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libros recomendados

 

estos días estoy leyendo El Cisne Negro, de Nassim Nicholas Taleb. Un libro lleno de ideas y reflexiones muy interesantes. Entre ellas hubo una que me llamó la atención. Taleb comenta como en un determinado momento de su vida un amigo le dio un consejo a la hora de seleccionar la orientación de su carrera profesional. Esta persona discriminaba los trabajos entre escalables y no escalables.


Definía los trabajos no escalables como aquellos que están sometidos a la gravedad. Ejemplos de trabajos escalables: los dentistas, cocineros, consultores, masajistas, ... y todo tipo de profesiones en los que el tiempo limita el nivel de ingresos. Un dentista sólo puede atender un número determinado de pacientes, al igual que el resto de profesiones no escalables. En este tipo de trabajos la constancia y cantidad de trabajo serán proporcionales a los ingresos. Son entornos de baja incertidumbre donde cada uno es dueño de sus acciones.

Por contra hablaba de los trabajos escalables. Trabajos en los que independientemente del esfuerzo el nivel de ingresos puede ser muy elevado. Como ejemplo de estas profesiones se hablaba de músicos, escritores, actores, especuladores, ... donde un único esfuerzo tendría una rentabilidad muy elevada. El esfuerzo de escribir un libro es el mismo si lo lee una persona que si lo leen veinte millones y por contra los ingresos serán totalmente diferentes. Estas profesiones se caracterizan por tener grandes niveles de incertidumbre y donde la frontera entre el éxito y el fracaso es muy clara.


Su amigo le recomendaba enfocar su futuro profesional hacia las profesiones escalables argumentando que estas son las que realmente significan saltos cuantitativos importantes. 


Si echamos cuentas es evidente que el índice de fracasos en las profesiones de tipo escalable es mucho mayor que en las profesiones de tipo no escalable. En las profesiones escalables las diferencias son abismales mientras que en las no escalables este gap es muchísimo menor. Taleb titula a este apartado del libro “El mejor (peor) consejo”.


Pensaba en ello y me planteaba el por qué de esta gran diferencia. Me lo planteaba desde el punto de vista de los valores que requiere cada una de estas profesiones. El trabajo no escalable requiere sacrificio, fuerza de voluntad, organización, dedicación, formación continua, capacidad de análisis y solución de problemas, trabajo en equipo, ... Por contra las profesiones escalables están más orientadas al individualismo, al golpe de suerte, a la disparidad entre esfuerzo y recompensa, ... en este caso son sólo unos pocos los que se llevan la mayor parte del pastel.


Generalizar siempre es malo y no pretendo hacerlo con esta entrada, pero en líneas generales me parece que los trabajos no escalables ayudan más a las personas a ser felices, a encontrar un significado a las cosas, a valorar los esfuerzos y disfrutar de los logros diarios. Estos profesionales serán capaces de transmitir a sus hijos estos valores y ello hará que la sociedad esté dotada de una serie de principios sobre los cuales se deberían construir las civilizaciones.


... pero también pienso: ¿qué sería de este mundo sin escritores, actores, músicos, ...?. Supongo que en el equilibrio está la respuesta.

 

 

leía esta semana en el blog de Pilar Jericó un cuento sobre el fracaso. Me pareció muy interesante por el mensaje que encierra:

Un día apareció un caballo en la granja de una aldea.

El dueño de la granja lo cuidó y el caballo se quedó. La gente de la aldea le decía: Qué buena suerte. El respondía: “Buena suerte, mala suerte, se verá”.

Pasado unos días, el caballo se marchó. La gente de la aldea le dijo: “Qué mala suerte”. Él contestó: “Buena suerte, mala suerte, se verá”.

Pasada una semana, como le había cuidado muy bien, el caballo regresó con una manada de caballos. La gente de la aldea le dijo al dueño de la granja: “Qué buena suerte”. Y él respondió: “Buena suerte, mala suerte, se verá”.

Después de unos días, uno de los caballos le dio una coz al hijo del dueño de la granja que le rompió las piernas. La gente de la aldea le dijo: “Qué mala suerte”. Él contestó: “Buena suerte, mala suerte, se verá”.

Después de dos semanas, los ejércitos de ese país se llevaron a todos los jóvenes a la guerra excepto a su hijo que tenía las piernas rotas… ¿Buena suerte, mala suerte?, se verá.

Hace ya algún tiempo leí el libro titulado La buena suerte, claves de la prosperidad de Alex Rovira y Fernando Trías de Bes. Un libro ágil y sencillo de leer pero que me impresionó por la potencia de su mensaje. Cuando leía la entrada de Pilar me vino a la cabeza este libro. Uní dos conceptos: buena suerte - fracaso. Suenan muy diferentes, es más, se podría pensar en ellos como antónimos. Pero, ¿de verdad están tan lejos?. Cuando lo pienso recuerdo la historia que siempre cuenta Steve Jobs, determinados sucesos que a priori supusieron un fracaso enorme en su vida fueron la antesala de algo mucho mayor en el futuro.

Por otro lado está la buena suerte. Para mi la muy mal utilizada buena suerte, es más, en ciertas ocasiones me parece un disculpa mediocre para justificar éxitos ajenos. A quién no le suena la expresión: “.. que buena suerte ha tenido fulano ...”. 

Lo que me gustó del libro La buena suerte fue precisamente desmontar este mal uso que se le suele dar a la palabra. La buena suerte está en cada uno de nosotros y somos nosotros los que le damos forma cada día. Nosotros somos los responsables de diseñarla y construirla. Lo inteligente estriba en saber sacar provecho de los fracasos para desde ellos poder construir la buena suerte. Y que las cosas salgan según nuestros planes no siempre es tarea fácil, necesitaremos de la persistencia. Lo bueno no suele caer del cielo y tampoco suele aceptar atajos.

El cuento sobre el fracaso que relataba Pilar hace que me plantee un par de  preguntas: ¿realmente existe la mala suerte? o ¿una vez más hemos creado una palabra cuyo significado oculta nuestra incompetencia?.

Buena suerte, mala suerte, éxito, fracaso no son más que diferentes formas de camuflar la realidad. Lo que sucede, sucede por algo, y lo que debemos saber es hasta que punto incidimos en los acontecimientos que nos rodean. El resto son sólo cuestiones etimológicas. 

Si preguntásemos a los miembros de las direcciones de recursos humanos de diferentes empresas qué es lo que sus directores generales esperan de ellos, ¿cuántos creéis que nos podrían dar una respuesta convincente?. No podría dar una cifra exacta, pero me arriesgo a decir que un porcentaje inferior al 10%.

 

Es un error dar por sentado que cada profesional deba saber lo que se espera de él sin necesidad de tener que contárselo. Esto lo único que hace es dispersar la energía y capacidad de las personas. Debemos ser capaces de alinear toda la potencia en un único punto, de manera que nos sea más fácil alcanzarlo. En la gestión de personas esto es muy común. Parece que con pagar las nóminas, organizar formación, seleccionar gente y poco más, ya esta listo. Nada más lejos de la realidad. La funci ón de recursos humanos es mucho más que una serie de tareas obvias.

 

Hay un libro que intenta dar una solución a esta eterna pregunta: ¿qué se espera de recursos humanos?. Competencias de la dirección de personas. Un análisis desde la alta dirección, es un ejercicio genial que busca una respuesta a esta pregunta a través de entrevistas con los directores generales, presidentes y consejeros delegados de las empresas más grandes del IBEX 35. Sin duda un ejercicio original y que nos ayuda a comprender cual es la misión de recursos humanos en este momento de la historia, donde las personas son más que nunca la clave del éxito empresarial.

 

Como síntesis, este libro deja tres conclusiones impresionantes de cuales deben de ser las competencias claves para la dirección de personas:

 

1.  valedor de la cultura.

2.  aliado estratégico.

3.  técnico especialista.

 

Lo mejor es que lo leáis y saquéis vuestras propias conclusiones.

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