recursos humanos

lecciones urbanitas

Enviado por rober en Lun, 20/12/2010 - 23:28

 

Geoffrey West es un físico teórico cuya obsesión es buscar leyes fundamentales que le permitan explicar cómo funcionan las cosas. De la lectura de su trabajo resulta espectacular comprobar como dichas reglas existen, y aunque no ajenas a las excepciones, el resultado de su trabajo nos deja gran cantidad de evidencias sobre las que reflexionar y sobre las que pensar para construir un mundo mucho más sostenible.

 

En la actualidad, West y su equipo están tratando de explicar cómo funcionan las ciudades. El análisis de los datos que éstas generan (consumo eléctrico, kilómetros de autopistas, índices de criminalidad, enfermedades venéreas, ...) les ayuda a predecir con un porcentaje de acierto de un 85% el nivel de ingresos o la dimensión del sistema de alcantarillado. Nueva York no es tan diferente a Tokyo, lo que las hace diferentes son los detalles, pero la esencia de ambas urbes es la misma. 

Según West, el descubrimiento de las ciudades es uno de los mayores inventos de la humanidad. La creación de urbes responde a un sistema eficiente en el consumo de recursos. Cuando una ciudad dobla su tamaño, el incremento en recursos energéticos que ésta necesita sólo crece un 80%. Pero el incremento constante del volumen de las ciudades no responde a cuestiones de eficiencia energética o consumo de recursos, lo que realmente explica el éxodo del campo a las ciudades son las interacciones humanas. Los datos de West muestran claramente que cuando las personas están unidas su capacidad productiva se incrementa. Pero sus investigaciones también muestran como en las últimas décadas, el rápido crecimiento de las ciudades con sus áreas satélite no ha supuesto un incremento en los niveles de renta per capita o de innovación de las mismas. Es más, dicho crecimiento lleva asociado el crecimiento de variables menos amigables, por ejemplo, el doble de tamaño de una ciudad supone un incremento de un 15% en los niveles de criminalidad, tráfico o de SIDA. El crecimiento económico supone también un incremento sustancial de aquellas cosas que no nos gustan. 

 

La representación gráfica del crecimiento de las urbes es una curva que crece de manera exponencial. A medida que una ciudad crece, sus mayores niveles de productividad atraen a nuevos habitantes, lo que la hace aún mayor. West analizó la diferencia que esto supone respecto a las ecuaciones que definen el mundo de la biología, según las cuales, a mayor tamaño menor velocidad ... sería difícil que un elefante fuese tan rápido como un ratón, ya que esto supondría una cantidad de energía difícil de conseguir para el elefante. Las ciudades no están sujetas a las reglas de la biología, todo lo contrario, a mayor tamaño mayor volumen de energía. Para ilustrar esta diferencia podemos pasar a consumo en vatios la vida de una persona. Una persona en reposo consumiría 90 vatios, si esta misma persona tuviese que cazar para conseguir el alimento que necesita para vivir el consumo se iría a los 250 vatios. Pero en las ciudades, la cantidad de vatios consumidos para mantener el nivel de vida se dispara hasta los 11.000 vatios ... mucho más de los que necesita una ballena azul parar vivir, y este planeta no podría mantener 7 billones de ballenas azules, es por eso que nuestro estilo de vida es insostenible.

 

El ser humano descubrió, ya hace muchos años, la receta para hacer frente a esta limitación. Se trata de la innovación constante. La historia de la humanidad es un retahíla de descubrimientos que han permito al hombre hacer frente a los periodos de carencia: el fuego, la rueda, la máquina de vapor, internet, ... diferentes vías para crear riqueza. Cada invento es un paréntesis, un tiempo extra que nos permite caminar hacia el siguiente invento que nos permita escapar del vértigo del precipicio. 

El crecimiento constante de las ciudades, y el cada vez más caro estilo de vida que llevamos, ha provocado que los ciclos de innovación sean cada vez más cortos. El resultado final es que las ciudades no sólo han incrementado nuestro nivel de vida, también han incrementado el ritmo al que la vida cambia. Hasta ahora, la innovación generaba revoluciones que duraban aproximadamente 200 años, hoy las ciudades generan un volumen tal de innovación que el tiempo que transcurre entre ellos es de tan sólo 15 años. Es la primera vez en la historia de la humanidad que durante la vida de una persona ésta puede vivir varias revoluciones.

 

Resulta lógico comparar las ciudades con las empresas. En ambos casos se trata de aglomeraciones de personas organizadas en espacios físicos bien definidos. Pero hay una diferencia fundamental entre ambas que resulta muy llamativa. Mientras que las ciudades permanecen en el tiempo, las empresas tienen una esperanza de vida media de entre 40 y 50 años. La bomba de Hiroshima no borró del mapa esta ciudad, pero dónde están empresas como Enron. Y la pregunta es obvia: ¿por qué resultan tan efímeras las empresas?.

West analizó datos de miles de compañías para tratar de responder a esta pregunta y lo que descubrió es que éstas atienden a un comportamiento similar al que sigue el mundo de la biología. A medida que las compañías crecen, el beneficio por empleado se reduce... algo similar al caso del elefante del que antes hablábamos.

Cuando nace una empresa, el objetivo fundamental es sacar adelante la idea del negocio. Si esta idea tiene la suerte de abrirse camino, todo resulta apasionante, el dinero comienza a llegar, esto provoca que se siga esa línea y que parte del beneficio se reinvierta en tratar de hacer esa idea más grande. Pero llega el punto donde los niveles superiores de la organización sólo piensan en vigilar lo que hacen las personas en los niveles inferiores de la compañía, poco a poco las economías de escala se ven anuladas por el alto coste que suponen los sistemas burocráticos necesarios para controlar la organización, la idea original se desvanece entre otros objetivos ajenos a la esencia de la compañía. Ésta es la crónica de una muerte anunciada. El afán de crecer por crecer es el motivo principal de la desaparición de las empresas, elefantes que corren como locos en busca de más alimento hasta el punto en el que éste se agota y mueren a causa de su propia voracidad.

 

West indica que es la realidad empresarial la que muestra el secreto de la inmortalidad de las ciudades. Mientras que las empresas se atan a organigramas y estructuras de control excesivamente rígidas, las ciudades son lugares donde las personas poseen la libertad de escoger, de decidir por ellos mismos. Aquí no valen las reglas del management, nadie te dice donde tienes que vivir o como te tienes que vestir, es precisamente la libertad que se respira en las urbes la que las hace estar vivas.

más es menos

Enviado por rober en Jue, 20/05/2010 - 22:56

  el libro de Barry Schwartz, Por qué mas es menos: la tiranía de la abundancia, presenta un mensaje muy interesante: cuanto más tenemos menos libres somos. La tiranía de la riqueza nos obliga a convertir en confort cosas que no lo son. Hemos llegado a un punto en el que tenemos tantas opciones donde escoger que este hecho se ha convertido en un tormento moderno. El castigo del “y si ....”, el veneno del “qué dirán ....” o el cáncer de “es que fulano tiene...” hacen que suframos los efectos de la cinta de correr: correr, correr y correr para desgastar nuestras energías en un esfuerzo inútil que nos conduce a ninguna parte.


El mensaje de este libro es muy potente. Es un mensaje a tener en cuenta en nuestra sociedad. Un mensaje para padres, educadores, políticos y empresas. Hemos estado caminando mucho tiempo por un camino equivocado. Creíamos que dar, que presentar mil opciones, que ofrecer mil productos, eran sinónimo de libertad; pues la ciencia nos invita a pensar que esta idea es contraproducente. Lejos de incrementar nuestra libertad, la multiplicidad de opciones nos ha sacado de una pecera en la que conocíamos los límites, en la que tener unas fronteras nos permitía invertir el tiempo en lo realmente interesante: estar con los demás. Salir de la pecera nos deja solos en un océano de posibilidades que consumen cantidades de nuestro tiempo enormes. Tiempo que no podemos dedicar a cuestiones que en el pasado nos hacían sentir bien. Este proceso provoca que perdamos parte del control sobre nuestras vidas. Vivimos la gran herencia de nuestros antepasados, su trabajo y esfuerzo nos han traído al mejor momento de la historia de la humanidad y nosotros no hemos sabido entenderlo de la forma correcta. Nuestra psicología es imperfecta y tiene estas cosas.


En lo que a las empresas se refiere, ellas son parte de los receptores de este mensaje. ¿Cuánto de lo que vivimos no es culpa de ellas?. Parece que las empresas, al igual que nuestros antepasados, nos han dado un montón de cosas que antes no teníamos y todo esto parece que nos ha hecho más infelices. ¿Culpa de la persona?, ¿culpa de la empresa?. No me atrevería a responder a esta pregunta, lo que sí sé es que tenemos un problema.

La creencia de que darle muchas cosas a un niño hace que este las valore menos está bastante popularizada. Las sueles escuchar a los padres de las criaturas. El sentido común nos invita a pensar que si lo dicen será por algo. Entonces, si lo sabemos, ¿por qué nos empeñamos en lo contrario?.


Seguro de vida, cheque restaurante, cheque guardería, plan de retribución flexible, cheque informático, horario flexible, jornada de verano, catálogo de formación, .... y tantos productos como quieras. Esta es la retahíla de cosas que te puedes encontrar en muchas empresas afortunadas. Una infinidad de opciones para ser infeliz. ¿Alguna vez has pensado que cuanto más tenemos, más queremos?: el piso se me queda pequeño, el coche no es lo suficientemente potente, las vacaciones no son lo suficientemente exóticas ó en mi trabajo no me ofrecen tal cosa. Detrás de estas ideas se esconde la incertidumbre que genera la multiplicidad de opciones. Tengo jornada de verano, horario flexible, licencias para todo, .... pero me falta poder escoger los días de vacaciones cuando me da la gana; y el pensamiento puede llegar a ser: “ .... es que en mi empresa no puedo coger las vacaciones cuando me da la gana...”. ¿Por qué?, según el profesor Schwartz todas esas opciones las convertimos en confort, ya no son un motivador, dejan de serlo a los pocos meses de formar parte de nuestras vidas. Cuando nos acostumbramos a las cosas pasamos a convertirlas en el suelo sobre el que volvemos a evaluar. 


Se ofrecen demasiadas opciones. Me da la sensación de que poca gente piensa en el significado y la utilidad a la hora de diseñar la oferta de opciones de la que disponemos. La multiplicidad nos bloquea, dificulta la toma de decisiones, y cuando las tomamos, todas las opciones descartadas nos castigan recordándonos que nos hemos equivocado. Eso nos frustra y no nos permite disfrutar aquello por lo que hemos apostado. Se podría definir como el castigo de tener mucho, maximizadores que buscan la satisfacción inmediata de placeres cortoplacistas perfectos.


Aquellos que tenemos la responsabilidad de construir esos paquetes de ofertas deberíamos dejar de ser administradores para convertirnos en diseñadores. Administrar es fácil, lo realmente difícil es diseñar. Ser capaces de dibujar ideas que le hagan la vida mucho más fácil a la gente. ¿Parece que lleva asociado poco trabajo?, pues todo lo contrario. Estos diseñadores piensan en la utilidad que va a tener el producto, en el significado dentro del contexto en el que se encuentra. Sin duda un trabajo fruto de complicados procesos intelectuales, nada de funciones repetitivas y simples.

Imagínate poder diseñar ideas que hagan a la gente más feliz en su trabajo, a caso ¿no es eso la mayor felicidad?. 

 

un valle de lágrimas

Enviado por rober en Jue, 29/10/2009 - 22:50

 

 “tú no puedes elegir lo que debe ser. Pero sí puedes elegir cómo lo quieres ver. De hecho, eso tienes que elegirlo, y en ese elegir obligatorio, si eliges ver un valle de lágrimas, lo vas a ver“. 


Esta frase que aparece en el libro “La auténtica felicidad” de Martín E. P. Seligman me recordó algo que escucho muy a menudo y que por lo menos nos tendría que hacer pensar a las profesionales que trabajamos con personas. Esta “creencia popular” afirma que los profesionales de recursos humanos somos una especie de confesores a quienes la gente acude para contarnos sus penas y problemas.

Coincido en parte con esta creencia, tiene mucho de cierta, pero también lleva asociado una responsabilidad muy grande que en la mayor parte de las ocasiones olvidamos. Compartir las emociones une mucho, alivia el sufrimiento y te hace sentir querido e importante. Pero, ¿es esto suficiente?. Cuando alguien acude a nosotros con un problema debemos tener claras dos cosas. La primera; debemos hacer que la persona se sienta cómoda y reconfortada. Y la segunda; tenemos que tratar de ayudar a la persona a solucionar el problema. De poco vale aliviar el sufrimiento si éste no lo utilizamos para analizar qué ha pasado y buscar una posible solución a lo que ha ocasionado este dolor.


Bernard Rimé, profesor de la universidad de Louvian, presentó en el II Congreso Internacional de Inteligencia Emocional, un modelo de trabajo que hacía referencia a esto que comento. El profesor Rimé hablaba de cómo las personas tenemos una serie de objetivos y actividades asociadas que conforman nuestro día a día. De vez en cuando, estos objetivos no se cumplen, nuestros planes se ven truncados y las cosas se acaban torciendo. Éste es el principio de los problemas; cuando perdemos el control sobre lo que hacemos, cuando nuestros planes no se cumplen. Todo ello produce efectos a dos niveles: 

Por un lado nuestra autoestima y los sentimientos de confianza y eficacia (ego).

Por otro lado nuestros modelos mentales, nuestras expectativas, nuestras teorías (significado).


Cuando ofrecemos nuestro hombro para llorar, estamos trabajando solamente a nivel del ego. Reforzamos la autoestima y buscamos que la persona recupere la confianza. Esto es vital, pero no suficiente. Si actuamos sólo a este nivel, desaprovechamos las enormes posibilidades de aprender que ofrecen los errores. Es importante que junto con el ego repasemos las causas del error: ¿estaba mal definido el objetivo?, ¿eran equivocadas las expectativas?, ¿la teoría de actuación era la correcta?, ... y toda una batería de preguntas que deben ayudar a profundizar en la causa de esa sensación de tristeza. Esta es una buena manera de darle significado al sufrimiento y que éste sea la base sobre la que construir nuestra experiencia.


Todo lo planteado por Rimé es, por lo menos, una manera diferente de ver las cosas. Me parece que el contenido de sus investigaciones esconde un mensaje importante para aquellos que trabajamos para las personas. Dejemos de ser sólo un hombro sobre el que llorar y convirtámonos en lugares de reflexión donde las personas encuentren un espacio en el que mejorar su desarrollo profesional. Estoy seguro de que esto creará mucho más valor para las organizaciones, pero sobre todo para la gente.

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