curiosidades

decir y pensar

Enviado por rober en Jue, 16/06/2011 - 21:40

el qué y el cómo se digan las cosas modifica en mucho el resultado de lo dicho, es por ello que el poder de las palabras es infinito. En la década de los treinta del pasado siglo, los lingüistas Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf apuntaron una idea realmente interesante: el lenguaje influye de una manera determinante sobre nuestra forma de pensar. Pero esta idea no estaba avalada por experiencias empíricas que le diesen cuerpo y eso llevó a que durante mucho tiempo se concibiese la universalidad del lenguaje y el pensamiento.

En un interesante artículo de Lera Boroditsky publicado en la revista Investigación y Ciencia, la psicóloga presenta toda una serie de experimentos y evidencias que muestran el verdadero impacto que el lenguaje tiene sobre nuestra forma de pensar y que desmontan esas creencias del pasado sobre la universalidad de lo que decimos y pensamos.

 

En este artículo se comenta que en la actualidad, en el planeta tierra, se hablan una friolera de 7000 idiomas. Realmente este hecho viene, una vez más, a ilustrar la grandiosa diversidad que define a los seres humanos. 7000 formas de pensar totalmente diferentes simplemente determinadas por el uso de idiomas diferentes. Las reflexiones presentadas por la doctora Boroditsky revelan investigaciones que dan forma a las nociones más básicas de la experiencia humana: espacio, tiempo, causalidad o las relaciones con las demás. Sólo de pensarlo se me pone la piel de gallina.....

En el citado artículo se habla de experiencias vividas con determinadas comunidades del pacífico sur con capacidades de orientación portentosas, donde palabras como derecha o izquierda dejan paso a los puntos cardinales. Esta capacidad de orientación también influye sobremanera en su concepción del tiempo. En diferentes experimentos realizados se les pedía a esta gente que ordenasen series cronológicas de fotografías y se comprobó que el orden de las mismas dependía de la orientación de la persona dentro de la habitación. Para cualquier europeo parlante lo más antiguo siempre va a la izquierda y lo más nuevo a la derecha, mientras que para un árabe esta secuencia se invierte. Es curioso comprobar como estas “leyes universales” evidentes para todos nosotros se desmoronan en función del lenguaje utilizado por la persona.

 

La descripción de acontecimientos también se ve modificada por la utilización del lenguaje. Dependiendo de qué lengua hablemos nuestra percepción sobre los acontecimientos se puede ver alterada. Los hispanohablantes y japoneses somos unos verdaderos especialistas en la utilización del impersonal “se”: el plato se rompió. Cuando se presentan en nuestras vidas acontecimientos accidentales tendemos a evitar la utilización del sujeto haciendo que nadie sea el responsable de lo sucedido. Por contra, los anglosajones no entienden las frases carentes de sujeto, este tipo de frases son entendidas como evasivas.

 

Del artículo surge una pregunta que la propia Lera Boroditsky responde: ¿es el lenguaje quien modifica el pensamiento o es el pensamiento quien modifica el lenguaje?. La respuesta es que se trata de un proceso bidireccional, el uno influye en el otro reforzándose y haciéndose más profundo su impacto sobre nuestra memoria y forma de actuar. Es muy conocido ese remedio de que si cambias la forma de decir algo también cambia la forma de concebirlo.

 

Estos estudios y experimentos reivindican el lugar que el lenguaje se merece en nuestro día a día. Algo que asumimos como cotidiano y carente de valor pero que realmente influye en nuestra forma de ver el mundo. Es tal la habilidad que adquirimos con el lenguaje que éste se convierte en algo inconsciente y es precisamente esta inconsciencia la que nos aleja del poder e importancia del mismo. Las palabras son la forma física de nuestros pensamientos y cuando no las controlamos es muy difícil que podamos dominar nuestro pensamiento convirtiéndonos así en actores secundarios de nuestras vidas, donde el azar determina el resultado. 

Poseemos la libertad de la palabra, pero esa libertad nos hace responsables de nuestros pensamientos. Saber ejercerla es algo que nos corresponde y es muy habitual comprobar cómo lo que decimos tiene un impacto enorme en los que nos rodean. Es la forma en la que dejamos ver a los que nos rodean cómo pensamos, si los tratamos con desprecio verán que no nos importan, si utilizamos un lenguaje sensible a sus deseos y expectativas mostraremos un pensamiento totalmente diferente.

 

El dominio del lenguaje es consecuencia de la maestría de autoescucharse. Pero escuchar nuestras propias palabras es un ejercicio cognitivo con un importante esfuerzo ya que al convertir nuestro lenguaje en algo inconsciente el foco de atención de la escucha está más centrado en otros aspectos menos relacionados con conocer su contenido y significado.  Escucharnos nos permite conocer nuestros pensamientos y dicho esto me surge una pregunta ¿cuánto tiempo dedicas cada día a escucharte?.

lecciones urbanitas

Enviado por rober en Lun, 20/12/2010 - 23:28

 

Geoffrey West es un físico teórico cuya obsesión es buscar leyes fundamentales que le permitan explicar cómo funcionan las cosas. De la lectura de su trabajo resulta espectacular comprobar como dichas reglas existen, y aunque no ajenas a las excepciones, el resultado de su trabajo nos deja gran cantidad de evidencias sobre las que reflexionar y sobre las que pensar para construir un mundo mucho más sostenible.

 

En la actualidad, West y su equipo están tratando de explicar cómo funcionan las ciudades. El análisis de los datos que éstas generan (consumo eléctrico, kilómetros de autopistas, índices de criminalidad, enfermedades venéreas, ...) les ayuda a predecir con un porcentaje de acierto de un 85% el nivel de ingresos o la dimensión del sistema de alcantarillado. Nueva York no es tan diferente a Tokyo, lo que las hace diferentes son los detalles, pero la esencia de ambas urbes es la misma. 

Según West, el descubrimiento de las ciudades es uno de los mayores inventos de la humanidad. La creación de urbes responde a un sistema eficiente en el consumo de recursos. Cuando una ciudad dobla su tamaño, el incremento en recursos energéticos que ésta necesita sólo crece un 80%. Pero el incremento constante del volumen de las ciudades no responde a cuestiones de eficiencia energética o consumo de recursos, lo que realmente explica el éxodo del campo a las ciudades son las interacciones humanas. Los datos de West muestran claramente que cuando las personas están unidas su capacidad productiva se incrementa. Pero sus investigaciones también muestran como en las últimas décadas, el rápido crecimiento de las ciudades con sus áreas satélite no ha supuesto un incremento en los niveles de renta per capita o de innovación de las mismas. Es más, dicho crecimiento lleva asociado el crecimiento de variables menos amigables, por ejemplo, el doble de tamaño de una ciudad supone un incremento de un 15% en los niveles de criminalidad, tráfico o de SIDA. El crecimiento económico supone también un incremento sustancial de aquellas cosas que no nos gustan. 

 

La representación gráfica del crecimiento de las urbes es una curva que crece de manera exponencial. A medida que una ciudad crece, sus mayores niveles de productividad atraen a nuevos habitantes, lo que la hace aún mayor. West analizó la diferencia que esto supone respecto a las ecuaciones que definen el mundo de la biología, según las cuales, a mayor tamaño menor velocidad ... sería difícil que un elefante fuese tan rápido como un ratón, ya que esto supondría una cantidad de energía difícil de conseguir para el elefante. Las ciudades no están sujetas a las reglas de la biología, todo lo contrario, a mayor tamaño mayor volumen de energía. Para ilustrar esta diferencia podemos pasar a consumo en vatios la vida de una persona. Una persona en reposo consumiría 90 vatios, si esta misma persona tuviese que cazar para conseguir el alimento que necesita para vivir el consumo se iría a los 250 vatios. Pero en las ciudades, la cantidad de vatios consumidos para mantener el nivel de vida se dispara hasta los 11.000 vatios ... mucho más de los que necesita una ballena azul parar vivir, y este planeta no podría mantener 7 billones de ballenas azules, es por eso que nuestro estilo de vida es insostenible.

 

El ser humano descubrió, ya hace muchos años, la receta para hacer frente a esta limitación. Se trata de la innovación constante. La historia de la humanidad es un retahíla de descubrimientos que han permito al hombre hacer frente a los periodos de carencia: el fuego, la rueda, la máquina de vapor, internet, ... diferentes vías para crear riqueza. Cada invento es un paréntesis, un tiempo extra que nos permite caminar hacia el siguiente invento que nos permita escapar del vértigo del precipicio. 

El crecimiento constante de las ciudades, y el cada vez más caro estilo de vida que llevamos, ha provocado que los ciclos de innovación sean cada vez más cortos. El resultado final es que las ciudades no sólo han incrementado nuestro nivel de vida, también han incrementado el ritmo al que la vida cambia. Hasta ahora, la innovación generaba revoluciones que duraban aproximadamente 200 años, hoy las ciudades generan un volumen tal de innovación que el tiempo que transcurre entre ellos es de tan sólo 15 años. Es la primera vez en la historia de la humanidad que durante la vida de una persona ésta puede vivir varias revoluciones.

 

Resulta lógico comparar las ciudades con las empresas. En ambos casos se trata de aglomeraciones de personas organizadas en espacios físicos bien definidos. Pero hay una diferencia fundamental entre ambas que resulta muy llamativa. Mientras que las ciudades permanecen en el tiempo, las empresas tienen una esperanza de vida media de entre 40 y 50 años. La bomba de Hiroshima no borró del mapa esta ciudad, pero dónde están empresas como Enron. Y la pregunta es obvia: ¿por qué resultan tan efímeras las empresas?.

West analizó datos de miles de compañías para tratar de responder a esta pregunta y lo que descubrió es que éstas atienden a un comportamiento similar al que sigue el mundo de la biología. A medida que las compañías crecen, el beneficio por empleado se reduce... algo similar al caso del elefante del que antes hablábamos.

Cuando nace una empresa, el objetivo fundamental es sacar adelante la idea del negocio. Si esta idea tiene la suerte de abrirse camino, todo resulta apasionante, el dinero comienza a llegar, esto provoca que se siga esa línea y que parte del beneficio se reinvierta en tratar de hacer esa idea más grande. Pero llega el punto donde los niveles superiores de la organización sólo piensan en vigilar lo que hacen las personas en los niveles inferiores de la compañía, poco a poco las economías de escala se ven anuladas por el alto coste que suponen los sistemas burocráticos necesarios para controlar la organización, la idea original se desvanece entre otros objetivos ajenos a la esencia de la compañía. Ésta es la crónica de una muerte anunciada. El afán de crecer por crecer es el motivo principal de la desaparición de las empresas, elefantes que corren como locos en busca de más alimento hasta el punto en el que éste se agota y mueren a causa de su propia voracidad.

 

West indica que es la realidad empresarial la que muestra el secreto de la inmortalidad de las ciudades. Mientras que las empresas se atan a organigramas y estructuras de control excesivamente rígidas, las ciudades son lugares donde las personas poseen la libertad de escoger, de decidir por ellos mismos. Aquí no valen las reglas del management, nadie te dice donde tienes que vivir o como te tienes que vestir, es precisamente la libertad que se respira en las urbes la que las hace estar vivas.

la trampa de la experiencia

Enviado por rober en Dom, 28/11/2010 - 18:53

 

en los años 40 el psicólogo holandés Adrian de Groot realizó un importante estudio sobre los jugadores profesionales de ajedrez. A de Groot le fascinaba el ajedrez pero le frustraba no ser un auténtico maestro en el tema, por ello llevó a cabo una serie de estudios y experimentos que perseguían el objetivo de entender porqué los buenos jugadores eran tan buenos. En un primer experimento dispuso un tablero de ajedrez con 20 fichas colocadas para simular un partida cualquiera. Dicha foto era mostrada a jugadores amateurs y a jugadores profesionales a los que se le pedía que en un corto periodo de tiempo memorizasen la disposición de las fichas sobre el tablero. El resultado mostró que a los jugadores profesionales les resultaba mucho más sencillo recrear la posición de las piezas, de lo cual de Groot concluyó que su maestría se basaba en una mayor memoria fotográfica.

En un segundo experimento hizo algo parecido, pero esta vez las torres, alfiles, caballos y resto de la prole eran dispuestos en el tablero de una manera aleatoria. Ya no se recreaba un partida, simplemente se colocaban al azar. El objetivo era el mismo: memorizar la posición de las piezas en el tablero. Pero esta vez de Groot se encontró que los jugadores profesionales no tenían un mejor resultado que los amateurs. En este caso, su memoria fotográfica no parecía determinante.

El resultado de ambos experimentos ayudó a comprender dónde residía la maestría de los ajedrecistas profesionales, cuando se simula una jugada, los profesionales asocian la disposición de las fichas con jugadas ya conocidas por ellos, y en este terreno, los profesionales manejan un mayor número de registros que los jugadores amateurs. Pero la cosa cambia cuando la disposición de fichas no responde a ningún patrón conocido. De manera que la memoria fotográfica, que parecía el rasgo que diferenciaba a los buenos jugadores de los no tan buenos, no resultaba el factor determinante. Lo que realmente marcaba la diferencia es lo que se conoce como “fragmentación”. No era una cuestión de memoria, sino de percepción.

 

Cuando los jugadores profesionales observan el tablero de juego no ven piezas, ven jugadas, y esa es realmente la diferencia. Su experiencia les permite asociar las posiciones de las fichas con determinadas jugadas y por lo tanto con estrategias ad hoc. 

Esta fragmentación de la información es una característica básica de la cognición humana. El cerebro sólo es capaz de asumir 7 bits de información en un momento determinado, y la manera de escapar de esta trampa cognitiva es a través de la fragmentación. Los procesos de compresión de la información funcionan de una manera similar. El mp3 permite comprimir música ocultando información que no es relevante para nuestro oído, simplemente nos ofrece aquello que nos permite disfrutar lo que escuchamos.

Nuestro cerebro realiza operaciones de asociación constantes de manera que puede prescindir de información “no relevante”. Simplemente busca aquello que puede identificar y que responde a algún patrón conocido.

 

Los experimentos de de Groot nos revelan el coste que todo ello supone. Estamos cansados de escuchar que la experiencia es un grado, y realmente lo es. Pero tenemos que ser conscientes de lo que ello supone. A medida que crecemos, realizamos procesos de fragmentación constantes para de esta forma reconocer nuestro entorno de una manera más rápida y automática.

Etiquetamos nuestro entorno, la experiencia le pone nombre a todo, tal y como hacen los jugadores de ajedrez con la distribución de las piezas sobre un tablero. Y realmente estas etiquetas pueden tener un coste demasiado alto en nuestros procesos de desarrollo. Cuando etiquetamos personas, por ejemplo, asumimos que son de determinada manera porque hemos visto que se repiten ciertos patrones que nos llevan a concluir eso. Ese es el leit motif de los motes. ¿Y qué ocurre cuando etiquetamos?, pues lo que ocurre es que dificultamos el derecho que tienen las personas a cambiar. O peor aún, influimos tan poderosamente sobre su percepción que les acabamos haciendo creer que realmente son así.

 

Tenemos que saber que la fragmentación está muy bien para leer libros o para escuchar música, pero que cuando se trata de los demás, puede que los patrones nos llevan a limitar a las personas, a hacerles vivir una realidad que ni ellos ven. Las ideas preconcebidas son muy peligrosas y realmente suponen un freno para nosotros mismos ya que nos impiden descubrir e investigar, algo fundamental y apasionante. A veces, las cosas no son lo que parecen.

subjetividad temporal

Enviado por rober en Dom, 12/09/2010 - 21:10

vuelta de vacaciones y una vez más con la sensación de que han pasado tan rápido que casi no he tenido tiempo para disfrutar todo lo que me hubiese gustado. Esta sensación ocurre cada año, y cuando hablo con compañeros y amigos, compruebo que no soy el único al que le sucede. En vacaciones el tiempo pasa volando y cuando nos incorporamos al trabajo parece que los minutos duran algo más de 60 segundos.

Einstein fue el primero en plantearnos que el tiempo es algo mucho más raro de lo que parece.  Entendemos el tiempo como algo lineal, algo que siempre avanza al ritmo que imponen los segunderos, y por supuesto, hacia delante. Además, la creencia de que el tiempo es igual para todos está bastante generalizada. Un segundo es un segundo, aquí y en Kuala Lumpur, para mí y para ti. Pero esta creencia comienza a estar en entredicho con los últimos descubrimientos de la comunidad científica.

David Eagleman, de la Facultad de medicina de Baylor, ha sido de los primeros en tratar de estudiar la subjetividad del tiempo. ¿Y cómo se puede hacer esto?, la manera que se le ocurrió al doctor Eagleman fue a través del miedo. Cuando una persona está realmente asustada todo lo que le sucede parece que va mucho más despacio. Para ello, hubo que buscar una actividad que diese mucho miedo sin que resultase peligrosa. El SCAD jumping cumplía todos los requisitos… juzga tu mismo. 

El objeto del experimento era generar el miedo suficiente como para acelerar el ritmo cerebral. Para comprobarlo, a cada participante se le puso un reloj de pulsera digital en el que los números parpadeaban a una velocidad suficiente como para que fuesen borrosos. De esta manera, se podrían equiparar la velocidad cerebral con la de los parpadeos de los dígitos del reloj, haciendo así posible su lectura.

Tras el salto, todos los participantes reconocían haber tenido la sensación de ralentización temporal, de hecho, todos estimaban el tiempo de caída muy por encima del tiempo real. Los detalles que recordaban, tanto en la plataforma como en el suelo, eran muy nítidos para todos ellos. Todo lo sucedido: sensaciones, objetos, sonidos, imágenes… pasaron a la memoria con un nivel de detalle mayor de lo normal. Pero una vez en el suelo, ninguno de los participantes fue capaz de ver con claridad los números del reloj.

Como concluyó David Eagleman, lo ocurrido durante la caída nada tiene que ver con un efecto de cámara lenta. La mente humana funciona como una criba. Si caminas por una calle repleta de gente, es poco probable que todas las caras, detalles y estímulos con los que te cruzas pasen a formar parte de tus recuerdos. Ahora bien, si de repente, un coche se dirige hacia ti a toda velocidad con el riesgo de atropellarte, tu mente empieza a tomar nota de todos los detalles, de manera que hasta el más mínimo matiz pasa a tu memoria de forma automática.

De este experimento, y otros hechos por el mismo laboratorio, se concluye que el tiempo y la memoria están totalmente entrelazados. Cuando una persona recuerda más, es capaz de alargar el tiempo. 

Según las conclusiones de este estudio, si queremos hacer nuestras vacaciones más duraderas tendremos que olvidarnos de siestas, de levantarse tarde,... en definitiva, de hacer pocas cosas. Además, tendremos que estar pendientes de los detalles y del día a día para poder incorporar la mayor cantidad posible de fragmentos a nuestra memoria. De lo contrario, cuando nos incorporemos a nuestros quehaceres diarios tendremos la sensación de que ha pasado poco tiempo. Este efecto se hace mayor al verse seguido por la incorporación al trabajo, un tiempo donde la cabeza tiene que estar más pendiente de detalles, de datos, de conversaciones, ... todo ello hace que el tiempo de trabajo parezca mucho más largo que el tiempo de vacaciones.

Mis vacaciones me han parecido cortas, pero sabes qué te digo, que quizás esa sea la característica de las vacaciones. Tiempo de olvidar, de desconectar, de descansar, .... David Eagleman me ha dejado claro que las estoy bien utilizando. Ahora toca volver a alargar minutos....

las buenas personas, ¿nacen o se hacen?

Enviado por rober en Mar, 03/08/2010 - 23:38

  David Weikart era un psicólogo americano que en los años 60 realizó un famoso experimento llamado Perry Preschool Program. Con este estudio, el profesor Weikart pretendía demostrar los efectos a largo plazo que tienen los sistemas de pre-escolarización. Para ello se contó con 123 niños afroamericanos, de entre 3 y 4 años, procedentes de familias con pocos recursos. Estos niños fueron separados aleatoriamente en dos grupos, al grupo objeto del estudio se les asignó un programa de preescolar de alta calidad, mientras que al grupo de control no se les ofreció programa alguno. Los participantes en el estudio fueron monitorizados durante varias décadas después para poder medir los resultados del experimento. Las conclusiones fueron claras: los niños que participaron en los programas de pre-escolarización, una vez adultos, tenían un 20% más de posibilidades de terminar secundaria, un 19% menos de haber sido arrestados más de cinco veces, conseguían mejores notas, tenían más posibilidades de seguir casados y además eran menos dependientes de los programas de ayuda ofrecidos por el Estado.

 

Es llamativo que los resultados no hablen de la inteligencia general o del coeficiente intelectual. De hecho los niños que participaron en los programas de pre-escolarización tenían una ligera ventaja en lo que se refería a inteligencia general, pero ésta desaparecía cuando ambos grupos llegaban a secundaria. Sin embargo, lo que sí que parecía diferente entre los niños de los dos grupos eran las habilidades no cognitivas: el autocontrol, la persistencia, la firmeza, .... En una sociedad obsesionada por la inteligencia, este estudio deja claro que nuestra inquietud va mal encaminada. 

La cualidad más valorada por los empleadores es la confianza, mientras que la tríada perseverancia-confianza-coherencia es la mejor predictora de las notas en el colegio. Ninguna de las características comentadas tiene nada que ver con la inteligencia general, y esto es muy buena noticia, porque mientras que la inteligencia está altamente ligada a la herencia genética, las habilidades no cognitivas son maleables y por lo tanto se pueden aprender. A la vista de los resultados del experimento, es probable que la escolarización precoz no nos haga más inteligentes, pero quizás contribuya a diseñar buenas personas, lo que es mucho más importante.

 

Las empresas contratan a las personas por sus competencias técnicas y las despiden por sus incompetencias sociales. Esta frase resume a la perfección las conclusiones del estudio del profesor Weikart. Fábricas de competentes intelectuales e incompetentes sociales. Muchas matemáticas y poco autocontrol. Mucha historia y poca perseverancia. Mucha física y poca coherencia. De nada sirve la obsesión por construir profesionales altamente cualificados cuando la  práctica nos demuestra que todo ese potencial es insuficiente cuando llega al mundo real. Profesionales de probeta, objeto de debates estériles que políticos y gobernantes utilizan como arma arrojadiza, olvidando que esto es lo que diferencia las sociedades avanzadas de las que no lo son.

Las empresas no deberían dedicar tiempo y recursos a formar a sus profesionales para que adquieran las competencias básicas de las que estamos hablando. Por ahora no conozco ninguna organización cuya misión sea esta, pero sí que me suenan organizaciones de éxito donde estos valores son parte de la cultura corporativa, donde eso que se adquiere en primaria forma parte de los códigos éticos de la empresa y donde todos los profesionales viven esos valores con naturalidad, una naturalidad que sólo puede existir cuando dichos principios han sido bebidos desde temprana edad.

 

Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo son las prisas, y en este caso ocurre algo parecido. Tenemos prisa por todo, también por formar y educar a nuestro futuro. Y suele ocurrir que las prisas son malas compañeras .... ¿no me crees?, pues escucha alguno de los datos obtenidos del Perry Preschool Program : el coste por niño por un programa de pre-escolarización de dos años era de 5.984$ del año 1979. Los beneficios fueron:

  1. 3.353$ de ahorro por niño en escuelas públicas ya que la educación preescolar evita la educación especial.
  2. 10.798$ de ingreso por niño debido a las ganancias adicionales que generará a lo largo de su vida profesional a causa de la mejora en su estatus educativo.
  3. 668$ de valor estimado por el tiempo disponible de las madres mientras sus hijos acudían a la escuela primaria.

 

El resultado final de esta cuenta supone un retorno de la inversión de un 248%. Lo que ocurre es que este ROI no es inmediato, no sucede de la noche a la mañana. 

Mientras midamos la rentabilidad de estas acciones en números de votos, en periodos temporales de 4 años, en deseos de padres frustrados, en la búsqueda de atajos, en la fama y el éxito express,...  nos va a ser muy difícil conseguir cifras de esta magnitud.

Una vez más el refranero popular tiene una receta fantástica: “vísteme despacio que tengo prisa”. 

el autocontrol malgastado

Enviado por rober en Dom, 13/06/2010 - 21:01

  el ser humano posee una resistencia natural al cambio. La seguridad de lo conocido nos permite ahorrar energía y dedicarla a otras actividades. La transformación en hábitos de cualquier actividad es algo que hacemos de manera constante, así podemos vivir sin tener que pensar en cómo debemos hacer un gran número de tareas diarias (desplazarse al trabajo, despertarse, desayunar, comer, trabajar, ...). Imagínate que cada día tuvieses que pensar por donde ir al trabajo, cómo hacerlo, cómo tratar a tus compañeros, a tu jefe,... la vida sería muy estresante. Al final del día estarías exhausto y todos sabemos que cuando estás cansado es más fácil que te alejes de la mejor versión de ti mismo. 


Un grupo de investigadores han demostrado como esa resistencia natural al cambio poco tiene que ver con la pereza. Más bien es una cuestión de ahorro energético personal. Para demostrarlo realizaron una serie de experimentos que detallo a continuación:

Se reunió a un grupo de personas en una sala donde había un irresistible olor a galletas de chocolate recién salidas del horno. En el centro de la sala había una mesa con dos recipientes, en uno de ellos estaban las galletas que desprendían ese olor tan maravilloso, en el otro, unos sanos, pero insípidos rábanos. A un grupo de personas se les pidió que comiesen tantas galletas como les apeteciese, al otro grupo se les dijo que sólo podían probar los rábanos. Mientras los “conejillos de indias” cumplían sus correspondientes cometidos, los observadores abandonaron la sala. El objetivo era que las personas que estaban comiendo los rábanos sintiesen la tentación de “picar” alguna de las galletas, pero éstos, obedientes, ni las probaron. 

Terminada la prueba, se les pasó a otra sala para que hiciesen otro experimento totalmente diferente. En esta ocasión se trataba de que los participantes completasen una forma geométrica con un lápiz sin poder levantar éste del papel. El ejercicio era imposible, pero el objetivo final era poder comprobar la persistencia de los participantes por sacar adelante el cometido. El resultado fue el siguiente: las personas que comieron los rábanos lo intentaron durante una media de 8 minutos, los de las galletas de chocolate 19 minutos. Como veis, la diferencia es considerable.


La conclusión de los investigadores fue, por lo menos, curiosa: el autocontrol es un recurso finito. Aquel grupo que fue obligado a comer los rábanos tuvo que hacer uso de un mayor autocontrol y esto les llevó a que su fuerza de voluntad para terminar el segundo ejercicio fuese menor.

El trabajo es un entorno lleno de normas y procedimientos; implícitos o explícitos. Cultura, valores, misiones, funciones, jerarquías, procedimientos, creencias, ... Todo ello requiere que nuestro comportamiento se adapte. Pero hay dos caminos: Uno consiste en encajar, en entender, aceptar y vivir este entorno como una prolongación de nuestra vida. El otro se caracteriza por lo contrario. 

En el primero, el autocontrol es mínimo, no tienes que fingir, puedes ser tú mismo, demostrar lo que piensas y vivirlo de una forma libre. Consume poca energía y nos permite utilizarla en lo que más nos gusta, dedicarla a aquello que merece realmente la pena (la familia, las aficiones, los amigos, ...).

El segundo camino devora nuestra energía. El autocontrol utilizado para disimular el gap entre lo que somos y lo que hacemos hace que nos vaciemos. El miedo a perder el trabajo, a no ganar dinero, a no poder permitirnos ciertos caprichos,... nos esclaviza. El resultado es que la energía que podrías dedicarle a lo que te gusta la dedicas a algo en lo que no crees ... y esta factura la suelen pagar los que menos se lo merecen.

Ser uno mismo nos hace libres!!!.

la dimensión horizontal

Enviado por rober en Mié, 26/05/2010 - 23:05

  hay una frase que me encanta: “el que golpea primero, golpea dos veces”. Esta frase se suele utilizar en el mundo de los negocios, pero se podría aplicar a tantos campos de la vida que casi se puede considerar un axioma.

El poder del primer impacto es evidente. Nuestra mente funciona así, lo primero que ve es lo primero que utiliza para construir los patrones que necesitamos para vivir. El primer argumento, la primera imagen, la primera excusa, el primer dato, ... dan forma a la realidad que luego percibimos. Si alguien te cuenta algo y luego viene otra persona a convencerte de lo contrario, todos sabemos que el esfuerzo del segundo para hacernos cambiar de opinión es mucho mayor, ¿por qué?, porque el primer impacto ha provocado que nuestra mente construya determinados patrones en función del orden de entrada de la información. Por nuestra forma de pensar, y por la educación que hemos recibido, somos poco sensibles al cambio de patrón. Pensamos en vertical, construimos de arriba a abajo, de una manera secuencial y lógica. Esta arquitectura mental dificulta la flexibilidad a la hora de incorporar otros patrones a nuestro universo. Nos movemos bien en una sola dimensión, la dimensión FIFO (First In First Out): lo primero que nos ocurre es lo primero que fija nuestro pensamiento.

 

Este “defecto” en nuestra forma de pensar nos obliga a administrar mucho mejor el orden en el que incorporamos la información a nuestra memoria. Ser conscientes de que buena parte de las realidades que percibimos dependen del orden de asimilación de la información nos ayuda a poder controlar nuestro pensamiento, y controlar nuestro pensamiento nos permite controlar nuestras emociones. Cuando algo no nos gusta, cuando lo negativo se apodera de nuestras cabezas, a lo mejor es buen momento para revisar el patrón, para analizar la construcción del mismo y para plantearse tirarlo abajo y construirlo de otra manera.

 

Hay una nueva dimensión que debemos abrazar, la horizontal. El FIFO está bien pero no es suficiente. A lo mejor hay otras opciones que despreciamos por no estar delante de nuestras narices y ser parte de la solución del problema. Os pongo un ejemplo cotidiano, ¿cuántas veces habéis perdido un buen rato buscando las llaves de casa o del coche?. Cuando repaso el proceso de búsqueda es cuando me doy cuenta de la primacía del pensamiento vertical. Lo primero que haces es buscar donde siempre las dejas, ese es el primer paso, y en base a este paso se sucede el resto de la búsqueda. Sólo cuando rompemos ese patrón ordenado y comenzamos a pensar en que llevábamos puesto, en que estábamos haciendo, ... es cuando se nos ocurre el lugar donde pueden estar las dichosas llaves. 

Somos animales de costumbres, nos encantan las rutinas (ordenadas o desordenadas), nos encanta dejar que el subconsciente decida por nosotros. Todo esto es muy cómodo y la verdad es que funciona bastante bien. Pero dominar el arte de pensar en otra dimensión, poder controlar el pensamiento, ser consciente del orden de llegada de la información para manejarla a nuestro antojo o poseer el don de ver alternativas donde nadie las ve nos puede hacer más creativos y mucho más autónomos. Y si no te lo crees, piensa en el subidón que da encontrar las llaves!!

 

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