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 Borges, en su colección de cuentos “Ficciones”, nos presenta un personaje llamado Funes, al que denomina el memorioso. Funes poseía el “maravilloso” don de tener una memoria prodigiosa. Para Funes era imposible olvidar cualquier cosa perceptible a sus sentidos, de manera que cualquier detalle de su vida, por insignificante que pareciese, quedaba grabado a fuego en su memoria. Era tal la cantidad de información que atesoraba, que escribir un libro autobiográfico le llevaría tanto tiempo como el que había vivido.

¿Quién no consideraría a Funes un superdotado?, alguien capaz de recordar absolutamente todo lo que se le antoje, poseer una memoria equiparable en funciones a la de un ordenador: almacenaje de información y consulta inmediata de la misma.

Para Funes era imposible olvidar, o como dice el autor, carecía de la capacidad de pensar:”pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.” 


Una de las cosas que llama la atención de los niños es la gran capacidad que poseen para aprender cosas nuevas: moverse, caminar, hablar, entender, ... Personitas con cerebros limpios deseando ser amueblados. El proceso es lento pero constante, y a medida que se incrementa la cantidad de información de la que disponemos, éste se ralentiza y la plasticidad de antaño se convierte en rigidez y esfuerzo. A mayor número de datos, mayor número de conexiones neuronales, de creencias, de estereotipos, de ideas preconcebidas, lo cual complica los procesos de aprendizaje. Surge entonces la necesidad del proceso contrario: desaprender para aprender de nuevo.

Parte del conocimiento se queda obsoleto y eso implica que un porcentaje importante de nuestro aprendizaje también caduque. Lo que un día aprendimos, con el paso del tiempo evolucionará y será necesario aprenderlo de nuevo, pero si lo aprendido antaño esta tan arraigado en nuestra mente que nos impide entender y aplicar lo nuevo, realmente tenemos un problema. Éste es perfectamente observable en personas que se rinden a la hora de aprender cosas nuevas, esclavos de frases del estilo: “es que siempre se hizo así”, “qué me vas explicar tú a mí que llevo toda la vida haciéndolo”, “ya soy muy mayor para esto”, “eso de la tecnología no va conmigo, soy inmigrante digital”, ....


Olvidar es tan importante, o más, que recordar. Ambos son partes fundamentales del proceso de aprendizaje, lo que ocurre es que nuestro modelo educativo premia la memoria, retener grandes cantidades de información en la cabeza para demostrar que hemos estudiado la lección. Modelos de aprendizaje centrados en las capacidades memorísticas dificultan la capacidad de desaprender para olvidar lo inútil. ¿Cuánta gente con expedientes académicos brillantes conoces que luego no han triunfado profesionalmente?, ¿y el caso contrario?. Grandes memorizadores incapaces de entender el complicado mundo profesional. Un mundo lleno de metáforas, de política, de personas que cambian constantemente. En este mundo los patrones, los datos o el hecho, ayudan, pero no son suficientes. Venimos de un mundo sin ordenadores, donde la memoria tenía un valor mayor del que tiene hoy en día. En ese pasado necesitábamos de la memoria para conservar el conocimiento, para hacerlo crecer. Pero el papel, la escritura, y posteriormente los ordenadores, fueron restando parte de la importancia que tenía la memoria y dejando paso a la capacidad de pensar de manera creativa, autónoma e independiente. La memoria aporta datos ya conocidos, pero nos dificultaba descubrir nuevas realidades.


Mega, gigas y teras de información en nuestros bolsillos, una Red que dispone de todo aquello que necesitemos, googlelización de todas nuestras preguntas,... En este siglo, la memoria pierde un poco más de protagonismo y lo realmente valioso será la capacidad de entender la realidad y su entorno, de olvidar lo superfluo y centrarse en lo realmente importante, en definitiva, la capacidad de desaprender y olvidar. ¿A que parece fácil?, Para empezar, trata de olvidar las diferencias que te separan de otras personas ....

en el verano de 1954, Leon Festinger, el padre de la disonancia cognitiva, estaba leyendo la prensa y en una de esas noticias maravillosas que nos brindan los periódicos, aparecía un reportaje sobre un ama de casa de las afueras de Minnesota. Su nombre era Marion Keech y estaba convencida de que el fin del mundo se acercaba. Según ella, los extraterrestres, con los que llevaba tiempo en contacto, le habían comunicado que el 20 de diciembre de 1954 la tierra sería arrasada por una enorme inundación que acabaría con todo. Como nunca falta un roto para un descosido, poco a poco la señorita Keech comenzó a tener un grupo de seguidores que se hicieron partícipes de su mensaje apocalíptico. Siendo conscientes de que antes de la navidad todo lo que tenían y eran desaparecería, comenzaron a vender sus casas, a desatender sus obligaciones, a dejar de lado a sus amigos, ...

Leon Festinger, fascinado por la noticia, decidió hacerse miembro de esta “congregación”. Su objetivo era conocer cuál sería la reacción de sus compañeros de rebaño el día 21 de diciembre a las 0:01 al comprobar que el mundo no iba a ser destruido,  ¿se retractaría Marion de sus teorías?, ¿qué ocurriría cuando sus creencias se desvaneciesen?.

Así llegó el esperado día 20 de diciembre de 1954. Todos los seguidores se reunieron en la casa de Marion. Como es obvio, el final del mundo no llegó y el reloj marcó las 0:01 del día 21. Los miembros de la congregación comenzaron a preocuparse al ver que no sucedía nada, algunos comenzaron a llorar al ver que los extraterrestres les habían engañado. Pero en ese momento, Marion Keech, ama de casa de las afueras de Minneapolis, fue de nuevo contactada por los extraterrestres. En su nuevo mensaje, éstos le decían que el mundo había sido salvado gracias a la fe y a la luz que todas las personas reunidas en aquel salón habían desprendido. A pesar de no haberse cumplido ni una de las predicciones de Marion, y por increíble que parezca, sus seguidores no dudaron ni un momento en la veracidad del nuevo mensaje, es más, éste le daba sentido a lo ocurrido y les aportaba la fuerza necesaria para seguir prodigando su mensaje a lo largo y ancho del mundo. 


Esta historia le sirvió a Leon Festinger para poder trazar las bases de la disonancia cognitiva. Hechos contradictorios que entran en conflicto y que nosotros mismos nos encargamos de hacer encajar como piezas de un puzzle para que tengan sentido en nuestra cabeza. Y no pensemos que esto sólo le ocurre a los “locos”, nadie está libre de sufrir de algún modo los síntomas de la disonancia cognitiva. No hay que irse a casos extremos como el de Marion, nuestro día a día está lleno de contradicciones que demuestran que las conclusiones descubiertas por Leon Festinger son totalmente correctas. Personas que hablan del valor de la familia y se pasan el día trabajando con la excusa de que quieren lo mejor para los suyos; empresas que presumen de que sus empleados son el mayor activo y cuando llega la primera adversidad estos dejan de ser personas para convertirse en recursos con la excusa de “salvar” al resto; responsables de equipos que dejan de serlo para tratar de salvar su pellejo con la cutre-excusa de si a mí me va bien, a mi equipo le va bien; aquellos que son promocionados por su integridad, honestidad y valía y acaban robando de “la caja” de la empresa porque quieren mantener un nivel de vida que los que creían en ellos le han regalado; compañeros que se llenan la boca diciéndonos lo buenos que somos y que desaparecen comentando: “ ya sabía yo que fulano ...”, cuando las cosas no van tan bien; ....


Lo que yo llamo la PTC (Pérdida Transitoria de Coherencia) es una enfermedad que nos rodea y que es mucho más común de lo que parece. Las pérdidas de coherencia parecen inherentes al ser humano, pero lo preocupante es que hemos desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla y eso nos hace insensibles a ella convirtiéndonos en víctimas de nuestros propios engaños... sólo así se pueden explicar muchas de las cosas que suceden a nuestro alrededor.


La coherencia es una de las bases de la confianza, y ésta a su vez es un ingrediente del compromiso. Quienes creían en la historia de Marion la veían coherente y por eso confiaron en ella y se comprometieron con la causa. El poder del grupo refuerza la contradicción. Sufrirlo en soledad es más peligroso ya que es el camino que conduce a determinados comportamientos paranoides. Universos paralelos que enfrentan al “enfermo” con el mundo. ¿Quién tiene la razón? ... esa pregunta sólo la puedes responder tú, pero cuando sufrimos el síntoma de sentirnos en el ojo del huracán, víctimas de un complot a nivel global para llevarnos la contraria, es momento de plantearnos lo que Leon Festinger nos ha enseñado .... y puede suceder que los extraterrestres existan, y si así es, seamos coherentes. 

  David Weikart era un psicólogo americano que en los años 60 realizó un famoso experimento llamado Perry Preschool Program. Con este estudio, el profesor Weikart pretendía demostrar los efectos a largo plazo que tienen los sistemas de pre-escolarización. Para ello se contó con 123 niños afroamericanos, de entre 3 y 4 años, procedentes de familias con pocos recursos. Estos niños fueron separados aleatoriamente en dos grupos, al grupo objeto del estudio se les asignó un programa de preescolar de alta calidad, mientras que al grupo de control no se les ofreció programa alguno. Los participantes en el estudio fueron monitorizados durante varias décadas después para poder medir los resultados del experimento. Las conclusiones fueron claras: los niños que participaron en los programas de pre-escolarización, una vez adultos, tenían un 20% más de posibilidades de terminar secundaria, un 19% menos de haber sido arrestados más de cinco veces, conseguían mejores notas, tenían más posibilidades de seguir casados y además eran menos dependientes de los programas de ayuda ofrecidos por el Estado.

 

Es llamativo que los resultados no hablen de la inteligencia general o del coeficiente intelectual. De hecho los niños que participaron en los programas de pre-escolarización tenían una ligera ventaja en lo que se refería a inteligencia general, pero ésta desaparecía cuando ambos grupos llegaban a secundaria. Sin embargo, lo que sí que parecía diferente entre los niños de los dos grupos eran las habilidades no cognitivas: el autocontrol, la persistencia, la firmeza, .... En una sociedad obsesionada por la inteligencia, este estudio deja claro que nuestra inquietud va mal encaminada. 

La cualidad más valorada por los empleadores es la confianza, mientras que la tríada perseverancia-confianza-coherencia es la mejor predictora de las notas en el colegio. Ninguna de las características comentadas tiene nada que ver con la inteligencia general, y esto es muy buena noticia, porque mientras que la inteligencia está altamente ligada a la herencia genética, las habilidades no cognitivas son maleables y por lo tanto se pueden aprender. A la vista de los resultados del experimento, es probable que la escolarización precoz no nos haga más inteligentes, pero quizás contribuya a diseñar buenas personas, lo que es mucho más importante.

 

Las empresas contratan a las personas por sus competencias técnicas y las despiden por sus incompetencias sociales. Esta frase resume a la perfección las conclusiones del estudio del profesor Weikart. Fábricas de competentes intelectuales e incompetentes sociales. Muchas matemáticas y poco autocontrol. Mucha historia y poca perseverancia. Mucha física y poca coherencia. De nada sirve la obsesión por construir profesionales altamente cualificados cuando la  práctica nos demuestra que todo ese potencial es insuficiente cuando llega al mundo real. Profesionales de probeta, objeto de debates estériles que políticos y gobernantes utilizan como arma arrojadiza, olvidando que esto es lo que diferencia las sociedades avanzadas de las que no lo son.

Las empresas no deberían dedicar tiempo y recursos a formar a sus profesionales para que adquieran las competencias básicas de las que estamos hablando. Por ahora no conozco ninguna organización cuya misión sea esta, pero sí que me suenan organizaciones de éxito donde estos valores son parte de la cultura corporativa, donde eso que se adquiere en primaria forma parte de los códigos éticos de la empresa y donde todos los profesionales viven esos valores con naturalidad, una naturalidad que sólo puede existir cuando dichos principios han sido bebidos desde temprana edad.

 

Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo son las prisas, y en este caso ocurre algo parecido. Tenemos prisa por todo, también por formar y educar a nuestro futuro. Y suele ocurrir que las prisas son malas compañeras .... ¿no me crees?, pues escucha alguno de los datos obtenidos del Perry Preschool Program : el coste por niño por un programa de pre-escolarización de dos años era de 5.984$ del año 1979. Los beneficios fueron:

  1. 3.353$ de ahorro por niño en escuelas públicas ya que la educación preescolar evita la educación especial.
  2. 10.798$ de ingreso por niño debido a las ganancias adicionales que generará a lo largo de su vida profesional a causa de la mejora en su estatus educativo.
  3. 668$ de valor estimado por el tiempo disponible de las madres mientras sus hijos acudían a la escuela primaria.

 

El resultado final de esta cuenta supone un retorno de la inversión de un 248%. Lo que ocurre es que este ROI no es inmediato, no sucede de la noche a la mañana. 

Mientras midamos la rentabilidad de estas acciones en números de votos, en periodos temporales de 4 años, en deseos de padres frustrados, en la búsqueda de atajos, en la fama y el éxito express,...  nos va a ser muy difícil conseguir cifras de esta magnitud.

Una vez más el refranero popular tiene una receta fantástica: “vísteme despacio que tengo prisa”. 

 si te paras a pensar un minuto qué cosas te gustaría cambiar de ti mismo seguro que te vienen a la mente un montón de “puntos débiles” que te gustaría eliminar de tu modus operandi. El cambio es un estado muy curioso, deseado por todos, pero lo suficientemente incómodo como para que le tengamos una cierta alergia, principalmente cuando tiene que ver con nosotros mismos. 


Muchas de las preguntas que se refieren al cambio parecen retóricas: ¿te gustaría ganar más dinero?, ¿te gustaría tener más responsabilidad en tu trabajo?, ¿te gustaría trabajar en lo que más te gusta hacer en la vida?, ... la gran mayoría coincidiremos en las respuestas, es más, pueden parecer incluso obvias. Pero hay algo que todas ellas tienen en común; el cambio. Si quiero ganar más dinero, si quiero ascender, si quiero dedicarme a lo que más me gusta, ... tendré que acometer cambios, muchos de ellos incómodos y a los que no estoy dispuesto, otros implanteables porque no tienen nada que ver con mi forma de ser. Conclusión: la cosa no es tan sencilla como responder simplemente “sí” a estas cuestiones.

Cuando nos hacen preguntas de este tipo, nuestros múltiples “yos” empiezan a correr en direcciones opuestas, unos quieren unas cosas, otros desearían otras… La consciencia entra en conflicto con la inconsciencia. Lo que parece un “sí” rotundo resulta que podría ser un contundente “NO, gracias” ... el debate está servido.


El cambio siempre tiene dos caras y es la que más nos compensa la que determina hacia qué lado se decantará la balanza. Nuestras empresas están llenas de ejemplos:

Un compañero que siempre parece angustiado, alguien a quien la preocupación le persigue por los pasillos, la típica persona a la que su excesivo celo le lleva a sufrir, a quien las decisiones le suponen un desgaste enorme. Seguramente si le preguntas si le gustaría dejar de ser así para vivir este tipo de situaciones de otra manera, para evitar el sufrimiento y la angustia que le suponen el día a día, su respuesta sería: “POR SUPUESTO”. Es entonces cuando se le pagan cursos, se le asigna un coach, se le ponen velas a todos los santos del cielo, .... pero pasado el tiempo la cosa sigue igual. Esta persona sigue sumida en su sufrimiento. ¿Qué ha pasado?, ¿es qué no es capaz de cambiar?, ¿es que la formación no ha sido la adecuada?, ¿el coach ha fracasado?. La respuesta está en las dos caras del cambio. Evidentemente que esta persona no quiere vivir los efectos adversos de este tipo de personalidad, pero hay otra cara de este comportamiento que tiene que ver con la responsabilidad y que seguramente forme parte de sus valores. Esta persona puede ser tan responsable que busque la mejor opción hasta límites que le suponen cierta incomodidad. En este caso, el cambio se encuentra en una encruzijada, dos “yos” que apuntan en direcciones opuestas, dos caras de la misma moneda, ¿quién decide?, aquél que tiene mayor importancia en nuestro interior. En este caso, será la responsabilidad la que mande, la que compense parte de la angustia, la que nos lleve a ser como somos.


El cambio siempre se mueve en esos delicados límites, no hay respuestas directas. El cambio necesita un camino de comprensión que está repleto de matices. Las cosas no son blancas o negras, buenas o malas, correctas o incorrectas. Son nuestros valores los que decantan la balanza y quienes determinan lo que nos compensa y lo que no.

La falta de flexibilidad puede ser vista como consistencia profesional, la severidad como seriedad, la ingenuidad como confianza, el tiquismiquis como el paradigma de la calidad, el que se autoinculpa por todo como el empático, el pesimista como el realista, .... tantos pares como adjetivos se te ocurran. 


En ocasiones las organizaciones se empeñan en que sus profesionales sean de determinada manera, las entrevistas de gestión del desempeño se centran en hablar de todas aquellas cosas que hay que cambiar para mejorar el rendimiento, procesos de coaching que buscan a personas diferentes, profesionales que no existen simplemente porque no quieren existir. Se debe ser muy cuidadoso en todo aquello que tenga que ver con el cambio de la persona. Nadie tiene poder para hacer algo así, sólo el interesado maneja el timón de ese barco. Todas las tentativas y esfuerzos ajenos pueden provocar efectos adversos o contraproducentes. Cuando una persona se aleja de sus valores, deja de estar cerca de su esencia, pierde la autenticidad que le caracteriza y se aleja de su verdadero potencial. 

Se puede optar por otro camino, uno que consiste en acompañar, en tratar de entender, en conocer el porqué de la cosas, de esta manera se puede avanzar y construir sobre lo que la persona ya tiene, no sobre lo que le falta. Nadar contra corriente agota y hace que te ahogues.

  imagínate que tienes una empresa y necesitas seleccionar a alguien; ¿estarías dispuesto a contratar a Madoff o a Jerome Kerviel?. La respuesta depende de a qué te vayas a dedicar, pero suponiendo que a algo lícito, podría garantizar que ambos candidatos no pasarían ni el primer filtro del proceso de selección. Y si te pregunto por qué no los contratarías, casi seguro que harías referencia a su reputación profesional.

Al igual que nuestro DNI sirve para identificarnos como personas, nuestra reputación profesional avala nuestro trabajo y sus resultados. Se trata del resumen que nuestro entorno hace de nuestros actos y decisiones. El tiempo consolida sus trazos a través de los hábitos y de la repetición, y son esos patrones los que van dibujando nuestra reputación. Son las huellas de un viaje que se hacen más profundas según pasa el tiempo.

 

La arquitectura de la reputación profesional es muy curiosa. Es importante diseñarla pensando en cómo te gustaría ser recordado o cómo te gustaría ser visto y tratado. Cuando lo tienes claro, es momento de ponerse manos a las obra. Suele ocurrir que este orden lógico sobre el papel nada tiene que ver con la realidad. La realidad es que la reputación se construye de una manera inconsciente, donde el día a día manda y la urgencia es la que nos lleva por donde quiere. Actuamos por impulsos, dejándonos llevar, y cuando herramientas como el feedback 360º nos muestran una foto de lo que los demás piensan de nosotros, solemos llevarnos sorpresas. El resultado no nos gusta, o no encaja con lo que nosotros pensamos. He ahí una gran muestra de lo difícil que resulta saber construir la reputación profesional que queremos. 

Hay un alto grado de inconsciencia en lo que se refiere a la reputación. Las personas poseemos el don de la adaptación que es el causante de dar por hecho cosas que no lo son. Un claro ejemplo sucede cuando alguien sale de su empresa, hasta ese momento creamos una autoimagen a la que nos acostumbramos rápidamente, pero el día que esa relación laboral finaliza parte de nuestro “poder” desaparece y parte de nuestra autoimagen cambia. Aquella capacidad para negociar, aquellos contactos que me hacían la ola cada vez que levantaba el teléfono, aquellos colegas que me admiraban por lo que hacía, ese trato de favor que recibía por mi gran trabajo,... desaparecen de mi vida y la creencia de que todo ello me pertenece por ser quien soy se desvanece. Una parte de lo que yo creía que era, resulta que se queda en la empresa y será la herencia para quien me sustituya. 

Este tipo de inercias nos hacen olvidar quiénes somos realmente y es nuestro rol el que pasa a dominar nuestra reputación. Aquellos derechos adquiridos por la posición desaparecen, y ahora estamos solos con nuestros actos, desnudos y desprotegidos sin el disfraz que nos aportaba nuestra posición. ¿Y ahora qué?. Es momento de hacer cuentas, y puede ocurrir que el saldo sea negativo y que nuestro rol profesional haya destruido parte de nuestra reputación. 

 

Una buena forma de construir la reputación deseada es jugando, para ello podemos pensar en la reputación como en un avatar. El avatar es esa personalidad virtual que desarrolla nuestro personaje. Ese personaje tiene que realizar toda una serie de pruebas para poder aumentar sus poderes y capacidades. Por el contrario, hay determinadas aspectos que hacen que el avatar pierda parte de los poderes y dones adquiridos. El tema de la reputación funciona de una manera similar: hay determinadas cuestiones que suman puntos mientras que otras restan:

Suman: decir la verdad, ser honestos, practicar la coherencia, dar a cada persona su espacio, saber compartir, ser generoso, potenciar los dones del otro, comportarse con educación, escuchar, ser humilde, practicar la buena empatía, el buen humor, olvidar poses ridículas, ser auténticos,... 

Restan: el egoísmo, la mentira, el malhumor, el yo en vez del nosotros, utilizar palabras vacías, fingir, el ordeno y mando, imponer, la queja constante, el pesimismo, la envidia, la ira, el enfado por sistema, las disculpas, la cobardía, la prepotencia, mirar por encima del hombro, creer que uno tiene la verdad absoluta, ...

 

Hay un dicho que dice: “crea fama y échate a dormir”. La reputación está sometida a la inercia, algo muy peligroso porque puede hacer que nos acomodemos. Es mejor planteárselo como un juego y tratar de poner en práctica todas aquellas cuestiones que suman. Cada uno decide lo que quiere ser, así que cada uno decide lo que suma y lo que resta.