comunicación interna

decir y pensar

Enviado por rober en Jue, 16/06/2011 - 21:40

el qué y el cómo se digan las cosas modifica en mucho el resultado de lo dicho, es por ello que el poder de las palabras es infinito. En la década de los treinta del pasado siglo, los lingüistas Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf apuntaron una idea realmente interesante: el lenguaje influye de una manera determinante sobre nuestra forma de pensar. Pero esta idea no estaba avalada por experiencias empíricas que le diesen cuerpo y eso llevó a que durante mucho tiempo se concibiese la universalidad del lenguaje y el pensamiento.

En un interesante artículo de Lera Boroditsky publicado en la revista Investigación y Ciencia, la psicóloga presenta toda una serie de experimentos y evidencias que muestran el verdadero impacto que el lenguaje tiene sobre nuestra forma de pensar y que desmontan esas creencias del pasado sobre la universalidad de lo que decimos y pensamos.

 

En este artículo se comenta que en la actualidad, en el planeta tierra, se hablan una friolera de 7000 idiomas. Realmente este hecho viene, una vez más, a ilustrar la grandiosa diversidad que define a los seres humanos. 7000 formas de pensar totalmente diferentes simplemente determinadas por el uso de idiomas diferentes. Las reflexiones presentadas por la doctora Boroditsky revelan investigaciones que dan forma a las nociones más básicas de la experiencia humana: espacio, tiempo, causalidad o las relaciones con las demás. Sólo de pensarlo se me pone la piel de gallina.....

En el citado artículo se habla de experiencias vividas con determinadas comunidades del pacífico sur con capacidades de orientación portentosas, donde palabras como derecha o izquierda dejan paso a los puntos cardinales. Esta capacidad de orientación también influye sobremanera en su concepción del tiempo. En diferentes experimentos realizados se les pedía a esta gente que ordenasen series cronológicas de fotografías y se comprobó que el orden de las mismas dependía de la orientación de la persona dentro de la habitación. Para cualquier europeo parlante lo más antiguo siempre va a la izquierda y lo más nuevo a la derecha, mientras que para un árabe esta secuencia se invierte. Es curioso comprobar como estas “leyes universales” evidentes para todos nosotros se desmoronan en función del lenguaje utilizado por la persona.

 

La descripción de acontecimientos también se ve modificada por la utilización del lenguaje. Dependiendo de qué lengua hablemos nuestra percepción sobre los acontecimientos se puede ver alterada. Los hispanohablantes y japoneses somos unos verdaderos especialistas en la utilización del impersonal “se”: el plato se rompió. Cuando se presentan en nuestras vidas acontecimientos accidentales tendemos a evitar la utilización del sujeto haciendo que nadie sea el responsable de lo sucedido. Por contra, los anglosajones no entienden las frases carentes de sujeto, este tipo de frases son entendidas como evasivas.

 

Del artículo surge una pregunta que la propia Lera Boroditsky responde: ¿es el lenguaje quien modifica el pensamiento o es el pensamiento quien modifica el lenguaje?. La respuesta es que se trata de un proceso bidireccional, el uno influye en el otro reforzándose y haciéndose más profundo su impacto sobre nuestra memoria y forma de actuar. Es muy conocido ese remedio de que si cambias la forma de decir algo también cambia la forma de concebirlo.

 

Estos estudios y experimentos reivindican el lugar que el lenguaje se merece en nuestro día a día. Algo que asumimos como cotidiano y carente de valor pero que realmente influye en nuestra forma de ver el mundo. Es tal la habilidad que adquirimos con el lenguaje que éste se convierte en algo inconsciente y es precisamente esta inconsciencia la que nos aleja del poder e importancia del mismo. Las palabras son la forma física de nuestros pensamientos y cuando no las controlamos es muy difícil que podamos dominar nuestro pensamiento convirtiéndonos así en actores secundarios de nuestras vidas, donde el azar determina el resultado. 

Poseemos la libertad de la palabra, pero esa libertad nos hace responsables de nuestros pensamientos. Saber ejercerla es algo que nos corresponde y es muy habitual comprobar cómo lo que decimos tiene un impacto enorme en los que nos rodean. Es la forma en la que dejamos ver a los que nos rodean cómo pensamos, si los tratamos con desprecio verán que no nos importan, si utilizamos un lenguaje sensible a sus deseos y expectativas mostraremos un pensamiento totalmente diferente.

 

El dominio del lenguaje es consecuencia de la maestría de autoescucharse. Pero escuchar nuestras propias palabras es un ejercicio cognitivo con un importante esfuerzo ya que al convertir nuestro lenguaje en algo inconsciente el foco de atención de la escucha está más centrado en otros aspectos menos relacionados con conocer su contenido y significado.  Escucharnos nos permite conocer nuestros pensamientos y dicho esto me surge una pregunta ¿cuánto tiempo dedicas cada día a escucharte?.

manía persecutoria

Enviado por rober en Dom, 05/06/2011 - 20:37

 

Conspiración es el título de una película protagonizada por Mel Gibson y Julia Roberts. Para los que no la conozcan, se trata de la historia de una taxista que vive obsesionado con la existencia de una serie de confabulaciones cuyo objetivo es controlar el mundo. La cinta muestra de manera muy gráfica la vida atormentada de este personaje, una persona que sufre los desórdenes típicos de quien padece manía persecutoria. Jerry Fletcher, así se llama el personaje en la película, es una caricatura de la peor cara de esta patología, sin embargo, no hay que llegar tan lejos para observar consecuencias a menor escala de los efectos provocados por la sensación de que todo y todos se han puesto de acuerdo para ponernos las cosas difíciles.

 

Todo el mundo sufre en mayor o menor medida los efectos de la manía persecutoria, pero aquellas personas que de manera recurrente se quejan de un maltrato universal unilateral padecen con mayor fuerza los efectos alucinógenos de este tipo de paranoia, por supuesto mucho más suave que la sufrida por Jerry Fletcher, pero con un resultado idéntico. En ambos casos, sentirse el objetivo a batir del resto del mundo impide disfrutar de una vida equilibrada y satisfactoria.

Las leyes estadísticas otorgan a cada ser humano una cantidad de maltrato similar, por eso, aquellos que afirman que ellos tienen mucho más que el resto invitan a que pensemos en la causa de esta asimetría. Bertrand Russell afirma que la causa está dentro de la propia persona: o bien se imagina afrentas que no existen, o su comportamiento inconsciente resulta un imán para la irritación colectiva.

 

Russell habla de una actitud totalmente irracional patente en la mayor parte de la población hacia el chismorreo malicioso. Nos resulta complicado resistir la poderosa tentación de no decir cosas malas de aquellos que tenemos más cerca, amigos incluidos (la televisión es buena muestra de ello, así como el consumo público de todo lo que tiene que ver con el cotilleo). Pero lo curioso del tema sucede cuando nos enteramos de que alguien habla mal de nosotros, en ese momento surge la sorpresa y por supuesto la indignación y el posterior enfado (cómo puede decir eso de mí, con todo lo que he hecho por él/ella). Resulta difícil imaginar que los demás piensen mejor de nosotros que nosotros de ellos y eso ocurre porque tenemos la tendencia natural a ver la inmensidad de nuestros logros que siempre hacen sombra a los méritos de los demás. Russell dice que si el ser humano tuviese el poder de leer la mente, el primer efecto sería la ruptura de casi todas las amistades; el segundo efecto sería que como seres sociales no soportaríamos vivir sin el calor de la amistad y por eso tendríamos que vivir asumiendo que nadie es perfecto y que tampoco hay que preocuparse mucho por el hecho de no serlo.

 

La manía persecutoria tiene su origen en una sobreponderación de nuestros propios méritos. Nuestra autoestima suele ser inflacionaria, nos gusta valorar lo nuestro muy por encima de lo de los demás, precisamente porque nuestra atención tiene el foco puesto en el esfuerzo que supone dicho trabajo, pero esa atención no es dirigida con el mismo nivel de consciencia hacia el trabajo y esfuerzo de los otros, lo que hace que la vara de medir que utilizamos sea totalmente diferente. Resultado: asimetría, sobrevaloración de mis méritos e incapacidad para comprender porqué los otros no lo ven así. Respuesta: porque ellos están haciendo lo mismo que tú. 

Cuando sufrimos el “castigo” exterior de la crítica surge en nosotros un mecanismo de defensa natural que consiste en buscar al culpable fuera, no dentro: los celos que tienen de mi grandeza, la envidia que les provoca ver lo bien que hago las cosas,... Esa tendencia egocéntrica hace que suframos los efectos alucinógenos del ataque externo, una vez más causada por nuestra tendencia natural a ver lo nuestro mejor que lo de los demás.

Russell nos provee de 4 máximas que pueden ser muy útiles para contrarrestar los efectos de este mal, un mal que sólo alimenta a un ego insaciable al que no le gusta compartir la comida. Estas máximas son: tus motivos no siempre son tan altruistas como te parecen a ti, no sobreestimes tus propios méritos, no esperes de los demás que se interesen por ti tanto como te interesas tú y no creas que la gente piensa tanto en ti como para tener algún interés especial en perseguirte.

sentir y pensar

Enviado por rober en Dom, 14/11/2010 - 13:33

el gran Antonio Damasio demostró allá por lo años noventa que para pensar hay que sentir. Cuando alguien es incapaz de sentir, será incapaz de pensar con juicio. Para ello llevó a cabo un experimento (Iowa gambling task) con un grupo de voluntarios a los que se les entregaron 2000$ para apostar a las cartas. Se trataba de 4 barajas diferentes. Los participantes tenían que elegir una carta, por cada carta ganaban algo de dinero, pero en función de la carta que eligieran había cierto riesgo. Las cartas de las barajas A y B otorgaban derecho a un beneficio de 100$, pero a su vez llevaban un riesgo asociado de 1.250$. Las cartas C y D reportaban un beneficio de 50$ y un riesgo de 250$. Las cartas de las diferentes barajas se mezclaban aleatoriamente unas con otras, pero los investigadores amañaron los cortes de las barajas creando cuatro montones con diferentes opciones de riesgo. Dos montones tenían más cartas de tipo A y B de manera que el riesgo era más alto. Y en los otros dos montones predominaban cartas de tipo C y D. Tras los 10 primeros movimientos los participantes intuían cuáles eran los montones que les reportaban un beneficio a largo plazo.

Esta misma prueba se le hizo a personas que sufrían una disfunción orbitofrontal de la corteza, o lo que es lo mismo, personas incapaces de experimentar emoción alguna. El resultado fue totalmente diferente. Las personas que sufrían esa deficiencia no eran capaces de entender que los montones donde había más cartas A y B eran mucho más arriesgados. Ellos sólo veían el beneficio inmediato y no eran capaces de asociarlo con el sentimiento de temor por la pérdida asociada. Al final los pacientes enfermos no eran capaces de encontrar la manera de ganar dinero, mientras que las personas que disfrutaban del placer de sus emociones lo encontraban gracias al miedo que sentían por perder el beneficio acumulado.

Las emociones son la antesala del pensamiento, ellas son quienes guían nuestra consciencia. Si estoy triste ya sé dónde va a estar mi pensamiento, al igual que lo sé cuando estoy contento. Es emocionante que las emociones definan el pensamiento porque ello indica que son un rasgo que nos ha permitido salir adelante en el proceso evolutivo, los sentimientos siempre nos han llevado por el camino correcto ya que nos han permitido escoger el camino que más nos beneficiaba.

El pasado siglo fue tiempo de hemisferios izquierdos. Un mundo dirigido y guiado por el número, la lógica y la razón. Todo sucedía por algo, todo tenía una causa. Ese paisaje era lo suficientemente determinista como para poder calcular el resultado. Fueron tiempos en los que sufríamos una disfunción orbitofrontal de la corteza, fueron tiempos de pensar sin sentir. Calculamos y calculamos y nos olvidamos de calcular cómo nos sentíamos. Se construyeron empresas e instituciones perfectamente habilitadas para la razón pero no para el corazón.

Pero el nuevo siglo viene pidiendo algo más. Requiere más emoción en la acción. Esas viejas estructuras donde la emoción está mal vista ya no son eficientes en términos del nuevo siglo. El nuevo siglo reclama un mayor beneficio emocional, lo cual no significa que se desprecie el beneficio económico. Ambos deben ser proporcionales.

Damasio y sus colegas abrieron las puertas a una nueva forma de pensar, bueno, no tan nueva, ya que nuestros ancestros ya la utilizaban, lo que ocurre es que nosotros la hemos ido perdiendo a medida que nuestras vidas se han ido haciendo más cómodas. Este nuevo entorno de confort nos ha alejado de nuestra capacidad para sentir. Ahora no sentimos hambre, ni frío, podemos elegir la cantidad de miedo que nuestro cuerpo necesita, nuestras necesidades más importantes están cubiertas. Hemos viajado de la sabana a los salones de nuestras casas y por el camino nos hemos ido olvidando de lo importante que es sentir.

Pensar con la razón, con la cabeza fría, alejándose del corazón pudo responder a la necesidad de un tiempo; pero los tiempos que nos quedan por vivir exigen algo más, algo que teníamos y que hemos perdido. Cuando volvamos a sentir iremos recobrando lentamente el sentido común, porque “sentir” + “pensar” es = “vivir.”

bilingüismo artificial

Enviado por rober en Dom, 07/11/2010 - 19:09

la semana pasada viví uno de esos casos en los que lo mejor es tener la boca cerrada. Volaba de Madrid a Coruña y en el aeropuerto coruñés, como es bastante habitual en estas fechas, una niebla muy densa dificultaba el  aterrizaje. Durante la maniobra de aproximación, el comandante hizo uso de la megafonía del avión para informar al pasaje de dicha eventualidad. Sus palabras fueron: “Debido a la dificultad de visión vamos a realizar una maniobra de aproximación de tipo 2-3. Rogamos a los pasajeros la importancia de mantener apagados todos los dispositivos electrónicos para evitar cualquier tipo de problema”. Lo que hasta el momento había sido un vuelo tranquilo, se transformó en un murmullo e inquietud que se expandió por el avión a la velocidad del sonido. Las palabras del comandante, en vez de informar y tranquilizar a los pasajeros, consiguieron que todos nos comenzáramos a hacer preguntas que hasta entonces ni nos habíamos imaginado.

En aquel momento me pregunté cómo le hubiera explicado aquel hombre a un amigo suyo lo que estaba sucediendo. ¿Realmente le hubiera hablado de la famosa maniobra de aproximación 2-3, o le hubiera dicho que había mucha niebla y que a lo mejor el avión se movería algo pero que eso era normal?. Lejos de ser una simple anécdota, este tipo de situaciones resultan muy habituales en las relaciones que una gran mayoría de empresas mantienen con clientes, e incluso empleados. Se trata del bilingüismo. Un mismo idioma con significados tan opuestos que parecen diferentes. Uno de ellos es el que solemos utilizar con las personas de nuestro entorno: amigos, pareja, familia. El otro es una lengua extraña que se escribe y pronuncia igual pero que sólo utilizamos con clientes, jefes, empleados, … Por ejemplo: cuando haces algo mal pides perdón, las empresas lamentan los posibles inconvenientes que te hayan podido ocasionar. En ambos casos se quiere expresar lo mismo pero el resultado es totalmente diferente. En el primer caso sientes la necesidad de perdonar, en el segundo la de protestar y reclamar. ¿Y cómo diciendo lo mismo se produce un resultado tan antagónico?. La clave está en la intención.  Estoy seguro de que el comandante de mi vuelo cuando habló de la maniobra de aproximación 2-3 intentaba transmitir una imagen de profesionalidad y seriedad. ¿Pero realmente hay algo de profesional y serio en conseguir que los pasajeros del avión se preocupasen por algo por lo que no había que preocuparse?

La intención es el instrumento que convierte un lenguaje en otro, y viceversa. En uno de ellos habla el corazón, en otro los estereotipos. Cuando habla el corazón, el lenguaje está cargado de sentimiento y emoción y las palabras construyen un mapa que indica el camino. Cuando hablan los estereotipos, las palabras se convierten en la tinta que utilizan los calamares para huir de sus depredadores. Lo que era claro deja de serlo y el camino se vuelve confuso. ¿Por qué hacemos esto?, ¿qué tratamos de esconder?. El miedo a parecer, a equivocarse, a defraudar,  a …. es uno de los disparadores de ese lenguaje que nos aleja de nuestra verdadera naturaleza y nos impide ser realmente lo que somos: personas. El estereotipo nos convierte en un recurso, en el deseo de otros. El estereotipo nos roba el derecho que todos tenemos a ser humanos.

Me encanta imaginarme un mundo en el que todos hablamos el mismo idioma, el mismo que utilizamos en nuestras casas. Un mundo en el que las empresas nos traten como personas y no como clientes, en el que las políticas corporativas otorgan a sus profesionales el derecho de ser ellos mismos, donde esté prohibido utilizar un idioma en el que no se diga lo que se quiere decir, donde hablar desde el corazón no se considere una muestra de debilidad. Necesitamos empresas más humanas y también necesitamos personas más humanas. Nuestro lenguaje fija los límites de la realidad que todos y cada uno de nosotros conocemos, en nuestras manos está expandirlo. 

somos unos cotillas

Enviado por rober en Lun, 27/09/2010 - 23:03

el ser humano es cotilla por naturaleza. No hay más que encender la televisión o ir al quiosco para darse cuenta de la gran cantidad de información que genera el “mundo rosa”. Una oferta que atiende a una demanda que realimenta esa oferta y así continuamente llenando nuestras parrillas televisivas de vidas de famosos, frikis y personajillos autoproclamados personajes públicos. ¿Por qué se consume tanto cotilleo?, ¿por qué disfrutamos tanto sabiendo los pormenores de vidas ajenas?.

 

Sería pretencioso por mi parte tratar de responder a estas preguntas, pero sí que es cierto que la atención del ser humano se comporta de tal manera que nos hace ávidos de historias incompletas. En un artículo publicado en Psychological Science se analiza por qué es más duro no prestar atención a una conversación telefónica que a una conversación convencional entre dos personas. La diferencia entre ambas radica en la cantidad de información de la que disponemos; en la conversación tradicional tenemos todos los datos, mientras que en la conversación telefónica sólo disponemos de la mitad. Es precisamente esa asimetría la que provoca que nuestra atención dirija su foco hacia el gap informativo, despertando nuestra curiosidad. El objetivo es tratar de completar esa conversación telefónica, de construir un patrón que nos permita entender el total del contexto, de encontrar el orden que tanto necesitamos.

Éste documento quizás sea una de las razones que nos ayude a entender ese gusto del ser humano por consumir y opinar sobre la vida de los demás. Al carecer de la información suficiente sobre la misma, nuestra curiosidad comienza a tejer complicados itinerarios en búsqueda del porqué.

 

Visto lo visto, el origen del cotilleo y del ruido responde al vacío. Cuando no tenemos información la creamos nosotros mismos para hacer que todo tenga sentido… desde nuestro punto de vista, por supuesto. Ocurre que hay tantos puntos de vista como personas, lo que hace que el proceso de completar ese gap se pueda convertir en una lucha de teorías ridículas fruto de maquinaciones de cada quien. 

 

El daño que provocan los cotilleos puede ser muy perjudicial, no sólo para las personas, también para las organizaciones. Las empresas no están libres de este “cáncer”. Ruido que se incorpora a los canales de comunicación fruto de silencios, de oscurantismo y de un secretismo contraproducente. Se podría pensar que no informar sobre determinados temas es prudente, no voy a entrar a valorarlo, pero según describió George Loewenstein con su teoría de la curiosidad, nuestro sistema de procesamiento de información tiene mucho que ver con dónde dirige nuestra mente la atención. Si hay vacío, nuestra mente busca completarlo. Si no hay vacío, dedica sus recursos a otras cuestiones.

Si en el trabajo nos dedicamos a fomentar entornos poco transparentes, es probable que la atención se centre en tratar de dar luz a esa oscuridad. En el contexto contrario, la gente se dedica a hacer lo que tiene que hacer.

Mientras se fomente el oscurantismo tendremos cotilleo, y mientras tengamos cotilleo estaremos tirando una gran cantidad de recursos a la basura. Pero ojo!!!, como dice la canción: “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir...”

historias personales

Enviado por rober en Vie, 26/02/2010 - 21:14

 hace ya algún tiempo leí un artículo de Peter Bregman que volvió a mi memoria el otro día mientras caminaba hacia el trabajo. Mi oficina está justo al lado de una fundación de personas invidentes. Cada mañana, una furgoneta los recoge para llevarlos a sus respectivos trabajos. 

Ese día una de estas personas, mientras se dirigía a la furgoneta, resbaló y se cayó al suelo. El conductor de la furgoneta ni se inmutó. Varias personas corrimos para ayudar. Entre todos levantamos a aquel hombre y lo acercamos a la furgoneta. El conductor, tranquilo, bajó la ventanilla y nos dio las gracias.


Me fui pensando en ello, ¿por qué aquel conductor no se había movido para hacer un poco mejor su trabajo?, ¿por qué reaccionó de aquella manera a lo sucedido?. Tratando de buscar la respuesta, vino a mi memoria la pregunta que leí en el artículo de Bregman: ¿a ver si va a ser porque le pagan por ello?. Quizás ahí resida la respuesta. Tres personas a los que aquello no nos importaba, reaccionamos para actuar como si nos fuera la vida en ello; mientras que quien recibe una remuneración por ese trabajo actúa con pasividad.


Peter Bregman habla de que las personas vivimos nuestras vidas como si fueran historias. Pensamos en ellas como sucesos en los que nosotros somos el personaje principal. Este personaje busca las características que su dueño sueña. De esta manera nos vemos como aventureros, deportistas, grandes profesionales, madres y padres de familia excepcionales, poseedores de la verdad absoluta,... todas estas características hacen que busquemos el camino que las refuerza. Esa es la base de nuestras motivaciones, y por tanto, de nuestras decisiones. Reaccionamos a todo aquello que refuerza nuestra historia. 


¿Por qué tres extraños reaccionamos de aquella manera cuando la persona invidente se cayó al suelo?. Realmente aquel hecho reforzaba nuestras historias personales. Pensábamos: ¿qué tipo de persona sería si no ayudase a aquel hombre?. Esa pregunta fue el motivo de nuestra reacción. Mientras tanto, el conductor, absorto en la cotidianidad de la situación, no veía que aquello reforzase su historia. Hubiese sido distinto si alguien acercándose a la furgoneta, le pregunta: ¿es usted el tipo de profesional que deja que una persona minusválida se caiga al suelo sin recibir su ayuda?. En ese caso le hubiésemos recordado su historia y la decisión hubiese sido diferente.


Las historias personales le dan forma a nuestra vida. En base a ellas construimos una imagen que las refuerza. Si algo no le conviene a la historia, se deja. Así funciona la motivación. Hacemos cosas que nos gustan a pesar de todas las dificultades, mientras que las que no nos gustan las desechamos. 

La motivación o la negociación resultan más asequibles cuando se piensa en estos términos. Conocer la historia de nuestro interlocutor facilita mucho las cosas. Si sabemos cómo ve su vida, qué es aquello a lo que le da importancia y a lo que se la quita, resultará sencillo hacerle ver lo que queremos que vea a través de su prisma.


Puede ocurrir que haya historias personales que busquen la agresividad, la soledad, la impopularidad, el conflicto,... en estos casos el tema cambia. Si estas historias son de gente que tiene que motivar a otra, el resultado no parece que vaya a ser muy bueno. 

Lo verdaderos líderes, los líderes de verdad, son aquellos que buscan las historias personales. Los que las aprecian como lo que son, historias. No ven cotilleos ni puntos débiles, sólo ven una puerta abierta hacia la motivación del individuo. Un mapa que conduce a la fórmula de la motivación. 

El buen líder se da cuenta de la unicidad de cada historia. Saberlo, otorga el don de la empatía, el de la generosidad, el de la escucha, el de inspirar. Actuar individualmente para gestionar globalmente.


¿Sabes cuál es tu historia?, ¿y la de los que te rodean?.

un valle de lágrimas

Enviado por rober en Jue, 29/10/2009 - 22:50

 

 “tú no puedes elegir lo que debe ser. Pero sí puedes elegir cómo lo quieres ver. De hecho, eso tienes que elegirlo, y en ese elegir obligatorio, si eliges ver un valle de lágrimas, lo vas a ver“. 


Esta frase que aparece en el libro “La auténtica felicidad” de Martín E. P. Seligman me recordó algo que escucho muy a menudo y que por lo menos nos tendría que hacer pensar a las profesionales que trabajamos con personas. Esta “creencia popular” afirma que los profesionales de recursos humanos somos una especie de confesores a quienes la gente acude para contarnos sus penas y problemas.

Coincido en parte con esta creencia, tiene mucho de cierta, pero también lleva asociado una responsabilidad muy grande que en la mayor parte de las ocasiones olvidamos. Compartir las emociones une mucho, alivia el sufrimiento y te hace sentir querido e importante. Pero, ¿es esto suficiente?. Cuando alguien acude a nosotros con un problema debemos tener claras dos cosas. La primera; debemos hacer que la persona se sienta cómoda y reconfortada. Y la segunda; tenemos que tratar de ayudar a la persona a solucionar el problema. De poco vale aliviar el sufrimiento si éste no lo utilizamos para analizar qué ha pasado y buscar una posible solución a lo que ha ocasionado este dolor.


Bernard Rimé, profesor de la universidad de Louvian, presentó en el II Congreso Internacional de Inteligencia Emocional, un modelo de trabajo que hacía referencia a esto que comento. El profesor Rimé hablaba de cómo las personas tenemos una serie de objetivos y actividades asociadas que conforman nuestro día a día. De vez en cuando, estos objetivos no se cumplen, nuestros planes se ven truncados y las cosas se acaban torciendo. Éste es el principio de los problemas; cuando perdemos el control sobre lo que hacemos, cuando nuestros planes no se cumplen. Todo ello produce efectos a dos niveles: 

Por un lado nuestra autoestima y los sentimientos de confianza y eficacia (ego).

Por otro lado nuestros modelos mentales, nuestras expectativas, nuestras teorías (significado).


Cuando ofrecemos nuestro hombro para llorar, estamos trabajando solamente a nivel del ego. Reforzamos la autoestima y buscamos que la persona recupere la confianza. Esto es vital, pero no suficiente. Si actuamos sólo a este nivel, desaprovechamos las enormes posibilidades de aprender que ofrecen los errores. Es importante que junto con el ego repasemos las causas del error: ¿estaba mal definido el objetivo?, ¿eran equivocadas las expectativas?, ¿la teoría de actuación era la correcta?, ... y toda una batería de preguntas que deben ayudar a profundizar en la causa de esa sensación de tristeza. Esta es una buena manera de darle significado al sufrimiento y que éste sea la base sobre la que construir nuestra experiencia.


Todo lo planteado por Rimé es, por lo menos, una manera diferente de ver las cosas. Me parece que el contenido de sus investigaciones esconde un mensaje importante para aquellos que trabajamos para las personas. Dejemos de ser sólo un hombro sobre el que llorar y convirtámonos en lugares de reflexión donde las personas encuentren un espacio en el que mejorar su desarrollo profesional. Estoy seguro de que esto creará mucho más valor para las organizaciones, pero sobre todo para la gente.

los intermitentes

Enviado por rober en Jue, 22/10/2009 - 21:41

 en este blog dedico una cantidad de líneas importantes a escribir sobre la persona. Pero la persona tiene algo que camina con ella allá a donde vaya. Se trata de los sistemas a los que pertenece. Olvidarse de ellos es olvidarse también de la persona. El uno no puede existir sin el otro, somos seres sociales, nosotros conformamos los grupos en los que vivimos cada día (familia, amigos, compañeros de trabajo, compañeros del colegio, de facultad, ...). Pero estos grupos están dotados de un poder propio que hace que parte de la identidad del individuo se diluya dentro del sistema. 

La vida dentro de los sistemas condiciona totalmente las características de cada individuo. Dentro de los sistemas se producen, choques, enfrentamientos, alianzas, adelantamientos, pasadas de frenada, ... y muchas otras situaciones que forman parte de nuestro paisaje diario.


El fin de semana venía conduciendo por la autopista, era de noche, y me llamó la atención una visión que me trajo nuevas ideas sobre este tema. 

El tráfico era fluido, cuando te acercabas a los peajes la densidad de la circulación aumentaba considerablemente. En un punto de peaje que se encontraba en una recta, podía ver desde el horizonte como todas aquellas luces rojas y naranjas se entremezclaban entre sí. Era algo impresionante, coches de un lado al otro, todos sin hablarse, sólo mirando las señales que aquellas luces de colores emitían, y entendiendo su mensaje. Aquel sencillo sistema de comunicación evitaba que chocasen entre ellos. Cuando pasabas el peaje y el tráfico volvía a ser fluido, de repente las luces naranjas dejaban de aparecer en escena, y eran las rojas las que estaban ahí, avisando de su presencia. Sólo cuando se adelantaba, aquella luz naranja volvía a aparecer para indicar algo diferente, un movimiento inesperado.

Veía todo este sistema funcionar y me llamaba la atención lo fácil que pueden ser las cosas en algunos sistemas, en este caso, el circulatorio. Con unas sencillas combinaciones de luz, todo el conjunto está perfectamente engranado. Sencillos mensajes que están llenos de lecciones:


1. luz de posición

2. luz de freno

3. intermitentes

4. cuatro intermitentes

 

Me imagino un sistema de señales similar dentro de una empresa. Una organización llena de personas (coches) que están inmersos en una madeja de relaciones (carreteras). Esta combinación provoca un considerable número de problemas y tensiones entre los miembros del grupo (accidentes). Gran cantidad de los mismos se podrían solucionar con un sencillo sistema que le pudiese indicar al otro cuáles son nuestras necesidades,  sentimientos o emociones. Un sistema que tiene mucho que ver con la inteligencia emocional. Bajo mi punto de vista, es lo más parecido a poseer unos intermitentes en el sistema circulatorio. Quien posee ese mecanismo de comunicación, quien posee ese don que es la inteligencia emocional, está dotado de un medio fundamental para poder conducir por esas carreteras enrevesadas, que asfaltamos las personas, con una baja probabilidad de sufrir un accidente.

feedforward

Enviado por rober en Vie, 02/10/2009 - 10:05

 una pregunta sencilla: “dime todo lo que te gusta de tu grupo musical favorito o de una persona a la que quieres”.

Seguramente te vengan a la cabeza un montón de cosas. Es más, puede ser que tengas miedo de que alguna se te olvide y eso te haga sentir un tanto ansioso.

Pero, ¿y si reformulo la pregunta de otra manera?: “dime una sola cosa de tu grupo musical favorito o de una persona a la que quieres”. 

A que la respuesta es mucho más sencilla.


Éste era el contenido del newsletter que rypple.com envía de forma periódica a las personas suscritas a su página. Hacía referencia a cómo debemos enfocar las preguntas a la hora de solicitar feedback a otra persona. Pedir a alguien que te diga un montón de cosas sobre tu desempeño no resultará tan efectivo como preguntarle ¿cuál crees que es la cosa que ...?. El newsletter se titulaba: Make “one thing” your superpower.


Este boletín supone una declaración de intenciones importante. Hace referencia al famoso lema de “menos es más”. El poder de la síntesis. Ser capaz de resumir en una sola característica un montón de cuestiones. 

Generalmente, cuando de dar feedback se trata, solemos reaccionar armándonos de cuantos más datos mejor, de manera que nos podamos sentir respaldados y cubiertos ante cualquier tipo de eventualidad. Tratamos de apabullar a la otra persona con un feedback agudo y repleto de consideraciones. Pensando en ello, me pongo en la mente de quien recibe toda esta información. ¿Con qué te quedas?, ¿qué es lo importante; lo primero, lo último, lo del medio, ...?. A lo mejor no es mala idea eso de tratar de resumir el feedback en una sola cuestión, en aquello que es realmente importante, aquello cuyo peso específico hará que cumplamos la ley de Pareto. Todo lo que no sea importante quizás sea mejor omitirlo, no vaya a ser que el remedio sea peor que la enfermedad.


El newsletter me hizo pensar también en el feedback y en el plano temporal que maneja: el pasado. Nos fijamos en las acciones pasadas como los definidores de nuestro desempeño. Cosas que ya han sucedido son las que marcan nuestro presente y sobre ellas tratamos de modificar nuestro futuro. La verdad es que el feedback es una gran herramienta, pero me parece que es bastante incompleta porque no siempre es la mejor manera de modificar o mejorar nuestro desempeño futuro. Puede que haya otro ámbito temporal más útil y poderoso. Se trata del feedforward; el futuro.


La idea es tratar de anticipar y predecir posibles errores y/o comportamientos para trabajar sobre ellos antes de que se produzcan. Eso resulta mucho más útil que simplemente trabajar sobre cuestiones que ya han sucedido y que ya nadie podrá cambiar. Es cierto que el feedback puede ser una buena herramienta para tratar de identificar patrones de comportamiento, pero la única forma de cambiarlos (por su puesto, a mi forma de entender) es actuar sobre un futuro previsible. Si nos centramos en ese plano temporal podremos anticiparnos evitando que ocurra lo que no deseamos. A modo de ejemplo, pienso en todos los sistemas que a día de hoy incorporan los coches. Antes de quedarte sin gasolina te avisa, cuando una rueda pierde un poco de aire te avisa, cuando se caliente el motor te avisa, .... y todo ello antes de que el problema ocurra realmente y no tenga solución. De esta manera se puede modificar la forma de conducir y tomar las decisiones correctas que eviten que tengamos un problema mayor y no podamos seguir nuestro camino.


Se acerca la época del año en la que se recapitula lo hecho en el ejercicio. Es importante haber observado lo ocurrido, haber estado atentos y con los cinco sentidos puestos en el qué, en el cómo y en el por qué de cada acción. Pero si de verdad queremos ser útiles y aportar valor, debemos estar pensando ya en cómo podemos trabajar para procurar que todo lo ocurrido mejore el próximo año.

¿física o química?

Enviado por rober en Lun, 08/06/2009 - 22:22

 recuerdo que en el colegio ni la física ni la química eran mis asignaturas favoritas. Mi camino siempre ha estado lejos de estas ciencias, pero cada día me acerco un poco más a ellas para poder entender lo que sucede a mi alrededor. Esas materias reúnen una sabiduría enorme fruto del trabajo de algunos visionarios con el fin de poder explicar qué era lo que les sucedía. Y lo que sucedía no está tan lejos de lo que nos sucede hoy día: relaciones interpersonales en todos los ámbitos de la vida.

Nuestra vida y profesión se resume en relaciones interpersonales. En eso consiste el trabajo de la gran mayoría de la gente, por no decir toda. Por mucho que nos queramos aferrar al conocimiento, al expertise, al nivel jerárquico, ... no es más que una manera de negar la realidad. Esto es importante, faltaría más. Pero sólo es una condición necesaria y no suficiente. De nada vale todo esto si los demás no lo “compran”.

 

Somos entes independientes, miembros de entes mayores. Pero lo que nos mueve y motiva es nuestra propia supervivencia, por encima de cualquier otra. Por ella luchamos cada día. Tratamos de que se utilicen nuestras ideas, de que compren nuestro trabajo, de que los clientes estén satisfechos, que tu trabajo tenga un significado, en definitiva, tratamos de poner en valor nuestro trabajo para así poder garantizar nuestra supervivencia.

 

Pero la realidad siempre es muy sabia, y el día a día nos va indicando que muchas veces nos equivocamos en nuestra estrategia para sobrevivir. A veces no se utilizan nuestras ideas, o no compran nuestro trabajo o los clientes no están satisfechos. ¿Por qué?.

 

Al igual que todos tenemos claro que 1+1=2, todos pensamos que cuando tenemos todas las evidencias sobre un tema es imposible que no logremos que ese tema se compre. Pues a diferencia de las matemáticas, con las personas 1+1 puede ser igual a 3 y eso hace que las reglas del juego sean otras bien diferentes. La realidad nos demuestra que con las personas no nos basta con tener la razón. Hace falta algo más. ¿Qué?

Aquí es donde aparece la química para desbancar a la física. No llega con tener físicamente un montón de razones, se necesita un componente químico que haga que surja la “chispa” entre ambas partes. Sólo cuando exista esta química podrán suceder las cosas. Y da igual que se tenga o no razón, hay emociones como el respeto, la confianza, el amor o la implicación que se utilizan o perciben de maneras muy diferentes. Sólo cuando ambas partes encuentran ese componente químico que las genera, sucede un acto que ya los primeros teóricos sobre química  observaron. Ocurre desde siempre, está ahí, lo vemos cada día. Gente que se entiende a la primera, gente con la que nunca llegas a un acuerdo, gente con la que todo es fácil, gente que te asusta, gente que te aburre, gente que te divierte, gente que te alegra, gente que te deprime, ... y todo esto pasa por un efecto químico.

 

El 75% de los acuerdos suceden por temas químicos, un 20% por las creencias de cada uno y un 5% por la posesión de evidencias que nos avalen. Buffff!!!! un 75% ... y yo que no estudiaba la química en el colegio. Pero hay un dato muy interesante y esperanzador. Esa química se puede adquirir, trabajar y mejorar. Eso supone en un porcentaje muy importante para que se tengan en cuenta nuestras decisiones y así facilitar nuestra estrategia de supervivencia.

 

Pues nada, habrá que ponerse a estudiar de nuevo!!!.

Páginas

Suscribirse a RSS - comunicación interna