autoconocimiento

huele a vacaciones

Enviado por rober en Jue, 28/07/2011 - 23:51

 

"Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios...Yo era uno de esos que nunca iba a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua, un paraguas y un paracaídas; si pudiera volver a viajar, viajaría más liviano."

 

Este bello párrafo es obra del genial José Luis Borges. En él se recogen los anhelos y deseos de una persona de 85 años a la que la muerte está llamando a su puerta.

Su lectura me inspira a pensar que realmente la vida es la suma de nuestros recuerdos y experiencias y son éstas las que al final de la misma determinan el saldo de lo vivido.

 

Haciendo caso a las palabras de Borges, mañana comienzo mis vacaciones. Seis semanas fuera de cobertura, lejos de lo cotidiano, de los problemas del día a día, del ritmo que marcan las obligaciones y el trabajo. Mañana comienzo un viaje con el que espero llenar esa mochila que llevamos en nuestra cabeza y de la que tiramos en forma de recuerdos cuando queremos recrearnos con las maravillas de la vida. Siento la necesidad de dotarla de contenido mientras el tiempo y la salud me lo permitan, porque se que de lo contrario, un día esos anhelos de Borges podrían ser míos también.

 

Ahora toca descubrir paisajes, conocer culturas, compartir experiencias, correr todo tipo de aventuras, salir del espacio de confort, ampliar los puntos de vista, entender otras realidades y sentir la pequeñez del individuo en la inmensidad del mundo.

Espero descubrir grandes cosas y deseo estar un poco más en contacto conmigo mismo. Viajar siempre es un buen momento para que nuestro cerebro deje de ser ese vaso de agua en el que cualquier pequeño puñado de sal convierte el agua en veneno, para transformarlo en un gran lago donde los puñados de sal no alteran en absoluto el sabor de un agua clara y cristalina.

 

A la vuelta prometo acometer de nuevo el gran reto que supone escribir un blog. Algo que llevo haciendo cada semana durante los casi cuatro últimos años. Una forma de compartir y desnudarse que en mucho me recuerda a viajar, ya que en ambos casos, puedes utilizar tu imaginación para descubrir nuevos lugares y sacar originales conclusiones. Espero que a mi regreso también hayas disfrutado de este tiempo de descanso y lo hayas utilizado para estar un poco más contigo. Te deseo unas muy felices vacaciones. Hasta la vuelta!!!!

General 

autoconocimiento

¿quién manda aquí?

Enviado por rober en Lun, 18/07/2011 - 20:26
nuestras decisiones ejercen un poderoso efecto sobre nuestra manera de actuar. Cuando tomamos una decisión hay algo en nuestro interior que nos empuja a asumirla como correcta y adecuada y si para ello es necesario justificar lo injustificable, se justifica. Somos rehenes de nuestras decisiones, al igual que lo somos de las modas. Nuestra forma de consumir es altamente influenciable por el efecto que ejerce sobre nosotros lo que hagan los demás. Así surgen los grandes éxitos, los clubs de fans, los best sellers, el turismo, la moda,... Lo que hace “la manada” influye sobremanera en nuestros hábitos. Comportarnos como un rebaño es algo que nos define como personas y que nos asemeja a esos bancos de peces o grupos de aves que se mueven de forma sincronizada sin que haya nada evidente que determine dicho comportamiento.

 

Con nuestras decisiones ocurre algo similar al “efecto rebaño”. ¿Si nos fiamos de lo que hacen los demás, cómo no vamos a fiarnos de lo que hace alguien tan importante para nosotros como uno mismo?. Somos presa de lo que un día hicimos. Fiarnos de nuestras decisiones tiene una operativa similar a la de las modas, solo que en este caso quien determina qué hacer es lo que ya hemos hecho en otras situaciones similares.

Nuestra memoria tiene una gran facilidad para recordar las decisiones que toma, pero esta facilidad no se aplica a la hora de recordar nuestras emociones. Éstas son pasajeras y efímeras pero determinan, y mucho, nuestras decisiones. Cuando uno está contento sus decisiones se ven influenciadas por esta emoción positiva, lo mismo ocurre cuando uno está cabreado. En un atasco de tráfico la frustración de la pérdida de tiempo puede llevar a que cometamos cualquier tipo de infracción. Eso puede acarrear una multa o un accidente de tráfico. Con la distancia que el tiempo otorga recordaremos la multa o el arañazo del coche, pero no seremos capaces de identificar la emoción que nos impulsó.

 

Cuando una emoción hace su aparición en nuestro cerebro, ésta lleva a nuestro cuerpo a decidir qué tipo de actuación es la más adecuada. Estas decisiones son cortoplacistas y hay que tener mucho ojo con ellas porque en un porcentaje muy alto de ocasiones determinan nuestras actuaciones a largo plazo. Esclavos de lo que un día hicimos nuestro cerebro siempre vuelve al recuerdo de la decisión para saber qué hacer en una situación similar. Así surgen muchos de nuestros hábitos que nos convierten en víctimas de nuestro pasado. Todos sabemos lo difícil que resulta cambiar un hábito, y si no que se lo pregunten a un fumador. Alguien que un día comenzó a fumar empujado por una emoción concreta y que con el paso del tiempo desaparece pero deja un hábito que perdura en el tiempo sin que la emoción esté presente cada vez que se repite dicha acción.

 

Echarse atrás o cambiar algo que dicta la inercia resulta muy complicado porque supone un coste demasiado elevado para nuestra autoestima. Es tanto como reconocer que lo hemos estado haciendo durante tanto tiempo no era lo correcto. Pérdida de tiempo, incoherencia, falta de solidez y criterio, debilidad de carácter,... son demasiados los costes que nuestro cerebro considera para dejar de hacer algo que siempre ha estado en nuestros manuales de actuación. Equivocarse está muy mal visto y cambiar de opinión siempre es considerado como una muestra de fragilidad.

 

Es poco probable que pensemos en un cambio de decisión como un cambio en el estado de ánimo, como el surgimiento de una emoción que conduce a un resultado diferente. Mientras el resultado de nuestras decisiones tengan el peso de una losa sobre nuestras vidas, sería recomendable pararse a pensar en qué tipo de emoción es la que conduce nuestra toma de decisiones. Sería aconsejable tratar de asumirlas y recordarlas, y es por ello que el sabio consejo de no tomar decisiones influenciado por el calor de una emoción tiene todo el sentido que el sentido común siempre nos muestra. Las emociones, que como bien sabes son instantáneas, tienen un efecto a largo plazo. Subestimarlas es restarle importancia a la propia vida.

decisiones al peso

Enviado por rober en Sáb, 02/07/2011 - 00:38

¿cuántas de las aplicaciones y opciones de tu móvil utilizas habitualmente?, ¿qué porcentaje de uso le das a las mismas frente a la funcionalidad de realizar las tradicionales llamadas telefónicas?. La respuesta está matizada por el rango de edad, pero estoy seguro de que la gran mayoría tendrá un porcentaje mucho mayor de llamadas frente a mil y una funcionalidades que sirven para todo y para nada.

A sabiendas de estos datos, el mercado de dispositivos móviles cada día ofrece nuevos terminales repletos de cientos de opciones que te permiten simular desde el sonido de cualquier tipo de espada a editar fotografía y video en el mismo dispositivo. ¿Y por qué tenemos esa manía de comprar mucho más de lo que necesitamos?. Cuando vamos a comprar un móvil solemos comparar el mismo con otros modelos y marcas para verificar la calidad de nuestra compra. Todos los dispositivos muestran características objetivas y medibles que permiten hacer cábalas. Esas cábalas son las que nos empujan a seleccionar aquellos productos que tienen características superiores que el resto de opciones al alcance. Casos similares ocurren en la compra de otros productos como los coches, los televisores, los electrodomésticos,... en todos los casos, al final, lo que realmente importa son cuestiones intangibles: la seguridad, el diseño, la usabilidad, la ergonomía, la sencillez,... 

 

El ser humano tiene la manía de hacerse miles de preguntas que le permitan entender lo que le rodea. La respuesta a esas preguntas obliga a buscar una solución que de sentido a lo que perciben nuestros sentidos. Los números y los datos facilitan esta tarea, otorgando un falso sentido de objetividad que ofrece un orden necesario al caos de estímulos que cada día se incorporan a nuestra vidas. Cuando podemos comparar dos tipos de terminales tenemos respuestas a muchas preguntas pero olvidamos que con una alta probabilidad lo que no se ve determinará una parte fundamental de nuestra experiencia.

 

Con las personas ocurre igual que con los móviles. Diseñamos mil y una fórmulas que nos permitan medir la inteligencia, las competencias o las habilidades. En base al resultado de esas fórmulas emitimos juicios de valor que vendrán determinados por un número. Esta información ayuda a que la balanza se decante a favor de uno de sus lados. ¿Y de esta manera se garantiza la calidad de la decisión tomada?. La lavadora de mi casa hace cosas que no alcanzo a entender y eso me recuerda a esas personas seleccionadas tras el aval de un sinfín de pruebas objetivas pero que a largo plazo no garantizan absolutamente nada más que un CV repleto e “funcionalidades” similares a las de los móviles del principio. ¿Por qué?, porque se ha despreciado la importancia vital de los intangibles a la hora de determinar el éxito o fracaso de la decisión.

 

Uno de los factores que tiene mayor impacto en el éxito profesional es el autocontrol. Esta característica no es algo sobre lo que se suela indagar en los procesos de selección, pero tal y como muestra la experiencia tiene un impacto enorme en nuestro desarrollo profesional. La mayoría de las pruebas sólo ayudan a medir el peso de un CV. Cuantos más títulos, más masters, más conocimientos, más idiomas,... mejor. Algo parecido a comprar al peso. ¿Y qué pasa con lo realmente importante: la empatía, la honestidad, la perseverancia, la humildad,..?. ¿Es que no vamos a medirlo? ¿o al final nuestras preguntas quedan totalmente resultas como resultado de pruebas que miden lo que podemos comparar de una forma objetiva?. Es muy sencillo hacer una prueba de nivel de idiomas o tests a través de lo cuales determinar el nivel sobre determinados conocimientos. Pero hasta aquí sólo hemos dado respuesta a lo más evidente. En este punto disponemos de datos que nos permiten determinar que si Fulano tiene una puntuación X en las pruebas de acceso mientras que Mengano sólo tiene una puntuación Y.

Ese ansia por responder a preguntas que nos plantea la toma de decisiones nos llevan a buscar lo comparable, algo sobre lo que apoyar nuestras razones y motivos. Pero realmente es lo intangible lo que hace a las personas únicas. Cada uno dispone de unos rasgos difíciles de medir y comparar que influyen sobremanera en el curso de nuestras vidas. Esa es una de las grandezas del ser humano: que es único e irrepetible. Que los números no nos impidan ver la grandeza humana.

manía persecutoria

Enviado por rober en Dom, 05/06/2011 - 20:37

 

Conspiración es el título de una película protagonizada por Mel Gibson y Julia Roberts. Para los que no la conozcan, se trata de la historia de una taxista que vive obsesionado con la existencia de una serie de confabulaciones cuyo objetivo es controlar el mundo. La cinta muestra de manera muy gráfica la vida atormentada de este personaje, una persona que sufre los desórdenes típicos de quien padece manía persecutoria. Jerry Fletcher, así se llama el personaje en la película, es una caricatura de la peor cara de esta patología, sin embargo, no hay que llegar tan lejos para observar consecuencias a menor escala de los efectos provocados por la sensación de que todo y todos se han puesto de acuerdo para ponernos las cosas difíciles.

 

Todo el mundo sufre en mayor o menor medida los efectos de la manía persecutoria, pero aquellas personas que de manera recurrente se quejan de un maltrato universal unilateral padecen con mayor fuerza los efectos alucinógenos de este tipo de paranoia, por supuesto mucho más suave que la sufrida por Jerry Fletcher, pero con un resultado idéntico. En ambos casos, sentirse el objetivo a batir del resto del mundo impide disfrutar de una vida equilibrada y satisfactoria.

Las leyes estadísticas otorgan a cada ser humano una cantidad de maltrato similar, por eso, aquellos que afirman que ellos tienen mucho más que el resto invitan a que pensemos en la causa de esta asimetría. Bertrand Russell afirma que la causa está dentro de la propia persona: o bien se imagina afrentas que no existen, o su comportamiento inconsciente resulta un imán para la irritación colectiva.

 

Russell habla de una actitud totalmente irracional patente en la mayor parte de la población hacia el chismorreo malicioso. Nos resulta complicado resistir la poderosa tentación de no decir cosas malas de aquellos que tenemos más cerca, amigos incluidos (la televisión es buena muestra de ello, así como el consumo público de todo lo que tiene que ver con el cotilleo). Pero lo curioso del tema sucede cuando nos enteramos de que alguien habla mal de nosotros, en ese momento surge la sorpresa y por supuesto la indignación y el posterior enfado (cómo puede decir eso de mí, con todo lo que he hecho por él/ella). Resulta difícil imaginar que los demás piensen mejor de nosotros que nosotros de ellos y eso ocurre porque tenemos la tendencia natural a ver la inmensidad de nuestros logros que siempre hacen sombra a los méritos de los demás. Russell dice que si el ser humano tuviese el poder de leer la mente, el primer efecto sería la ruptura de casi todas las amistades; el segundo efecto sería que como seres sociales no soportaríamos vivir sin el calor de la amistad y por eso tendríamos que vivir asumiendo que nadie es perfecto y que tampoco hay que preocuparse mucho por el hecho de no serlo.

 

La manía persecutoria tiene su origen en una sobreponderación de nuestros propios méritos. Nuestra autoestima suele ser inflacionaria, nos gusta valorar lo nuestro muy por encima de lo de los demás, precisamente porque nuestra atención tiene el foco puesto en el esfuerzo que supone dicho trabajo, pero esa atención no es dirigida con el mismo nivel de consciencia hacia el trabajo y esfuerzo de los otros, lo que hace que la vara de medir que utilizamos sea totalmente diferente. Resultado: asimetría, sobrevaloración de mis méritos e incapacidad para comprender porqué los otros no lo ven así. Respuesta: porque ellos están haciendo lo mismo que tú. 

Cuando sufrimos el “castigo” exterior de la crítica surge en nosotros un mecanismo de defensa natural que consiste en buscar al culpable fuera, no dentro: los celos que tienen de mi grandeza, la envidia que les provoca ver lo bien que hago las cosas,... Esa tendencia egocéntrica hace que suframos los efectos alucinógenos del ataque externo, una vez más causada por nuestra tendencia natural a ver lo nuestro mejor que lo de los demás.

Russell nos provee de 4 máximas que pueden ser muy útiles para contrarrestar los efectos de este mal, un mal que sólo alimenta a un ego insaciable al que no le gusta compartir la comida. Estas máximas son: tus motivos no siempre son tan altruistas como te parecen a ti, no sobreestimes tus propios méritos, no esperes de los demás que se interesen por ti tanto como te interesas tú y no creas que la gente piensa tanto en ti como para tener algún interés especial en perseguirte.

la irracionalidad en formato resumido

Enviado por rober en Dom, 15/05/2011 - 00:54

lo bueno, si breve, dos veces bueno. Eso reza el dicho y ese es el mejor resumen de lo que se está convirtiendo en una corriente en el ámbito del conocimiento. Twitter, TED o Pecha Kucha son buenos ejemplos de ello. 140 caracteres, 18 minutos o 20 imágenes y 20 segundos por imagen para contar una historia. Comprimir la experiencia y ser capaces de contarla en píldoras que transmitan las conclusiones e ideas más importantes de horas y horas de trabajo. Los días de las lecciones magistrales, de los discursos infinitos comienzan a dejar paso a otros formatos que tienen mucho más que ver con el nuevo mundo en el que vivimos. Rápido, sencillo, al grano, esas son las ideas que están detrás de estos formatos, formatos que buscan encender bombillas, invitar a las personas a que piensen y que sean ellas las encargadas de sacar conclusiones y potenciar su conocimiento.

El pasado 6 de mayo tuve la suerte de ser invitado a participar en el Pecha Kucha Night de Ferrol. Un formato 20x20 que supuso un reto complicado y apasionante en el que dar  cuerpo a una historia. El proceso de montaje de esta historia pasó por muchas fases, pero si tuviera que resumirlo hablaría de la dificultad de abreviar, de contar algo en este guión. Pude comprobar lo difícil que resulta sintetizar, ir al grano. Estamos acostumbrados a utilizar un tiempo ilimitado para contar nuestras historias, pero este formato me obligó a someterme a unos límites a los que no estoy acostumbrado y que me permitieron comprobar el poder de la esencia. 

Llegar a la historia no fue difícil, desde el primer momento tuve claro lo que quería compartir, sentí la necesidad de hablar en este foro de lo inconsciente que es nuestra consciencia, pensé que hablar de la irracionalidad sería una buena manera de  demostrar lo lejos que estamos de controlar el rumbo de nuestras decisiones.

 

No conozco a nadie que no quiera ser feliz, pero sí que conozco a muchas personas que carecen del control necesario para la consecución de este objetivo. Básicamente la dificultad reside en nuestra habilidad para tomar decisiones. Cada vez que decidimos marcamos el rumbo de nuestra existencia, y lo preocupante es que creemos que cuando lo hacemos, lo hacemos avalados por la razón y la objetividad. Nada más lejos de la realidad. Antes que seres racionales somos seres emocionales y esta evidencia nos hace menos dueños de nuestros actos. Mi presentación versó en tratar de analizar cuatro filtros a través de los cuales comprobar cómo nuestro corazón manda sobre nuestra razón. El cálculo de probabilidades, la necesidad de sentir el control, los análisis causales selectivos y una memoria caracterizada por el olvido selectivo son estos filtros.

Los cuatro nos muestran cómo vivimos la realidad tal y como nos llega, una realidad ajena a nuestro control y determinante a la hora de vivir nuestras vidas. Estos filtros desnudan una voluntad racional que en muchos casos es víctima de impulsos y respuestas automáticas e irracionales que nos hacen menos dueños de nuestros actos.

 

La solución pasa por conocernos un poco mejor, por practicar un deporte impopular al que llamo conversaciones interiores. Dedicamos poco tiempo a pensar en lo que sentimos, en por qué reaccionamos ante determinados estímulos de maneras concretas y sólo cuando decidimos prestar atención a estos hechos somos capaces de entenderlos y encontrar patrones que nos ayuden a tomar el control de nuestras vidas, un control que nos reportará un mayor bienestar interior y exterior (en ese orden).

 

Me apetece compartir este video con vosotros porque creo que si somos capaces de encontrar y entender nuestras propias historias podremos controlar un poco mejor nuestras vidas.

 


venganza y confianza

Enviado por rober en Sáb, 07/05/2011 - 17:24

imagínate el siguiente experimento: Te emparejan con otra persona a la que no conoces, ambas estáis en habitaciones separadas y nunca os llegaréis a conocer. A cada uno se os dan 10€. Te toca a ti hacer el primer movimiento y para ello debes decidir si le envías ese dinero al otro participante o te lo quedas tú. Si te lo quedas, cada uno de vosotros conservará y se llevará los 10€. Si por el contrario decides dárselo al otro participante la cantidad se multiplica por cuatro y tu compañero de juego pasa a disponer de los 10€ originales más 40€ adicionales, lo que lo deja un saldo total de 50€.

Cuando decides darle el dinero al otro jugador éste debe decidir qué hacer con él, puede quedarse con los 50€ o pasarte la mitad de esa cantidad haciendo que ambos dispongáis ahora de 25€.

 

 

 

 

 

 

La base de este juego es la confianza y el profesor Ernst Fehr comprobó que el ser humano, lejos de lo que concluye la teoría económica, tiende a confiar en los otros, de manera que la mayor parte de la gente está dispuesta a ceder su dinero a desconocidos confiando en que éstos le ayudarán a mejorar su posición en el juego. Pero Fehr y su equipo decidieron ampliar las conclusiones de su experimento y para ello incluyeron una nueva variable realmente interesante. En los casos en los que tu compañero de juego decidía no compartir las ganancias extras conseguidas gracias a tu generosidad, tú podrías usar el dinero de tu bolsillo para castigar esta traición. Así, por cada euro que aportases de tus propios ahorros, a la otra parte se le retiraban 2€ del dinero conseguido. Por 25€ del sudor de tu frente podías lograr que la otra parte perdiese todo su dinero. 

 

 

Mientras los participantes de este experimento tomaban este tipo de decisiones, sus cerebros eran escaneados a través de una tomografía por emisión de positrones. Estas tomografías permitieron observar la actividad cerebral durante el proceso y a lo largo del mismo se comprobó un importante incremento de actividad cerebral en las áreas asociadas con las experiencias de gratificación. Curioso, cuando castigamos a otros por su traición esto nos produce cierto “gustito”.

 

Las personas tenemos una tendencia natural a confiar en los que nos rodean, de algún modo establecemos contratos implícitos con nuestros semejantes cuya claúsula más importante es la que hace referencia a la confianza. Quizás, esta es siempre la posición de partida en nuestras interacciones con los demás. Pero las relaciones personales son tan frágiles como el cristal, se rompen con suma facilidad, aunque en el caso de las personas esta ruptura no siempre es tan evidente.

Estos contratos se firman sin ser comentados por ambas partes. Se sobreentienden demasiadas cosas, se da por hecho la buena fe y sobre todo se fija un nivel de expectativas que pocas veces es puesto en común. Cuando las condiciones del contrato son similares a las descritas anteriormente, es relativamente sencillo que una de las partes no satisfaga lo que la otra espera. Cuando este sucede, ese contrato se rompe y da lugar a la aparición de la venganza.

 

La confianza y la venganza son las dos caras de una misma moneda, una fina e invisible línea divisoria las separa y el paso de una a otra sucede sin que apenas nos demos cuenta. La confianza es la cara amable, la que nos permite mostrar lo mejor de nosotros mismos y nos conduce al mejor resultado. Por contra, la venganza muestra nuestra peor versión, y como demostró Ernst Fehr, la sensación de placer que produce hace que no sea tan evidente identificarla cuando aparece. Cuando esta emoción tan negativa entra en escena no nos importa utilizar tiempo, recursos y esfuerzo extra para poner al otro en su sitio.

 

La falta de comunicación a la hora de firmar los contratos que definen nuestras relaciones unido a jerarquías de expectativas unilaterales y la sensación de placer que nos produce la venganza componen un cóctel explosivo que conduce a los seres humanos por una pendiente resbaladiza que termina en el peor de los lugares: la soledad. 

tics sociales

Enviado por rober en Dom, 10/04/2011 - 16:25

una de las grandes aportaciones del cine a nuestra sociedad es que hace visibles problemas “invisibles” que pasan totalmente desapercibidos. Este año ha sucedido con el Discurso del Rey y la tartamudez, pero hay cientos de ejemplos que nos acercan a todo tipo de desórdenes que son difíciles de entender hasta que los ves en la pantalla. Recuerdo el día que vi Una Mente Maravillosa, ese día le puse cara a una enfermedad tan terrible como la esquizofrenia, y  entendí un poco mejor lo que sienten quienes la padecen. Shutter Island es otro ejemplo que nos introduce en el oscuro y confuso mundo de las alucinaciones. Pero hay una película que me gustó especialmente y que me permitió entender algunos de los desordenes neurológicos causados por el síndrome de Tourette. La película es Mejor Imposible, en la que un Jack Nicholson espectacular nos enseña una maraña de tics y manías que son mostradas de una forma bastante cómica, pero que hacen que la vida del personaje sea bastante complicada.

Esta película me ayudó a conocer las dificultades a las que cada día tienen que hacer frente las personas que sufren este tipo de desórdenes. Pero lo que la película no muestra es la cara positiva de esta enfermedad, una cara amable que abre un mundo de posibilidades para las personas y la sociedad en general.

El síndrome de Tourette es un trastorno de desarrollo caracterizado por una serie involuntaria de tics (verbales y motores). La vida de las personas que sufren este tipo de desórdenes transcurre en una lucha constante por tratar de evitar la cara visible de esta enfermedad: los tics. Esta lucha se traduce en una activación incesante de la zona dorsolateral del cortex prefrontal de nuestro cerebro, una zona asociada al autocontrol y la regulación motora. Su activación incesante es la responsable de que las personas con este tipo de afección tengan un mayor control cognitivo que el resto de la población debido a sus esfuerzos constantes por tratar de controlar palabras, gritos, movimientos espontáneos, insultos,... que escapan a su control.

Investigadores de la Universidad de Nottingham trabajaron sobre este hecho para comprobar la consistencia de dichas conclusiones. Para ello diseñaron un experimento en el que se trataba de inhibir los movimientos oculares automáticos. El resultado del experimento fue que las personas con el síndrome de Tourette cometían menos errores que el resto. Comparando las imágenes por resonancia magnética de su cerebro, observaron que las personas con el síndrome poseían una mayor densidad de conexiones en el cortex prefrontal (recordemos que es donde se regulan nuestros impulsos).

 

Hace poco escribía sobre el autocontrol en otro post. En éste se hablaba de la voluntad y el autocontrol como recursos cognitivos finitos, que cuando se agotan, dejan expuesta nuestra persona a las respuestas caprichosas de nuestras emociones y sentimientos sin ningún tipo de filtro que matice sus efectos sobre los que nos rodean. El autocontrol y la fuerza de voluntad nos permiten ser mejores seres sociales y nos introduce en contextos en los que ser flexible con nuestro entorno nos reporta mayores beneficios a largo plazo.

En 1999, los psicólogos Mark Muraven, Roy Baumeister y Diana Tice realizaron un estudio en el que le pedían a un grupo de estudiantes que mejorasen su postura en clase durante dos semanas. En vez de sentarse encorvados, algo que hacían de manera inconsciente, tenían que estar atentos y tratar de sentarse derechos. Este grupo de estudiantes mostró un mejor resultado que el de sus compañeros en actividades que requerían capacidades relacionadas con el autocontrol. El porqué de estos resultados reside en que mientras el grupo objeto del estudio entrenaba su autocontrol, el resto lo dejaba libre y presa del momento. 

Estos resultados dotan de consistencia las conclusiones de los investigadores de la Universidad de Nottingham. Resulta que el autoncontrol es algo maleable y que podemos trabajar. Los estudios de personas con el síndrome de Tourette demuestran como el entrenamiento constante ayuda a mejorar capacidades como la de un mayor control de nuestros actos. En el caso de las personas con el síndrome de Tourette se trata de tics, pero hay otro tipo de tics que todos tenemos y que trabajamos poco, se trata de los tics sociales, esos comportamientos automáticos que reproducimos una y otra vez ante determinados patrones. Trabajarlos ayuda a que recuperar la propiedad de nuestros actos.

¿de dónde vienen los malos humos?

Enviado por rober en Vie, 25/03/2011 - 22:27

¿te suena eso del típico día duro de trabajo en el que llegas a casa de mala leche?. Creo que es algo más común de lo que parece. Esa mala leche surge por algo, y como siempre, los científicos sociales nos ayudan a entender el origen del mal humor. En los años 90, Roy Baumeister y Mark Muraven nos hablaron del “agotamiento del ego”. Nuestro autocontrol y fuerza de voluntad son recursos cognitivos finitos, de manera que su sobreutilización acarrea un agotamiento del ego que lo convierte en cobarde y débil a la hora de afrontar la realidad que le toca. Nuestro día a día hace que vivamos con el piloto automático puesto y eso nos lleva a vivir una vida que a veces no se parece a la que nos gustaría.

 

En el 2007 se realizó un estudio en esta línea que reforzaba las teorías de Roy Baumeister y Mark Muraven. Se disponía un grupo de hambrientos individuos a los que se le ofrecía un sabroso donuts de chocolate. Los científicos le pedían a los participantes que tratasen de reprimir su ansias por comerse aquel delicioso donuts. Pasado un tiempo, los científicos comenzaron a increpar a los participantes. Comprobaron que aquellos que no habían conseguido refrenar sus ansías tenían respuestas mucho más agresivas a los insultos de los científicos. Esto confirma el típico estado de ánimo de la gente que está a dieta o tratando de dejar el tabaco. La necesidad de autocontrolarse agota su ego dejando que las emociones negativas afloren mostrando su peor cara.

 

Estos estudios le dan sentido a la necesidad de ser uno mismo en el trabajo, y en la vida en general. Ser uno mismo suena evidente, pero es increíble comprobar como dejamos de serlo para tratar de comportarnos de otra manera. Esto nos conduce al agotamiento de nuestra esencia, y eso puede resultar peligroso. 

La velocidad de nuestras vidas nos obliga a vivir a un ritmo en el que malgastamos el autocontrol y la fuerza de voluntad, dos recursos necesarios para mantener nuestra homeostasis interior. Derrochamos estos recursos en situaciones poco necesarias, lo que demuestra que el ser humano es un depredador de los recursos finitos. Cada vez que tenemos a nuestro alcance recursos limitados los consumimos hasta agotarlos. Así sucede con el petróleo, los bosques, los océanos,... y por supuesto, con la fuerza de voluntad y el autocontrol. ¿Por qué lo hacemos?, quizás por esas prisas con las que vivimos. Mucho no es sinónimo de mejor. Elegimos y pensamos como maximizadores, lo que nos aparta del equilibrio. Situaciones mantenidas de este tipo de comportamientos tienen situaciones fatales: divorcios, despidos, quiebras,...

 

A lo largo de este blog he escrito muchos posts en los que se hace referencia a la vocación. Realmente esta es la clave para evitar que nuestro ego se agote y nos convierte en nuestras peores versiones. Cuando haces algo con lo que disfrutas es raro que tengas que utilizar el autocontrol y la fuerza de voluntad. Estos bienes están a buen recaudo cuando lo que haces no supone esfuerzo alguno para ti, cuando puedes ser tú mismo, cuando puedes expresar tus ideas y pensamientos. En estas situaciones nuestra fuerza de voluntad y nuestro autocontrol disponen de una tarifa plana. No hay consumo y por lo tanto nuestro equilibrio interior nos conduce con mayor facilidad a sentimientos de bienestar.

Merece la pena dedicarle tiempo a pensar: ¿qué es lo que me gusta?, porque cuando encuentras la respuesta dispones de la llave que abre una de las puertas que conduce al bienestar. 

la fiesta de la vida

Enviado por rober en Vie, 04/02/2011 - 23:36

imagínate que te invitan a una fiesta. Cuando llegas, tu anfitrión escribe un número en tu frente. En ese momento accedes a una sala donde te encuentras un gran grupo de hombres y mujeres, cada uno de ellos llevan escrito en la frente un número entre el 1 y el 10. Descubres que no hay espejos en toda la casa y que por lo tanto te resulta imposible saber cuál es tu número. El sistema de valoración hace referencia a tus atributos físicos, es decir, el anfitrión valora de 1 a 10 tu apariencia física y te asigna una puntuación.

Una vez dentro, como es natural, tratas de establecer contacto con las personas que llevan el 10, te acercas pero compruebas que ellos/as no te hacen caso. Reconsiderando tus opciones pasas a fijarte en los nueves y te sucede más de lo mismo, entonces comienzas con los ochos hasta que alguien con un 4 se acerca y te invita a beber algo.

 

Hay una fábula conocida como “el zorro y las uvas” en la que un zorro, mientras paseaba por el bosque,  encuentra un racimo de apetecibles uvas colgando de una rama. El zorro, sediento, decide tomar carrerilla para saltar y hacerse con las uvas. Tras varios intentos, el zorro es incapaz de alcanzarlas y decide abandonar su misión. En ese momento se dice a sí mismo: “seguramente estén agrias”. Esta fábula nos muestra lo sencillo que resulta despreciar todo aquello que no está a nuestro alcance.

 

Algo similar sucede en la fiesta a la que nos han invitado. Tenemos una tendencia natural a sobrevalorar nuestros atributos, pero la realidad es que dicha valoración siempre está sometida a consideraciones que están lejos de nuestro alcance. Lo normal es que busques dieces porque tú mismo no te puedes ni imaginar que valgas menos de un 10. Pero el entorno te demuestra que esa valoración no concuerda con la realidad, y en un proceso natural de adecuación buscas tu rango, la escala a la que perteneces. A medida que la fiesta discurre, comienzas a comprobar que el 10 llama al 10, que el 7 llama al 7 y que este proceso sucede de un modo totalmente natural.

Al igual que en la fábula del zorro y las uvas, surge en nosotros una predisposición hacia el desdén por todo aquello que no podemos tener y que está lejos de nuestro alcance. Es entonces cuando ponemos en funcionamiento nuestras armas y de una manera subconsciente nuestra cabeza es capaz de cambiar la forma de observar el mundo que nos rodea. En vez de simplemente aceptar aquello que está lejos de nuestro alcance, nuestro arsenal psicológico convierte nuestra realidad en algo totalmente aceptable. No nos vamos a hundir porque un 10 no nos quiera, en vez de ello utilizaremos nuestros recursos para pensar que quizás esas uvas estén demasiado ácidas para nosotros.

 

¿Cómo funcionan estos trucos “caseros” para conseguir suplantar la verdadera realidad por aquella que más nos conviene?. SImplemente consiste en cambiar la ponderación de nuestro sistema de prioridades. En nuestra fiesta, si comprobamos que nuestra puntuación es un 4, el aspecto físico pasará a un segundo plano y comenzaremos a valorar otros aspectos como la simpatía, el nivel cultural, la calidad de la conversación, las aficiones,... Por contra, el grupo de personas con un 10 no despreciarán estos valores, pero priorizarán el aspecto físico por encima de muchos de los factores antes mencionados. Simplemente reconsiderando el ranking de atributos somos capaces de modificar nuestra visión del mundo. Y esto no significa que el 4 no sea capaz de apreciar la belleza, lo que ocurre es que al verla lejos de su alcance la convertirá en un factor menos importante en su escala de prioridades.

 

Este proceso de valoración no sólo sucede en el ámbito de lo físico. El mundo profesional es otro entorno donde se produce. Pero hay una diferencia clara entre ambos, mientras que en el ámbito de lo físico poco podemos hacer para cambiar nuestro aspecto (poco creo en la cirugía y en el photoshop), en el mundo profesional esta nota tiene una mayor dependencia de nosotros mismos. En este caso, nosotros somos los dueños de nuestra puntuación y podemos hacer mucho para cambiarla. Pocas cosas más ridículas hay que creerse un 10 y ser un 4. ¿Te lo imaginas?, pulular por tu empresa creyéndote un fenómeno mientras que el resto ve el 4 grabado a fuego en tu frente.

adaptarse o morir

Enviado por rober en Jue, 27/01/2011 - 22:24

¿qué le sucede a la rana que cuando la metes en una cazuela con agua fría y comienzas a calentarla es incapaz de saltar fuera antes de morir hervida?. Todos sabemos lo que ocurre, la progresiva subida de temperatura del agua impide a la rana darse cuenta de que realmente corre peligro, y esto se debe a que su cuerpo se adapta en la misma progresión a la nueva temperatura del agua. La verdad es que nunca he hecho este cruel experimento, pero realmente pone de relieve algo que nos asemeja mucho a las ranas, se trata de nuestra capacidad para adaptarnos. 

 

Físicamente nuestro cuerpo es una máquina perfecta de adaptación. Nuestros oídos se adaptan al volumen, nuestro olfato a todo tipo de olores, nuestros ojos al nivel de luz, nuestro gusto a sabores fuertes,... en casos más extremos, podemos llegar a convivir con el dolor como parte del día a día, personas con amputaciones que son capaces de vivir con absoluta normalidad e innumerables ejemplos que el maravilloso ser humano nos muestra cada día. Son innumerables las ventajas que nos ofrece nuestra capacidad de adaptación, pero como todo en la vida, esta capacidad de adaptación puede suponer una debilidad para nuestra percepción. El hedonismo es la viva expresión de esa debilidad. Una búsqueda interminable del placer por el placer que nos conduce a una insatisfacción constante. Igual que nos acostumbramos a lo malo, también tenemos la “mala” costumbre de acostumbrarnos a lo bueno, lo que ocurre, es que en esta dirección, a diferencia de la contraria, el recorrido es mucho más largo y el paisaje bastante más banal.

 

Vivimos fechas de revisiones salariales, en el mejor de los casos subidas, en casos no tan malos congelaciones y en la peor de sus expresiones están las reducciones de salario (por no mencionar aquellas personas que pierden su empleo). Nuestros salarios son un gran ejemplo de cómo funciona nuestra capacidad de adaptación ante las expectativas... y os anticipo que el sistema de funcionamiento no es diferente al de nuestro cuerpo, básicamente porque todos los datos van al mismo sitio: nuestro cerebro.

En el tema salarial, Andrew Clark ha realizado una serie de estudios sobre el nivel de satisfacción de los trabajadores británicos y ha comprobado que dicha satisfacción tiene una fuerte correlación con el nivel de incremento, más que con el salario en sí mismo. Es decir, que un trabajador que gana 100 puede estar mucho más satisfecho que uno que gana 1000 (suponiendo que un salario de 100 cubra las necesidades básicas de la persona). La diferencia radica básicamente en el incremento salarial, si al de 100 le suben un 10% y al de 1000 un 1%, a pesar de que cuantitativamente el incremento es el mismo, la satisfacción general del trabajador con menor salario será mucho mayor. 

Del estudio se desprenden conclusiones muy interesantes y un campo de trabajo sobre el que se puede innovar y reorientar las políticas salariales y los procesos de comunicación asociados.

 

Puede parecer frívolo hacer este tipo de comparaciones, ¿cómo vamos a comparar 100 con 1000?. Parece evidente que el de 1000 siempre estará más satisfecho que el de 100. Pues siento comentaros que en la última década hay toda una batería de estudios que demuestran que a pesar de los pesares, nuestros niveles de satisfacción con la vida tienen una tendencia natural a dirigirse a su nivel habitual. Ni tener mucho nos hace más felices, ni tener poco más desdichados. 

Solemos ser poco hábiles a la hora de predecir nuestro grado de adaptación hedonista a los regalos, buenos y malos, que nos hace la vida. Y básicamente nos solemos equivocar porque no tenemos en cuenta que la vida sigue su curso y que el paso de los días nos trae cientos de acontecimientos que hacen que ese cálculo inicial pierda su sentido desde el primer segundo.

 

Esta entrada no es una invitación al abuso, más bien se trata de evitar lo que le pasa a la rana. Ser conscientes de cuando el agua se calienta o se enfría nos ayudará a mejorar la calidad de nuestra toma de decisiones, y por ende de nuestra vida.

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