desarrollo profesional
esta semana ha llegado a mis manos un interesante relato del genial Stephen Covey. Se trata del principio 90/10. Sencillo: el 10% de tu vida esta relacionado con lo que te pasa, el 90% restante con la forma en la que reaccionas. Este principio viene a demostrar que nosotros no tenemos el control del 10% de las cosas que nos suceden. Es el 90% restante lo que está en nuestras manos.
90/10, 80/20, 70/30, ... la verdad es que no me atrevería a fijar la proporción exacta pero si que creo que lo que este principio dice es totalmente cierto, la mayor parte de nuestro tiempo lo pasamos gestionando las reacciones de ese 10% de tiempo fuera de nuestro control. Hace ya unos meses en la entrada titulada el círculo vicioso del desarrollo profesional hablaba de ello. Resulta muy sencillo considerar que todas aquellas cosas malas que nos ocurren se deben a los siempre socorridos factores externos; que fácil!!!. El ser conscientes de nuestros actos nos puede ayudar, y mucho, a poder mejorar todo aquello que nos sucede a nosotros y a los que nos rodean.
El autocontrol pasa por ser una valor fundamental, muchas veces, la falta de este provoca que determinadas reacciones a hechos muy concretos condicionen el resto de cosas que nos ocurran. El típico cabreo en que se dicen cosas injustas, una mala cara en momentos que no se necesita, un silencio cuando se esperan palabras, dar la espalda cuando se espera un abrazo, ser indiferente cuando se espera un esfuerzo, escaparse cuando se espera la implicación, una reprimenda cuando se espera una enhorabuena, .... y miles de acciones cotidianas, que no por serlo dejan de ser importantes. Muchas veces creemos que en lo excepcional están los grandes resultados, olvidando que la vida se construye a diario y no en días señalados.
Saber controlar nuestras reacciones a todo tipo de acciones nos hará vivir de una manera mucho más saludable. Debemos de objetivar nuestras respuestas a determinados estímulos. No siempre es fácil. Todos, en alguna ocasión, nos hemos dejado llevar por la ira, los celos, el malhumor, el cansancio, la apatía, ... y si lo pensamos, nos daremos cuenta de que cuando hemos actuado de esta manera la gestión de los hechos posteriores ha sido más compleja de lo habitual.
Trabajar con personas no es sencillo ya que normalmente suelen estar presentes las emociones. Hay días en los que no nos apetece hablar, no nos apetece escuchar, hemos dormido mal, tenemos algún problema familiar, un problema de salud, ... hasta aquí todo es normal, nada excepcional, esto nos pasa a todos en cualquier momento de nuestras vidas. Pero lo que debemos es tratar de no contagiar nuestras acciones y palabras con estas realidades, si lo hacemos, debemos saber que el 90% de tiempo restante tendremos que derrochar nuestras energías en gestionar malos rollos, pérdida de credibilidad, falta de confianza, en definitiva, un montón de hechos que sólo de pensarlo ya me da pereza.
Stephen Covey utiliza un principio universal que Newton dejó patente cuando formuló la ley de acción y reacción: si un cuerpo actúa sobre otro con una fuerza (acción), éste reacciona contra aquél con otra fuerza de igual valor y dirección, pero de sentido contrario (reacción).
Ir contra las leyes universales no suele ser muy recomendable ...
en alguna entrada pasada hablaba del concepto “tiempo esperado entre sorpresas” (TEES). Hacía referencia a que cada vez los periodos de tiempo entre hechos ajenos a nuestro control son más cortos. Ante este panorama podemos quedarnos quietos y esperar a que el tsunami nos coja desprevenidos o movernos más rápido que él, de manera que podamos evitar sus envestidas.
Es bonito decirlo, más bonito escribirlo, se queda uno muy a gusto comentándolo, pero, ¿es realmente así de fácil?, ¿es suficiente sólo con pensarlo? esta claro que no. Pero entonces, ¿cómo lo podemos hacer?. Para mi es una cuestión de hambre, cuanta más hambre tengas más rápido te moverás, mayor será tu ingenio, mayor capacidad para ser bueno elaborando planes B. Hambre, eso es lo que necesitamos, hambre de conocimiento. Hambre por saber, hambre por pensar, hambre por crecer, hambre por creer en lo que hacemos. Y al igual que con la comida, cuando algo nos gusta siempre nos apetece más. Por eso me parece tan importante trabajar en algo que te guste, de lo contrario el hambre suele desaparecer y eso es muy peligroso, si no tenemos hambre es probable que “muramos” de inanición mental.
¿Podemos colaborar desde rh?. Yo creo que si, propongo crear direcciones de recursos humanos que sean chefs contra el hambre. Necesitamos saber que es lo que le gusta a la gente, para ello hay muchos y variados pasos que bien combinados darán lugar a organizaciones más eficientes. Podemos empezar por seleccionar pensando en estas términos. Una buena selección en la que se busque gente a la que le apasione lo que hace hará el resto del camino sea mucho más sencillo. Una vez hayamos seleccionado el hambre debemos darle de comer, una buena política de formación puede ser un buen primer plato, pero no suficiente. La formación hará que el hambre cada vez sea mayor, en este punto desarrollar buenas políticas de desarrollo profesional es muy importante. Hagamos crecer a la gente. Con buenas políticas retributivas y una buena gestión del desempeño podemos hacer que los retos generen más hambre ....
Y durante todo el camino debemos preguntar a los comensales si les está gustando, para ello las encuestas de clima laboral pueden ser un buen remedio.
Como veis los caminos son muchos y variados, las combinaciones son incontables y la imaginación es un arma fundamental, porque los primeros hambrientos deben ser los de recursos humanos. Pensar en la jerarquía del conocimiento nos hará poder entender cada día un poco mejor lo que hacemos y esto nos permitirá estar más cerca de la deseada sabiduría.
Hoy en día se habla mucho del compromiso y de la implicación. Quizás el que a la gente le guste lo que hace sea uno de los primeros pasos para conseguir ese compromiso fundamental en las empresas.
un día mi hermano pequeño me dijo algo que me dio mucho que pensar: “no es lo mismo ser el mejor de los peores que el peor de los mejores”.
Debemos plantearnos donde estamos, qué somos y qué queremos ser. Esta frase me ayudó a ubicarme y me dio muchas pistas para pensar en mi futuro profesional. Muchas veces nuestro ego nos lleva a querer pensar que lo que hacemos es lo mejor, que no nos equivocamos y que posemos la verdad absoluta ... nada más lejos de la realidad. Queremos sentirnos imprescindibles porque sin nosotros las cosas no funcionarían igual. Y al final la vida te demuestra que nadie es imprescindible, que todo ello son pensamientos que nos alejan de la realidad y que nos llevan a cometer un montón de errores. Es una actitud que nos empuja a pensar que somos los mejores, y yo me pregunto ¿los mejores de qué?. Si esto fuese así, casi seguro que estaríamos rodeados de mediocridad. Seríamos los mejores de los peores.
Pero frente a esto podemos pensar en lo mucho que tenemos que aprender, lo poco que sabemos y lo importante que es la gente que nos rodea. Ellos nos aportan y nos hacen crecer cada día. De ello bebe nuestro conocimiento, nuestra inteligencia. Ellos deben ser la inspiración de las cosas que hacemos cada día. Cuantas veces hemos escuchado a nuestros padres decir lo importante que son las compañías y como ellas influyen en nuestro futuro. Pues lo mismo ocurre en el trabajo. Las compañías son fundamentales, influyen mucho más de lo que parece en nuestra forma de hacer las cosas. Si te rodeas de los mejores no te queda más remedio que seguir su senda, su influencia hará que cada día las cosas que haces sean mejores. Tu ego puede sufrir desengaños pero a largo plazo la rentabilidad de rodearte de los mejores es incalculable.
!!!Dime con quien andas y te diré quien eres¡¡¡.
Rafa, yo ya sé lo que quiero ser. Muchas gracias por esa frase.

Érase una vez un descampado donde un gigante se solía retirar a descansar de su ajetreada vida. En aquel lugar descansaba plácidamente hasta que un día un grupo de niños apareció por el descampado. Aquellos niños durante sus juegos reían y gritaban interrumpiendo el descanso del gigante. A los niños les gustó el lugar y cada día se reunían en aquel sitio para hacer lo que más les gustaba, jugar. El gigante desesperado empezó a pensar en que podía hacer para recuperar su lugar de descanso ...
Cansado de no poder dormir decidió dirigirse a los niños y plantearles una propuesta. “Me encanta vuestra compañía, para mi el que juguéis en este lugar es todo un privilegio, vuestra presencia me llena y es por ello que he decidido que por cada día que vengáis a jugar aquí os daré 3 euros a cada uno”. Los niños no daban crédito y encantados aceptaron la propuesta del gigante ... ¿cobrar por jugar? ... ¿cómo no?. Al día siguiente, lo niños aparecieron en el descampado y jugaron toda la tarde. El gigante fiel a su palabra les recompensó con 3 euros a cada uno.
El segundo día lo niños volvieron al lugar, pero ese día, al final de sus juegos, el gigante a la hora de pagar le planteó que 3 euros era demasiado dinero y que no podría pagar tal cantidad, dicha cantidad ahora tenía que ser de 2 euros. Algunos de los niños no les gustó la idea, pero aún así creyeron que el trato era justo. Al día siguiente el gigante volvió a repetir la operación pero esta vez les ofreció 1 euro. El grupo de niños disconforme con la decisión fue mayor, pero tras largas deliberaciones siguieron considerando la propuesta interesante. El cuarto día el gigante, una vez los niños habían finalizados sus juegos, se sentó con ellos y les comentó que muy a su pesar no le llegaba el dinero y no iba a ser posible pagarles en adelante por jugar en aquel descampado. En ese momento los niños se molestaron, se reunieron para decidir que hacían. En un breve periodo de tiempo llegaron a la conclusión de que aquello no era lo que esperaban y que por tanto habían decidido no volver a jugar en aquel sitio. De esta manera el gigante volvió a recuperar su descampado y por ende su lugar de descanso habitual.
Moraleja: Estos niños jugaban en el descampado porque les gustaba, en el momento que el gigante puso precio a esos juegos los niños dejaron de asociar el descampado con jugar, de repente lo importante no era ir a allí a disfrutar como habían hecho siempre, eso había pasado a un segundo plano y el objetivo era ahora el dinero.
Lo que nos motiva puede dejar de serlo si olvidamos el por qué lo hacemos y en esta operación las pérdidas suelen ser mayores que las ganancias. Tengamos siempre claro lo que nos motiva y tengámoslo siempre presente a la hora de tomar decisiones.
Pensemos en una situación cotidiana. Estamos en el coche y por cualquier motivo hacemos algo que le pueda molestar o interrumpir a otro conductor. A continuación somos pitados e increpados. La respuesta pasa por dos situaciones bien diferentes: podemos responder increpando al otro conductor, pensando que es él el que está haciendo algo mal, le gritamos, le hacemos algún gesto de desprecio. Acto seguido viene su respuesta, que como es de suponer no es buena. Comienza un círculo vicioso en el que ambos conductores se enzarzan en una discusión estéril que no llega a concluir en absolutamente nada más que un cabreo, mucho estrés y bastante nerviosismo. La otra opción pasa por asumir que se ha hecho algo mal y acto seguido pedir disculpas. En este caso la reacción normal es que el otro conductor le reste importancia al hecho y ambas partes traten de solucionar el problema.
En muchas ocasiones observamos casos de gente que se pregunta ¿por qué no me va bien? ¿por qué no consigo escalar en mi carrera profesional? ... y la respuesta suele acabar concluyendo en “... que mala suerte tengo” o “... que tontos son los demás que no ven en mi todo lo que puedo aportar”. Buscando similitudes con la situación planteada al principio es muy normal que quien se suele hacer estas preguntas actúe en su trabajo como en el caso del primer conductor.
Por múltiples razones puede ocurrir que no salga todo, de inicio, de acuerdo con nuestras expectativas. Ante esta situación se actúa con desánimo y desmotivación, comienza a bajar nuestro rendimiento por considerar que es injusto el trato que recibimos, esto conduce al círculo vicioso del que hablábamos al principio. Entramos en una rueda en la que nuestro bajo rendimiento provoca que nuestros superiores no vean en nosotros lo esperado, esto hace que poco a poco empiecen a dejar de vernos como alguien que aporta y el día a día va suponiendo un freno en nuestro desarrollo profesional. A esto respondemos con más desánimo y así continuamente hasta hacer que la situación sea insoportable y finalice por romper la relación. En este caso solemos echar la culpa a otros y pensar que todo lo sucedido es culpa de ellos.
Pero hay otro camino y consiste en no creer que todo lo que hacemos está genial, que nunca nos equivocamos o que la organización no nos sabe valorar. Debemos dudar de nosotros mismos, de nuestros actos, de nuestro trabajo y buscar el cómo mejorar. Si en este caso no se aprecia todo lo que podemos aportar, y consideramos que se está frenando nuestro desarrollo profesional, la actitud consiste en analizar el por qué y tratar de solucionarlo, pero en este escenario dicha modificación empieza en nuestro interior. Desde allí debe salir esa capacidad para no dejar de dar motivos que empujen al resto a confiar en nosotros, a considerar que aportamos. Si aún así las cosas no salen bien, debemos seguir actuando con una actitud positiva, no dejando que el desánimo mine nuestra capacidad y empiecen los síntomas de la rueda de la “destrucción”. Nadie podrá decirnos que no hemos trabajado, que no hemos luchado, y sobre todo, en nuestro interior estaremos seguros de que lo que está en nuestra mano se ha hecho.
De esta manera nos sucederá lo que se planteaba en la segunda situación del ejemplo del principio, las cosas irán a su sitio y todo saldrá bien. Así podremos comprobar que si nos equivocamos rectificamos, que tratamos de aprender de los errores, que el “mal” de los otros muchas veces pasa por nosotros.
Al final, a toda esta gente que se pregunta el por qué no le va bien, yo les aconsejaría que se parasen a pesar si están dentro o fuera de este círculo vicioso de comportamientos.
