imaginémonos una plaza en cualquier ciudad, una plaza muy concurrida. Ahora imaginémonos a alguien en el centro de dicha plaza llorando. Creo que estaremos de acuerdo en pensar que será más que probable que alguien se parará junto esta persona para preocuparse por su estado. Tratará de saber qué le pasa y buscará la manera de consolarla.
Ahora pensemos en la misma plaza, pero en esta ocasión la persona que se encuentra en ella es una persona feliz, una persona sonriente. Es evidente que a nadie le llamará la atención, toda la gente que hay a su alrededor pasará a su lado sin plantearse el por qué se ríe, es más, mucha gente ni verá la sonrisa. Es invisible.
Pasemos esta situación tan cotidiana a cualquier empresa. ¿Cuánto hay de realidad en el ejemplo?. Creo que podría afirmar sin equivocarme mucho que el paralelismo es exacto. Reflexionando sobre ello llego a la conclusión de lo mucho que llama la atención la tristeza y lo desapercibida que pasa la felicidad.
Nuestras organizaciones están llenas de personas. Todas ellas son absolutamente distintas, cada una tiene sus propios sueños, expectativas, problemas, ... Cada una los expresa de manera diferente, pero no cabe duda de que cuando algún compañero de trabajo está triste por cualquier circunstancia es más fácil que nos acerquemos a él/ella para mostrarle nuestro apoyo, para intentar ayudarle. Parece algo inherente al ser humano, cuando alguien muestra debilidad sale nuestro lado “tierno” y tratamos de minimizar su estado de malestar.
Por contra, nuestros compañeros de trabajo que son felices, que afrontan los problemas con una sonrisa, que buscan en el optimismo la respuesta a su problemas, son transparentes a nosotros. En estos casos no nos surge esa necesidad de ayudarles. Es como si estas personas no tuvieran problemas, como si su estado de ánimo no necesitase del apoyo externo. Es más, en algunos casos incluso podrían provocar envidias entre sus compañeros por no aparentar debilidad alguna.
Es increíble comprobar como en la mayoría de los casos descontamos la felicidad de una manera casi automática mientras que la tristeza se ve premiada con todos nuestros sentidos. ¿Por qué?. La verdad es que no lo sé, pero me da mucho en que pensar y sobre todo me ayuda a tratar de imaginarme empresas donde se fomente más la felicidad. Y con ello no digo que si alguien tiene un problema no se le ayude, todo lo contrario. Pero lo que no puede ocurrir es que sólo se preste atención a la tristeza porque lo único que provocará será más tristeza. Si prestásemos más atención a las sonrisas, al optimismo, en definitiva, a la felicidad, es probable que ésta se reprodujese en nuestras organizaciones haciendo más fácil nuestra vida.
No podemos creer que alguien feliz no necesita que se le pregunte, que se le de apoyo, que se le muestre afecto. No podemos creer que alguien optimista es indestructible. En ellos, más que en nadie, residirá la imagen que deseamos proyectar de la empresa. Cuidémoslos y ayudemos a que la felicidad aflore.
