blog de rober
todos sabemos lo que pasa cuando en medio de una cesta de manzanas tenemos una en mal estado. De una manera progresiva y rápida el resto de manzanas empiezan a pudrirse hasta que no queda una buena.
El pesimismo, las malas aptitudes y los comportamientos negativos son como las manzanas podridas. De una manera casi inapreciable producen en todo lo que les rodea un efecto contagio que acaba provocando en las organizaciones un alto coste en tiempo y dinero, sin mencionar el impacto en la moral, la productividad y el trabajo en equipo.
¿A quién no le suena este tipo de empleados?:
El escaqueado: aquellas personas que dedican todos sus esfuerzos a eludir responsabilidades, esfuerzos o implicarse en nuevo proyectos. Se les suele identificar por su aparente nivel de ocupación, siempre sin tiempo, siempre apurados, con el teléfono en la oreja, agendas muy apretadas, ... pero sin resultados que avalen este nivel de actividad. Tienen una habilidad especial para hacer que el trabajo siempre acabe en la ventanilla de al lado pero dejando patente su elevado nivel de ocupación. Su toxicidad viene dada por el desgaste que causa en sus compañeros y resto de la organización, los cuales no entienden como se puede conservar una persona así en la empresa.
El mundo contra mi: este tipo de persona se caracteriza por estar constantemente justificando su mal desempeño en base a comportamientos y decisiones que suceden en la organización; expresiones del tipo: fulano es un pelota, es que me tienen manía porque yo ..., van contra mi por haber dicho ..., y cientos de ejemplos cotidianos. Estas personas tratan de esconder su mediocridad tras el resto de sus compañeros y buscan constantemente foros donde poder comentar todo esto. Su toxicidad se basa en el efecto contagio que tienen los comentarios negativos constantes sobre la empresa y las personas que en ella se encuentran para justificar su malestar interior o su “mala suerte”.
Los infalibles: estas personas se caracterizan por que constantemente se jactan de lo bien que lo hacen todo. Invierten mucho tiempo en desacreditar el trabajo de los demás justificando que si ellos lo tuvieran que hacer lo harían de otro modo y que el resultado sería infinitamente mejor. Este tipo de personas se suele considerar superior al resto, más inteligentes, más capacitados. Suelen verse atascados en la organización ya que ellos se consideran a si mismos como los mejores jefes posibles, les encanta criticar las decisiones tomados, los resultados alcanzados y siempre tienen una alternativa mejor para hacer que las cosas hubiesen sido diferentes. Su toxicidad se basa en el menosprecio a la organización, a aquellos compañeros que él considere un obstáculo en su carrera y sobre todo a los superiores.
Los dramáticos: aquellas personas que constantemente tienen algún drama en su vida personal que les impide poder hacer su trabajo. Se pasan el día quejándose de la mala suerte que tienen, de lo mal que les va, de sus problemas de salud, sus discusiones familiares, problemas con su pareja, ... Les encanta dar pena y hacer participes de sus dramas personales a sus compañeros, haciendo que estos se sientan tan mal como ellos para que así les puedan entender y compartir su malestar vital. Su toxicidad se basa en el contagio de la apatía, falta de ganas, estados depresivos, ....
Seguro que a alguno de vosotros se le ocurre alguna otra tipología. Sea como sea, es evidente que hay determinadas personas y sus comportamientos asociados que tienen un alto coste para las empresas. No es difícil localizarlos, sólo es necesario fijarse, lo que ocurre es que habitualmente cumplen con su trabajo y hacen que su comportamiento se difumine, aunque los efectos sigan siendo devastadores. La solución suele pasar por dar salida a estas personas de la organización. La clave reside en sus responsables directos, habitualmente mandos intermedios a los que les atemoriza tomar este tipo de decisiones y suelen optar por esconder a estas personas, lo que hace que el problema cada vez sea mayor y la solución más dramática. Sin duda, el peor de los problemas que causan este tipo de empleados es la salida de perfiles válidos que no soportan la convivencia con estos “profesionales”.
Todo el mundo tiene problemas, ya sean personales o profesionales, sueños que no se cumplen, relaciones que fracasan, expectativas insatisfechas, problemas de salud, problemas familiares ... si quisiéramos todos podríamos buscar un millón de motivos por lo que no estar contentos. Eso es una evidencia. Si a esta evidencia la rodeamos de pesimismo, malos rollos, quejas constantes, críticas, trampas, miserias varias, ... lo que lograremos serán organizaciones enfermas de pesimismo abocadas a su autodestrucción. Por todo esto es importante minimizar el efecto de los empleados tóxicos y dotar a las empresas de optimismo. Contratemos sólo gente optimista!!!, eso hará mucho más fácil y agradable el trabajo de todos.
leía esta semana en el blog de Pilar Jericó un cuento sobre el fracaso. Me pareció muy interesante por el mensaje que encierra:
Un día apareció un caballo en la granja de una aldea.
El dueño de la granja lo cuidó y el caballo se quedó. La gente de la aldea le decía: Qué buena suerte. El respondía: “Buena suerte, mala suerte, se verá”.
Pasado unos días, el caballo se marchó. La gente de la aldea le dijo: “Qué mala suerte”. Él contestó: “Buena suerte, mala suerte, se verá”.
Pasada una semana, como le había cuidado muy bien, el caballo regresó con una manada de caballos. La gente de la aldea le dijo al dueño de la granja: “Qué buena suerte”. Y él respondió: “Buena suerte, mala suerte, se verá”.
Después de unos días, uno de los caballos le dio una coz al hijo del dueño de la granja que le rompió las piernas. La gente de la aldea le dijo: “Qué mala suerte”. Él contestó: “Buena suerte, mala suerte, se verá”.
Después de dos semanas, los ejércitos de ese país se llevaron a todos los jóvenes a la guerra excepto a su hijo que tenía las piernas rotas… ¿Buena suerte, mala suerte?, se verá.
Hace ya algún tiempo leí el libro titulado La buena suerte, claves de la prosperidad de Alex Rovira y Fernando Trías de Bes. Un libro ágil y sencillo de leer pero que me impresionó por la potencia de su mensaje. Cuando leía la entrada de Pilar me vino a la cabeza este libro. Uní dos conceptos: buena suerte - fracaso. Suenan muy diferentes, es más, se podría pensar en ellos como antónimos. Pero, ¿de verdad están tan lejos?. Cuando lo pienso recuerdo la historia que siempre cuenta Steve Jobs, determinados sucesos que a priori supusieron un fracaso enorme en su vida fueron la antesala de algo mucho mayor en el futuro.
Por otro lado está la buena suerte. Para mi la muy mal utilizada buena suerte, es más, en ciertas ocasiones me parece un disculpa mediocre para justificar éxitos ajenos. A quién no le suena la expresión: “.. que buena suerte ha tenido fulano ...”.
Lo que me gustó del libro La buena suerte fue precisamente desmontar este mal uso que se le suele dar a la palabra. La buena suerte está en cada uno de nosotros y somos nosotros los que le damos forma cada día. Nosotros somos los responsables de diseñarla y construirla. Lo inteligente estriba en saber sacar provecho de los fracasos para desde ellos poder construir la buena suerte. Y que las cosas salgan según nuestros planes no siempre es tarea fácil, necesitaremos de la persistencia. Lo bueno no suele caer del cielo y tampoco suele aceptar atajos.
El cuento sobre el fracaso que relataba Pilar hace que me plantee un par de preguntas: ¿realmente existe la mala suerte? o ¿una vez más hemos creado una palabra cuyo significado oculta nuestra incompetencia?.
Buena suerte, mala suerte, éxito, fracaso no son más que diferentes formas de camuflar la realidad. Lo que sucede, sucede por algo, y lo que debemos saber es hasta que punto incidimos en los acontecimientos que nos rodean. El resto son sólo cuestiones etimológicas.
la UE anunciaba hoy que está estudiando la posibilidad de ampliar la jornada laboral de 48 a 65 horas semanales.
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La noticia viene muy al hilo de la última entrada del blog. Hablaba de la necesidad de dotar de mayor flexibilidad al mercado laboral ya que la existencia de leyes demasiado rígidas impide poder competir en igualdad de condiciones con la realidad mundial. A la cabeza de los defensores de esta iniciativa están países como Reino Unido y Alemania, mientras que España encabeza los países que se oponen a dicha tendencia por entender que va en contra de los derechos adquiridos por los trabajadores en los últimos años. |
Me parece arriesgada la posición española ya que parece no entender que es lo que está sucediendo. Ampliar la jornada laboral no deja de ser una declaración de intenciones muy clara: una apuesta por la flexibilidad. Ampliar el número de horas trabajadas permite establecer un marco más amplio donde las empresas se pueden mover con mayor libertad y diseñar planes estratégicos más propios de los tiempos que corren. Considerar que los derechos adquiridos no deben cambiar, es decir que los tiempos no cambian y que las cosas siguen, y seguirán, igual que siempre. ¿Alguien puede pensar eso hoy en día?. La evidencia me parece tan clara que hablar de lo contrario suena irresponsable y puede conducir a un problema estructural a largo plazo para nuestra economía, con una consecuente pérdida de competitividad que hará que el remedio sea mucho peor que la enfermedad.
También es bien cierto que los gobiernos representan la opinión y deseos de la población, pero si esto es así a lo mejor lo que no se nos ha planteado son las diferentes alternativas ante este tipo de decisiones. Una mayor jornada puede reducir la incertidumbre y regular situaciones hasta ahora fuera de la ley, es más, el ampliar la jornada laboral no significa que todo el mundo tenga que trabajar 65 horas al mismo precio que lo está haciendo hoy en día. Además este tipo de normativas le permitirán a las empresas europeas competir con otras empresas que trabajan en mercados mucho más flexibles y menos regulados.
hay una frase de Thomas Friedman que no puedo quitarme de la cabeza: “cuando era pequeño mis padres me decían que me terminara la cena porque hay un montón de gente en el mundo que se está muriendo de hambre. Hoy, yo les dijo a mis hijas que terminen sus deberes porque hay un montón de gente en el mundo que se muere por hacer su trabajo”.
El mundo se mueve a diferentes velocidades. Occidente, Oriente, África, América del sur, ... cada uno a su velocidad, cada uno en un momento diferente, pero todos en un mismo mercado globalizado donde competimos en condiciones muy diferentes. El mercado laboral no es una excepción. Las empresas, como es lógico, aprovechan las oportunidades que les brinda esta situación intentando mejorar sus ventajas competitivas.
Y mientras todo esto ocurre hay una palabra que no dejo de leer por todas partes. Conciliación. Periódicos, revistas de recursos humanos, noticias en televisión, reportajes en la radio, estudios de prestigiosas escuelas de negocio, posts en internet, certificados para empresas familiarmente responsables, ... Está claro que en este momento de nuestra historia se hace cada vez más necesario tener tiempo para el individuo, pudiendo alcanzar una vida personal mucho más rica. Pero mientras tanto, qué ocurre con las otras personas del mundo que desean tener lo mismo que tenemos nosotros, qué ocurre con las empresas que hoy más que nunca tienen que competir en un mercado mucho más plano. La lógica indica que lo que no hagamos nosotros lo harán otros, de manera que el trabajo se irá trasladando hacía otros lugares.
Esta es la sensación que tengo cuando oigo a la gente hablar de conciliación. Una conciliación que sólo es concebida en una dirección, el propio beneficio personal, olvidando todo lo demás. Y sé que esto suena muy pro empresa, incluso se podría pensar que va en contra del propio individuo, nada más lejos de mi intención. Pero lo que si es cierto es que las cosas son como son, si la conciliación sólo funciona en una dirección estaríamos frente al principio de la desaparición de un montón de puestos de trabajo a favor de otros mercados donde las condiciones son diferentes ... es la ley de la oferta y la demanda.
La conciliación es un camino de ida y vuelta, se trata de una relación ganar-ganar. Donde la persona obtiene un beneficio, pero este beneficio no puede provocar que se reduzca el beneficio de la empresa, es más, incluso debería de incrementarse el beneficio de ambos. Más que conciliación hablaría de flexibilidad, una flexibilidad que permitiese a empresa y profesional convivir en armonía y equilibrio siendo competitivos con el resto de los mercados laborales mundiales, y no me refiero sólo a coste u horas trabajadas. Me refiero sobre todo a la calidad y productividad del trabajo realizado. Tratar de regular situaciones como la de la conciliación sólo genera la aparición de leyes, normas o reglas que son demasiado estáticas como para convivir en una sociedad que se mueve demasiado rápido y donde la realidad cambia cada día.
La flexibilidad nos dará muchos más motivos para sentirnos personas antes que profesionales.
esta semana ha llegado a mis manos un interesante relato del genial Stephen Covey. Se trata del principio 90/10. Sencillo: el 10% de tu vida esta relacionado con lo que te pasa, el 90% restante con la forma en la que reaccionas. Este principio viene a demostrar que nosotros no tenemos el control del 10% de las cosas que nos suceden. Es el 90% restante lo que está en nuestras manos.
90/10, 80/20, 70/30, ... la verdad es que no me atrevería a fijar la proporción exacta pero si que creo que lo que este principio dice es totalmente cierto, la mayor parte de nuestro tiempo lo pasamos gestionando las reacciones de ese 10% de tiempo fuera de nuestro control. Hace ya unos meses en la entrada titulada el círculo vicioso del desarrollo profesional hablaba de ello. Resulta muy sencillo considerar que todas aquellas cosas malas que nos ocurren se deben a los siempre socorridos factores externos; que fácil!!!. El ser conscientes de nuestros actos nos puede ayudar, y mucho, a poder mejorar todo aquello que nos sucede a nosotros y a los que nos rodean.
El autocontrol pasa por ser una valor fundamental, muchas veces, la falta de este provoca que determinadas reacciones a hechos muy concretos condicionen el resto de cosas que nos ocurran. El típico cabreo en que se dicen cosas injustas, una mala cara en momentos que no se necesita, un silencio cuando se esperan palabras, dar la espalda cuando se espera un abrazo, ser indiferente cuando se espera un esfuerzo, escaparse cuando se espera la implicación, una reprimenda cuando se espera una enhorabuena, .... y miles de acciones cotidianas, que no por serlo dejan de ser importantes. Muchas veces creemos que en lo excepcional están los grandes resultados, olvidando que la vida se construye a diario y no en días señalados.
Saber controlar nuestras reacciones a todo tipo de acciones nos hará vivir de una manera mucho más saludable. Debemos de objetivar nuestras respuestas a determinados estímulos. No siempre es fácil. Todos, en alguna ocasión, nos hemos dejado llevar por la ira, los celos, el malhumor, el cansancio, la apatía, ... y si lo pensamos, nos daremos cuenta de que cuando hemos actuado de esta manera la gestión de los hechos posteriores ha sido más compleja de lo habitual.
Trabajar con personas no es sencillo ya que normalmente suelen estar presentes las emociones. Hay días en los que no nos apetece hablar, no nos apetece escuchar, hemos dormido mal, tenemos algún problema familiar, un problema de salud, ... hasta aquí todo es normal, nada excepcional, esto nos pasa a todos en cualquier momento de nuestras vidas. Pero lo que debemos es tratar de no contagiar nuestras acciones y palabras con estas realidades, si lo hacemos, debemos saber que el 90% de tiempo restante tendremos que derrochar nuestras energías en gestionar malos rollos, pérdida de credibilidad, falta de confianza, en definitiva, un montón de hechos que sólo de pensarlo ya me da pereza.
Stephen Covey utiliza un principio universal que Newton dejó patente cuando formuló la ley de acción y reacción: si un cuerpo actúa sobre otro con una fuerza (acción), éste reacciona contra aquél con otra fuerza de igual valor y dirección, pero de sentido contrario (reacción).
Ir contra las leyes universales no suele ser muy recomendable ...

