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tiempo al tiempo

Enviado por rober en Dom, 05/02/2012 - 19:39

los extremos han sido creados para determinar los márgenes sobre los que nos movemos. La tristeza y la felicidad trazan un camino digno de ser vivido, la pobreza y la riqueza nos ayudan a valorar lo que tenemos, el sol y la luna nos ofrecen cada día, el aburrimiento y la diversión nos ayudan a encontrar nuestra vocación, ¿y qué pasa con nuestras ideas?, ¿somos capaces de reconocer las buenas de las malas?. En el mundo de la creatividad, los límites del camino están fijados por la autocrítica y la autoestima positiva. Entre ambos extremos se mueve nuestra genialidad como creadores.

Nietzsche, en su libro de 1878, Human, All Too Human, ya hablaba del interés de los artistas por eso que ellos llaman la inspiración, y también analizaba como la creatividad de los mismos no sólo generaba cosas brillantes, también daba lugar a productos mediocres e incluso nefastos. Pero lo que hace diferente a los artistas de los que no lo son, es su competencia infatigable para criticar su propia obra, para valorar con objetividad entre todas sus creaciones y diferenciar lo bueno de lo malo. Esa predisposición a la autocrítica es la que los capacita para que siempre nos regalen cosas maravillosas, esas obras de arte que expresan lo mejor de su talento creativo, pero ojo, no nos olvidemos que detrás hay cosas no tan buenas, mediocridad que permite hacer más visible la inspiración. 

Simone Ritter, de la Radbound University en Holanda, realizó un experimento muy clarificador en este ámbito. Seleccionó a 112 estudiantes y les dio 2 minutos para que propusiesen ideas sobre cómo mejorar la percepción de los clientes de los supermercados a la hora de hacer cola en las cajas. Se dividió a los sujetos en dos grupos, a uno de ellos se les envió directamente a trabajar en la generación de ideas. Al segundo grupo se les llevó a otra sala donde tenían que jugar con un videojuego con el único objetivo de retrasar el momento de comenzar a trabajar con el resto de sus compañeros. Lo que los experimentadores pretendían era que, en este tiempo de retraso, el subconsciente de los estudiantes del segundo grupo también participase en el proceso creativo.

Cuando se observaron las aportaciones de ambos grupos, los resultados eran muy similares, sin que fuese posible trazar diferencia alguna entre ellos. El tiempo de retraso del segundo grupo no había servido para concluir nada acerca de la relación entre subconsciente y su aportación al proceso creativo. Sin embargo, la verdadera diferencia surgió en los resultados aportados por cada uno de los grupos a la hora de valorar la calidad de su propio trabajo. El grupo en el que se había forzado el retraso en el comienzo del trabajo, los participantes fueron capaces de  diferenciar lo brillante de lo que no lo era en un 55% de los casos. Por contra, en el grupo que había sido puesto a trabajar inmediatamente, esto sólo sucedía en un 20% de las ocasiones.

La conclusión de dicho estudio demuestra que dejar que nuestro subconsciente tenga tiempo para llevar a cabo un proceso de re-evaluación de las ideas es positivo, ya que nos permite afinar más en el resultado a la hora de diferenciar las buenas ideas de las malas. Para conseguir esto, tenemos que ser conscientes de que si dejamos que el producto de nuestro trabajo creativo repose, el subconsciente podrá realizar una serie de procesos paralelos, e invisibles para nosotros, a través de los cuales nos dotará de mayores recursos cognitivos a la hora de evaluar lo que hemos hecho.

Hemos hablado otras veces en el blog de procrastinar, de esa obra de nuestra irracionalidad que descubre la peor cara de nuestro lado vago, de ese que nos empuja con todas sus fuerzas a retrasar la tarea para darse el gustazo de hacer otras cosas que no son en absoluto importantes. A la vista de los resultados de este estudio, comienzo a tener dudas de que procrastinar no sea positivo. ¿No podría ser que procrastinar sea una capacidad que nosotros mismos hemos ido creando como especie para mejorar nuestras aptitudes creadoras, esas que nos han permitido evolucionar?. La verdad es que a mi siempre me funciona bien eso de darle tiempo a mis ideas, por eso que me voy al sofá ahora mismo a no hacer nada.

cómo nos gustamos!!!

Enviado por rober en Jue, 19/01/2012 - 22:16

¡los polos opuestos se atraen!. ¿Verdad o mentira?. La cultura popular utiliza este dicho para justificar la unión de personas muy diferentes, pero, ¿realmente se atraen los polos opuestos?. La psicología ha demostrado que esto no es así, que hay algo a lo que se denomina el efecto similitud de atracción (SAE: similarity-attraction effect) que provoca que nos pasemos un porcentaje importante de nuestro tiempo buscando a personas que se parezcan a nosotros. Esta característica humana es universal; aplica a todas las culturas que habitan el planeta. Lo mismo sucede en tu trabajo que en una aldea remota de las bosques de Borneo. La búsqueda de nuestros iguales empuja buena parte de nuestras habilidades y acciones.

 

Lo psicólogos Paul Ingram y Michael Morris, de  la Universidad de Columbia, realizaron un experimento al que invitaron a un buen número de altos ejecutivos de grandes empresas y de diferentes sectores. La reunión era convocada con el objetivo de trabajar la red de contactos de cada uno de ellos y así poder conocer colegas de otros entornos profesionales. Las conversaciones entre los participantes eran monitorizadas por los investigadores y éstos observaron, como de una manera natural e inconsciente, los contables se juntaban con los contables, los ingenieros buscaban otros ingenieros con quienes compartir experiencias, los médicos debatían con otros médicos la resolución de las encrucijadas de la salud. Al final, una reunión cuyo objetivo era mezclar personas diferentes, se acabó convirtiendo en una sala con tantas reuniones paralelas como pares de iguales participaban.

 

El anhelo por compartir nuestro tiempo con personas lo más parecidas posible a nosotros, no sólo influye en fiestas y reuniones, este deseo conforma la red social en la que vivimos y nos movemos, haciéndola cada vez más selecta y restringida, un club en el que sólo se aceptan personas como yo, con mis gustos e inquietudes, con mis valores y principios, que comparten todo aquello que me mueve a actuar. Este hecho hace que nuestro mundo social esté repleto de personas con las que nos es más sencillo y cómodo vivir, donde el día a día es más llevadero y donde nos resulta más fácil ser nosotros mismos.

 

Esta realidad tiene implicaciones muy claras y de gran impacto en nuestras vidas. Cuando vivimos la vida como si fuera un accidente, dejando que el día a día decida por nosotros, nos podemos encontrar en lugares a los que no pertenecemos y donde las personas con las que lo compartimos nada tienen que ver con nosotros. En esos “no lugares” será muy difícil que podamos ser nosotros mismos y dar salida a nuestras necesidades como animales sociales. Si lo trasladas a tu trabajo será fácil que entiendas lo difícil que resulta bregar en un sitio en el que tus compañeros nada tienen que ver con tu forma de ser.  Cuando la vida toma las decisiones por nosotros y el efecto similitud de atracción queda atrofiado por la inercia de lo cotidiano, corremos el riesgo de equivocarnos a la hora de escoger nuestros compañeros de viaje, lo que supondrá un gran tapón a nuestros talentos, virtudes y fortalezas.

Todo esto no es sólo un mal que afecte a las personas. Las empresas también padecen de esta miopía social, y en este caso el error consiste en pensar que todas las personas son iguales y que lo único importante es que trabajen. Traducido al mundo de las normas sociales es tanto como afirmar que te podrías casar con cualquier persona siempre y cuando fuera del otro sexo (o no). Cuando una empresa busca un profesional adecuado para su organización debe pensar en los valores y principios que la definen para luego tener claro quién puede formar parte de ese proyecto a largo plazo. Todo lo demás es como acudir a esa fiesta de la que hablábamos al principio, si no tienes nada en común con la persona, ésta no tardará en darte la espalda y ponerse a hablar con otra.

 

Empezaba el post con un dicho popular y me voy a atrever a cerrar con otro: dime con quién andas y te diré quién eres. Cuando veamos dos polos opuestos juntos nos tendremos que preguntar si realmente son tan opuestos como aparentan… a lo mejor nos llevamos una sorpresa y vemos más similitudes que diferencias.

010112

Enviado por rober en Sáb, 31/12/2011 - 17:56

se termina el 2011, un año complicado para muchas personas, y comienza un 2012 precedido de todo tipo de vaticinios pesimistas. Estamos viviendo un momento en el que debemos asumir una realidad diferente, ahora nos toca vivir con un poco menos, que no significa vivir peor. Esta es la consecuencia de nuestras acciones, este es el precio de nuestros errores.

Venimos de una inercia que producía y producía con el único objetivo de maximizar el beneficio. Esa inercia nos ha dado una vida llena de facilidades que nos han ayudado a maximizar nuestro bienestar, una sociedad adicta a tener. Pero si recuerdas, los recursos son finitos. Las ansias infinitas por tener no se corresponden con una realidad donde los recursos son limitados. Quizás hayamos topado con el techo de nuestra capacidad para atesorar cosas y ahora toca volver a construir un nuevo techo, uno un poco más alto y que permita expandirnos de nuevo.

 

En la construcción de los nuevos límites debemos cambiar el enfoque. ¿Por qué no nos olvidamos de esa necesidad por crecer sólo para alimentar el hambre por las cosas?, ¿por qué no tratamos de maximizar nuestro bienestar entendiendo nuestros deseos y necesidades?.

Hemos vivido un crecimiento acelerado y desordenado que nos ha hecho creer que tener es más importante que valorar lo que se tiene. Hemos creado una cultura de usar y tirar, del pret a porter, del hazlo tu mismo, del low cost. Un mundo donde la facilidad para tener es mayor que la necesidad de valorar lo que se posee.

¡Y ahora hemos tocado techo!. Toca cambiar el chip. Ya no vale querer seguir en esa dinámica maximizadora sin sentido alguno, tenemos que darle sentido a todo lo que hemos conseguido, toca poner el foco en ser conscientes de la suerte que tenemos por tener lo que tenemos. Debemos pensar. Pensar es algo incómodo porque requiere esfuerzo, nos es más cómodo vivir con el piloto automático puesto, crear una rutina que dirija nuestras vidas donde ella decida. 

 

Pensemos, porque nosotros somos la solución de todos los problemas. Necesitamos una conciencia colectiva que nos permita empujar a todos en la misma dirección. De nada vale que unos se esfuercen y otros permanezcan parados. O empujamos todos o lo tenemos crudo. Es un proceso largo que cuanto antes comience antes se terminará, y hoy es un buen día para empezar. Obviamente necesitamos un objetivo común y yo creo que todos tenemos un objetivo último que compartimos: ser felices. Los caminos para conseguirlo son tantos como personas habitan este planeta. Millones de formas diferentes de llegar al mismo sitio: el equilibrio. El equilibrio es ese lugar donde mi bienestar no altera el bienestar de los que me rodean, donde mi vida mejora y potencia la vida de los demás. ¿Tú crees qué hemos ido por este camino en los últimos años?, yo sinceramente creo que no. Hemos construido un mundo egoísta donde mi bienestar está por encima del de los demás. Este hecho hace a la personas menos personas y los convierte en verdaderos depredadores.

2012 podría ser un buen año si todos pensásemos y nos replanteásemos nuestro rol en el mundo descrito hasta este punto. Si encontramos el punto exacto donde se ubica nuestro equilibrio habremos encontrado nuestra capacidad para construir un mundo mejor. La forma de encontrar el equilibrio pasa por un pensamiento sincero, alejado de la fuerza distorsionadora que ejercen nuestros sentidos. Para hallar el equilibrio tenemos que ser conscientes de tres cosas:

 

  1. La realidad no existe, es la que nosotros creamos, y es por ello que cuanto mejor seamos definiendo nuestra realidad mejor será el contexto en el que nos movamos.
  2. Hay cosas que nos alejan de nuestra homeostasis (envidias, celos, rabia, rencor, egoísmo,...). Si somos capaces de controlarlas tendremos mucho camino ganado a la hora de llegar a esa zona de equilibrio.
  3. Pero también hay cosas que nos acercan al centro (empatía, honestidad, colaboración, belleza,...). Estas son nuestras armas para manejar un barco que gobernamos totalmente solos. Si tenemos estos recursos disponibles, la fórmula que define el equilibrio no tendrá dificultad alguna para nosotros.

 

Este 2012 voy a trabajar en esta ecuación, voy a tratar de entender donde está el centro, el núcleo de nuestro equilibrio; porque si de algo estoy seguro, es de que en ese lugar reside el secreto para solucionar lo que nos está pasando.

 

El 2012 ya está aquí. Te deseo un año mejor que bueno, yo seguiré por aquí... y ya van cinco añitos!!!. Gracias por leerme y por estar ahí.

de tal palo tal astilla

Enviado por rober en Sáb, 17/12/2011 - 23:18

el otro día echaba cuenta de todos los amigos cuyos padres conozco. En la inmensa mayoría de los casos, el comportamiento de los hijos es paralelo al de sus padres. ¿Y qué quiere decir esto?, los hijos crecen y se desarrollan en un entorno en el que los padres son el centro del universo. La necesidad de afecto y de pertenencia nos hacen luchar con todos los recursos a nuestro alcance por conseguirlos. Las vías para conseguirlo son múltiples y muy variadas, cada una de ellas depende del carácter y comportamiento de los padres. El que se tiene que fijar en los detalles aprende a ser minucioso, al que tiene que conseguir cosas para llamar la atención aprende a ser un finalizador, el que no tiene que hacer nada cree que las cosas le vienen dadas, al que parecer le es más rentable que ser, parece... El niño busca los recovecos en esa maraña de emociones y sentimientos que le abran el camino hacia lo que necesita.

Éstas estrategias, poco a poco comienzan a convertirse en algo más que hábitos. Con el paso del tiempo, esa forma de actuar determina nuestros modelos futuros de conducta. Las personas somos el producto de otras personas. Nuestros cuidadores son los que configuran nuestra forma de ser, ellos marcan el camino a seguir para sobrevivir, y el niño aprende que para encontrar lo que necesita tiene que adaptar sus valores, comportamientos y emociones al entorno en el que le ha tocado vivir.

 

Aprendemos a sobrevivir en los entornos que crean nuestros mayores dando forma a los valores y creencias que nos definen. Ese es nuestro lugar, donde realmente sabemos cómo defendernos.

Cuando cruzamos nuestro camino con otros donde esos valores no son parte del paisaje, nos resultará mucho más difícil salir adelante, básicamente porque estamos en terreno desconocido. Esa es una de las causas principales de divorcios, separaciones, engaños,... una convivencia obligada de valores encontrados. Resultado: cada uno por su lado. 

 

En nuestro mundo, el trabajo supone una parte importante de nuestro tiempo vital. Cada día pasamos más tiempo trabajando, en la oficina y fuera de la oficina. Durante todas esas horas pasamos a formar parte de un mundo diferente al de nuestra infancia. Compañeros, jefes, proveedores, clientes, amigos,... son las personas con las que ahora compartimos nuestras vidas. Todos ellos productos de otras personas y con formas de ser y actuar muy diferentes a la nuestra. No es para nadie nuevo el esfuerzo que hacen las empresas para fidelizar a sus empleados estrella, aquellos que realmente necesitan si quieren que las cosas vayan bien. Dinero, incentivos, bonos y otras muchas formas de demostrar la valía profesional de alguien son concebidos como la llave que abre todas las puertas, pero realmente hay algo más fuerte que lo material detrás de nuestras intenciones, se trata de alcanzar lo mismo que nos movió a actuar en nuestras casas para conseguir el cariño y aprecio de nuestros padres. Esa es realmente la fuerza que fija las relaciones de una persona con su entorno profesional. Se trata de buscar un lugar donde nuestros valores y comportamiento sean paralelos a los de la organización. No quiere esto decir que no podamos trabajar y desarrollarnos en lugares donde no exista esta simetría. Es perfectamente compatible, lo que ocurre es que no se tratará de nuestro sitio. Será otro sitio, bueno o malo, no lo sé, pero de lo que estoy seguro es de que no será nuestro sitio. 

Necesitas sentirte cómodo para dar lo mejor de ti mismo. Necesitas sentirte libre para pensar y actuar, un lugar donde tu voz tenga voto, donde se aprecie tu forma de actuar y pensar. Un lugar donde existes porque eres percibido.

 

¿Por qué somos puntuales o impuntuales, por qué tenemos esa manías tan raras, por qué como lo que como, por qué conduzco como conduzco?,.... y tantas preguntas que tienen su respuesta en la combinación de valores y comportamientos de los que nos han educado. Ahí está el secreto que mueve buena parte de la acciones de la personas, un lugar que atrae a quien lo habita de una manera tan primaria que cualquier otro estímulo pasa a un segundo plano.

Hoy trabajar es un regalo, pero no por ello debemos dejar de pensar en buscar nuestro lugar. ¿Y tú dónde estás?, ¿estás cerca o lejos de ese sitio donde todo sucede de una forma más sencilla y natural, donde existir consume sólo la energía estrictamente necesaria?.

cuando + es más

Enviado por rober en Mar, 06/12/2011 - 11:13

dicen que el hambre agudiza el ingenio, o lo que es lo mismo, cuando algo importante nos falta, realmente somos capaces de aplicar una lógica poco común en nuestro día a día, pero que consigue siempre lo que necesita para sobrevivir. Las crisis son necesarias porque nos ayudan a dar un paso adelante, a evitar que nuestros hábitos nos mantengan en la apatía por el cambio. Cuando algo se quema corremos a apagarlo para evitar un incendio. Esa es la gran labor de las emociones negativas, que nos libran de muchas situaciones de peligro y funcionan como un sistema de alarma perfecto. Emociones negativas como el miedo o la furia nos protegen de una casuística variada de problemas.

Estas emociones son el revulsivo perfecto para inducir a un cambio rápido y muy concreto. Esas emociones son un mecanismo de defensa con un valor incalculable ya que han permitido que nuestra evolución haya sido una realidad. 

Pero sucede algo curioso con el cambio, la mayor parte de los cambios que tenemos que adoptar en nuestra vida no se producen bajo la presión de las emociones negativas. En la mayor parte de las ocasiones el cambio no está incentivado por algo que se esté quemando, simplemente es producto de lo cotidiano. Y cuando este cambio tan habitual en nuestra vidas se produce, ni el miedo, ni la furia, ni cualquiera de la amalgama de emociones negativas que existen producen el efecto deseado. Este tipo de cambio requiere de la creatividad, la flexibilidad y el ingenio humano, algo que no sucede en los incendios cuando nuestra primera reacción es pegar un grito y actuar de manera apresurada. Lo cotidiano está más relacionado con cosas y aspectos positivos. Es por ello que en este contexto, las emociones negativas son altamente prescindibles por carecer de la capacidad de hacer que las cosas sucedan.

 

Lo negativo tiende a estrechar nuestra capacidad para pensar debido a un elevado consumo de recursos orientado única y exclusivamente a encontrar esa piedra que tanto nos molesta en el zapato. Por contra, la sensación de bienestar abre nuestra mente y permite pensar con mayor libertad y claridad. Sin interferencias de ningún tipo, el ser humano es capaz de pensar más y mejor. Un pensamiento ingenioso capaz de crear cosas que de otra manera tardaríamos toda una eternidad.

Aunque últimamente las emociones positivas sufren una clara tendencia alcista, no creo que siempre se aborde de una manera correcta el tema. Las emociones positivas no son esa pastillita de la felicidad que te hace sentir bien y olvidar lo malo. Las emociones positivas no son más que reacciones a un entorno favorable donde hacer es más fácil que deshacer.

 

Vivimos tiempos de cambio en las empresas y en las instituciones. Cada día tenemos más claro que la crisis es mucho más grave de lo que parece. Este entorno de miedo y desconfianza hace que las emociones negativas nublen nuestra capacidad para pensar en lo que está pasando ya que nuestro único objetivo es “sobrevivir”. Si no podemos pensar con claridad, nuestra actitud será similar a la de un púgil arrinconado en el rin tratando de que no le hagan mucho daño. Si abordamos las crisis con emociones negativas probablemente éstas nos ayuden a salir adelante, pero la pregunta es: ¿en qué condiciones?. Seguramente que una posición de salida mucho peor que la que supondría un escenario donde la tensión y angustia por la incertidumbre del futuro dejase paso a un mundo de posibilidades y oportunidades. Sólo los valientes capaces de abordar así las crisis tienen la posibilidad de hacer que les pase algo más que simplemente pasarlas canutas. Hay que moverse en un mundo de posibilidades, bien sean naturales o artificiales. Nosotros tenemos la batuta que dirige la orquesta de nuestras emociones y mientras que unas generan un mundo de tinieblas y abismos, las otras son capaces de hacer sonar las sinfonías más armoniosos que el oído humano alcance a escuchar.

 

ilusiones positivas

Enviado por rober en Dom, 20/11/2011 - 14:06

¿qué tal conduces?. ¿Si te tuvieses que evaluar del 1 al 10 como conductor, qué puntuación te pondrías?. Muy pocos serían los que se pusiesen una nota inferior al 5 y estoy seguro de que una gran mayoría se movería del notable alto hacia arriba... no hay más que vernos al volante.

¿Somos fiables a la hora de evaluarnos a nosotros mismos?. Sabiendo que tenemos toda la información acerca de cada uno de nuestros actos y habilidades, ¿quién mejor que nosotros para valorar el resultado de cada una de nuestras acciones?.

 

Peter Borkenau y Anette Liebler, psicólogos de la Universidad de Bielefeld en Alemania, se plantearon estas mismas preguntas que yo me hago ahora y decidieron diseñar un experimento que arrojase luz a estas cuestiones. Para ello, seleccionaron a una persona totalmente desconocida a la que le hacían leer un informe meteorológico durante un minuto y medio. Por otro lado, había una serie de personas observando cómo leía este individuo. Una vez finalizada la presentación del informe, el lector abandonaba la sala sin mediar palabra con el resto de participantes en el experimento. Al público se le pedía que tratasen de predecir cuál era el coeficiente intelectual de quien había leído el informe. Éstos consideraban la actividad realmente compleja ya que en tan poco tiempo carecían de la información suficiente para dar una respuesta adecuada. Pero obligados a ello, cada uno de los espectadores apuntaba una posible puntuación en referencia al coeficiente intelectual del disertador.

En paralelo también se le pedía a quien había leído el informe que calculase cuál era su coeficiente intelectual. El resultado mostró que los evaluadores anónimos eran un 66% más exactos que la propia persona a la hora de puntuarse. Conclusión: somos bastante malos a la hora de autoevaluarnos!!!. 

 

La autoevaluación requiere interpretación y quizás ese sea el punto donde comienza lo tendencioso del asunto. Los psicólogos le llaman ilusiones positivas y afirman que nuestros cerebros son verdaderas fábricas de este tipo de ilusiones: sólo el 2% de los universitarios cree que sus habilidades de liderazgo están por debajo de la media, el 94% de los profesores universitarios creen que su trabajo como docentes está por encima de la media, la gente cree que tiene menos riego a sufrir un ataque al corazón o un cáncer que las personas con las que convive, y lo que todavía es más llamativo, la inmensa mayoría cree que es mucho más hábil que los que le rodean a la hora de autoevaluarse.

 

¿Cómo puede ser que incluso los compañeros de habitación, en el caso de estudiantes universitarios, sean más exactos a la hora de predecir la duración de las relaciones románticas que los propios protagonistas de las mismas?. 

Realmente esta estrategia positivista sobre nosotros mismos responde al propósito de empujarnos a la acción, de animarnos para actuar, de proveer la autoestima suficiente para sobrevivir en un mundo en el que muchas veces la realidad es tan cruel que resultaría complicado levantarse de la cama. Pero como todo en la vida, cada cara tiene su cruz, y en este caso, la cruz de esa sobrevaloración de nosotros mismos y todo lo que nos acompaña se traduce en el status quo, en la quietud como estado natural, un estado que nos protege de perder lo que tanto nos ha costado conseguir. Cuando sobrevaloramos nuestra salud no la cuidamos, cuando sobrevaloramos la calidad de nuestras relaciones las descuidamos, cuando sobrevaloramos nuestra capacidades intelectuales nos acomodamos porque total, como ya lo sabemos todo, qué más vamos a hacer. Pues para empezar, podemos preguntar y escuchar de manera sincera a los que nos rodean, porque visto lo visto, seguramente ellos tengan parte de la clave que esconde nuestra realidad.

tragedia de los comunes

Enviado por rober en Dom, 06/11/2011 - 18:38

hoy me siento generoso, y a ti y a otras tres personas os voy a dar 10€ a cada uno. Pero no contento con ello, os voy a dar la oportunidad de ganar más dinero todavía. Vamos a hacer un bote donde cada uno de vosotros va a poder depositar la cantidad de dinero que considere. La suma de las aportaciones será multiplicada por dos y repartida entre todos los participantes, de manera que si los cuatro ponéis 10€, estos se convertirán en 80€, lo que deja a cada participante con 20€. El bote se repartirá de forma proporcional entre cada participante independientemente de lo que haya aportado cada uno.

En una primera ronda tú pones 10€ pero sólo recibes 15€. ¿Qué ha pasado aquí?, esto significa que uno de tus compañeros ha decidido no arriesgar sus 10€ y quedárselos para poder gastar en alguna otra cosa, lo que deja el bote con 30€. Este dinero se convierte en 60€ a repartir entre cuatro, es decir, 15€ por cabeza. El jugador que no ha arriesgado su dinero ahora tiene 25€ (los 10 de inicio más los 15 adicionales), es decir, mucho más que aquellos que decidieron jugar por el grupo y que han mejorado su posición sólo en 5€.

 

Os ofrezco una segunda oportunidad para jugar. Os vuelvo a dar 10€ a cada uno con las mismas reglas que al principio. ¿Cómo vas a jugar ahora?; en esta ocasión seguro que tienes más dudas a la hora de determinar la cantidad a aportar al bote. Este sentimiento probablemente será compartido por los jugadores que hicieron lo mismo que tú en la jugada anterior. En estas circunstancias tu aportación es de 4€, lo mismo que los otros dos jugadores, mientras que el jugador que no había aportado en la primera ronda tampoco lo hace ahora. En estas condiciones el bote resultante es de 12€, que según las reglas iniciales se convierten en 24€ a repartir entre cuatro. Los tres que habéis aportado termináis con un saldo de 12€, mientras que quien no ha aportado nada se queda con un saldo final de 16€.

 

Seguramente si tuvieses más oportunidades para jugar, acabarías con los 10€ con los que comenzaste ya que tu confianza se habría ido erosionando jugada tras jugada. Esto es fruto de una falta de cooperación que desemboca en una desconfianza lo suficientemente infecciosa como para llevar al juego a su punto de partida.

 

Este juego describe a la perfección en qué consiste la tragedia de los comunes, un término acuñado por Garret Hardin a finales de los años 60 que describe un modelo de comportamiento en el que el propio interés personal acaba por destruir un recurso compartido finito que a nadie le interesa que se agote. Cuando usamos recursos comunes y consumimos más de lo que aportamos, construimos un modelo de consumo insostenible en el que a largo plazo quien pierde es todo el mundo. La tragedia de los comunes somete al ser humano a una doble disyuntiva: por una lado administrar en el largo plazo el consumo de unos recursos compartidos cuyo agotamiento supondrían una pérdida enorme para toda la comunidad. Y por otro lado, un beneficio cortoplacista resultado del abuso del propio sistema traducido en un consumo superior a la tasa de reposición.

 

La tragedia de los comunes es un trampa social en la que caemos con cierta facilidad. Al igual que en el juego descrito al inicio, seguramente tú eres una persona que quiere ser honesta, pero ¿qué ocurre si todos los demás se aprovechan de esa honestidad para su propio beneficio?. Seguramente tu modo de comportarte cambiaría e incurrirías en acciones implanteables cuando existía la confianza inicial.

La confianza es el lubricante que hace que el engranaje de la economía, las empresas, o la sociedad funcionen. Ocurre que en una sociedad con un número de habitantes creciente y con un número de recursos finitos, la tragedia de los comunes obliga a diseñar un nuevo mundo donde no se puedan saquear aquellos bienes que nos pertenecen a todos y a ninguno.

Cada uno de nosotros tenemos nuestra cuota de egoísmo particular. Cuando lo dejamos campar a sus anchas corremos el enorme riesgo de malgastar algo tan importante como la confianza, y cuando nos quedemos sin confianza nos convertiremos en lobos.

7.000.000.000

Enviado por rober en Dom, 30/10/2011 - 18:15

en un blog dedicado a hablar de las personas no se podía pasar por alto esta noticia: durante este fin de semana nacerá el habitante 7000 millones del planeta.

Es una cifra lo suficientemente alta como para no pasar desapercibida, un número que diluye nuestra individualidad entre tanto cero. Si somos tantos será por algo, digo yo que habrá algo que compensa en todo esto, si no fuese así hace tiempo nos habríamos extinguido. Esta claro que cuando estamos juntos tenemos una clara tendencia a multiplicarnos, esto explica que la mayor parte de las personas viva en ciudades atestadas de cada uno de nosotros.

Las ciudades son parte de la explicación de este crecimiento de la población del planeta. A medida que nos hemos ido concentrado en las ciudades el número de interacciones humanas se ha incrementado exponencialmente, y buena muestra de ello son esos 7000 millones. Más personas es lo mismo que más cerebros, más cerebros conducen a una mayor capacidad para pensar e innovar, y fruto de esta secuencia lógica resulta nuestro mundo. Obviamente tiene cosas buenas y malas, prefiero pensar en las buenas pero no puedo pasar por alto las no tan buenas. Somos depredadores natos, y esa característica nos ha llevado a consumir nuestro mundo como si fuera un cigarrillo. Recursos limitados que no llegan para abastecer al ansia humana por tener y consumir. Esto ha generado tensiones entre los que tienen y los que no tienen, y ha sido el resultado de todo tipo de disputas, desde las grandes guerras, a simples discusiones de trabajo.

 

El hecho de habernos multiplicado deja patente nuestro carácter social. Somos animales que necesitamos de la comunidad para vivir y sobrevivir. Lo curioso del tema es que esa tendencia socializadora hace que surjan mil formas de ver y entender el mundo. Diferentes visiones dan a lugar a todo tipo de tensiones que nos convierten en seres menos racionales de lo que parecemos ser. Es nuestra irracionalidad la que guía estas relaciones sociales traducidas en egoísmo, envidia, rencor, ira y otras formas de sentir que hacen que el equilibrio del grupo sufra en pos de las necesidades del individuo. En un mundo que sufre de sobrepoblación, este hecho supone un verdadero problema para mantener el tan necesario equilibrio.

 

Si somos más, tenemos la obligación de pensar en los demás. Si tenemos lo mismo para compartir con un mayor número de personas, es evidente que tendremos que buscar la fórmula de reducir esas diferencias que generan tensiones letales. Debemos construir un individuo mejor, una persona que a través de su identidad sea capaz de integrarse en la globalidad. Este hecho no pasa por tener menos, lo que verdaderamente necesitamos es tener mejor. Cuando sabes tener es menos probable que todo ese flujo irracional que conduce a las tinieblas de las emociones guíe tus actos. Nuestra naturaleza social posee el secreto de la convivencia armónica, esa que utilizamos con quienes conocemos y queremos pero que tan poco usamos con el resto del mundo.

 

Sé que el post suena a un declaración de intenciones imposible, un sueño difícil de alcanzar y que queda lejos de nuestra capacidad de acción. Pero como dice el famoso eslogan de Adidas: Impossible is nothing. ¿Si yo cambio, en qué cambia el resto del mundo?. El poder de una ación es exponencial cuando ésta está guiada por la autenticidad de las intenciones. Si eres lo suficientemente hábil para inspirar con tus actos, entonces éstos nunca morirán en el olvido, ellos serán los causantes de una marea interminable. Básicamente consiste en ser un poco menos yo y un poco más nosotros.

Si conseguimos que el número de interacciones entre las personas sea positivo, será más probable construir una sociedad cada día más grande sin que ello suponga la causa de una convivencia cada día más difícil. Convivir es vivir, ¿y tú cómo quieres vivir?

 

Bienvenido ciudadano del mundo 7.000.000.000!!!.

recuerdos imperfectos

Enviado por rober en Dom, 23/10/2011 - 17:52

nuestra naturaleza como seres sociales tiene un gran efecto sobre el funcionamiento de nuestra memoria. Las personas somos grandes contadores de historias, nuestra vida es recordada en formato de historia y es narrada como tal. Este formato nos permite evitar esos vacíos de información que tanto nos molestan y al mismo tiempo le dan continuidad y coherencia a esas realidades individuales que conforman nuestras vidas.

La realidad objetiva, es decir, los hechos tal y como son, es una realidad sin importancia ya que nuestra memoria le da la forma que más le conviene y la convierte en aquello que necesita para que tenga el sentido que la persona precisa. Como dice José Bergamín: “soy subjetivo, ya que soy sujeto. Si fuese objetivo, entonces sería un objeto”.

 

La realidad objetiva es una anécdota frente a la realidad subjetiva. Esta última es la que conforma nuestros recuerdos y define el signo de nuestras experiencias. Pero hay algo que matiza y transforma la realidad subjetiva, se trata de nuestra naturaleza social. La necesidad de vivir en comunidad y sentir que se forma parte de la misma, hace que nuestra memoria sea lo suficientemente flexible como para crear el paisaje que nuestro entorno necesita, aunque éste sea falso. Vivir en sociedad es un hecho complejo, pertenecer a un grupo requiere de una labor de comprensión y flexibilidad realmente complicada que de no existir convertiría al ser humano en un ermitaño incapaz de convivir con sus semejantes. Nuestra necesidad de vivir en la manada, ha hecho que nuestra memoria haya evolucionado hasta convertirse en una herramienta que permite y facilita nuestra supervivencia en la sociedad.

 

Imagínate que vas en tu coche por un lugar que no conoces. Es mediodía y necesitas encontrar un lugar donde comer. En la carretera encuentras dos restaurantes, uno enfrente del otro. El parking de uno de ellos está lleno, mientras que en el de enfrente sólo hay un par de coches, ¿en cuál pararías a comer?. Creo que la respuesta es bastante evidente. Solemos asumir que algo es bueno o malo en función del comportamiento de los demás. Algo similar sucede con nuestra memoria, cuando pensamos de manera individual observamos los hechos de una forma concreta, pero cuando estos mismos hechos son sometidos al consenso del grupo, es muy probable que nuestra percepción sufra ciertos matices para adaptarse a la idea del colectivo. Puede incluso ocurrir que la idea comunitaria sea errónea o esté muy alejada de lo sucedido realmente, pero independientemente de ello, las personas somos lo suficientemente hábiles como para crear el guión que sustenta ese error y lo hace lógico y evidente.

 

Esta plasticidad que muestra nuestra memoria ha sido estudiada y analizada a través de resonancias magnéticas del cerebro. Los científicos han detectado las causas neuronales de esa capacidad que poseemos para creer algo que no es correcto y asumirlo como dogma de fe simplemente porque los demás así lo hacen. Básicamente se basa en una activación simultánea del hipocampo y la amígdala. Estas dos áreas de nuestro cerebro son las encargadas, respectivamente, de la memoria a largo plazo y las emociones. Cuando ambas áreas se activan de forma concurrente, el resultado es la creación de recuerdos inexactos que proveen a nuestra memoria del componente social que necesita para crear la trama que le permita formar parte del rebaño.

 

Muchos de los grandes descubrimientos de la humanidad estuvieron basados en impedir que esta característica de nuestra memoria modificase nuestro comportamiento. Inventores, científicos, artistas, pensadores,... personas que no permitieron que el poder de la masa modificase una realidad que era percibida de manera diferente y cuyo descubrimiento y comprensión les condujo a resultados diferentes. El precio, en muchos casos, los llevó a ser tachados de locos, huraños, personas con escasas habilidades sociales. A cambio obtuvieron el premio de comprobar que su visión de la realidad era la correcta y no la que el grupo trataba de imponer. 

Entre el incomprendido y el borrego existe un mundo de seres humanos capaces de compaginar su naturaleza social con la certeza de que un mundo propio existe y cuyo entendimiento permitirá conocer muchas de las cosas que le suceden a uno.

ventanas rotas

Enviado por rober en Dom, 16/10/2011 - 13:01

en 1969, Philp Zimbardo realizó un experimento muy interesante en las, entonces más que nunca, peligrosas calles del Bronx. El experimento consistía en abandonar un coche abierto y sin placas de matrícula. A los pocos minutos la gente comenzó a robar componentes del coche consiguiendo que tras varias horas el coche no tuviese nada de valor en su interior. Tres días después, a pesar  de que ya no hubiese nada atractivo que pudiera llamar la atención de los ladrones, la gente seguía causando todo tipo de destrozos al coche hasta conseguir dejarlo totalmente inservible.

El mismo experimento se realizó posteriormente en un lujoso barrio de la localidad californiana de Palo Alto. Pasados unos días desde el abandono del coche, Zimbardo observó que éste no sufría ningún tipo de percance y decidió tomar cartas en el asunto, para ello se armó con un martillo y abolló en diferentes sitios la chapa del coche. Esta fue la medida que realmente despertó la consciencia de los vándalos para que el coche sufriera las mismas fases de degeneración que el abandonado en las calles del Bronx.

 

Este experimento de Zimbardo fue el germen de la teoría de las ventanas rotas presentado por James Wilson y George Kelling en su libro “Arreglando ventanas rotas: Restaurando el orden y reduciendo el crimen en nuestras comunidades” sobre criminología y sociología urbana. Esta teoría presenta la idea de que si tienes una ventana rota en un edificio y no la cambias, a los pocos días, aparecerán nuevas ventanas rotas y así sucesivamente hasta convertir el edificio en un lugar inhabitable. Esta teoría confirma la importancia de atajar los problemas cuando aún son pequeños y controlables, porque una vez que pasan este punto, solucionarlos es realmente complicado y costoso.

Esta teoría fue puesta en práctica en el Nueva York de los 80, un lugar donde el crimen campaba a sus anchas y convertía a esta ciudad en un lugar muy peligroso. Para abordar este problema de tan difícil solución se apostó por la tolerancia cero en temas tan triviales como los grafitis o el control de acceso al metro. Éstas fueron las claves a la hora de hacer que el índice de criminalidad se redujese drásticamente y la ciudad se convirtiese en lo que hoy es.

 

La teoría de las ventanas rotas desprende muchas lecturas interesantes. La primera que me viene a la cabeza es la del efecto contagio. El ser humano, como ser social, incluye en su repertorio de comportamientos el que lo convierte en rebaño. Cuando formamos parte de la manada, la responsabilidad de nuestras acciones queda diluida en medio de la masa y es así como el ser humano se convierte en un títere al servicio de la comunidad. El rebaño y sus acciones son las responsables de que algo anecdótico puede convertirse en algo realmente inmenso (en lo bueno y en lo malo). 

Otra lectura de esta teoría tiene que ver con la importancia del contexto. Si algo se abandona, poco a poco, el entorno lo degrada hasta el punto de hacerlo totalmente inservible. Los criminales, como dice Malcolm Gladwell, son personas especialmente sensibles a este tipo de señales que se producen en el entorno y que les inducen a delinquir. Esta apreciación no sólo es aplicable a los criminales, también a los vándalos, pesimistas, vagos, maleducados, maltratadores,... Las personas prestamos atención a aquello que más nos interesa, por ello es importante cuidar los sistemas que nos rodean, porque si los descuidamos, siempre habrá alguien dispuesto a aprovechar ese hueco para convertirlo en un pozo sin fondo.

 

El día que descubrí la teoría de las ventanas rotas comprendí muchas cosas, por ejemplo, la crisis financiera que estamos padeciendo. Esta crisis es fruto, entre otras muchas cosas, de pasar por alto señales que indicaban que debíamos tener cuidado pero que fueron minimizadas y consideradas anécdotas convirtiendo al sistema en un lugar donde todo valía. Lo mismo ocurre con el comportamiento de un niño, si un día permites algo que no se debe consentir, ese mensaje es complicado de revertir en el futuro cuando lo permitido un día se convierte en un hábito. ¿Y qué me dices de lo que ocurre cuando a alguien le ofreces una mano y te coge el brazo?, en situaciones de este tipo, si no le pones freno a tiempo, sabes que en el futuro te depara algo que seguramente acabará en una situación incómoda. Los lugares de trabajo son sistemas donde la teoría de las ventanas rotas también tiene una importancia brutal ya que son la clave para determinar el tipo de cultura que vive la empresa, por ejemplo, si das cobijo al vago sabes que dejas abierta la puerta a la cultura del mínimo esfuerzo y el escaqueo. 

 

No me gusta hablar de tolerancia cero, es algo que me suena demasiado inquisitivo, pero sí que me gusta la idea de cuidar los entornos en los que nos movemos, porque su conservación demuestra interés y advierte al resto del mundo de que eso es algo importante para nosotros y que su degradación es un escenario que no nos gusta y que no vamos a permitir.

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