metacompetencias

¿quién manda aquí?

Enviado por rober en Lun, 18/07/2011 - 20:26
nuestras decisiones ejercen un poderoso efecto sobre nuestra manera de actuar. Cuando tomamos una decisión hay algo en nuestro interior que nos empuja a asumirla como correcta y adecuada y si para ello es necesario justificar lo injustificable, se justifica. Somos rehenes de nuestras decisiones, al igual que lo somos de las modas. Nuestra forma de consumir es altamente influenciable por el efecto que ejerce sobre nosotros lo que hagan los demás. Así surgen los grandes éxitos, los clubs de fans, los best sellers, el turismo, la moda,... Lo que hace “la manada” influye sobremanera en nuestros hábitos. Comportarnos como un rebaño es algo que nos define como personas y que nos asemeja a esos bancos de peces o grupos de aves que se mueven de forma sincronizada sin que haya nada evidente que determine dicho comportamiento.

 

Con nuestras decisiones ocurre algo similar al “efecto rebaño”. ¿Si nos fiamos de lo que hacen los demás, cómo no vamos a fiarnos de lo que hace alguien tan importante para nosotros como uno mismo?. Somos presa de lo que un día hicimos. Fiarnos de nuestras decisiones tiene una operativa similar a la de las modas, solo que en este caso quien determina qué hacer es lo que ya hemos hecho en otras situaciones similares.

Nuestra memoria tiene una gran facilidad para recordar las decisiones que toma, pero esta facilidad no se aplica a la hora de recordar nuestras emociones. Éstas son pasajeras y efímeras pero determinan, y mucho, nuestras decisiones. Cuando uno está contento sus decisiones se ven influenciadas por esta emoción positiva, lo mismo ocurre cuando uno está cabreado. En un atasco de tráfico la frustración de la pérdida de tiempo puede llevar a que cometamos cualquier tipo de infracción. Eso puede acarrear una multa o un accidente de tráfico. Con la distancia que el tiempo otorga recordaremos la multa o el arañazo del coche, pero no seremos capaces de identificar la emoción que nos impulsó.

 

Cuando una emoción hace su aparición en nuestro cerebro, ésta lleva a nuestro cuerpo a decidir qué tipo de actuación es la más adecuada. Estas decisiones son cortoplacistas y hay que tener mucho ojo con ellas porque en un porcentaje muy alto de ocasiones determinan nuestras actuaciones a largo plazo. Esclavos de lo que un día hicimos nuestro cerebro siempre vuelve al recuerdo de la decisión para saber qué hacer en una situación similar. Así surgen muchos de nuestros hábitos que nos convierten en víctimas de nuestro pasado. Todos sabemos lo difícil que resulta cambiar un hábito, y si no que se lo pregunten a un fumador. Alguien que un día comenzó a fumar empujado por una emoción concreta y que con el paso del tiempo desaparece pero deja un hábito que perdura en el tiempo sin que la emoción esté presente cada vez que se repite dicha acción.

 

Echarse atrás o cambiar algo que dicta la inercia resulta muy complicado porque supone un coste demasiado elevado para nuestra autoestima. Es tanto como reconocer que lo hemos estado haciendo durante tanto tiempo no era lo correcto. Pérdida de tiempo, incoherencia, falta de solidez y criterio, debilidad de carácter,... son demasiados los costes que nuestro cerebro considera para dejar de hacer algo que siempre ha estado en nuestros manuales de actuación. Equivocarse está muy mal visto y cambiar de opinión siempre es considerado como una muestra de fragilidad.

 

Es poco probable que pensemos en un cambio de decisión como un cambio en el estado de ánimo, como el surgimiento de una emoción que conduce a un resultado diferente. Mientras el resultado de nuestras decisiones tengan el peso de una losa sobre nuestras vidas, sería recomendable pararse a pensar en qué tipo de emoción es la que conduce nuestra toma de decisiones. Sería aconsejable tratar de asumirlas y recordarlas, y es por ello que el sabio consejo de no tomar decisiones influenciado por el calor de una emoción tiene todo el sentido que el sentido común siempre nos muestra. Las emociones, que como bien sabes son instantáneas, tienen un efecto a largo plazo. Subestimarlas es restarle importancia a la propia vida.

la fiesta de la vida

Enviado por rober en Vie, 04/02/2011 - 23:36

imagínate que te invitan a una fiesta. Cuando llegas, tu anfitrión escribe un número en tu frente. En ese momento accedes a una sala donde te encuentras un gran grupo de hombres y mujeres, cada uno de ellos llevan escrito en la frente un número entre el 1 y el 10. Descubres que no hay espejos en toda la casa y que por lo tanto te resulta imposible saber cuál es tu número. El sistema de valoración hace referencia a tus atributos físicos, es decir, el anfitrión valora de 1 a 10 tu apariencia física y te asigna una puntuación.

Una vez dentro, como es natural, tratas de establecer contacto con las personas que llevan el 10, te acercas pero compruebas que ellos/as no te hacen caso. Reconsiderando tus opciones pasas a fijarte en los nueves y te sucede más de lo mismo, entonces comienzas con los ochos hasta que alguien con un 4 se acerca y te invita a beber algo.

 

Hay una fábula conocida como “el zorro y las uvas” en la que un zorro, mientras paseaba por el bosque,  encuentra un racimo de apetecibles uvas colgando de una rama. El zorro, sediento, decide tomar carrerilla para saltar y hacerse con las uvas. Tras varios intentos, el zorro es incapaz de alcanzarlas y decide abandonar su misión. En ese momento se dice a sí mismo: “seguramente estén agrias”. Esta fábula nos muestra lo sencillo que resulta despreciar todo aquello que no está a nuestro alcance.

 

Algo similar sucede en la fiesta a la que nos han invitado. Tenemos una tendencia natural a sobrevalorar nuestros atributos, pero la realidad es que dicha valoración siempre está sometida a consideraciones que están lejos de nuestro alcance. Lo normal es que busques dieces porque tú mismo no te puedes ni imaginar que valgas menos de un 10. Pero el entorno te demuestra que esa valoración no concuerda con la realidad, y en un proceso natural de adecuación buscas tu rango, la escala a la que perteneces. A medida que la fiesta discurre, comienzas a comprobar que el 10 llama al 10, que el 7 llama al 7 y que este proceso sucede de un modo totalmente natural.

Al igual que en la fábula del zorro y las uvas, surge en nosotros una predisposición hacia el desdén por todo aquello que no podemos tener y que está lejos de nuestro alcance. Es entonces cuando ponemos en funcionamiento nuestras armas y de una manera subconsciente nuestra cabeza es capaz de cambiar la forma de observar el mundo que nos rodea. En vez de simplemente aceptar aquello que está lejos de nuestro alcance, nuestro arsenal psicológico convierte nuestra realidad en algo totalmente aceptable. No nos vamos a hundir porque un 10 no nos quiera, en vez de ello utilizaremos nuestros recursos para pensar que quizás esas uvas estén demasiado ácidas para nosotros.

 

¿Cómo funcionan estos trucos “caseros” para conseguir suplantar la verdadera realidad por aquella que más nos conviene?. SImplemente consiste en cambiar la ponderación de nuestro sistema de prioridades. En nuestra fiesta, si comprobamos que nuestra puntuación es un 4, el aspecto físico pasará a un segundo plano y comenzaremos a valorar otros aspectos como la simpatía, el nivel cultural, la calidad de la conversación, las aficiones,... Por contra, el grupo de personas con un 10 no despreciarán estos valores, pero priorizarán el aspecto físico por encima de muchos de los factores antes mencionados. Simplemente reconsiderando el ranking de atributos somos capaces de modificar nuestra visión del mundo. Y esto no significa que el 4 no sea capaz de apreciar la belleza, lo que ocurre es que al verla lejos de su alcance la convertirá en un factor menos importante en su escala de prioridades.

 

Este proceso de valoración no sólo sucede en el ámbito de lo físico. El mundo profesional es otro entorno donde se produce. Pero hay una diferencia clara entre ambos, mientras que en el ámbito de lo físico poco podemos hacer para cambiar nuestro aspecto (poco creo en la cirugía y en el photoshop), en el mundo profesional esta nota tiene una mayor dependencia de nosotros mismos. En este caso, nosotros somos los dueños de nuestra puntuación y podemos hacer mucho para cambiarla. Pocas cosas más ridículas hay que creerse un 10 y ser un 4. ¿Te lo imaginas?, pulular por tu empresa creyéndote un fenómeno mientras que el resto ve el 4 grabado a fuego en tu frente.

adaptarse o morir

Enviado por rober en Jue, 27/01/2011 - 22:24

¿qué le sucede a la rana que cuando la metes en una cazuela con agua fría y comienzas a calentarla es incapaz de saltar fuera antes de morir hervida?. Todos sabemos lo que ocurre, la progresiva subida de temperatura del agua impide a la rana darse cuenta de que realmente corre peligro, y esto se debe a que su cuerpo se adapta en la misma progresión a la nueva temperatura del agua. La verdad es que nunca he hecho este cruel experimento, pero realmente pone de relieve algo que nos asemeja mucho a las ranas, se trata de nuestra capacidad para adaptarnos. 

 

Físicamente nuestro cuerpo es una máquina perfecta de adaptación. Nuestros oídos se adaptan al volumen, nuestro olfato a todo tipo de olores, nuestros ojos al nivel de luz, nuestro gusto a sabores fuertes,... en casos más extremos, podemos llegar a convivir con el dolor como parte del día a día, personas con amputaciones que son capaces de vivir con absoluta normalidad e innumerables ejemplos que el maravilloso ser humano nos muestra cada día. Son innumerables las ventajas que nos ofrece nuestra capacidad de adaptación, pero como todo en la vida, esta capacidad de adaptación puede suponer una debilidad para nuestra percepción. El hedonismo es la viva expresión de esa debilidad. Una búsqueda interminable del placer por el placer que nos conduce a una insatisfacción constante. Igual que nos acostumbramos a lo malo, también tenemos la “mala” costumbre de acostumbrarnos a lo bueno, lo que ocurre, es que en esta dirección, a diferencia de la contraria, el recorrido es mucho más largo y el paisaje bastante más banal.

 

Vivimos fechas de revisiones salariales, en el mejor de los casos subidas, en casos no tan malos congelaciones y en la peor de sus expresiones están las reducciones de salario (por no mencionar aquellas personas que pierden su empleo). Nuestros salarios son un gran ejemplo de cómo funciona nuestra capacidad de adaptación ante las expectativas... y os anticipo que el sistema de funcionamiento no es diferente al de nuestro cuerpo, básicamente porque todos los datos van al mismo sitio: nuestro cerebro.

En el tema salarial, Andrew Clark ha realizado una serie de estudios sobre el nivel de satisfacción de los trabajadores británicos y ha comprobado que dicha satisfacción tiene una fuerte correlación con el nivel de incremento, más que con el salario en sí mismo. Es decir, que un trabajador que gana 100 puede estar mucho más satisfecho que uno que gana 1000 (suponiendo que un salario de 100 cubra las necesidades básicas de la persona). La diferencia radica básicamente en el incremento salarial, si al de 100 le suben un 10% y al de 1000 un 1%, a pesar de que cuantitativamente el incremento es el mismo, la satisfacción general del trabajador con menor salario será mucho mayor. 

Del estudio se desprenden conclusiones muy interesantes y un campo de trabajo sobre el que se puede innovar y reorientar las políticas salariales y los procesos de comunicación asociados.

 

Puede parecer frívolo hacer este tipo de comparaciones, ¿cómo vamos a comparar 100 con 1000?. Parece evidente que el de 1000 siempre estará más satisfecho que el de 100. Pues siento comentaros que en la última década hay toda una batería de estudios que demuestran que a pesar de los pesares, nuestros niveles de satisfacción con la vida tienen una tendencia natural a dirigirse a su nivel habitual. Ni tener mucho nos hace más felices, ni tener poco más desdichados. 

Solemos ser poco hábiles a la hora de predecir nuestro grado de adaptación hedonista a los regalos, buenos y malos, que nos hace la vida. Y básicamente nos solemos equivocar porque no tenemos en cuenta que la vida sigue su curso y que el paso de los días nos trae cientos de acontecimientos que hacen que ese cálculo inicial pierda su sentido desde el primer segundo.

 

Esta entrada no es una invitación al abuso, más bien se trata de evitar lo que le pasa a la rana. Ser conscientes de cuando el agua se calienta o se enfría nos ayudará a mejorar la calidad de nuestra toma de decisiones, y por ende de nuestra vida.

sentir y pensar

Enviado por rober en Dom, 14/11/2010 - 13:33

el gran Antonio Damasio demostró allá por lo años noventa que para pensar hay que sentir. Cuando alguien es incapaz de sentir, será incapaz de pensar con juicio. Para ello llevó a cabo un experimento (Iowa gambling task) con un grupo de voluntarios a los que se les entregaron 2000$ para apostar a las cartas. Se trataba de 4 barajas diferentes. Los participantes tenían que elegir una carta, por cada carta ganaban algo de dinero, pero en función de la carta que eligieran había cierto riesgo. Las cartas de las barajas A y B otorgaban derecho a un beneficio de 100$, pero a su vez llevaban un riesgo asociado de 1.250$. Las cartas C y D reportaban un beneficio de 50$ y un riesgo de 250$. Las cartas de las diferentes barajas se mezclaban aleatoriamente unas con otras, pero los investigadores amañaron los cortes de las barajas creando cuatro montones con diferentes opciones de riesgo. Dos montones tenían más cartas de tipo A y B de manera que el riesgo era más alto. Y en los otros dos montones predominaban cartas de tipo C y D. Tras los 10 primeros movimientos los participantes intuían cuáles eran los montones que les reportaban un beneficio a largo plazo.

Esta misma prueba se le hizo a personas que sufrían una disfunción orbitofrontal de la corteza, o lo que es lo mismo, personas incapaces de experimentar emoción alguna. El resultado fue totalmente diferente. Las personas que sufrían esa deficiencia no eran capaces de entender que los montones donde había más cartas A y B eran mucho más arriesgados. Ellos sólo veían el beneficio inmediato y no eran capaces de asociarlo con el sentimiento de temor por la pérdida asociada. Al final los pacientes enfermos no eran capaces de encontrar la manera de ganar dinero, mientras que las personas que disfrutaban del placer de sus emociones lo encontraban gracias al miedo que sentían por perder el beneficio acumulado.

Las emociones son la antesala del pensamiento, ellas son quienes guían nuestra consciencia. Si estoy triste ya sé dónde va a estar mi pensamiento, al igual que lo sé cuando estoy contento. Es emocionante que las emociones definan el pensamiento porque ello indica que son un rasgo que nos ha permitido salir adelante en el proceso evolutivo, los sentimientos siempre nos han llevado por el camino correcto ya que nos han permitido escoger el camino que más nos beneficiaba.

El pasado siglo fue tiempo de hemisferios izquierdos. Un mundo dirigido y guiado por el número, la lógica y la razón. Todo sucedía por algo, todo tenía una causa. Ese paisaje era lo suficientemente determinista como para poder calcular el resultado. Fueron tiempos en los que sufríamos una disfunción orbitofrontal de la corteza, fueron tiempos de pensar sin sentir. Calculamos y calculamos y nos olvidamos de calcular cómo nos sentíamos. Se construyeron empresas e instituciones perfectamente habilitadas para la razón pero no para el corazón.

Pero el nuevo siglo viene pidiendo algo más. Requiere más emoción en la acción. Esas viejas estructuras donde la emoción está mal vista ya no son eficientes en términos del nuevo siglo. El nuevo siglo reclama un mayor beneficio emocional, lo cual no significa que se desprecie el beneficio económico. Ambos deben ser proporcionales.

Damasio y sus colegas abrieron las puertas a una nueva forma de pensar, bueno, no tan nueva, ya que nuestros ancestros ya la utilizaban, lo que ocurre es que nosotros la hemos ido perdiendo a medida que nuestras vidas se han ido haciendo más cómodas. Este nuevo entorno de confort nos ha alejado de nuestra capacidad para sentir. Ahora no sentimos hambre, ni frío, podemos elegir la cantidad de miedo que nuestro cuerpo necesita, nuestras necesidades más importantes están cubiertas. Hemos viajado de la sabana a los salones de nuestras casas y por el camino nos hemos ido olvidando de lo importante que es sentir.

Pensar con la razón, con la cabeza fría, alejándose del corazón pudo responder a la necesidad de un tiempo; pero los tiempos que nos quedan por vivir exigen algo más, algo que teníamos y que hemos perdido. Cuando volvamos a sentir iremos recobrando lentamente el sentido común, porque “sentir” + “pensar” es = “vivir.”

somos unos cotillas

Enviado por rober en Lun, 27/09/2010 - 23:03

el ser humano es cotilla por naturaleza. No hay más que encender la televisión o ir al quiosco para darse cuenta de la gran cantidad de información que genera el “mundo rosa”. Una oferta que atiende a una demanda que realimenta esa oferta y así continuamente llenando nuestras parrillas televisivas de vidas de famosos, frikis y personajillos autoproclamados personajes públicos. ¿Por qué se consume tanto cotilleo?, ¿por qué disfrutamos tanto sabiendo los pormenores de vidas ajenas?.

 

Sería pretencioso por mi parte tratar de responder a estas preguntas, pero sí que es cierto que la atención del ser humano se comporta de tal manera que nos hace ávidos de historias incompletas. En un artículo publicado en Psychological Science se analiza por qué es más duro no prestar atención a una conversación telefónica que a una conversación convencional entre dos personas. La diferencia entre ambas radica en la cantidad de información de la que disponemos; en la conversación tradicional tenemos todos los datos, mientras que en la conversación telefónica sólo disponemos de la mitad. Es precisamente esa asimetría la que provoca que nuestra atención dirija su foco hacia el gap informativo, despertando nuestra curiosidad. El objetivo es tratar de completar esa conversación telefónica, de construir un patrón que nos permita entender el total del contexto, de encontrar el orden que tanto necesitamos.

Éste documento quizás sea una de las razones que nos ayude a entender ese gusto del ser humano por consumir y opinar sobre la vida de los demás. Al carecer de la información suficiente sobre la misma, nuestra curiosidad comienza a tejer complicados itinerarios en búsqueda del porqué.

 

Visto lo visto, el origen del cotilleo y del ruido responde al vacío. Cuando no tenemos información la creamos nosotros mismos para hacer que todo tenga sentido… desde nuestro punto de vista, por supuesto. Ocurre que hay tantos puntos de vista como personas, lo que hace que el proceso de completar ese gap se pueda convertir en una lucha de teorías ridículas fruto de maquinaciones de cada quien. 

 

El daño que provocan los cotilleos puede ser muy perjudicial, no sólo para las personas, también para las organizaciones. Las empresas no están libres de este “cáncer”. Ruido que se incorpora a los canales de comunicación fruto de silencios, de oscurantismo y de un secretismo contraproducente. Se podría pensar que no informar sobre determinados temas es prudente, no voy a entrar a valorarlo, pero según describió George Loewenstein con su teoría de la curiosidad, nuestro sistema de procesamiento de información tiene mucho que ver con dónde dirige nuestra mente la atención. Si hay vacío, nuestra mente busca completarlo. Si no hay vacío, dedica sus recursos a otras cuestiones.

Si en el trabajo nos dedicamos a fomentar entornos poco transparentes, es probable que la atención se centre en tratar de dar luz a esa oscuridad. En el contexto contrario, la gente se dedica a hacer lo que tiene que hacer.

Mientras se fomente el oscurantismo tendremos cotilleo, y mientras tengamos cotilleo estaremos tirando una gran cantidad de recursos a la basura. Pero ojo!!!, como dice la canción: “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir...”

pérdida transitoria de coherencia (PTC)

Enviado por rober en Lun, 09/08/2010 - 21:46

en el verano de 1954, Leon Festinger, el padre de la disonancia cognitiva, estaba leyendo la prensa y en una de esas noticias maravillosas que nos brindan los periódicos, aparecía un reportaje sobre un ama de casa de las afueras de Minnesota. Su nombre era Marion Keech y estaba convencida de que el fin del mundo se acercaba. Según ella, los extraterrestres, con los que llevaba tiempo en contacto, le habían comunicado que el 20 de diciembre de 1954 la tierra sería arrasada por una enorme inundación que acabaría con todo. Como nunca falta un roto para un descosido, poco a poco la señorita Keech comenzó a tener un grupo de seguidores que se hicieron partícipes de su mensaje apocalíptico. Siendo conscientes de que antes de la navidad todo lo que tenían y eran desaparecería, comenzaron a vender sus casas, a desatender sus obligaciones, a dejar de lado a sus amigos, ...

Leon Festinger, fascinado por la noticia, decidió hacerse miembro de esta “congregación”. Su objetivo era conocer cuál sería la reacción de sus compañeros de rebaño el día 21 de diciembre a las 0:01 al comprobar que el mundo no iba a ser destruido,  ¿se retractaría Marion de sus teorías?, ¿qué ocurriría cuando sus creencias se desvaneciesen?.

Así llegó el esperado día 20 de diciembre de 1954. Todos los seguidores se reunieron en la casa de Marion. Como es obvio, el final del mundo no llegó y el reloj marcó las 0:01 del día 21. Los miembros de la congregación comenzaron a preocuparse al ver que no sucedía nada, algunos comenzaron a llorar al ver que los extraterrestres les habían engañado. Pero en ese momento, Marion Keech, ama de casa de las afueras de Minneapolis, fue de nuevo contactada por los extraterrestres. En su nuevo mensaje, éstos le decían que el mundo había sido salvado gracias a la fe y a la luz que todas las personas reunidas en aquel salón habían desprendido. A pesar de no haberse cumplido ni una de las predicciones de Marion, y por increíble que parezca, sus seguidores no dudaron ni un momento en la veracidad del nuevo mensaje, es más, éste le daba sentido a lo ocurrido y les aportaba la fuerza necesaria para seguir prodigando su mensaje a lo largo y ancho del mundo. 

 

Esta historia le sirvió a Leon Festinger para poder trazar las bases de la disonancia cognitiva. Hechos contradictorios que entran en conflicto y que nosotros mismos nos encargamos de hacer encajar como piezas de un puzzle para que tengan sentido en nuestra cabeza. Y no pensemos que esto sólo le ocurre a los “locos”, nadie está libre de sufrir de algún modo los síntomas de la disonancia cognitiva. No hay que irse a casos extremos como el de Marion, nuestro día a día está lleno de contradicciones que demuestran que las conclusiones descubiertas por Leon Festinger son totalmente correctas. Personas que hablan del valor de la familia y se pasan el día trabajando con la excusa de que quieren lo mejor para los suyos; empresas que presumen de que sus empleados son el mayor activo y cuando llega la primera adversidad estos dejan de ser personas para convertirse en recursos con la excusa de “salvar” al resto; responsables de equipos que dejan de serlo para tratar de salvar su pellejo con la cutre-excusa de si a mí me va bien, a mi equipo le va bien; aquellos que son promocionados por su integridad, honestidad y valía y acaban robando de “la caja” de la empresa porque quieren mantener un nivel de vida que los que creían en ellos le han regalado; compañeros que se llenan la boca diciéndonos lo buenos que somos y que desaparecen comentando: “ ya sabía yo que fulano ...”, cuando las cosas no van tan bien; ....

 

Lo que yo llamo la PTC (Pérdida Transitoria de Coherencia) es una enfermedad que nos rodea y que es mucho más común de lo que parece. Las pérdidas de coherencia parecen inherentes al ser humano, pero lo preocupante es que hemos desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla y eso nos hace insensibles a ella convirtiéndonos en víctimas de nuestros propios engaños... sólo así se pueden explicar muchas de las cosas que suceden a nuestro alrededor.

 

La coherencia es una de las bases de la confianza, y ésta a su vez es un ingrediente del compromiso. Quienes creían en la historia de Marion la veían coherente y por eso confiaron en ella y se comprometieron con la causa. El poder del grupo refuerza la contradicción. Sufrirlo en soledad es más peligroso ya que es el camino que conduce a determinados comportamientos paranoides. Universos paralelos que enfrentan al “enfermo” con el mundo. ¿Quién tiene la razón? ... esa pregunta sólo la puedes responder tú, pero cuando sufrimos el síntoma de sentirnos en el ojo del huracán, víctimas de un complot a nivel global para llevarnos la contraria, es momento de plantearnos lo que Leon Festinger nos ha enseñado .... y puede suceder que los extraterrestres existan, y si así es, seamos coherentes. 

el autocontrol malgastado

Enviado por rober en Dom, 13/06/2010 - 21:01

  el ser humano posee una resistencia natural al cambio. La seguridad de lo conocido nos permite ahorrar energía y dedicarla a otras actividades. La transformación en hábitos de cualquier actividad es algo que hacemos de manera constante, así podemos vivir sin tener que pensar en cómo debemos hacer un gran número de tareas diarias (desplazarse al trabajo, despertarse, desayunar, comer, trabajar, ...). Imagínate que cada día tuvieses que pensar por donde ir al trabajo, cómo hacerlo, cómo tratar a tus compañeros, a tu jefe,... la vida sería muy estresante. Al final del día estarías exhausto y todos sabemos que cuando estás cansado es más fácil que te alejes de la mejor versión de ti mismo. 


Un grupo de investigadores han demostrado como esa resistencia natural al cambio poco tiene que ver con la pereza. Más bien es una cuestión de ahorro energético personal. Para demostrarlo realizaron una serie de experimentos que detallo a continuación:

Se reunió a un grupo de personas en una sala donde había un irresistible olor a galletas de chocolate recién salidas del horno. En el centro de la sala había una mesa con dos recipientes, en uno de ellos estaban las galletas que desprendían ese olor tan maravilloso, en el otro, unos sanos, pero insípidos rábanos. A un grupo de personas se les pidió que comiesen tantas galletas como les apeteciese, al otro grupo se les dijo que sólo podían probar los rábanos. Mientras los “conejillos de indias” cumplían sus correspondientes cometidos, los observadores abandonaron la sala. El objetivo era que las personas que estaban comiendo los rábanos sintiesen la tentación de “picar” alguna de las galletas, pero éstos, obedientes, ni las probaron. 

Terminada la prueba, se les pasó a otra sala para que hiciesen otro experimento totalmente diferente. En esta ocasión se trataba de que los participantes completasen una forma geométrica con un lápiz sin poder levantar éste del papel. El ejercicio era imposible, pero el objetivo final era poder comprobar la persistencia de los participantes por sacar adelante el cometido. El resultado fue el siguiente: las personas que comieron los rábanos lo intentaron durante una media de 8 minutos, los de las galletas de chocolate 19 minutos. Como veis, la diferencia es considerable.


La conclusión de los investigadores fue, por lo menos, curiosa: el autocontrol es un recurso finito. Aquel grupo que fue obligado a comer los rábanos tuvo que hacer uso de un mayor autocontrol y esto les llevó a que su fuerza de voluntad para terminar el segundo ejercicio fuese menor.

El trabajo es un entorno lleno de normas y procedimientos; implícitos o explícitos. Cultura, valores, misiones, funciones, jerarquías, procedimientos, creencias, ... Todo ello requiere que nuestro comportamiento se adapte. Pero hay dos caminos: Uno consiste en encajar, en entender, aceptar y vivir este entorno como una prolongación de nuestra vida. El otro se caracteriza por lo contrario. 

En el primero, el autocontrol es mínimo, no tienes que fingir, puedes ser tú mismo, demostrar lo que piensas y vivirlo de una forma libre. Consume poca energía y nos permite utilizarla en lo que más nos gusta, dedicarla a aquello que merece realmente la pena (la familia, las aficiones, los amigos, ...).

El segundo camino devora nuestra energía. El autocontrol utilizado para disimular el gap entre lo que somos y lo que hacemos hace que nos vaciemos. El miedo a perder el trabajo, a no ganar dinero, a no poder permitirnos ciertos caprichos,... nos esclaviza. El resultado es que la energía que podrías dedicarle a lo que te gusta la dedicas a algo en lo que no crees ... y esta factura la suelen pagar los que menos se lo merecen.

Ser uno mismo nos hace libres!!!.

010110

Enviado por rober en Mar, 29/12/2009 - 20:54

 en estas fechas la programación televisiva nos bombardea con resúmenes en imágenes de todo lo ocurrido este año que ahora termina. Desde pequeño esto es algo que siempre me ha gustado porque de un vistazo haces un repaso general del año. Quizás estos resúmenes anuales han influido en mi forma de recapitular cada año que pasa. Hago un repaso mental en imágenes de todo lo que me ha sucedido, repaso la agenda para ver aquellos hechos más reseñables, veo las entradas del blog para ver por donde ha ido mi cabeza y cómo ha evolucionado mi pensamiento.


Ahora que el 2009 se termina, es momento para hacer un resumen y a mi mente vienen tres palabras que podrían definir el 2009, según mi punto de vista: crisis, compromiso y responsabilidad.


Crisis: recuerdo la cantidad de horas que me he tirado en el teléfono charlando con amigos que se han quedado sin empleo. Auténticos dramas personales y familiares que le ponen ojos y cara a una crisis que no sólo existe en los medios de comunicación. Ésta es parte de nuestro paisaje habitual, y a lo mejor por mi trabajo en recursos humanos, es más patente el nuevo pulso que ha adoptado el mercado laboral. La crisis no servirá de nada si no nos preguntamos el por qué. ¿Por qué hemos llegado hasta aquí?, cada uno tendrá una explicación y estoy seguro de que todas serán acertadas y correctas, es más, seguro que todos esos puntos de vista son complementarios. Las reglas del juego están cambiando y ahora ya no está tan claro quién tiene la sartén por el mango, algo que precipita decisiones, resta libertad a la persona y puede ser un hipoteca de futuro para aquellas organizaciones que intenten beneficiarse de esta situación.


Compromiso: Si cuando llegas a casa, tu pareja te abraza, te dice todo lo que te quiere, etc, etc, ... y acto seguido te dice que te ha sido fiel el 99,9% de las veces, ¿cómo te sentirías?. Pues así funciona el compromiso, no hay grises, es o blanco o negro, todo lo demás resta confianza, y cuando no hay confianza, es imposible que se produzca el compromiso. Este año nos han robado la confianza, nos han dejado sin ese bien tan preciado que nos ayuda a tener la necesitada esperanza para construir con mayor facilidad el día a día. Se ha gestionado en el corto plazo, con egoísmo, agotando el recurso como si este fuese infinito, jugando con bienes que no sólo pertenecen a los que deciden, endiosando personajes para acabar demostrándonos que todas las miserias humanas se habían apoderado de ellos. Y habiendo sucedido todo esto, se le vuelve a pedir a las personas que confíen ... para que esto vuelva a suceder habrá que demostrar durante un largo periodo de tiempo que las cosas han cambiado, que todo esto nos ha servido para aprender. Cuando esto suceda, es probable que aparezca de nuevo el compromiso, y cuando tengamos este preciado bien, construir será mucho más sencillo.


Responsabilidad: este año hemos demostrado que a la hora de poner culpables somos unos verdaderos especialistas. Que si los bancos, que si los gobiernos, los empresarios, los promotores, .... los hay de todos los colores y estilos, sólo depende del punto de vista del “damnificado”. Hemos llegado a criticar incluso al propio sistema, no estoy en contra de este idea, pero nos hemos olvidado que nosotros somos parte de ese sistema. Este sistema lo construimos nosotros: Los pisos que se venden son los que nosotros compramos, los créditos que otorgan los bancos son los que nosotros pedimos, los gobernantes que tenemos son los que hemos elegido, ...

Hemos olvidado que esta crisis la hemos construido nosotros mismos, criticar todo lo que nos rodea es reconocer nuestra incapacidad para controlar nuestras propias necesidades. El hedonismo nos ha llevado por una senda muy peligrosa, unido este hecho a que tenemos un sistema “sin límites”, hemos demostrado que somos incapaces de gestionar nuestra propia avaricia. 

Es evidente una falta de responsabilidad generalizada. Sin ella es difícil que podamos salir de cualquier bache. Debemos de asumir nuestras responsabilidades, ser valientes para reconocer nuestros errores y sobre todo debemos controlar nuestras ansias por querer tenerlo todo.



Hecho el resumen, es hora de los deseos para 2010: 

Como pedir es gratis, mi primer deseo tiene que ver con el tiempo. Me gustaría que nos planteásemos el uso que hacemos de nuestro acelerador vital, y en caso de ser necesario, bajar un poco la velocidad, no por dejar de hacer cosas, sino por hacerlas mejor. Ya que vivimos más años, no nos empeñemos en pisar el acelerador para tener la sensación de que vivimos lo mismo que antes, sería bonito poder disfrutar de esta vida extra que nos ha regalado la ciencia. Empezar a distribuir el tiempo de una manera inteligente, reservando un porcentaje del mismo para regalarnos a nosotros mismos, para conocernos mejor, en definitiva, para querernos.

Mi segundo deseo tiene que ver con las personas. Me gustaría un 2010 un poco más humano, donde las personas dejasen de ser medios para conseguir fines materiales. La persona debe ser el fin en sí mismo. Me da la sensación de que la persona ha perdido protagonismo en pos de la tecnología, el dinero, las cosas, ... y esto hace que la confusión generada sea muy grande. Muchas veces en el blog hablo de ser feliz en el trabajo y mucha gente puede llegar a criticar la idea por considerarla ilusa .... quizás esa crítica sea debida a la creencia generalizada de que la persona no es más que una herramienta organizativa. Pensemos en las personas!!!.

Y mi tercer y último deseo es apostar por la responsabilidad. Tenemos que pararnos a pensar en cómo afecta lo que hacemos a lo que nos rodea. Seguir creyendo que nosotros no tenemos nada que ver con lo que nos pasa es una manera poco sutil de echar balones fuera. Es reconocer que somos un cero a la izquierda, y yo preguntaría ¿quién está dispuesto a reconocer que no es importante?, ¿quién admite que nada de lo que hace sirve para algo?. Como esto no suele ocurrir, es tiempo de pensar en asumir nuestra responsabilidad, de decidir que “de mi depende”.



El 2009 ha sido una año complicado, pero esa será la gran ventaja que tendremos en 2010, este año que entra será un buen año para construir. Aprendamos de los errores pasados y centrémonos a la hora de diseñar esa nueva realidad que las circunstancias reclaman. El reloj empieza a contar el 01/01/10.


Espero que tengas un feliz año y que podamos seguir “viéndonos” por este corner.

¿cuántas patas tiene tu mesa?

Enviado por rober en Vie, 11/12/2009 - 13:30

 hace ya unas semanas charlaba con un compañero de trabajo sobre lo que significaba la felicidad para él. Utilizó un símil muy interesante que describía la felicidad de una manera muy gráfica. Para él, la felicidad era como una mesa y, como todos sabemos, las mesas necesitan cuatro patas para poder mantener el equilibrio. Si a la mesa le faltase alguna de las patas, le fallaría el equilibrio y se vendría abajo. Así mismo, si una de las patas es más corta que el resto, lo normal es que la mesa baile, siendo necesario poner algo debajo de la pata más corta para poder evitar la inestabilidad de la misma. Si el número de patas supera las cuatro, la estabilidad de la mesa será mayor.

Mi compañero utilizaba este símil y me decía que para él la felicidad consistía precisamente en esto: cuatro elementos fundamentales en tu vida que te aportan la estabilidad necesaria a las que se pueden sumar otros factores que supondrán un refuerzo a las cuatro patas principales y que en caso de fallar pueden suponer un sistema de refuerzo.


Lo siguiente a esta explicación fue preguntarme cuáles eran las cuatro patas que soportaban mi equilibrio y estabilidad. Vino como un resorte a mi mente una afirmación de Seligman en la que comentaba que la felicidad consiste en la aplicación de las fortalezas en cuatro ámbitos de la vida: el amor, el ocio, la educación de los hijos y el trabajo. Sería un temerario e inconsciente si afirmase que esto es así para todo el mundo, porque las circunstancias de cada uno varían en función de toda una serie de factores. Pero lo que me llamó la atención de la afirmación de Seligman es que incluye entre esas cuatro patas el trabajo (algo con lo que estoy totalmente de acuerdo). Algo que poco tiene que ver con lo que nos enseñan desde pequeñitos, unas enseñanzas que apuntan más hacia la creencia de “trabajo: caca”.

Desde pequeños nos hablan del trabajo como si de un castigo se tratase, de  algo de lo que tenemos que huir ya que significa sufrimiento, sacrificio, aplazamiento de las gratificaciones, castigo, ... Este tipo de mensajes trabajan en el subconsciente colectivo haciendo que surjan creencias limitadoras que poco ayudan a que una de las patas de esta mesa tenga el mismo protagonismo que el resto. 


Hay un dato que la Fundación Russell Rage descubrió: La satisfacción laboral supone el veinte por cierto de la satisfacción general en la vida. Este dato pone cara y ojos a la importancia del trabajo en la vida de las personas. Además, son pocos los que pueden vivir sin trabajar. Generalmente aquellos que más dinero tienen serían los que podrían permitirse éste lujo, y aún así, suelen optar por seguir haciéndolo... algo para pararse a pensar.

Un buen amigo siempre puntualiza este dato y afirma que este 20% de satisfacción general en la vida se multiplica exponencialmente cuando la persona pierde su trabajo, con lo cual tenemos otra evidencia más de la importancia de este factor en el equilibrio que le aporta a nuestras vidas.


A diferencia de muchos de nuestros antepasados, poseemos la libertad de poder elegir. Y aunque a veces nos dé la sensación de lo contrario, suele ser un autoengaño que utilizamos para justificar nuestra mala fortuna.


Plantearse cuáles son esas cuatro patas de nuestra mesa puede ayudarnos a conocernos un poco mejor y saber si estamos siendo consecuentes....

velocidad lenta

Enviado por rober en Mar, 15/09/2009 - 13:25

 

 nuestra sociedad es una oda a la velocidad. Coches que cada día corren más, deportistas que cada día son más rápidos, trenes que cruzan países en tiempo record, aviones que nos ponen en la otra punta del planeta en cuestión de horas, acceso a cualquier información en cuestión de segundos, disponibilidad de casi todo YA. Esa es la realidad, toda una infraestructura que nos garantiza un montón de cosas de manera inmediata.

Pero la velocidad tiene sus efectos adversos: accidentes de tráfico, doping,  jet lag , desinformación, delitos en internet, pero sobre todo, estrés, sensación de que el tiempo no llega, ansiedad. Parece que nos gusta vivir siempre con el agua al cuello, con una sensación constante de no llegar.

A la velocidad se le intentan poner barreras, pero éstas no son suficientes para calmar nuestra ansia por el YA.


Había oído comentar que los buenos pilotos de coches son aquellos que conducen con el acelerador. No pisan el freno, simplemente sueltan el acelerador cuando quieren reducir la velocidad. De esta manera pueden mantener un buen ritmo sin tener que pararse.


¿A qué velocidad vas por la vida?, ¿eres capaz de regular el acelerador o te ves obligado a tener que utilizar el freno?. Los mayores expertos en psicología positiva coinciden en la necesidad de saborear, de disfrutar del momento, de evitar un enfoque excesivo al pasado o al futuro ya que nos pueden hacer olvidar el presente. 

Nuestro gusto por la velocidad es muy curioso, ¿por qué se produce?, ¿quizás queramos llegar muy rápido a un futuro esperanzador que nosotros mismos hemos construido en nuestra mente?, ¿quizás apuramos para rememorar recuerdos pasados?. Sea como sea, es necesario ser muy consciente de los efectos adversos de las prisas. Por utilizar un símil, imagínate en una moto por la autopista a una altísima velocidad. El horizonte se presenta ante ti como líneas de color, líneas que llegan a tus retinas sin tiempo para pestañear. El paisaje se distorsiona, dejas de observar los matices, el conjunto pierde su esencia y es la sensación de velocidad la que manda, tu cuerpo está en tensión y esta tensión impide que te relajes. ¿Cuánto de esto nos pasa en nuestra vida o en nuestro trabajo?. Vamos tan rápido que nos perdemos cosas espectaculares, personas increíbles, conversaciones enriquecedoras y un sinfín de matices que adornan nuestro paisaje diario. Esa velocidad sólo nos permite centrarnos en el yo, olvidando la importancia que tiene el conjunto en nuestras vidas. 

Dicho todo esto, no creo que la velocidad sea mala. Al igual que los buenos pilotos debemos saber cuándo hay que correr y es entonces cuando debemos pisar el acelerador. Debemos saber cuál es la velocidad adecuada, aquella que nos permita observar y disfrutar el paisaje sin que ello nos suponga estar en tensión ....


Si ya lo decía mi abuela ..... “vais como locos!!!”

Páginas

Suscribirse a RSS - metacompetencias