motivación

sobremotivación

Enviado por rober en Dom, 13/03/2011 - 21:03

 

si alguien te dijese que de hoy en una semana tienes que dar un discurso delante de 1000 personas sobre algo que te apasiona, ¿cómo te sentirías?. Estoy seguro de que a la mayoría nos asaltaría el miedo inicial: “¡1000 personas!”. Pero en ese mismo momento nos pondríamos a trabajar en ello para hacerlo lo mejor posible. Practicaríamos una y otra vez el discurso en la intimidad de nuestras habitaciones hasta conseguir el mejor resultado posible. Pero resulta que el día del discurso la presión de las 1000 personas bloquea nuestra voz y hace que el resultado del discurso no sea el mismo que el alcanzado en la habitación de nuestra casa. En este caso, el interés por impresionar a nuestro público es un claro ejemplo de sobremotivación, que en vez de permitirnos dar lo mejor de nosotros mismos, nos conduce a la situación opuesta.

 

Vivimos tiempos de cambio en el terreno de la retribución. El antiguo modelo, en el que mayores incentivos conducían a mejores resultados, ha dejado paso a un modelo que se mueve en sentido contrario: mayores incentivos provocan peores resultados.

Se ha demostrado en repetidos experimentos que tareas rudimentarios se realizan mucho mejor cuanto mayor es el incentivo que se recibe a cambio. Pero cuando las tareas rudimentarias se sustituyen por tareas que supongan el más mínimo uso de funciones cognitivas, la relación es inversa. Los casos de glosofobia, como el descrito en el ejemplo inicial, muestran como un incentivo excesivo puede bloquear nuestra capacidad para conseguirlo, nos aparta de la tarea y nos acerca al incentivo, esto hace que nuestro nivel de atención sea mucho menor, mermando así nuestra capacidad para hacer lo que antes era mucho más sencillo.

 

Otra historia curiosa que nos puede ayudar a entender este tema es la del niño tartamudo: se trataba de un niño con dificultades de habla que un día se coló en el autobús con tan mala suerte que el revisor lo pilló durante su travesura. Éste, al dirigirse al niño pidiéndole el billete, provocó que el niño buscara una manera de escapar del castigo que le esperaba, eso le llevó a pensar: “si tartamudeo seguro que le doy pena y me deja viajar gratis”. Con esta idea en mente comenzó a hablar. En ese mismo momento pudo escucharse a si mismo en un discurso fluido, en el que la tartamudez había desaparecido para dejar paso a un chorro de voz constante. A este niño la sobremotivación por tartamudear le costó el billete de autobús. No se trataba de una tarea rudimentaria, consistía en fingir, en actuar delante de aquel revisor para tratar de ablandar su corazón, y fue precisamente esa presión social la que en este caso jugó el papel de sobremotivador alejando al niño de hacer bien lo que tenía que hacer, aunque esto fuese tan cotidiano para él como tartamudear.

 

Hace ya mucho tiempo que hablamos en este blog del maravilloso descubrimiento que Mihaly Csikszentmihalyi hizo en su día cuando le habló al mundo del “Flow”. Realmente creo que este concepto esconde la solución a muchos de los problemas que tienen que ver con las personas y su situación profesional. El control del binomio: retos/habilidades, es el secreto del camino medio. El que lo encuentra disfruta de sus ventajas y una placentera sensación de bienestar, el que se aparta del camino medio comienza a dar bandazos en búsqueda de un equilibrio que cuanto más se busca, más se aleja.

El caso de la sobremotivación responde a un encarecimiento artificial del reto. Este precio inflacionario deja sin valor a unas habilidades suficientes pero que se han visto relegadas por el excesivo precio de los incentivos.

La búsqueda del equilibrio a la hora de fijar sistemas de incentivos modernos debe tener en cuenta que las tareas cognitivas, cada día más frecuentes en nuestro trabajo, cambian la idea de que cuanto más, mejor. En la nueva ecuación de cálculo existen sentimientos, creencias, expectativas,... que hacen que la búsqueda de una fórmula universal se torne en misión imposible. Cada persona tiene una ecuación distinta. Cuanto mayor sea el grado de personalización del cálculo, mejor será el resultado. Las fórmulas universales buscan una media que molesta, sobre todo, a los que están por encima de ella. Al mismo tiempo, funciona como un sobremotivador para todas las personas que se encuentran por debajo de la media. 

La generalidad se agota, cada día tenemos que aproximarnos más a la persona, conocerla y ser conscientes de sus necesidades y expectativas. Cuanto más cerca estemos de este punto, mayor será nuestra capacidad para diseñar un entorno en el que la persona fluya en un proceso constate de automotivación.

General 

flujo, salario, motivación

contrafreeloading

Enviado por rober en Dom, 06/03/2011 - 21:56

de un tiempo a esta parte una gran cantidad de empresas se han dado cuenta de una característica de nuestro subconsciente a la que le sacan un gran partido y una mayor rentabilidad. Se trata de esa tendencia que tenemos a sobrevalorar nuestro trabajo (ya habíamos hablado de ello en otro post). 

Cada vez es más común que nos dejen customizar nuestras zapatillas de deporte, nuestro coche, la ropa, los productos electrónicos, nuestras vacaciones, nuestros productos financieros,... y en esa customización reside el secreto. Se trata de la regla del 70/30, un 70% es producto elaborado, el 30% restante corre de nuestra cuenta. Y es ese 30% el que le otorga al producto un plus que incrementa su valor por encima de su valor de mercado. Ese plus es lo que vale nuestro trabajo. De qué manera se podría explicar sino el que los clientes de los bancos hagan sus transferencias desde internet ahorrando el trabajo al propio banco y aún así estén dispuestos a pagar por ello, o como muchas marcas te ceden una parte del diseño de sus productos en las que el cliente asume un sobrecoste por ello. 

 

Los animales presentan un comportamiento ciertamente curioso en lo que se refiere a las recompensas, y que nos puede ayudar a entender lo anteriormente descrito. No sé si habéis tenido la oportunidad de visitar un parque de adiestramiento de loros, estos simpáticos animales muestran una tendencia a despreciar toda aquella recompensa que no sea fruto de un esfuerzo previo. Da igual que tengan una plato repleto de sus alimentos favoritos al alcance de sus “manos”, ellos muestran una preferencia innata a ganárselos fruto de su esfuerzo. El psicólogo Glen Jensen acuñó este comportamiento como contrafreeloading, que describe la preferencia de ciertos animales a ganarse la comida frente a simplemente disponer de la misma sin tener que realizar esfuerzo alguno.

 

Resulta curioso los paralelismos que existen entre la customización y el contrafreeloading:

- El esfuerzo que ponemos en algo no cambia el objeto, simplemente cambia la valoración que nosotros hacemos del mismo.

- Cuanto mayor es la cantidad de trabajo, mayor es el amor por el mismo.

 

La creencia popular muestra un panorama bien distinto. El esfuerzo saca a la persona de su espacio de confort conduciéndolo por el camino de la frustración y el estrés. Según dichas creencias, si el ser humano quisiera maximizar su bienestar tendría que evitar cualquier tipo de trabajo y buscar un estado continuo de relajación... esto me recuerda a la imagen que nos presentan constantemente de una vacaciones ideales: palmeras, playa, tumbona, mojitos y poco más.

Sin embargo hay algo en nuestro interior que niega esta creencia, sin ir más lejos pienso en nuestras aficiones. A todo el mundo le gusta hacer algo, y ese algo generalmente suele suponer esfuerzos y sacrificios que hacen que la tarea sea interesante en sí misma. Por ella estamos dispuestos a sacrificar tiempo, esfuerzo y recursos. Una característica de este tipo de actividades es que perduran en el largo plazo y la rentabilidad de las mismas no se mide por los resultados inmediatos, es el camino lo que nos hace disfrutar, y no el resultado.

 

Llama la atención lo bien que han sabido entender esta característica humana determinadas marcas, pero lo que es realmente curioso es lo poco claro que lo tenemos nosotros. Nos hemos instalado en la demonización del esfuerzo, en la creencia de que cuanto más fácil mejor, y eso nos incapacita para crecer y buscar el verdadero disfrute que supone conseguir las cosas fruto del esfuerzo y el trabajo. Este camino mina nuestra capacidad para perseverar y nos instala cómodamente en nuestros sillones, donde el confort de nuestras vidas nos impide entender el verdadero valor del trabajo. 

Lo loros lo tienen claro, ¿es que vamos a ser nosotros menos?.

mío

Enviado por rober en Sáb, 19/02/2011 - 23:28

 

“la teoría del cepillo de dientes”: todo el mundo necesita uno, pero nadie quiere usar el de otra persona. ¿Alguien duda de la veracidad de esta teoría?.¿Y qué pasa con las ideas?, ¿no ocurre algo parecido?. Al igual que con los cepillos de dientes, preferimos nuestras creencias a las del vecino. Es algo natural, para algo son nuestras ideas!!!. Este comportamiento irracional es algo universal y común.

 

Dan Ariely habla del efecto Ikea. ¿Habéis oído presumir a alguien de sus muebles más que los dueños de un mueble Ikea?. Que gran estrategia la de esta multinacional, ha sabido entender dónde reside uno de los motivadores esenciales de la persona. El orgullo de hacer algo, el orgullo de construir con nuestras propias manos, el orgullo de alcanzar el objetivo,... ahora algo del mueble es tuyo. Tu trabajo es la escultura que puedes ver y que te recuerda que tú lo has hecho.

Un trabajo al que encuentras sentido y que aporta. Esta es una de las patas de la esencia de la vocación. Cuando sientes que controlas el proceso, cuando ves de principio a fin, cuando lo que esperas lo sientes como si fuese tuyo, es entonces cuando se enciende la chispa, y nuestro motor comienza a funcionar sin consumir.

Como es nuestro y nos sentimos orgullos, es precisamente ese orgullo el que nos conduce a sobrevalorar nuestro trabajo. El fruto de nuestro esfuerzo sólo lo sentimos nosotros, su dureza nos recuerda que no hay nada que lo pague. Ese precio inflacionario es el que provoca la falsa ilusión de que lo nuestro es mejor que lo del vecino. En esta bolsa llena de nuestros puntos, hay unos que suman y otros que restan, lo que ocurre es que no sabemos diferenciarlos.

 

Nuestras ideas son como los muebles del Ikea: las hemos hecho nosotros y su esfuerzo fija un precio muy alto. Una burbuja que nubla nuestra vista y que define unos filtros, a través de los cuales vemos lo de fuera mucho menos valioso que lo nuestro. Nos cuesta mucho reconocer la grandeza ajena ya que medimos en escalas diferentes, tantas como personas hay en el planeta. Esto dibuja un mercado enloquecido donde los precios cambian en milésimas de segundo, pero que tras nuestros ojos sólo tiene una dirección. Se fija  así un precio muy alto al reconocimiento, a la humildad y a la generosidad.

Los que dominan la virtud de ser humildes disfrutan de un mercado en el que los precios son justos, en los que mente nos deja ver la realidad y nos aparta de ideas preconcebidas.

 

Esta muy bien sentir orgullo por lo que uno hace, debería ser un derecho. Pero esto no nos da derecho a despreciar lo ajeno, porque lo ajeno también cuesta mucho esfuerzo, porque tirar por tierra ideas de otros, simplemente por el hecho de no ser mías, nos convierten en seres egoístas. 

Los extremos nunca fueron buenos. La otra cara de la moneda, donde se carece de orgullo por lo que uno hace, nos convierte en alguien que no somos nosotros mismos. Si no valoramos lo que hacemos como es debido, nos convertimos en un desconocido. Cualquier otra persona excepto tú.

Como siempre, la respuesta reside en el carril del medio. El equilibrio entre extremos es el resultado del precio justo. Un tira y afloja que deja las cosas en su sitio, donde deben estar. Valorar y ser valorados, esa es la verdadera humildad.

 

... pero por lo de ahora voy a seguir viajando con mi cepillo de dientes ;-)

tetris mental

Enviado por rober en Dom, 04/07/2010 - 23:01

 allá por mediados de los 80, Alekséi Pázhitnov tuvo una brillante idea que cambió el mundo de los videojuegos. El Tetris surgió de su cabeza como una visión de lo que años más tarde se convertiría en una de las primeras industrias del mundo del entretenimiento.

Recuerdo mi Game Boy con la que tanto luché para completar aquellas filas intentando que éstas no sepultasen la cadena de decisiones aceleradas que aquel juego te obligaba a tomar. Por las noches, cuando cerraba los ojos, aún recuerdo la sensación de ver caer las piezas en mi cabeza.


Hoy en día, este tipo de videojuegos son parte de un pasado que el mercado ha dejado muy atrás. A los nacidos a partir de los años 90 eso del Tetris seguro que les suena bastante lejano. En la actualidad los juegos son mucho más sofisticados, repletos de detalles que cada vez hacen que éstos sean menos juegos para estar más cerca de la realidad virtual.

Quizás sea la sencillez del Tetris la que lo hace tan atractivo. Una sencillez que esconde procesos mucho más complejos que el mero juego. Este tipo de juegos ya dejaban un buen lugar a la imaginación, la decisión, la creatividad ... recuerdo aquellas piezas caer a toda velocidad sin casi tiempo para decidir donde ponerlas. 


Juegos como el Tetris guardan enormes paralelismos con nuestra forma de pensar. Miles de “piezas” de información que llegan cada día a nuestra cabeza. Cada una de éstas tiene una forma concreta y cuando se depositan en nuestra mente dan lugar a nuestro pensamiento. El gran enemigo es el espacio en blanco, lugares sin sentido,  burbujas de vacío carentes de significado que dificultan los procesos de razonamiento y toma de decisiones. Nuestras mentes actúan como recipientes donde se posan todas estas piezas. Nosotros somos quienes decidimos donde las colocamos. Es un juego democrático porque todos recibimos las mismas fichas y cada uno decide qué hace con ellas. El reto no es acumular el mayor número de piezas, el verdadero reto consiste en saber adecuarlas, en transformarlas en aquello que más nos conviene, en aquello que verdaderamente nos puede ayudar a evolucionar. Transformar la información para impedir que el azar decida por nosotros, evitando que sean otros los que nos digan donde tiene que ir cada ficha.


Los jugadores de Tetris saben que construir sobre unos buenos cimientos es fundamental para que el resto de la partida sea más llevadera. Los procesos de transformación de la información que recibimos requieren tener claro qué es lo que queremos transformar. El primer paso es saber hacia dónde queremos caminar.

La mejor manera que se me ocurre para explicároslo es contaros una experiencia personal. Hace ya algún tiempo decidí que las personas era el campo de conocimiento que me interesaba, de hecho, dedicarme a esto de los recursos humanos tiene mucho que ver con esta decisión. Ésta me obligó a educar a mis sentidos, tuve que priorizar aquellos que me permitían transformar la información en datos concretos sobre las personas. Puse de primero el oído: escuchar para saber, para entender, para tener datos sobre los que poder trabajar. El tacto fue el siguiente, en este caso el tacto tenía que ver con saber “tocar” los sentimientos y las sensaciones que mi oído me presentaba. Mi vista confirmaba los datos que mis otros dos sentidos trataban, mientras que el olfato dejaba que la intuición confirmará que lo oído, tocado y visto fuese coherente con mi experiencia. El gusto cerraba el círculo para tomar la decisión final: ¿me gusta o no me gusta?. De esta manera comencé a transformar información inconexa en historias personales.


Todos recibimos la misma información. Las noticias son las mismas pero cada uno decide en función de lo percibe: política, leyes, religión, .... todo depende de como se vayan colocando las piezas. 

En el proceso de transformación reside la realidad que percibes. Tú decides lo que quieres ver, oír, tocar, saborear, sentir, .... si quieres ver dolor, lo vas a ver; si quieres ver, odio lo vas a ver; si quieres ver cosas buenas, las vas a ver; .... tú decides el orden, tú decides la transformación. Ahora sólo toca jugar.

 

más es menos

Enviado por rober en Jue, 20/05/2010 - 22:56

  el libro de Barry Schwartz, Por qué mas es menos: la tiranía de la abundancia, presenta un mensaje muy interesante: cuanto más tenemos menos libres somos. La tiranía de la riqueza nos obliga a convertir en confort cosas que no lo son. Hemos llegado a un punto en el que tenemos tantas opciones donde escoger que este hecho se ha convertido en un tormento moderno. El castigo del “y si ....”, el veneno del “qué dirán ....” o el cáncer de “es que fulano tiene...” hacen que suframos los efectos de la cinta de correr: correr, correr y correr para desgastar nuestras energías en un esfuerzo inútil que nos conduce a ninguna parte.


El mensaje de este libro es muy potente. Es un mensaje a tener en cuenta en nuestra sociedad. Un mensaje para padres, educadores, políticos y empresas. Hemos estado caminando mucho tiempo por un camino equivocado. Creíamos que dar, que presentar mil opciones, que ofrecer mil productos, eran sinónimo de libertad; pues la ciencia nos invita a pensar que esta idea es contraproducente. Lejos de incrementar nuestra libertad, la multiplicidad de opciones nos ha sacado de una pecera en la que conocíamos los límites, en la que tener unas fronteras nos permitía invertir el tiempo en lo realmente interesante: estar con los demás. Salir de la pecera nos deja solos en un océano de posibilidades que consumen cantidades de nuestro tiempo enormes. Tiempo que no podemos dedicar a cuestiones que en el pasado nos hacían sentir bien. Este proceso provoca que perdamos parte del control sobre nuestras vidas. Vivimos la gran herencia de nuestros antepasados, su trabajo y esfuerzo nos han traído al mejor momento de la historia de la humanidad y nosotros no hemos sabido entenderlo de la forma correcta. Nuestra psicología es imperfecta y tiene estas cosas.


En lo que a las empresas se refiere, ellas son parte de los receptores de este mensaje. ¿Cuánto de lo que vivimos no es culpa de ellas?. Parece que las empresas, al igual que nuestros antepasados, nos han dado un montón de cosas que antes no teníamos y todo esto parece que nos ha hecho más infelices. ¿Culpa de la persona?, ¿culpa de la empresa?. No me atrevería a responder a esta pregunta, lo que sí sé es que tenemos un problema.

La creencia de que darle muchas cosas a un niño hace que este las valore menos está bastante popularizada. Las sueles escuchar a los padres de las criaturas. El sentido común nos invita a pensar que si lo dicen será por algo. Entonces, si lo sabemos, ¿por qué nos empeñamos en lo contrario?.


Seguro de vida, cheque restaurante, cheque guardería, plan de retribución flexible, cheque informático, horario flexible, jornada de verano, catálogo de formación, .... y tantos productos como quieras. Esta es la retahíla de cosas que te puedes encontrar en muchas empresas afortunadas. Una infinidad de opciones para ser infeliz. ¿Alguna vez has pensado que cuanto más tenemos, más queremos?: el piso se me queda pequeño, el coche no es lo suficientemente potente, las vacaciones no son lo suficientemente exóticas ó en mi trabajo no me ofrecen tal cosa. Detrás de estas ideas se esconde la incertidumbre que genera la multiplicidad de opciones. Tengo jornada de verano, horario flexible, licencias para todo, .... pero me falta poder escoger los días de vacaciones cuando me da la gana; y el pensamiento puede llegar a ser: “ .... es que en mi empresa no puedo coger las vacaciones cuando me da la gana...”. ¿Por qué?, según el profesor Schwartz todas esas opciones las convertimos en confort, ya no son un motivador, dejan de serlo a los pocos meses de formar parte de nuestras vidas. Cuando nos acostumbramos a las cosas pasamos a convertirlas en el suelo sobre el que volvemos a evaluar. 


Se ofrecen demasiadas opciones. Me da la sensación de que poca gente piensa en el significado y la utilidad a la hora de diseñar la oferta de opciones de la que disponemos. La multiplicidad nos bloquea, dificulta la toma de decisiones, y cuando las tomamos, todas las opciones descartadas nos castigan recordándonos que nos hemos equivocado. Eso nos frustra y no nos permite disfrutar aquello por lo que hemos apostado. Se podría definir como el castigo de tener mucho, maximizadores que buscan la satisfacción inmediata de placeres cortoplacistas perfectos.


Aquellos que tenemos la responsabilidad de construir esos paquetes de ofertas deberíamos dejar de ser administradores para convertirnos en diseñadores. Administrar es fácil, lo realmente difícil es diseñar. Ser capaces de dibujar ideas que le hagan la vida mucho más fácil a la gente. ¿Parece que lleva asociado poco trabajo?, pues todo lo contrario. Estos diseñadores piensan en la utilidad que va a tener el producto, en el significado dentro del contexto en el que se encuentra. Sin duda un trabajo fruto de complicados procesos intelectuales, nada de funciones repetitivas y simples.

Imagínate poder diseñar ideas que hagan a la gente más feliz en su trabajo, a caso ¿no es eso la mayor felicidad?. 

 

la esperanza

Enviado por rober en Dom, 16/05/2010 - 22:58

  hay una creencia paralela a las civilizaciones. Se trata de la idea de la reencarnación, de la vida después de la muerte. Unos le llaman karma, otros cielo o infierno. Las grandes religiones plantean desde tiempos ancestrales esta posibilidad. Dejan así la puerta abierta a que la cosa no se acabe aquí, que hay esperanza después de la muerte. Por este motivo, durante muchos siglos, la gente ha llegado incluso a tratar de modificar su comportamiento para que éste le permitiera pasar de pantalla, subir de nivel. 

Este tipo de creencias dejan claro lo importante que ha sido siempre para el ser humano la esperanza. Saber que hay luz al final del túnel nos alivia y nos permite seguir adelante. Si no fuese así, nos abandonaríamos a la suerte del destino dejando que éste decidiera por nosotros. Cuando sabemos que podemos hacer algo para que la cosa no sea cara o cruz, es cuando surge la iniciativa.


Martin E. P. Seligman ha convertido esta creencia en una realidad. Él nos habla de la indefensión aprendida y nos ha demostrado como la falta de control sobre nuestros actos nos convierte en seres apáticos, carentes de ilusión y con una baja autoestima. Sus primeros experimentos con animales consistían en comprobar como animales sometidos a determinados estímulos negativos constantes acababan asumiendo éstos como algo fuera de su control. De esta manera, los animales responden con resignación ante los mismos no haciendo nada por evitarlos. Simplemente actuaban asumiendo que las cosas eran así y daba igual lo que hicieran. La base de estos experimentos fueron replicados en personas, comprobando que el resultado era el mismo. Aquellas personas que percibían que lo que les ocurría era ajeno a su control, entraban en fases de inactividad.

Este tipo de comportamientos tienen mucho que ver con la base de los estados depresivos. Aquellas personas que sufren de este mal, asumen que da igual lo que hagan, las cosas son como son y ellos poco pueden hacer para cambiarlas.


Algunas empresas son realmente buenas replicando las bases de los experimentos de Seligman. Robar a las personas la capacidad de controlar lo que hacen convirtiéndolos en  sonámbulos profesionales que actúan por mera inercia. ¿Qué podemos hacer para devolverle a la gente la esperanza en sus profesiones?. 

Devolverles la autonomía puede ser un buen primer consejo. Lo de vigilantes de cogotes ya no tiene mucho sentido. Capataces, jefes, “negreros”, ... líderes de pacotilla que lo único que consiguen es desnudar a las personas de su esperanza. Esto es fácil de conseguir, sólo hay que ir minando la capacidad de decidir, de aportar, de crear o de innovar de la persona. Así vamos coartando su iniciativa, destruimos su autoestima profesional, conseguimos que dejen de pensar para comenzar a estar. Eso es lo importante, que estén. Sentados, sin protestar, obedientes a deseos y órdenes, capaces de resistir lo que sea bajo la eterna amenaza de perder el empleo, en definitiva, “trabajando”. Resultado: robots capaces de hacer sin pensar, ajenos a cualquier tipo de emoción en lo que hacen. 

Construir desde aquí es complicado, pero posible. Para devolver esa esperanza hay que construir en sentido contrario. Se podría empezar por otorgar a la persona una misión, algo que controle de principio a fin, algo que dependa de él/ella. Cuando te sientes responsable de lo que haces, y te dejan ejercer esa responsabilidad, es fácil que de una manera casi automática surja la iniciativa. Iniciativa para mejorar, para innovar, para hacerlo lo mejor posible. Así es como se puede empezar a soñar en cosas más grandes que tú mismo. Proyectos e ideas a las que le das forma en tu cabeza y luego haces realidad en tu trabajo. Cuando así sucede la esperanza comienza a brillar, a iluminar nuestros ojos y llenarlos ilusión.

 

 La OMS habla de que en el futuro la depresión será un mal que afectará a una de cada tres personas. La esperanza quizás sea el mejor medicamento.  

General 

compromiso, motivación

la deshumanización

Enviado por rober en Sáb, 24/04/2010 - 20:56

  Salvador Rueda, director de la agencia de ecología urbana de Barcelona, explicaba hace poco un proceso que me llamó mucho la atención. Hablaba de la evolución de los núcleos urbanos y del papel que han venido jugando las personas en el mismo. Cuando nacieron las primeras grandes urbes, las personas jugaban el rol de ciudadanos. Ellos eran quienes gobernaban las calles, ellos eran el centro de las metrópolis; las infraestructuras estaban diseñadas para ellos.

Pero las urbes han evolucionado mucho en los últimos tiempos y eso ha provocado también que el rol de la persona haya cambiado. Ahora las personas ya no son ciudadanos, su nuevo papel es el de peatón. Aquello de caminar libremente por donde uno quería, sentarse a contemplar buenas vistas, disfrutar de una conversación en cualquier lugar, comprar en el supermercado del bajo de tu casa,... se ha complicado enormemente. El protagonismo de la persona ha quedado relegado a un segundo plano y han sido los coches los que han llevado al hombre a las aceras y a sitios donde no interrumpan el tráfico. Sólo sitios como los pasos de cebra se han convertido en pequeños reductos de poder para el peatón, pero el que manda es el automóvil.

Este paulatino proceso de deshumanización de las ciudades parece querer invertirse de nuevo. El final de un ciclo se acerca y la persona reclama el protagonismo perdido. Cada día los espacios verdes, las calles peatonales, los carriles bici, ... comienzan a cobrar mayor importancia. Piden a gritos ese espacio que la persona necesita para poder vivir sin obstáculos, dueños del tiempo y del espacio.


Esta deshumanización no sólo es patrimonio de los espacios urbanos. Las empresas no han sido ajenas a esta tendencia, y al igual que los coches, toda una serie de actividades y modas han llevado a la persona a un segundo plano.

En el pasado, cuando el ser humano se dedicaba a actividades primarias, las personas dominaban su entorno. Eran artesanos, controlaban el proceso de principio a fin. Este tipo de actividades facilitaban la búsqueda del sentido a la tarea. Con el tiempo, irrumpieron en la vida del hombre nuevas formas de hacer las cosas. El proceso comenzó a deshacerse en partes, esas partes fueron a su vez divididas en subpartes, a éstas se les impuso un responsable con gente a su cargo a la que se tenía que controlar para que hiciese las cosas de manera correcta. El proceso se fue deshumanizando poco a poco, provocando una pérdida de sentido y una relegación de la persona a papeles secundarios. Pasó de ser el protagonista, a ser un recurso más.

Pero como todo en esta vida, las cosas tocan a su fin, caducan, y ese modelo de deshumanización, que respondió a necesidades concretas, comienza a perder sentido. Las personas y las empresas de este siglo reclaman algo diferente. Es como si de repente aquellos artesanos de antaño reclamasen su protagonismo. La lentitud, el control, la maestría, el significado, ... son de nuevo los ingredientes que las personas necesitan para sentirse dueños de su trabajo.


Artesanos del siglo XXI, personas que aman lo que hacen. Ya no vale cualquier cosa. La persona pide paso, no quiere ser un recurso. Eso de recursos humanos está un tanto obsoleto. La tendencia nos lleva a una persona diferente, una persona que no quiere ser peatón, quiere poder caminar libremente, quiere interactuar con su entorno de una manera libre sin tener que mirar a los lados por si lo atropellan. 

En este nuevo urbanismo empresarial hace falta gente como Salvador Rueda capaz de entender y ver lo que está sucediendo. Profesionales capaces de diseñar nuevos entornos sin semáforos, sin pasos de cebra, con grandes espacios verdes donde haya cabida para todo tipo de ideas, géneros, razas, maneras de hacer y entender las cosas. Lugares donde la libertad y la autenticidad sean la bandera.

Las nuevas urbes empresariales han comenzado a construirse. Los más hábiles se adelantarán y esto les permitirá diferenciarse del resto, porque ¿a que no es lo mismo Copenhague que el Congo?. 

la esclavitud del tener vs la libertad del hacer

Enviado por rober en Dom, 11/04/2010 - 22:28

las vacaciones son una delicia!!!, cada vez que las disfruto me doy cuenta de lo importantes que son en nuestras vidas. Las vacaciones nos acercan a lo que nos gusta hacer. La libertad de hacer. Y eso te ayuda a recordar si en lo qué trabajas te hace sentir cosas positivas.

Siempre hemos sido libres para hacer lo que nos gusta hacer. Hacer para tener. Ese era el orden. Se hacían cosas para conseguir otras. Cazábamos para comer, cultivábamos para comerciar y poder tener un poquito más, construíamos para vivir, ... pero esta tendencia natural se ha invertido. Hoy en día decidimos primero qué es lo que queremos tener, cuando lo tenemos claro decidimos que tenemos que hacer para conseguirlo. La dictadura del hacer pierde en pos de la esclavitud del tener.

La teoría de Maslow es perfecta para explicar esta realidad. Cuando no teníamos nada, vivíamos para sobrevivir. Comer, beber, existir, ... eran las tareas primarias, ellas nos llevaban a una acción cuyo objetivo era satisfacer las necesidades más básicas. La tarea nos tenía absortos en actividades vitales. A medida que fuimos cubriendo estas necesidades de manera sistemática comenzamos a pensar en cosas nuevas. ¿Por qué no vender y comprar otros productos?. Comenzamos a comerciar para tener algunas comodidades. Tanto necesidades básicas como comodidades pasaron a conformar la base de la famosa pirámide de Maslow. Poco a poco hemos ido adquiriendo la fea costumbre de incorporar, de manera casi automática, todas esas comodidades a nuestras necesidades básicas. Recientes encuestas demuestran que la gente prefiere comer un poco peor que dar de baja la línea de internet.

Esta tendencia es complicada y peligrosa. Lo que ocurre, es que comenzamos a considerar elementos triviales como cosas de primer nivel de necesidad. Lujo, comodidad,   descanso, ... bienes que tienen un precio, un precio como el resto de cosas que te puedes encontrar en el supermercado. ¿Estás dispuesto a pagarlo?. Lo que está claro es que el precio lo pones tú. Y la manera de calcularlo es sencilla.

Me ayuda imaginarme decidiendo a qué me quiero dedicar. ¿En qué pienso?, en lo qué quiero tener fruto de mi trabajo: ¿un gran coche?, ¿un piso de escándalo?, ¿unas vacaciones en sitios paradisiacos?, ... O pienso en lo qué me gusta hacer. Dedicarme a lo que realmente me guste. Seguro que no es la manera más rápida de ganar dinero, también estoy seguro de que no es un camino de rosas. Sin duda es una apuesta de futuro. Un proyecto de vida que conduce a grandes cosas. Nos llevará a tener, pero construyendo desde el principio.
Cuando el cálculo del precio lo hacemos al revés, la probabilidad de problemas se incrementa. Si pienso en “tener”, y dejo que “tener” decida, lo que tendré es prisa. Las prisas no suelen ser buenas compañeras. La prisa lleva a la precipitación. Y además, lo que tiene la prisa es que es subjetiva. Al apresurarnos dejamos que el “tener” decida por encima del “hacer”. Y esto puede resultar fatal a la hora de decidir en qué trabajar, porque esa prisa convertirá el “hacer” en una esclavitud. Una esclavitud no tan diferente de esa que nos ponen los medios en el tercer mundo. Lo que importa es poder pagar la factura del paquete de bienestar que hayamos escogido. Si para ello tengo que estar todo el día haciendo algo que me aburre o estresa ... da igual. Los soporto diciendo: “gajes del oficio”. Ese camino lleva a la frustración, a la depresión, a la venta del alma al diablo. Nos aleja de lo que nos gusta hacer, y en lo que por tanto podríamos destacar con mayor facilidad.
La otra opción consiste en saber cuál es el precio de las cosas. Hacer lo que sabes y te gusta hacer, y que eso te lleve por el camino correcto.

Las dos opciones llevan a tener lo mismo. Ahora bien, el precio es diferente. La opción más cara paga el ahorro de tiempo; la opción más barata, lo es, por incluir más dificultades ... pero dejar un mejor sabor de boca. La decisión ya es un tema personal ....

motivación 3.0

Enviado por rober en Mar, 23/03/2010 - 22:47

  es un clásico escuchar a tus compañeros de trabajo comentar las artimañas que tienen que hacer para que sus hijos se pongan a estudiar y dejen la “Play”. Pero es increíble el poder de atracción que poseen estos dispositivos sobre las nuevas generaciones. A pesar de los pesares, estos “cacharritos” irrumpen en la vida diaria de personas inmersas en una etapa formativa, etapa que definirá muchos de los comportamientos futuros de quien los utiliza.

Es evidente la enorme puja del sector de los videojuegos en el mercado del entretenimiento. Esta puja tan elevada indica que la demanda crece sin parar. Eso justifica y paga las cuentas de inversiones multimillonarias en un sector con cifras de crecimiento muy por encima de la media. Y se construye así un mundo virtual que posee unas reglas comunes: definición clara de objetivos, premios incrementales por desempeño y el mantenimiento de un adecuado equilibrio entre esfuerzos y resultados.

Estas reglas del juego calan en el cerebro desde una temprana edad definiendo una nueva forma de hacer y motivar.

 

Esta forma de aprender pasa a ser parte fundamental del individuo. La persona ha aprendido a tener una misión, un objetivo claro que le lleve un poco más allá. Si lo consigues pasas de pantalla; si te equivocas, aprendes del error y utilizas la experiencia para pasar a la siguiente. El fallo se acepta, es más, se aprende de él, se establecen trucos para ir más rápido la próxima vez y pasar cuanto antes de pantalla. El feedback es constante, en todo momento sabes en que nivel estás, cuánta vida te queda o lo lejos o cerca que estés de conseguir el objetivo.

 

Negar esta realidad es querer seguir viviendo como en el pasado; aceptarla te ayuda a definir modelos de motivación orientados a estos nuevos valores. Consiste en modificar la ecuación de la motivación. Antes funcionaba el palo y la zanahoria y ahora es la persona la que se encuentra en el centro. 

Venimos de modelos de trabajo inspirados en la era industrial, y parece que no nos hemos enterado que esto ya es pasado. Las personas han evolucionado mucho desde entonces. Aquellos granjeros que llegaron a las fábricas en la gran ciudad sólo querían poder vivir. Su motivación era ganar dinero para tener una buena vida. Para ello trabajar en una fábrica era una suerte. Trabajar mucho = ganar mucho. Así de sencillo. Pero todo esto ha evolucionado. Lo de haz A y te pago B, ya no funciona. Ahora los adictos a la Play tienen otra forma de entender el tinglado. La forma de jugar ha cambiado y ahora las reglas son otras. Ya no vale eso de tratar a la persona como una tuerca más en un complejo engranaje que no se sabe muy bien para qué sirve. Ahora las personas reclaman ser tratadas como eso, personas. Y la persona es única. No hay dos iguales, ya no vale el café para todos y la generalización disfrazada de disculpa para trabajar menos. En la motivación 3.0 las cosas cambian. Ahora la pregunta es: ¿qué quieres ser: 2.0 o 3.0?. La respuesta no es tan evidente. El 3.0 no siempre es la respuesta. Habrá empresas y sectores donde el 2.0 será mucho más efectivo que el 3.0. Es muy importante saber dónde estás, porque si te equivocas con el “software”, si cruzas sistema de motivación 3.0 con cultura 2.0, o viceversa, la cosa difícilmente va a funcionar.

 

El post está orientado a un sistema de motivación 3.0, porque el 2.0 está más que probado ... ¡y funciona!. Las empresas del siglo XXI necesitan nuevos modelos para motivar al talento. Lo de poner objetivos cortoplacistas o tratar de motivar sólo por la vía económica ya no funciona. Esa fue una fórmula que permitió el desarrollo de la era industrial, pero una vez terminada ésta el entorno es otro. Las empresas de este siglo deben saber leer entre líneas. Si son capaces de entender que los “playadictos” poseen unas características de motivación diferentes, tendrán la llave que abre las puertas del compromiso. Darle sentido y propósito al trabajo, u otorgarle objetivos claros basados en la responsabilidad, serán la base para construir nuevos modelos de motivación orientados a incrementar y potenciar el compromiso.

La autonomía, el flow, el sentido y el autoconocimiento (el camino de la motivación) son los pilares sobre los que construir ese nuevo modelo de motivación 3.0. Los cuatro equilibran la motivación de las nuevas generaciones de jugadores virtuales. Navegantes de mundos paralelos que sólo buscan un estímulo bien definido: disfrutar, aprender y crecer. 

1 + 2 = 3

Enviado por rober en Vie, 05/03/2010 - 18:52

 estos días hemos visto en Vancouver los Juegos Olímpicos de invierno. Toda una serie de disciplinas a cada cual más espectacular. Deportistas que se han estado preparando durante largos periodos de tiempo para, en unos días, hacer que todo ese esfuerzo dé sus frutos. “Lo importante es participar” dice la famosa frase, pero la realidad es que nadie quiere quedarse sin su medalla. Todos luchan con uñas y dientes por el oro, por darle sentido al esfuerzo y sacrificios realizados. Al final, aquéllos con un mejor desempeño son los que consiguen el objetivo: la medalla. Parece obvio que las personas que lo consiguen deberían estar radiantes de felicidad. Por orden, la medalla de oro debería estar más feliz que la de plata, y la de plata que la de bronce. Es más, si te diesen a elegir, ¿qué preferirías: la plata o el bronce?. La lógica nos indica que es mejor ser segundo que tercero.


El podium de Vancouver, como cualquier otro podium, hace que la lógica pierda todo su sentido. La cara del segundo suele ser un poema, mientras que la cara del tercer clasificado muestra un alto grado de satisfacción. ¿Pero cómo puede ser esto?, no tiene sentido. Eso es lo que pasa con las personas, que no respondemos a la lógica. No se nos puede programar, no tenemos ni on ni off y eso es precisamente lo que hace interesante al ser humano.


La psicóloga Victoria Medvec afirma que en promedio, los medallistas de bronce son más felices que los medallistas de plata. A esto se le llama pensamiento contrafactual, que consiste en pensar “¿qué debería haber sido?”. La diferencia es una cuestión semántica que provoca un pensamiento muy distinto. La plata piensa en “si sólo ...” mientras que el bronce piensa “por lo menos ...”. Sin duda, el enfoque del bronce es más optimista que el enfoque de la plata. Y la diferencia de enfoque tiene mucho que ver con las expectativas.


Nuestras expectativas son las causantes de una gran parte de los sentimientos que invaden nuestra cabeza. Las expectativas nos hacen anticipar muchos de los acontecimientos que aún tienen que suceder. Montamos historias en las que nos vemos haciendo algo, o consiguiendo algo, y todos sabemos lo poco que nos gusta a las personas que algo que dábamos por hecho no suceda. 

La frustración reside en el vacío que existe entre una expectativa cumplida y otra no cumplida. Este vacío explica porqué una persona con un mejor desempeño que otra puede ser más infeliz. Las expectativas nos hacen esclavos de nuestras ideas, siendo ellas las que deciden nuestro estado de ánimo.

Este planteamiento podría llevar a pensar que el mejor antídoto contra la frustración podría ser la ausencia de metas. Sin metas no hay expectativas, sin expectativas no hay frustraciones. Ni mucho menos. 

En mi humilde opinión, el mejor antídoto contra la frustración es el pensamiento que genera la medalla de bronce en el podium: “por lo menos...”. Consiste en aceptar lo que viene, saber utilizarlo como base sobre la que construir nuevas oportunidades. El bronce se ha preparado para conseguir el oro igual que la plata. Sus expectativas eran las mismas, pero la manera de interpretarlas cambia el sentimiento. ¿Quién sale ganando?, para mí, el tercero ganas más porque interpretar así la expectativa no cumplida nos motiva a volver a intentarlo, a seguir persiguiendo el objetivo. Es una cuestión aritmética: 1+2=3.

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