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recursos humanos

 cuando nos hablan de lo rápido que avanza internet todos lo asumimos como un dogma de fe, pero tengo la sensación de que muchas veces es más una inercia en nuestra forma de pensar que una reflexión consciente sobre esta realidad.

En menos de 15 años internet se ha reinventado a si mismo en varias ocasiones. Primero fue la web 1.0, donde la información se emitía a un gran público de manera sencilla y global. Esto supuso todo una revolución en una época en la que la información se consideraba poder. Una demanda creciente condujo a una oferta enorme de información que nos llevó de cabeza a la borrachera 1.0: spam, virus y otros males.

Era necesario algo nuevo. Surge la web 2.0 como solución a los problemas de su versión anterior. De repente es el propio usuario el que puede generar contenido y decidir lo que quiere leer. Surge la web social, un punto de encuentro, una nueva forma de relacionarse y de trabajar. 

Pero a la web 2.0 le faltaba algo. Cada persona es un mundo y lo que yo necesito difiere mucho de lo que otra persona puede necesitar. Cada día es mayor la necesidad de sentirnos únicos y especiales. Internet ya esta trabajando en ello. ¿Cómo?. Sencillo, sumando: 1+2=3.0. La suma de las dos versiones anteriores de internet ha dado lugar a lo que ya se llama la web 3.0, la web semántica, una web que nos permitirá personalizar al máximo nuestras necesidades en internet. Una web que entiende que cada persona es única y diferente.

 

Y mientras tanto, ¿qué pasa con la sociedad?. Pues la sociedad no ha permanecido inmóvil a todo esto. En realidad me da la sensación de que es internet quien marca el ritmo de la sociedad. Los baby boomers, la generación X, la generación Y y ahora ya empezamos a hablar de la generación Z. Y me pregunto ¿hasta que punto se han visto influenciadas todas estas generaciones por internet?, ¿tienen estas generaciones características de cada una de las eras de internet con las que les ha tocado convivir?. Yo creo que si. En el dibujo adjunto se puede ver la interrelación entre generaciones y cada una de las versiones de internet que hemos vivido. Vamos desde los inmigrantes digitales a los nativos digitales. Los BB y la GX vivieron el comienzo de internet, la web 1.0, un milagro, algo que el mero hecho de poseer una cuenta de correo te hacía sentir un afortunado. Poco a poco se popularizó. Ya no sólo lo teníamos en la universidad o el trabajo, ahora lo teníamos en casa, y poco a poco su uso se hizo más cotidiano. Nos saturamos de leer, escuchar y ver todo aquello que durante muchos años era inimaginable. Cuando nos cansamos buscamos algo más, entre todos evolucionamos hacía una web que nos unía, que nos permitía compartir. Blogs, wikis, p2p, facebook, twitter, ... lo compartimos todo. Ahí nace la web 2.0, una web que tiene mucho que ver con la GY. ¿Y ahora donde nos encontramos? o mejor dicho, ¿hacía donde vamos?. Pensemos en temas cotidianos: la ropa, el ocio, los medios de comunicación, los coches, ... cada unos de estos bienes o servicios se puede personalizar hasta un punto que los conviertan en únicos entre su especie. Ese será el futuro. La web 3.0 y la GZ serán quienes nos conduzcan hacía la customización absoluta de nuestro entorno. Un entorno que construiremos adaptado a las necesidades de cada uno.

 

Los recursos humanos no serán una excepción. Hemos vivido unos recursos humanos 1.0, lo que conocíamos como los departamento de personal, donde el café para todos era el denominador común a sus políticas. En la versión 2.0 evolucionamos hacia los recursos humanos que conocemos hoy en día, unos recursos humanos centrados en el clima laboral como último exponente para poder trabajar sobre los sentimientos organizativos. Pero debemos evolucionar al mismo ritmo que lo hace el resto de nuestro entorno. Debemos ir poco a poco hacia lo que debemos denominar recursos humanos 3.0. Unos recursos humanos totalmente personalizados, adaptados a las necesidades individuales de cada profesional. Ese será el reto en la definición de las políticas de recursos humanos del futuro. Se debe acabar ya el café para todos. Es hora de las personas 3.0.

Lehman Brothers, Merrill Lynch, Morgan Stanley, Goldam Sachs, AIG, ... y quién sabe cuantos gigantes más están por caer. En el siglo XVIII, Adam Smith acuñó el término de la mano invisible: forma metafórica para describir el papel del mercado libre en la asignación de los bienes en la economía. Defendía  la existencia de un orden económico natural que funcionaría con más eficacia cuanto menos interviniese el Estado. Si Adam Smith levantara la cabeza estos días se daría cuenta de que algún punto de su teoría era errónea. 

Este no es ni el momento ni el lugar para rebatir las ideas de Adam Smith, ni tampoco es la ocasión de debatir sobre la idoneidad de este tipo de políticas.  Pero su teoría me recordó como son algunos factores invisibles (la codicia, el poder, el liderazgo mal entendido, la falta de sentido común, la envidia, el exceso de confianza, ...) los que provocan efectos muy visibles. 

 

 



      

 

 

 

Esta semana, The Economist publicaba un artículo cuya lectura viene muy a cuento con este tema. Se hablaba de los dos grandes gigantes en la construcción de aviones a nivel mundial, Airbus y Boeing. Ambos se encuentran en un momento envidiable ya que el nivel de pedidos augura un buen futuro para ambas compañías. Pero cada una de ellas se encuentra en un momento bien diferente:

Airbus, acaba de salir de una fuerte crisis que ha durado dos años, y de la cual son conscientes sus empleados. Ante este panorama la empresa plantea tan sólo un incremento de salarios de un 1,5% anual, para de esta manera tratar de evitar la pérdida de más puestos de trabajo. Mientras tanto, su homóloga norteamericana, Boeing, ha disfrutado en los últimos años de un periodo de estabilidad y crecimiento. En este caso, la empresa propone a sus trabajadores un incremento salarial de un 11% en tres años, junto con los ajustes pertinentes de hasta un 3% relativos al coste de la vida.

Los empleados de Airbus aceptan lo que la empresa les propone, mientras que los profesionales de Boeing se han puesto en huelga por considerar inadecuada la oferta de la compañía.

En la lectura del artículo de The Economist se hace todavía más patente la curiosidad del caso. En él se puede entrever el inminente riego de pérdida de puestos de trabajo que dicha actividad conlleva debido a las posibilidades de outsourcing hacía otros países con menores costes laborales.



Tras la lectura del artículo me daba cuenta de las enormes similitudes entre el caso de Boeing/Airbus y los sucesos de los últimos días en los mercados financieros. 

El mundo de bienestar en el que vivimos no nos deja ver los peligros que atenazan nuestra existencia. En el caso de los mercados financieros, la codicia y la desmesura no nos han permitido ver lo que se nos venía encima. En el caso de Boeing pasa algo parecido. La estabilidad mal entendida genera en las personas la creencia de que dicha estabilidad es un derecho adquirido y que no hay nada ni nadie en el mundo que se la pueda arrebatar. Sin embargo, los profesionales de Airbus han sufrido en sus propias carnes la crueldad de la realidad, y la lógica de los mercados les ha enseñado que lo que hoy va bien, mañana puede que no vaya tan bien. Parece que son sólo este tipo de masters de realidad “gratuitos” los que nos devuelven al camino de la coherencia y el sentido común.



La estabilidad y la bonanza son “bienes” finitos. Es muy fácil acostumbrarse a ellos, pero lo realmente complicado es saber conservarlos. Si cuando todo va bien olvidamos que las cosas pueden cambiar en segundos, es probable que nos equivoquemos a la hora de escoger ya que la mano invisible que guía nuestros sentimientos puede confundir nuestro juicio.

 

 todo el mundo sabe lo que es un esguince. Y todo el mundo sabe también cual es el remedio más popular para tratarlo: inmovilizar la zona durante 15 días y reposar. Por desgracia he sufrido en más de una ocasión esguinces varios. Durante mucho tiempo utilicé este remedio. Al cabo de esos 15 días resultaba que el dolor que sentía por la inactividad de la zona era aún mayor, y lo que era peor, la zona quedaba parcialmente atrofiada. Con el paso del tiempo una amigo preparador físico me recomendó que para este tipo de lesiones lo peor era dejar inmovilizada la zona, lo que había que hacer era moverla de manera muy suave sin llegar a forzarla. Seguí el consejo de este amigo y pude comprobar como afrontando la lesión de esta manera la recuperación era mucho más llevadera

Leyendo el otro día una artículo del Dr Mario Alonso Puig acerca de la recuperación de la movilidad, me venían a la memoria recuerdos sobre el consejo de mi amigo. Recuerdos que no pude evitar extrapolar a la vida cotidiana, donde al igual que se producen lesiones físicas, también se producen lesiones sociales.

Todos hemos vivido en algún momento desencuentros con compañeros, amigos, pareja, familia. Tratar estos sucesos ocultando los sentimientos, olvidando lo que nos hacen sentir, es retrasar lo inevitable: el dolor. Si actuamos aislando el dolor, borrando de nuestra mente estos recuerdos, lo único que conseguiremos es atrofiar las relaciones, haciendo que se enfríen y se pierda algo tan importante como la confianza. Pensemos en los esguinces, si los inmovilizamos durante mucho tiempo, y a esto lo sumamos el uso de antiinflamatorios, el dolor desaparece, pero es bien cierto que el mal sigue ahí, y peor aún, cuando queremos volver a usar la zona afectada resulta que esta no funciona como funcionaba. Lo mismo ocurre con nuestras relaciones interpersonales. Olvidando las causas de los problemas, buscando evitar la incomodidad de los mismos, lo único que conseguimos es atrofiar la base de las relaciones.

En el trabajo este tipo de situaciones suceden todos los días. Diferentes formas de hacer las cosas, opiniones opuestas, miradas inapropiadas, envidias ocultas, malos entendidos, respuestas inadecuadas, silencios incómodos, falta de apoyo, incoherencia, mentiras, dificultar el trabajo de otros, ... y muchas otras situaciones que si no se tratan desde el mismo momento en el que se producen lo que provocan son las nada recomendables lesiones sociales. Lesiones que atrofian nuestra actividad social y conducen a la tristeza y el aislamiento. 

Cuando se produce una lesión de este tipo lo mejor es tratarla con naturalidad desde el primer minuto, asumiendo que este tipo de cosas suceden porque son parte de la vida. Lo que no es natural, y no debería formar parte de nuestra vida, es estar enfermo socialmente, porque el ser humano es un ser social que necesita de las interacción con otras personas.

La solución a este tipo de lesiones nos la da el sabio refranero popular: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

 la gente mayor de mi entorno suele decir: “trabajar es una bendición”. No me parece algo tan descabellado si contextualizamos esta afirmación en un momento histórico en el que los índices de paro, en España, se situaban entorno al 20% y donde la precariedad del empleo era algo generalizado y muy común. Siempre he tenido muy en cuenta lo que la gente mayor que yo dice porque la experiencia suele suponer un grado.


Ya hace una semana que nos hemos incorporado de nuestro descanso estival. La vuelta siempre esta llena de noticias sensacionalistas en los diferentes medios. Depresión postvacacional es una de las que más solemos escuchar en la ya institucionalizada “vuelta al cole”. Siempre me ha hecho mucha gracia este adjetivo para definir algo tan común como el cambio de rutina que supone la vuelta de vacaciones. Pero en los últimos años he venido observando como en nuestra sociedad esto cala de tal manera que la gente siente la necesidad de estar triste y malhumorado al finalizar sus vacaciones, es más, actúan como si tuvieran una disculpa para ello y como si el no sentirlo significase que no han disfrutado de unas buenas vacaciones. La incorporación al trabajo se ha convertido en un suplicio, peor todavía, ahora se habla de como incluso los padres contagian este sentimiento a sus hijos en el momento de incorporarse a las clases.

Por una lado están los sabios consejos de nuestros padres, los que consideraban el trabajo como algo que dignificaba a la persona y la hacía sentirse afortunada, y por otro lado están las presentes generaciones las cuales consideran el trabajo como un “mal necesario”; un motivo para estar triste. Estas dos formas de concebir la vida están separadas por un momento de gran crecimiento económico, lo que me lleva a pensar que cuanto mejor nos van las cosas peor nos sentimos ... triste, ¿no?. Además utilizar el término depresión me parece algo desmesurado, Quien realmente padece este terrible enfermedad lo pasa muy mal, asociarla a algo tan alegre como las vacaciones me parece poco ético. 

Pensemos cual es la alternativa a la mal denominada depresión postvacacional. Sólo hay dos alternativas que se me ocurren: ser millonario (al alcance de sólo unos pocos) o no tener trabajo. La segunda opción es la más común y la verdad es que no supone un panorama nada alentador. Sin trabajo no hay vacaciones, y sin vacaciones no hay trabajo. Ambas forman parte de un ciclo en el que lo mejor que se puede hacer es disfrutar de ambas. Si realmente alguien se siente tan mal al volver a su quehacer diario quizás el problema resida en el propio trabajo, para lo cual recomiendo ser valiente y afrontar un cambio.

 

 si conocemos todas las condiciones posibles de un sistema físico, podemos, en teoría, proyectar su conocimiento hacía el futuro. Pero esto sólo se refiere a los objetos inanimados. Con los temas en los que están implicados las personas el algo radicalmente diferente, si los consideramos dotados de libertad. En ausencia de libertad es fácil predecir el comportamiento futuro de las personas ya que de alguna manera las variables están definidas.



Cuando pienso en ello me viene a la cabeza La Quiniela. En este sencillo juego tenemos tres variables sobre las que podemos apostar por los resultados de los partidos de fútbol de la liga para cada una de las jornadas. Fácil, no?. En teoría sabemos cuales son los mejores jugadores, y con ello podemos saber cuales son los mejores equipos y por lo tanto quien va a ganar cada partido. El caso es que al final es muy raro que alguien acierte todas las posibles combinaciones. ¿Por qué?. Porque intervienen las personas, y siempre que están las personas de por medio es muy difícil predecir el futuro. Algo que parece  muy claro sobre el papel deja de serlo desde el momento que están por medio los sentimientos.



Lo mismo ocurre en las empresas. Seleccionamos a la gente, la vemos trabajar, vemos sus resultados, y en base a ello podemos saber quien es mejor y peor. De alguna forma elaboramos nuestras propias quinielas. Es más, nos atrevemos a dibujar escenarios futuros proyectando como si se tratase de arrastrar una fórmula en una hoja excel. Así de sencillo. ¿Y cuántas veces nos equivocamos?. Eso depende de la pericia de cada uno proyectando escenarios futuros, pero es evidente que nos equivocamos más de lo que creemos. Los errores que se cometen son muchos: pensar que las circunstancias personales no van a cambiar, pensar que la empresa siempre hará lo mismo, no pensar en lo que la personas pueden esperar de su trabajo, no tener en cuenta sus expectativas, ...  mil y una combinaciones que hacen que adivinar lo que pasará a futuro sea tan difícil como tener un pleno al 15 en la quiniela.



¿Solución al problema?:

Primero: ser consciente de esta posibilidad. Creer que no nos vamos a equivocar, que nuestra intuición nunca nos falla, que pagando más todo se soluciona, que dándole a la gente todo lo que pide estará contenta, es el primer paso para el desastre. Ser conscientes de que las personas son ajenas a esa racionalidad tan aplastante es el mejor punto de partida.

Segundo: debemos tener siempre un as en la manga. Diseñemos planes B para tener siempre una solución para cualquier imprevisto. Y esto no consiste en tener dos personas por ocupación, por si acaso. De esa manera lo único que hacemos es complicar más las cosas. Aquí juega un papel importante la imaginación y el grado de conocimiento que desde recursos humanos se tenga de la empresa. Aportar soluciones a estos imprevistos es una parte fundamental de nuestro trabajo, por eso nos pagan y es el mejor aval para dotar de valor a la ocupación.



Dejemos la suerte para los juegos de azar y seamos precavidos en todo aquello que está sometido a tanta incertidumbre como la gestión de personas. Suerte!!!

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