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recursos humanos

 

 “tú no puedes elegir lo que debe ser. Pero sí puedes elegir cómo lo quieres ver. De hecho, eso tienes que elegirlo, y en ese elegir obligatorio, si eliges ver un valle de lágrimas, lo vas a ver“. 


Esta frase que aparece en el libro “La auténtica felicidad” de Martín E. P. Seligman me recordó algo que escucho muy a menudo y que por lo menos nos tendría que hacer pensar a las profesionales que trabajamos con personas. Esta “creencia popular” afirma que los profesionales de recursos humanos somos una especie de confesores a quienes la gente acude para contarnos sus penas y problemas.

Coincido en parte con esta creencia, tiene mucho de cierta, pero también lleva asociado una responsabilidad muy grande que en la mayor parte de las ocasiones olvidamos. Compartir las emociones une mucho, alivia el sufrimiento y te hace sentir querido e importante. Pero, ¿es esto suficiente?. Cuando alguien acude a nosotros con un problema debemos tener claras dos cosas. La primera; debemos hacer que la persona se sienta cómoda y reconfortada. Y la segunda; tenemos que tratar de ayudar a la persona a solucionar el problema. De poco vale aliviar el sufrimiento si éste no lo utilizamos para analizar qué ha pasado y buscar una posible solución a lo que ha ocasionado este dolor.


Bernard Rimé, profesor de la universidad de Louvian, presentó en el II Congreso Internacional de Inteligencia Emocional, un modelo de trabajo que hacía referencia a esto que comento. El profesor Rimé hablaba de cómo las personas tenemos una serie de objetivos y actividades asociadas que conforman nuestro día a día. De vez en cuando, estos objetivos no se cumplen, nuestros planes se ven truncados y las cosas se acaban torciendo. Éste es el principio de los problemas; cuando perdemos el control sobre lo que hacemos, cuando nuestros planes no se cumplen. Todo ello produce efectos a dos niveles: 

Por un lado nuestra autoestima y los sentimientos de confianza y eficacia (ego).

Por otro lado nuestros modelos mentales, nuestras expectativas, nuestras teorías (significado).


Cuando ofrecemos nuestro hombro para llorar, estamos trabajando solamente a nivel del ego. Reforzamos la autoestima y buscamos que la persona recupere la confianza. Esto es vital, pero no suficiente. Si actuamos sólo a este nivel, desaprovechamos las enormes posibilidades de aprender que ofrecen los errores. Es importante que junto con el ego repasemos las causas del error: ¿estaba mal definido el objetivo?, ¿eran equivocadas las expectativas?, ¿la teoría de actuación era la correcta?, ... y toda una batería de preguntas que deben ayudar a profundizar en la causa de esa sensación de tristeza. Esta es una buena manera de darle significado al sufrimiento y que éste sea la base sobre la que construir nuestra experiencia.


Todo lo planteado por Rimé es, por lo menos, una manera diferente de ver las cosas. Me parece que el contenido de sus investigaciones esconde un mensaje importante para aquellos que trabajamos para las personas. Dejemos de ser sólo un hombro sobre el que llorar y convirtámonos en lugares de reflexión donde las personas encuentren un espacio en el que mejorar su desarrollo profesional. Estoy seguro de que esto creará mucho más valor para las organizaciones, pero sobre todo para la gente.

por no perder la costumbre sigo con mi monográfico sobre la crisis. La verdad es que estos días leer la prensa y hablar con gente de diferentes sectores y empresas me hace pensar mucho sobre el tema. Siempre he creído que en los malos momentos es cuando se demuestra el verdadero talento y que lo que no te “mata” te hace más fuerte. Sin duda en estos días convulsos que nos toca vivir es cuando los departamentos de recursos humanos deben demostrar que realmente son unos aliados estratégicos. Por nosotros pasan buena parte de las soluciones y ahora más que nunca es cuando debemos ser los mayores defensores y valedores de la cultura de la empresa.

En más de una entrada he hablado de la confianza y la coherencia en las políticas de recursos humanos. Estos momentos son los mejores para afianzar estos valores fundamentales y demostrar a la organización, y a los profesionales que la conforman, que lo que hacemos y decimos es verdad. Llenarse la boca de grandes promesas y palabras cuando las cosas van bien no sirven de nada si cuando viene un revés hacemos todo lo contrario.

Estos días The Economist publicaba un artículo titulado “Generation Y goes to work”. En este interesante artículo se habla de cómo el porcentaje de paro se incrementa cada día hacia cifras que para los recién incorporados al mercado de trabajo (generación Y) resultan totalmente desconocidas. Para ellos se trata de una situación desconocida hasta el momento. Esta realidad provoca que muchas empresas dificulten el desarrollo profesional para estos nuevos profesionales haciendo que su grado de frustración se incremente notablemente. Por otro lado, el panorama tan gris que se nos presenta en los próximos meses hace que se adopten comportamientos más restrictivos, lo que se aleja de lo que la generación Y valora como un gran activo: entornos de trabajo flexibles, más abiertos y colaborativos.

A todo esto es a lo que me refería al principio de la entrada. Una determinada situación hace que se ponga en duda todo aquello de lo que se ha presumido y sacado pecho durante los años de bonanza. De repente se ha olvidado todo lo bueno que esos entornos de trabajo aportaban a la empresa, y lo mucho que influía en la marca como empleador de muchas compañías a la hora de atraer y retener el talento. Da la sensación de que en épocas de crisis no hay talento que valga. El compromiso se ha roto y aquí sólo vale el sálvese quien pueda. Se permite que los buenos se vayan pensando en objetivos cortoplacistas de maximizar el beneficio .... y la verdad, es que tengo mis dudas de que así sea.

Por contra creo que es en estos momentos cuando más comprometidos deberíamos estar con el talento. Estos días son los mejores para fidelizar el talento que poseemos y a través de estos comportamientos responsables y éticos atraer todo el talento que podamos. Sin duda son su cualidades y habilidades las que mejor nos equiparán para poder salvar la crisis con nota. Desperdiciarlo es estar dispuestos a quedarse a la deriva ante una situación que no sabemos cuanto va a durar y cual va a ser la profundidad que va a tener.

No creo que sirva de nada bajar los brazos y actuar sin iniciativa. Es en estos momentos cuando desde las direcciones de personas debemos ayudar a fortalecer el compromiso con el talento. Él nos salvará de los imprevistos y los cisnes negros que están por venir.

 esta crisis está dejando muchos mensajes importantes que no debemos pasar por alto. Hay una serie de realidades que vemos estos días en los periódicos que no dejan de llamarme mucho la atención.

 

El pasado fin de semana aparecía una noticia publicada en El País que se titulaba: “el absentismo también sufre la crisis”. En esta noticia hay un párrafo que no puedo dejar de subrayar: “No hay duda. En medio de la crisis económica y la ola de despidos que acarrea, la gente se aferra a su puesto de trabajo y falta menos. El absentismo laboral se está reduciendo en España. "Desde el pasado verano notamos que hay una disminución de las bajas, sobre todo de las de más corta duración y entre las personas más jóvenes. Es la coyuntura actual y que probablemente se trataba de ausencias poco justificadas", asegura Manel Plana, director de Servicios Médicos de MC Mutual.”


El mensaje de la noticia es muy claro. Nos pasamos el día quejándonos de nuestro trabajo, pensando que es una pérdida de tiempo, que no nos aporta absolutamente nada, que ojalá tuviésemos más tiempo para nosotros, .... y cuando sentimos la más mínima amenaza de poder perderlo es cuando reaccionamos haciendo lo que deberíamos hacer cada día. 


Actuamos como si necesitásemos la presión de la pérdida de nuestro confort para poder valorar todo lo que tenemos. Y cuando lo perdemos actuamos como si fuese culpa de otros: el gobierno, mi jefe, la empresa, mis compañeros, ... todos menos yo. Esta no es la primera vez que hablo sobre este tema en el blog, pero una vez más la realidad me demuestra que esta reflexión es totalmente acertada y me invita a seguir pensando cómo podemos evitar este problema de perspectiva.


Da la sensación de que las personas actúan por impulsos yendo de un extremo al otro olvidado que en el punto intermedio suele estar el equilibrio. Pasamos de no ir al trabajo a querer demostrar lo productivos que somos trabajando. Lo que no solemos pensar es lo llamativo que resultan estos comportamientos bipolares en los que nos observan. Llama mucho la atención ver a alguien actuando de una manera tan extrema, y lo más probable es que sean las personas que se comportan de esta manera las primeras en estar en el punto de mira ante una situación de regulación de plantilla.



Estamos sufriendo una crisis de gratitud. Sin duda una de las grandes virtudes que nos permite dar valor a lo que tenemos y no descontarlo de una manera automática cuando lo sentimos como seguro. Por desgracia, es cuando sufrimos una crisis cuando más tiramos de esta virtud .... a ver si tenemos suerte y de esta aprendemos a vivir con ella independientemente del momento.

 esta semana he tenido la suerte de poder disfrutar de unos días de descanso. Para desconectar siempre intento hacer un viaje y de paso aprovechar para aprender cosas nuevas y abrir la mente. Esta vez me ha tocado EEUU, en concreto los estados de Nueva York y Pennsylvania. Durante el viaje tuve la oportunidad de poder charlar con profesionales norteamericanos y conocer algunas empresas de la zona. Supongo que por deformación profesional desde el primer momento traté de analizar el por qué del éxito de las empresas norteamericanas (tan en entredicho estos días) y su capacidad para ser pioneras a nivel mundial en diferentes sectores.

 

Cenando con ellos hablamos sobre el tema y aproveché para plantearles mis inquietudes y que de paso me diesen, según su punto de vista, el secreto de este “éxito”. La verdad es que la respuesta me encantó y fue la que me empujó a hacer esta entrada en el blog.

 

Su respuesta se resume en la buena fe con la que se trabaja. El tener confianza en los demás hace que los negocios ocurran de una manera más fluida y siempre se dedique la energía a lo realmente importante: trabajar. Mi siguiente pregunta a dicha respuesta fue: ¿y qué ocurre si alguien no actúa bajo la buena fe y busca su propio beneficio a costa de los demás?. La respuesta fue contundente: podrás engañar una vez, pero esto conlleva salir del círculo de confianza y quedarte fuera del sistema.

 

La conversación me obligó a reflexionar y no pude dejar de  pensar en como ocurren las cosas en los sitios donde no se trabaja con estos principios. Cuando vivimos o trabajamos suponiendo que la otra parte nos va a engañar, que va a intentar aprovecharse de nosotros para conseguir algo a nuestra cuenta, que sus intenciones nos son claras, en definitiva, cuando competimos a ver quien es el más “listo”, perdemos un montón de tiempo y energía en cosas que no son realmente importantes y hacemos que el trabajo no fluya de una manera natural, lo que le resta eficiencia y productividad. De que sirve presumir que trabajamos un montón de horas si una parte muy importante de las mismas las dedicamos a desconfiar de los demás, a revisar el trabajo de otros, a buscar el defecto o a sacar los colores para demostrar nuestra valía, ...

 

Al igual que la gran pregunta: ¿quién fue antes, el huevo o la gallina?, yo planteo otra: ¿quién es antes, la confianza o la buena fe?. La respuesta puede depender de muchísimos factores tales como la cultura o la historia, pero sin duda aquellos que encuentran la respuesta generan un entorno donde trabajar es mucho más sencillo, donde el día a día se dedica a crear, a crecer, a intentar a avanzar sin miedo, a querer hacer cosas nuevas, a no ver barreras y a eliminar el NO como respuesta.

 

Con sus virtudes y sus defectos, y por supuesto con sus excepciones, las empresas norteamericanas han logrado acercarse a dar respuesta a esta pregunta. Durante mi viaje me dio la sensación de que su forma de hacer la cosas se basa en la buena fe, y cuando las cosas se hacen con buena fe, la confianza surge de manera natural y nos lleva a la búsqueda del ganar-ganar ... y esto facilita mucho las cosas.

 

Releo la entrada y me da la sensación de que todo lo que comento esta escrito de una manera demasiado subjetiva, a lo mejor incluso alejada de la realidad o de otros motivos que se me escapan. Pero con todo, creo que el concepto es lo suficientemente potente como para pensarlo. 

 

Mientras tanto sigo insistiendo, como en pasadas entradas del blog, que actuemos con buena fe. Sinceramente creo que esta es la mejor manera de sobrevivir en un mundo repleto de mentiras y poder aprovechar toda la energía positiva que genera esta forma de hacer las cosas.

cenando el otro día con unos amigos recordábamos los tiempos en los que no teníamos internet y como este hecho ha influido en nuestro modo de escuchar música. Cuando internet no existía en nuestras vidas, el acceso a la música era casi un bien de lujo para un adolescente. Recordábamos como grabábamos nuestras canciones favoritas en la radio intentando ajustar al máximo para evitar los siempre molestos comentarios del interlocutor. La tecnología nos llevó a poder grabar de cinta a cinta ... todo una salto tecnológico. Pero el salto realmente diferencial para nosotros fue la aparición de los CD´s, con calidad de música digital y también con unos precios de unos 30€, de aquella época. Escuchar la música que te gustaba era un “vicio” realmente caro y al alcance de muy pocos. Tenías que seleccionar muy bien lo que querías. Y cuando te comprabas el CD lo escuchabas una y otra vez, te aprendías las letras de las canciones, disfrutabas de las portadas y fotos interiores, lo limpiabas para que no se rayara, ....

 

Con la aparición de internet en nuestras vidas todos estos modelos de comportamiento han desaparecido de forma drástica. De repente podemos tener y disponer de toda la música que jamás nos hubiésemos imaginado. Todo aquello que siempre quisimos escuchar está a un sólo click de nosotros, y con precios infinitamente inferiores. Y ahora que tenemos esta enorme fortuna la lógica nos debería llevar a pensar que tendríamos que estar encantados. Pero mis amigos y yo comentábamos como de repente tu manera de escuchar música cambia, de repente aquello que tanto te gustaba lo escuchas una vez, o a lo mejor dos, pero es probable que no le vuelvas a  prestar mucha atención. Por supuesto, de cada disco sólo escuchas la canción que te gusta, el resto ni las abres ...


Hablando sobre el tema comencé a pensar lo cerca que está este ejemplo de lo que se debe sentir cuando uno es millonario. Cuando realmente tienes la capacidad de tener todo aquello que siempre deseaste. Internet nos ha acercado a esta sensación, nos ha dado lo que siempre quisimos y de repente ya no nos hace tanta ilusión. Es cómo si la ilusión desapareciera con la sensación de tener lo que tanto anhelaste, cuando conseguir algo no te supone ningún esfuerzo, cuando cualquier cosa esta a tu alcance. Realmente internet nos ha hecho ricos a todos y parece que esta riqueza no le sienta demasiado bien a nuestra ilusión. El exceso apaga nuestro apetito y atrofia nuestros sentidos, eso es lo que creo.


Bajo este patrón de comportamiento, ¿cuánto de esto no pasa en las empresas actuales?, ¿puede suceder que tengamos más que nunca y aún así nos quejemos? o ¿siempre han sido así las cosas?. Mi sensación personal es que con el trabajo pasa lo mismo que con la música, cuanto más tenemos, menos ilusión nos hace, cuando lo que  debería suceder es que tendríamos que ser conscientes de todo lo que tenemos y de lo mucho que se ha avanzado en esta materia a lo largo del tiempo.


¿Y que podemos hacer?, ¿nos resignamos a que la gente pierda la ilusión y en consecuencia la implicación tan necesaria para hacer mejor las cosas?. Sinceramente creo que desde la áreas que trabajan con y para las personas se debe reflexionar a este respecto. A veces queremos hacer tantas cosas, dar tantos beneficios, conceder tantos privilegios que nos podemos olvidar de que todo esto puede conducir a un efecto contraproducente. Y no digo que no haya que hacer esto, sólo creo que hay que ponerlo en valor y recordárselo a la gente para que esa ilusión por los logros conseguidos no se vean nublados por la apatía y la desidia.


Leía ya hace algunas semanas en el periódico que los grandes directivos de la industria del automóvil norteamericanas acudían en sus jets privados a Washington para solicitar al gobierno ayuda financiera para poder salir adelante del bache que están viviendo... creo que este es un buen ejemplo de lo que puede provocar tenerlo todo. 

 

¡Trabajemos la gratitud como una de las grandes fortalezas necesarias para ser feliz!