaciones se suelen dar en empresas donde se fomenta un liderazgo cobarde, donde tomar decisiones impopulares está mal visto y donde no está muy claro cuál es el objetivo fundamental del negocio.

Al igual que tengo claro que la fe mueve montañas, no me cabe duda que su ausencia puede hundirlas.
Los gulags pasaron a la historia negra de la humanidad y las empresas que no sean capaces de dotar de sentido y significado al trabajo de sus profesionales también pasaran a la historia.
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clima laboral, liderazgo, libros recomendados, motivación
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como si fuera mío
Enviado por rober en Mié, 04/11/2009 – 09:40
recuerdo con especial cariño mis años de facultad. Durante aquel tiempo había una pregunta que me rondaba la cabeza: ¿cómo van a ser las cosas cuando salga de aquí?, ¿qué es lo que tiene el mundo laboral que tantos comentarios genera?.

De todos los consejos y comentarios recibidos por aquel entonces, me quedo con uno que me dio mi padre: “… en el trabajo, cuando tengas que tomar una decisión, piensa que el dinero que estás gastando, invirtiendo o ingresando es tuyo, ¿cuál sería la decisión entonces?, la respuesta a esa pregunta seguramente sea la mejor opción”. Nunca me he podido quitar ese comentario de la cabeza, y a día de hoy, y espero que durante muchos años, éste guíe todas mis acciones.
Los años de facultad ya quedan atrás y mi experiencia sigue demostrándome que ese comentario no hubiera sido un mal mensaje para muchas otras personas. Los comportamientos de desinterés que mostramos por las cosas que no son nuestras es una constante que he ido viendo en el tiempo: pisos de alquiler destrozados, los baños de los locales públicos hechos un asco, depósitos de basura en medio de parajes naturales, despilfarros con dinero público, mobiliario urbano destrozado, todo tipo de energía desperdiciada, … y toda una retahíla de ejemplos que hacen patente la falta de responsabilidad que muestran algunas personas con aquellas cosas que no son de “su propiedad”.

Todas estas muestras de irresponsabilidad, y muchas otras que si te paras a pensar te vendrán a la cabeza, suelen surgir cuando crees que las cosas no son tuyas. Cuando lo que está en juego no es de mi propiedad, parece que las reglas del juego son otras … nada más lejos de la realidad.
Cuando cambiamos las reglas del juego para cuestiones como el medio ambiente, el dinero público, las infraestructuras, … es muy probable que estemos confundiendo el término “propiedad”, y cuando esto ocurre, se activa la palanca de la irresponsabilidad que nos conduce hacia un comportamiento muy vicioso cuyo destino es el agotamiento del recurso.

Al igual que el medio ambiente, el dinero público o el mobiliario urbano, las empresas son esos entes impersonales que no pertenecen a nadie, pero que pertenecen a todos. Es aquí donde el consejo de mi padre cobra sentido y se llena de significado. Me ayuda a imaginar que parte del dinero que entra y sale en la empresa es mío, y eso contribuye a centrar mis decisiones, a entender mejor el negocio, pero sobre todo, a actuar con responsabilidad sobre algo que no sólo es mío y de lo que depende el bienestar de otras personas.

Cuando oigo hablar de políticas de gastos pervertidas, procesos boicoteados, clientes maltratados, compañeros menospreciados, … vienen a mi mente todo tipo de prácticas irresponsables: el escaqueo, mirar para otro lado, escurrir el bulto, culpar a otros, … ¿Cuánto de todo esto es la causa de lo que nos ha llevado a donde estamos?. Si las empresas hubieran sido gestionadas con los ahorros de los que toman las decisiones estoy más que seguro de que las cosas hubieran sido muy diferentes. Piensa en cuántas cosas de las que haces en tu trabajo harías si la empresa fuese tuya y el beneficio de la misma el pan de tus hijos …

Hoy que tanto se habla de gestionar y medir el compromiso, piensa en qué personas de tu organización se comportan de esta manera, y sin duda, eso te dará un indicador claro del grado de compromiso con el que cuentas. Incrementarlo depende de tu capacidad para hacer sentir como suya la empresa a todos los profesionales. Trabajar sobre la responsabilidad individual, ser capaz de hacer entender que ese recurso “ajeno” es de todos y que de su correcta gestión dependerá el futuro de TODOS. Pensar: “total, nadie se va a dar cuenta…” es el principio de la cuesta abajo, y es muy probable que además se te rompan los frenos y sólo te des cuenta de que no los tienes cuando realmente los necesites.
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un valle de lágrimas
Enviado por rober en Jue, 29/10/2009 – 22:50

“tú no puedes elegir lo que debe ser. Pero sí puedes elegir cómo lo quieres ver. De hecho, eso tienes que elegirlo, y en ese elegir obligatorio, si eliges ver un valle de lágrimas, lo vas a ver“.

Esta frase que aparece en el libro “La auténtica felicidad” de Martín E. P. Seligman me recordó algo que escucho muy a menudo y que por lo menos nos tendría que hacer pensar a las profesionales que trabajamos con personas. Esta “creencia popular” afirma que los profesionales de recursos humanos somos una especie de confesores a quienes la gente acude para contarnos sus penas y problemas.
Coincido en parte con esta creencia, tiene mucho de cierta, pero también lleva asociado una responsabilidad muy grande que en la mayor parte de las ocasiones olvidamos. Compartir las emociones une mucho, alivia el sufrimiento y te hace sentir querido e importante. Pero, ¿es esto suficiente?. Cuando alguien acude a nosotros con un problema debemos tener claras dos cosas. La primera; debemos hacer que la persona se sienta cómoda y reconfortada. Y la segunda; tenemos que tratar de ayudar a la persona a solucionar el problema. De poco vale aliviar el sufrimiento si éste no lo utilizamos para analizar qué ha pasado y buscar una posible solución a lo que ha ocasionado este dolor.

Bernard Rimé, profesor de la universidad de Louvian, presentó en el II Congreso Internacional de Inteligencia Emocional, un modelo de trabajo que hacía referencia a esto que comento. El profesor Rimé hablaba de cómo las personas tenemos una serie de objetivos y actividades asociadas que conforman nuestro día a día. De vez en cuando, estos objetivos no se cumplen, nuestros planes se ven truncados y las cosas se acaban torciendo. Éste es el principio de los problemas; cuando perdemos el control sobre lo que hacemos, cuando nuestros planes no se cumplen. Todo ello produce efectos a dos niveles:
Por un lado nuestra autoestima y los sentimientos de confianza y eficacia (ego).
Por otro lado nuestros modelos mentales, nuestras expectativas, nuestras teorías (significado).

Cuando ofrecemos nuestro hombro para llorar, estamos trabajando solamente a nivel del ego. Reforzamos la autoestima y buscamos que la persona recupere la confianza. Esto es vital, pero no suficiente. Si actuamos sólo a este nivel, desaprovechamos las enormes posibilidades de aprender que ofrecen los errores. Es importante que junto con el ego repasemos las causas del error: ¿estaba mal definido el objetivo?, ¿eran equivocadas las expectativas?, ¿la teoría de actuación era la correcta?, … y toda una batería de preguntas que deben ayudar a profundizar en la causa de esa sensación de tristeza. Esta es una buena manera de darle significado al sufrimiento y que éste sea la base sobre la que construir nuestra experiencia.

Todo lo planteado por Rimé es, por lo menos, una manera diferente de ver las cosas. Me parece que el contenido de sus investigaciones esconde un mensaje importante para aquellos que trabajamos para las personas. Dejemos de ser sólo un hombro sobre el que llorar y convirtámonos en lugares de reflexión donde las personas encuentren un espacio en el que mejorar su desarrollo profesional. Estoy seguro de que esto creará mucho más valor para las organizaciones, pero sobre todo para la gente.