sentimientos

la envidia

Submitted by rober on Sun, 21/11/2010 - 20:49

 

uno de los grandes males que sacude nuestra sociedad es la envidia, pero la envidia no siempre fue mala. Este sentimiento no nos lo hemos inventado nosotros. La envidia nos ha acompañado a lo largo de la historia. Durante muchos años fue ésta la que nos ha permitido evolucionar. Querer tener más que el vecino nos empujó para conseguir todo lo que tenemos ahora. Por eso que la envidia tiene un gran valor evolutivo. Este sentimiento se ha ido convirtiendo por derecho propio en un rasgo común de nuestro comportamiento.

 

¿En qué punto nos encontramos en la escala evolutiva de la envidia?. Durante los últimos siglos la envidia ha pasado de ser un rasgo evolutivo básico para el crecimiento, en un cáncer social que conduce a la destrucción del poder colectivo. Hoy la envidia también es conocida por la aversión a la desigualdad. Somos capaces de sacrificar cualquier tipo de recurso (tiempo, dinero, esfuerzo, compromiso, ...) para intentar reducir lo máximo posible el gap que nos separa del nivel de bienestar de otras personas. Cuando no teníamos nada, la envidia era buena porque nos ayudaba a estar mejor. Pero resulta que hoy tenemos más de lo que necesitamos, y en este nuevo contexto, la envidia deja de ayudar y comienza a restar en nuestro nivel de bienestar. Tenemos más que nunca y somos más infelices. La OMS advierte que en el 2020 la depresión será la segunda  causa de incapacidad en el mundo. Hemos cambiado las enfermedades de la pobreza por las enfermedades de la riqueza, y quizás uno de los causantes sea esa envidia evolutiva, una envidia que se ha convertido en parte de nuestro subconsciente y cuya inercia nos ha hecho enfermar.

 

Hemos cambiado las cavernas por nuestras oficinas y lugares de trabajo. Al principio queríamos tener un jabalí más que el del vecino, y ese ímpetu nos dio ventajas a la hora de salir adelante. Pero en los nuevos entornos de trabajo ya no ansiamos cosas que nos hagan estar mejor. Ahora el ansia ha pasado a influir de una manera directa sobre nuestros sentimientos, lo que a su vez ha provocado que nuestro juicio se nuble. Cuando decidimos influenciados por este sentimiento es muy probable que no tomemos la mejor decisión, sino aquella que calme nuestra aversión por la desigualdad. 

Las organizaciones son un caldo de cultivo perfecto para que se reproduzcan este tipo de comportamientos: salarios, jerarquías, cargos, responsabilidades, poder, contactos, ... todo un repertorio de políticas y prácticas que correlacionan de manera directa con la envidia; cuando éstas crecen, nuestra envidia crece. Sus efectos son popularmente conocidos, y abarcan una inimaginable fuente de creatividad: zancadillas, mentiras, peloteo, deslealtad, ... ¿Y cómo se termina con todo ello?. Fácil, solucionando la aversión por la desigualdad. Ya, ¿y cómo se hace eso?. Cada uno debería buscar su fórmula pero yo me atrevo a indicar la dirección.

 

Vivimos de afuera-adentro. Los que nos rodea nos construye como personas y eso nos convierte en dependientes del refuerzo exterior. Por eso necesitamos una casa más grande que la del vecino, o un coche más rápido que el del compañero, o un salario de vértigo que todos nuestros amigos envidien para así saber que estamos bien pagados. Cuando vivimos de este modo es importante saber que las riendas de nuestra vida las lleva nuestra envidia.

Por contra, cuando construyes de dentro-afuera, el foco cambia totalmente. Ahora ya no vivimos pendientes de lo que digan los demás, ahora es mucho más importante saber qué es lo que nos hace sentir bien, y cuando lo averiguamos buscarlo constantemente. Además, el propio lenguaje popular nos demuestra que hay una envidia, conocida como sana, que nos ayuda y beneficia en ese camino del bienestar propio. Este debe ser el principio, nosotros mismos.

 

¿Por qué hacemos las cosas?, ¿por lo que nos gusta, o por lo que les parezca a los demás?. La envidia nos ha traído una gran crisis de vocación.

sentir y pensar

Submitted by rober on Sun, 14/11/2010 - 13:33

el gran Antonio Damasio demostró allá por lo años noventa que para pensar hay que sentir. Cuando alguien es incapaz de sentir, será incapaz de pensar con juicio. Para ello llevó a cabo un experimento (Iowa gambling task) con un grupo de voluntarios a los que se les entregaron 2000$ para apostar a las cartas. Se trataba de 4 barajas diferentes. Los participantes tenían que elegir una carta, por cada carta ganaban algo de dinero, pero en función de la carta que eligieran había cierto riesgo. Las cartas de las barajas A y B otorgaban derecho a un beneficio de 100$, pero a su vez llevaban un riesgo asociado de 1.250$. Las cartas C y D reportaban un beneficio de 50$ y un riesgo de 250$. Las cartas de las diferentes barajas se mezclaban aleatoriamente unas con otras, pero los investigadores amañaron los cortes de las barajas creando cuatro montones con diferentes opciones de riesgo. Dos montones tenían más cartas de tipo A y B de manera que el riesgo era más alto. Y en los otros dos montones predominaban cartas de tipo C y D. Tras los 10 primeros movimientos los participantes intuían cuáles eran los montones que les reportaban un beneficio a largo plazo.

Esta misma prueba se le hizo a personas que sufrían una disfunción orbitofrontal de la corteza, o lo que es lo mismo, personas incapaces de experimentar emoción alguna. El resultado fue totalmente diferente. Las personas que sufrían esa deficiencia no eran capaces de entender que los montones donde había más cartas A y B eran mucho más arriesgados. Ellos sólo veían el beneficio inmediato y no eran capaces de asociarlo con el sentimiento de temor por la pérdida asociada. Al final los pacientes enfermos no eran capaces de encontrar la manera de ganar dinero, mientras que las personas que disfrutaban del placer de sus emociones lo encontraban gracias al miedo que sentían por perder el beneficio acumulado.

Las emociones son la antesala del pensamiento, ellas son quienes guían nuestra consciencia. Si estoy triste ya sé dónde va a estar mi pensamiento, al igual que lo sé cuando estoy contento. Es emocionante que las emociones definan el pensamiento porque ello indica que son un rasgo que nos ha permitido salir adelante en el proceso evolutivo, los sentimientos siempre nos han llevado por el camino correcto ya que nos han permitido escoger el camino que más nos beneficiaba.

El pasado siglo fue tiempo de hemisferios izquierdos. Un mundo dirigido y guiado por el número, la lógica y la razón. Todo sucedía por algo, todo tenía una causa. Ese paisaje era lo suficientemente determinista como para poder calcular el resultado. Fueron tiempos en los que sufríamos una disfunción orbitofrontal de la corteza, fueron tiempos de pensar sin sentir. Calculamos y calculamos y nos olvidamos de calcular cómo nos sentíamos. Se construyeron empresas e instituciones perfectamente habilitadas para la razón pero no para el corazón.

Pero el nuevo siglo viene pidiendo algo más. Requiere más emoción en la acción. Esas viejas estructuras donde la emoción está mal vista ya no son eficientes en términos del nuevo siglo. El nuevo siglo reclama un mayor beneficio emocional, lo cual no significa que se desprecie el beneficio económico. Ambos deben ser proporcionales.

Damasio y sus colegas abrieron las puertas a una nueva forma de pensar, bueno, no tan nueva, ya que nuestros ancestros ya la utilizaban, lo que ocurre es que nosotros la hemos ido perdiendo a medida que nuestras vidas se han ido haciendo más cómodas. Este nuevo entorno de confort nos ha alejado de nuestra capacidad para sentir. Ahora no sentimos hambre, ni frío, podemos elegir la cantidad de miedo que nuestro cuerpo necesita, nuestras necesidades más importantes están cubiertas. Hemos viajado de la sabana a los salones de nuestras casas y por el camino nos hemos ido olvidando de lo importante que es sentir.

Pensar con la razón, con la cabeza fría, alejándose del corazón pudo responder a la necesidad de un tiempo; pero los tiempos que nos quedan por vivir exigen algo más, algo que teníamos y que hemos perdido. Cuando volvamos a sentir iremos recobrando lentamente el sentido común, porque “sentir” + “pensar” es = “vivir.”

los mineros anonimos

Submitted by rober on Sun, 17/10/2010 - 21:51

el 13 de noviembre de 1985 acababa de cumplir 10 años y sucedió algo que jamás he podido olvidar. Ese fatídico día, el volcán Nevado de Ruíz entraba en erupción provocando la avalancha del río Lagunilla que borró del mapa la ciudad de Armero (Colombia). Aquel desastre dejó un saldo de 26.000 muertos, pero mi recuerdo es para sólo uno de ellos. Se trata de Omayra Sánchez, una niña de 13 años que quedó atrapada entre los escombros sin posibilidad de ser liberada. Durante 60 horas los medios de comunicación nos ofrecieron las imágenes de aquella niña a la que la vida se le iba apagando en directo. Finalmente perdió la consciencia y murió víctima de una gangrena gaseosa. Aquellas imágenes quedaron grabadas en mi memoria para siempre.

Esta semana el mundo entero ha vivido en directo la liberación de los ya famosos mineros chilenos. Este hecho ha generado una expectación inusual, similar al de la pequeña Omayra. 

 

Resulta increíble comprobar lo desapercibidos que pasan algunos grandes desastres, sin ir más lejos, este mismo año hemos vivido el terrible terremoto de Haití o las dantescas inundaciones en Pakistán. En ambos casos, el número de muertos arroja cifras escalofriantes que aglutinan miles de “pequeños” dramas familiares y personales, pero éstos no hacen que nuestras emociones reaccionen de la misma manera que los casos con nombre propio, como el de Omayra. En mi caso, no me vienen a la cabeza los cientos de muertos en el genocidio de Ruanda o en el tsunami del sudeste asiático. Una famosa frase de la Madre Teresa de Calcuta resume a la perfección el efecto de las víctimas identificables “si miro a la masa nunca actuaré, si miro al individuo lo haré”.

 

Paul Slovic, fundador y presidente de Decision Research ha realizado diferentes estudios sobre este hecho. Los experimentos fueron muy sencillos, se le preguntaba a la gente cuánto dinero estaría dispuesta a donar para diferentes causas benéficas. Una de esas causas era salvar a Rokia, un niño desnutrido de Mali. La gente reaccionó con gran generosidad ante las imágenes del cuerpo esquelético de aquel niño con unos enormes ojos marrones vidriosos.

La otra causa benéfica consistía en donar dinero para solucionar el problema del hambre en el continente africano. En este caso se proveía a los participantes de escalofriantes estadísticas sobre los devastadores efectos de la hambruna en el olvidado y maltratado continente africano. 

Las donaciones para salvar a Rokia fueron, de media, de 2,5$. En el caso de las donaciones para solucionar el problema del hambre, éstas fueron un 50% inferiores.

 

El resultado del estudio parece no tener sentido alguno. ¿Qué es más importante, salvar a Rokia o tratar de solucionar la causa de un problema global para todo un continente?. Tal y como concluye Slovic, el problema reside en las frías estadísticas, éstas son incapaces de activar nuestras emociones morales. Nuestra mente no está capacitada para comprender el sufrimiento a una escala tan grande. La caridad humana está fuertemente relacionada con nuestros sentimientos de compasión, nada tiene que ver con el frío raciocinio o cálculos objetivos.

 

A pesar de ello, hay ciertas personas a las que el efecto de las víctimas identificables les influye menos que a otras. Según nos demuestra James Friedrich, de la Willamette University, esto es debido a que estas personas utilizan un mayor procesamiento analítico, es decir, son más racionales e intentan no guiarse por su intuición y sentimientos. El procesamiento analítico acalla los sentimientos y permite actuar con mayor claridad a nuestro hemisferio izquierdo del cerebro. 

De lo visto estos días en Chile me da la sensación de que éste es un buen ejemplo de esta dicotomía. Dos mundos: uno en la superficie y otro a 500 metros bajo tierra. 

En la superficie, medio mundo sufría por 33 trabajadores atrapados en condiciones infrahumanas en una mina víctima de unas pobres condiciones laborales. Estas circunstancias, y el hecho de ver a los mineros y sus familias en televisión avivó un sentimiento global de compasión que llevó a no reparar en gastos para liberar a estas personas. 

Bajo tierra, estas personas vivían atrapadas lejos de sus familias y sin saber si podrían salir de allí. El contacto con el exterior les hizo albergar esperanzas. La soledad y el aislamiento son difíciles de sobrellevar si eres presa de sentimientos como el miedo o la tristeza. El antídoto: utilizar el hemisferio izquierdo del cerebro para hacer cábalas de cómo podrían ser sus vidas una vez liberados de esa cárcel infernal.

 

El final ha sido feliz, pero de lo ocurrido deberíamos aprender que detrás de los grandes números se esconden realidades demasiado importantes como para que sean olvidadas. ERE´s, paro, déficit, quiebras, ... tienen sepultadas a miles de personas en túneles de difícil salida que están esperando ayuda. ¿Acaso ellos no merecen el mismo esfuerzo?.

acción por omisión

Submitted by rober on Sat, 02/10/2010 - 12:11

cada día mueren cientos de miles de personas en nuestro planeta por carecer de los aspectos más básicos para la vida. Siempre tenemos la sensación de que con muy poco se podrían cambiar muchas cosas, pero se queda solamente en eso, una mera sensación. Nuestros mandos a distancia nos permiten cambiar de canal para que la vida siga su curso y hacer que esa sensación se desvanezca entre las múltiples banalidades de nuestra vida diaria. Esta omisión de ayuda no nos hace sentir culpables de las miles de vidas que podríamos salvar con nuestras acciones, simplemente con pensar “... y yo que voy a hacer” nuestra mente pasa página.

Este mismo patrón se reproduce a nivel más micro con un tema tan polémico como la eutanasia. Consideramos que dejar morir a una persona al suprimirle la ayuda artificial que la mantiene viva es muy diferente a suministrarle una sobredosis de cualquier medicamento para evitar el sufrimiento.

 

Para el ser humano, la omisión está mejor valorada que la acción. Se trata de una regla empírica que nuestra mente lleva impresa a fuego, o lo que el psicobiólogo de la Universidad de Harvard, Marc Hauser, llamaría un principio de la moral universal. Este profesor de Harvard afirma que la moral no sólo es fruto del uso y costumbres del entorno en el que estamos inmersos, hay una serie de principios morales comunes a todos los seres humanos que al parecer son innatos. El profesor Hauser afirma que estos principios han sido una estrategia a través de la cual el ser humano ha podido abrirse paso en la  difícil carrera de la evolución.

 

Hauser justifica que nos sentimos más cómodos en la omisión porque nos es mucho más sencillo ver las intenciones de las acciones que de las omisiones. 

La omisión, o falta de actividad, es perfectamente justificable, cualquier excusa bien argumentada le puede dar sentido a nuestros no-actos. Moralmente, la omisión actúa como un anestesiante para nuestra consciencia, permitiendo que podamos seguir actuando sin remordimientos a pesar de que en nuestro entorno reine el caos.

Por el contrario, la acción lleva implícita la intención y ésta es difícil de excusar o esconder. La acción es la antesala de los remordimientos, de los sentimientos y las emociones. Cuando actúo siento, cuando omito me escondo.

 

Estamos programados para sobrevivir y somos especialistas en el ahorro de recursos emocionales. Es por ello que la omisión siempre ha sido un camino fácil de transitar para evolucionar. Pero la omisión nos puede hacer caer en la desgracia de vivir por vivir, de vivir sin sentir o de no arriesgar por no sufrir. El mundo es de los valientes, de los locos que se atreven a hacer cosas aún a riesgo de salir mal parados. Esas son las personas que son protagonistas de sus vidas. Pero hay algo peor todavía que no actuar, se trata de estar detrás de la barrera criticando a lo que se parten el pecho por hacer lo que creen en cada momento.

 

Es peligroso dejarse atrapar por las garras de nuestra inconsciencia escuchando únicamente los cantos de sirena de la omisión. Sin duda es el camino más fácil, pero el talento, la vocación o la pasión se construyen desde la acción. Éste es un camino lleno de errores, fallos, momento duros, ... que son parte del camino y que no tienen más excusa que la de evolucionar.

generation me

Submitted by rober on Sun, 06/06/2010 - 22:53

  el pasado 27 de mayo, Sara H. Konrath, presentó en la Association for Psychological Science Annual Convention de Boston un estudio titulado: Empathy is declining over time in American college students. En dicho estudio se demuestra una alarmante caída en lo niveles de empatía de los estudiantes, en concreto, estos puntúan un 40% menos que generaciones precendentes. ¿Puede ser este dato relevante para el resto del mundo?. Creo que el modelo de consumo que presenta el mundo occidental hace que el patrón sea perfectamente válido, con lo cual, los resultados del estudio pueden ser extrapolados con bastante fiabilidad a nuestro entorno. 

 

En este estudio se habla de lo que ya se denomina “Generation Me”. El YO en mayúsculas. Egocéntricos, narcisistas, competitivos, seguros de sí mismos, son algunas de las características que definen a este generación. Konrath explica varios factores que pueden contribuir a que esta tendencia sea cada día más evidente. 

Por un lado tenemos el papel de los medios de comunicación y el mercado del video juego. Los jóvenes de hoy en día reciben un gran número de impactos de alto contenido bélico, en el que en muchos casos, principalmente en los video juegos, ellos son los protagonistas principales. Esta interacción constante con el dolor ajeno hace que no lo valoremos como corresponde.

Las redes sociales también están teniendo su cuota de protagonismo. Con el cambio de concepto de amistad que ahora proponen las redes sociales (desde mi punto de vista, ahora es amigo tuyo cualquier persona que se cruza a menos de 5 metros en tu vida), el hecho de perder un amigo, de cuidarlo, de apoyarlos, de esforzarse por su bienestar,... pierden parte de su significado. Estos nuevos “amigos” van y vienen en función de las necesidades personales.

El modelo de éxito que se propone a los jóvenes tampoco ayuda a que se trabaje la empatía. Entornos enormemente competitivos donde no hay tiempo para escuchar, sólo para actuar en pos de conseguir algo muy grande para uno, los demás que se preocupen de lo suyo.

 

Si me preguntan cuál es una de las características fundamentales de un buen profesional, sin duda, una de ellas sería la empatía. Por eso me llama tanto la atención las conclusiones del estudio de Konrath. Si éstas son correctas, y a mi me parece que están bien encaminadas, tenemos un motivo de preocupación en las empresas. Destruir este valor es un suicidio. Pero más allá del ámbito empresarial, construir una sociedad llena de vanidad y huérfana de empatía, es construir una sociedad infeliz y tendente a la depresión crónica. Hace poco leía la definición de una una niña de 9 años sobre la felicidad; ésta hablaba de dar las gracias, de querer a sus padres, estar con sus amigos, sonreír,... ¿leéis entre estas características alguna que haga referencia al yo?. La conclusión es que la felicidad está en nuestra capacidad para conectar, para hacer felices a los otros. Centrarnos en exceso en nuestro bienestar puede hacernos olvidar el bienestar de los demás.

 

También es importante no confundir la empatía con la simpatía. Eso de ser el más enrollado del lugar poco tiene que ver con ponerse en el lugar del otro. Quizás tenga más que ver con las ganas de agradar, de gustar, en definitiva, del propio beneficio. Ser empático no es fácil, no tiene beneficios a corto plazo, puede incluso resultar incómodo, pero a largo plazo deja un gran sabor de boca y fortalece los lazos entre personas, algo que como dice nuestra amiga de 9 años ayuda a las personas a ser felices.



 

¿Quieres saber cómo andas de empatía?, pues aquí te dejo unos deberes.

costes de hundimiento

Submitted by rober on Sat, 20/03/2010 - 11:00

 

se acercan las vacaciones de Semana Santa y es tiempo de decidir entre la playa o la montaña. Las vacaciones son un momento importante a la hora de tomar decisiones. El tiempo, presupuesto, logística, días disponibles, .... y otros muchos factores que determinan la decisión. Una vez tomada la decisión es momento de disfrutar. Ocurre a veces que los planes se truncan por diferentes motivos. Pero una vez en destino acatamos la decisión y permanecemos allí a pesar de cualquier tipo de circunstancia adversa. Da igual el coste, lo importante es seguir adelante con los planes.

Solemos ser testarudos cuando llevamos a cabo algo. Los motivos son variados: el tiempo invertido en la planificación, salirnos con la nuestra, autoconvencernos de que hemos tomado la decisión correcta, ... y esto a pesar de que las cosas sean todo menos lo deseado.

Hay un sinfín de comportamientos similares a estos, pensemos por ejemplo en las mentiras. Una vez tomada la decisión de mentir es difícil echarse atrás a pesar del coste de la misma. Y quién no ha montado alguna vez muebles de Ikea. Si eres como yo, de los que no se leen las instrucciones, comienzas a montar a toda prisa para terminar lo antes posible. Muchas veces ves que aquello no va como debería, pero ya no es momento de echarse atrás, si hay que forzar tornillos o hacer más agujeros de los necesarios, se hacen. Otro caso similar sucede cuando estas perdido, en vez de preguntar o buscar un mapa, tiras hacia donde tú crees, fiándote de un sentido de la orientación que casi seguro te va a fallar.


Este tipo de comportamientos tienen algo en común: el coste de hundimiento. Se trata de un dilema que nos plantea dejar la actividad por conducirnos a una pérdida de tiempo y dinero, o seguir adelante a pesar del más que previsible nefasto resultado final. La mayor parte de las veces asumimos que a pesar del alto riesgo de fracaso debemos continuar para tratar de sacar adelante lo que tenemos en mente. Sobre el papel parece ridículo, pero párate a pensar cuántas veces has seguido adelante en situaciones de este tipo.

La vida nos va enseñando a calcular el beneficio y la pérdida. Y es precisamente la diferencia entre ambas la que determina la rentabilidad. Cuando los beneficios de la acción son superiores a las pérdidas, esta claro que seguir adelante merece la pena. El problema aparece cuando las pérdidas superan a los beneficios. En este tipo de situaciones conviene pararse a pensar por un segundo. ¿Para qué estoy aquí?; esa es una buena pregunta que hacerse para empezar. Lo primero que hará es colocarnos en el plano temporal más importante, el presente. 

Una vez ubicados en el presente es hora de empezar a echar cuentas. Lo bueno que tiene hacer cuentas es que elimina de la ecuación la subjetividad. Ni el ego, ni la vanidad, ni la avaricia, ni el miedo, ni la vergüenza, ni nadie va a alterar el resultado. Lo que es, es. Este ejercicio nos dirige al otro plano: la objetividad. Una vez situados en el presente, dotar de objetividad a la decisión la hará más acertada.


¿En cuántas reuniones nos hemos empeñado en sacar nuestras ideas adelante?, ¿cuántas negociaciones con otras personas hemos perdido por intentar salirnos con la nuestra?, ¿en cuántas relaciones profesionales hemos fracasado?. El trabajo es un entorno donde se producen miles de estas situaciones con costes de hundimiento altos. Cada día los entornos de trabajo se convierten en improvisados escenarios donde se pueden ver multitud de estas representaciones. Batacazos, batacazos y más batacazos. Ese es el resultado. ¿Por qué?, porque no conocemos el coste que supone no echar cuentas, porque dejamos que nuestra cabeza se nuble con malos sentimientos que dan forma a nuestras acciones.

No tenemos problema para hacer cuadros de mando de lo que nos pidan, pero el único que nos cuesta realmente hacer, es aquel que tiene que ver con nosotros mismos. Si fuésemos capaces de hacerlo ahorraríamos mucha energía, energía consumida tratando de sacar adelante cosas que no tienen sentido. En el mundo de las relaciones, entre ellas la profesional, los costes de hundimiento son los más altos. Montar mal un mueble de Ikea o perderse en una ciudad por no preguntar, no tienen realmente un coste de hundimiento alto. Pero párate a pensar en lo que supone un alto coste de hundimiento en una relación personal. Ya no sólo es tiempo, aquí se pierde mucha energía, se debilita la reputación y afecta a la imagen. Precios altos que merecen la pena ser controlados. Así que la próxima vez que te veas en una situación de este estilo .... echa cuentas ya!!!.

 

1 + 2 = 3

Submitted by rober on Fri, 05/03/2010 - 18:52

 estos días hemos visto en Vancouver los Juegos Olímpicos de invierno. Toda una serie de disciplinas a cada cual más espectacular. Deportistas que se han estado preparando durante largos periodos de tiempo para, en unos días, hacer que todo ese esfuerzo dé sus frutos. “Lo importante es participar” dice la famosa frase, pero la realidad es que nadie quiere quedarse sin su medalla. Todos luchan con uñas y dientes por el oro, por darle sentido al esfuerzo y sacrificios realizados. Al final, aquéllos con un mejor desempeño son los que consiguen el objetivo: la medalla. Parece obvio que las personas que lo consiguen deberían estar radiantes de felicidad. Por orden, la medalla de oro debería estar más feliz que la de plata, y la de plata que la de bronce. Es más, si te diesen a elegir, ¿qué preferirías: la plata o el bronce?. La lógica nos indica que es mejor ser segundo que tercero.


El podium de Vancouver, como cualquier otro podium, hace que la lógica pierda todo su sentido. La cara del segundo suele ser un poema, mientras que la cara del tercer clasificado muestra un alto grado de satisfacción. ¿Pero cómo puede ser esto?, no tiene sentido. Eso es lo que pasa con las personas, que no respondemos a la lógica. No se nos puede programar, no tenemos ni on ni off y eso es precisamente lo que hace interesante al ser humano.


La psicóloga Victoria Medvec afirma que en promedio, los medallistas de bronce son más felices que los medallistas de plata. A esto se le llama pensamiento contrafactual, que consiste en pensar “¿qué debería haber sido?”. La diferencia es una cuestión semántica que provoca un pensamiento muy distinto. La plata piensa en “si sólo ...” mientras que el bronce piensa “por lo menos ...”. Sin duda, el enfoque del bronce es más optimista que el enfoque de la plata. Y la diferencia de enfoque tiene mucho que ver con las expectativas.


Nuestras expectativas son las causantes de una gran parte de los sentimientos que invaden nuestra cabeza. Las expectativas nos hacen anticipar muchos de los acontecimientos que aún tienen que suceder. Montamos historias en las que nos vemos haciendo algo, o consiguiendo algo, y todos sabemos lo poco que nos gusta a las personas que algo que dábamos por hecho no suceda. 

La frustración reside en el vacío que existe entre una expectativa cumplida y otra no cumplida. Este vacío explica porqué una persona con un mejor desempeño que otra puede ser más infeliz. Las expectativas nos hacen esclavos de nuestras ideas, siendo ellas las que deciden nuestro estado de ánimo.

Este planteamiento podría llevar a pensar que el mejor antídoto contra la frustración podría ser la ausencia de metas. Sin metas no hay expectativas, sin expectativas no hay frustraciones. Ni mucho menos. 

En mi humilde opinión, el mejor antídoto contra la frustración es el pensamiento que genera la medalla de bronce en el podium: “por lo menos...”. Consiste en aceptar lo que viene, saber utilizarlo como base sobre la que construir nuevas oportunidades. El bronce se ha preparado para conseguir el oro igual que la plata. Sus expectativas eran las mismas, pero la manera de interpretarlas cambia el sentimiento. ¿Quién sale ganando?, para mí, el tercero ganas más porque interpretar así la expectativa no cumplida nos motiva a volver a intentarlo, a seguir persiguiendo el objetivo. Es una cuestión aritmética: 1+2=3.

un valle de lágrimas

Submitted by rober on Thu, 29/10/2009 - 22:50

 

 “tú no puedes elegir lo que debe ser. Pero sí puedes elegir cómo lo quieres ver. De hecho, eso tienes que elegirlo, y en ese elegir obligatorio, si eliges ver un valle de lágrimas, lo vas a ver“. 


Esta frase que aparece en el libro “La auténtica felicidad” de Martín E. P. Seligman me recordó algo que escucho muy a menudo y que por lo menos nos tendría que hacer pensar a las profesionales que trabajamos con personas. Esta “creencia popular” afirma que los profesionales de recursos humanos somos una especie de confesores a quienes la gente acude para contarnos sus penas y problemas.

Coincido en parte con esta creencia, tiene mucho de cierta, pero también lleva asociado una responsabilidad muy grande que en la mayor parte de las ocasiones olvidamos. Compartir las emociones une mucho, alivia el sufrimiento y te hace sentir querido e importante. Pero, ¿es esto suficiente?. Cuando alguien acude a nosotros con un problema debemos tener claras dos cosas. La primera; debemos hacer que la persona se sienta cómoda y reconfortada. Y la segunda; tenemos que tratar de ayudar a la persona a solucionar el problema. De poco vale aliviar el sufrimiento si éste no lo utilizamos para analizar qué ha pasado y buscar una posible solución a lo que ha ocasionado este dolor.


Bernard Rimé, profesor de la universidad de Louvian, presentó en el II Congreso Internacional de Inteligencia Emocional, un modelo de trabajo que hacía referencia a esto que comento. El profesor Rimé hablaba de cómo las personas tenemos una serie de objetivos y actividades asociadas que conforman nuestro día a día. De vez en cuando, estos objetivos no se cumplen, nuestros planes se ven truncados y las cosas se acaban torciendo. Éste es el principio de los problemas; cuando perdemos el control sobre lo que hacemos, cuando nuestros planes no se cumplen. Todo ello produce efectos a dos niveles: 

Por un lado nuestra autoestima y los sentimientos de confianza y eficacia (ego).

Por otro lado nuestros modelos mentales, nuestras expectativas, nuestras teorías (significado).


Cuando ofrecemos nuestro hombro para llorar, estamos trabajando solamente a nivel del ego. Reforzamos la autoestima y buscamos que la persona recupere la confianza. Esto es vital, pero no suficiente. Si actuamos sólo a este nivel, desaprovechamos las enormes posibilidades de aprender que ofrecen los errores. Es importante que junto con el ego repasemos las causas del error: ¿estaba mal definido el objetivo?, ¿eran equivocadas las expectativas?, ¿la teoría de actuación era la correcta?, ... y toda una batería de preguntas que deben ayudar a profundizar en la causa de esa sensación de tristeza. Esta es una buena manera de darle significado al sufrimiento y que éste sea la base sobre la que construir nuestra experiencia.


Todo lo planteado por Rimé es, por lo menos, una manera diferente de ver las cosas. Me parece que el contenido de sus investigaciones esconde un mensaje importante para aquellos que trabajamos para las personas. Dejemos de ser sólo un hombro sobre el que llorar y convirtámonos en lugares de reflexión donde las personas encuentren un espacio en el que mejorar su desarrollo profesional. Estoy seguro de que esto creará mucho más valor para las organizaciones, pero sobre todo para la gente.

el valor de la experiencia

Submitted by rober on Fri, 09/10/2009 - 09:43

 la vida no entiende de jubilaciones. Nunca te retiras, siempre estas en el mercado, aprendiendo y viviendo. Y es la experiencia la que realmente conforma la sabiduría y el desarrollo. Todo lo demás son ideas y teorías, muchas veces carentes de contenido.

Nuestros mayores son los propietarios, por derecho propio, de estas lecciones resultado de toda una vida .... cuanto mayor haya sido su intensidad, mayor será el número de inputs.


Recibía esta semana un correo donde Regina Brett, para celebrar su edad avanzada, escribía 50 lecciones aprendidas a lo largo de su vida. Su lectura me resultó muy gratificante e inspiradora. Quiero compartirlas contigo esperando que te transmitan lo mismo.


  • La vida no es justa, pero aún así es buena.
  • La vida es demasiada corta para perder el tiempo odiando a alguien.
  • Tu trabajo no te cuidará cuando estés enfermo. Tus amigos y familia sí. Mantente en contacto.
  • No tienes que ganar cada discusión. Debes estar de acuerdo en no estar de acuerdo.
  • Llora con alguien. Alivia más que llorar solo.
  • Cuando se trata de chocolate, la resistencia es inútil.
  • Haz las paces con tu pasado para que no arruine el presente.
  • No compares tu vida con la de otros. No tienes ni idea de cómo es su travesía.
  • Si una relación tiene que ser secreta, mejor no tenerla.
  • Respira profundamente. Eso calma la mente.
  • Elimina todo lo que no sea útil, hermoso o alegre.
  • Lo que no te mata, en realidad te hace más fuerte.
  • Nunca es demasiado tarde para tener una niñez feliz. Pero la segunda sólo depende de ti.
  • Cuando se trata de perseguir aquello que amas en la vida, no aceptes un "no" por respuesta.
  • Enciende las velas, utiliza las sábanas bonitas, ponte la lencería cara. No la guardes para una ocasión especial. Hoy es especial.
  • Sé excéntrico ahora. No esperes a ser viejo para serlo.
  • El órgano sexual más importante es el cerebro.
  • Nadie es responsable de tu felicidad, sólo tú.
  • Enmarca todo supuesto "desastre" con estas palabras: "En cinco años, ¿esto importará?"Perdónales todo a todos.
  • Lo que las otras personas piensen de ti, no te incumbe.
  • El tiempo sana casi todo. Dale tiempo al tiempo.
  • Por más buena o mala que sea una situación, algún día cambiará.
  • No te tomes tan en serio. Nadie más lo hace.
  • No cuestiones la vida. Sólo vívela y aprovéchala al máximo hoy.
  • Llegar a viejo es mejor que la alternativa.....morir joven.
  • Todo lo que verdaderamente importa al final es que hayas amado.
  • Sal todos los días. Los milagros están esperando en todas partes.
  • Si juntáramos nuestros problemas y viéramos los montones de los demás, querríamos los nuestros.
  • La envidia es una pérdida de tiempo. Tú ya tienes todo lo que necesitas.
  • Lo mejor está aún por llegar.
  • No importa cómo te sientas... arréglate y preséntate.
  • Cede.
  • La vida no está envuelta con un lazo pero sigue siendo un regalo.

los 8 errores

Submitted by rober on Wed, 23/09/2009 - 23:08

 el periódico local que llevo leyendo toda mi vida tiene una sección en la parte de pasatiempos llamada “los ocho errores”. 

La verdad es que el nombre de la sección es un buen ejercicio de PNL: “errores”. No pueden ser diferencias o desigualdades, tienen que ser errores.


El ejercicio que lleva proponiendo este periódico desde hace tanto tiempo es muy parecido al juego que practicamos cada día todos nosotros. Buscamos “los errores”, no sé si ocho, más, o menos, el caso es que siempre los buscamos, pero en esta ocasión, de otras personas. Parece que hemos nacido con una habilidad especial para ver “los errores” en los otros. Somos muy ágiles y agudos a la hora de detectar el fallo ajeno, pero esta capacidad no está tan desarrollada cuando se trata de detectar los de uno.


El juego de los ocho errores propone dos fotos prácticamente iguales en las que hay ligeras diferencias, y estas suelen carecer de importancia alguna. En el caso de las personas ocurre exactamente lo mismo. Partiendo de que todos somos iguales, es importante saber cuál es la naturaleza de “la diferencia”. Parece que nos han enseñado a ver ésta como mala, como error. Además, esa capacidad especial que tenemos para detectarla es genial, ¿por qué?, porque esa capacidad para detectar problemas en los otros tiene mucho que ver con nosotros mismos.


¿Por qué somos capaces de ver los errores en otras personas?. Cuando pienso en la respuesta me acuerdo de lo que ocurre cuando te quieres comprar un coche, de repente parece que ves ese coche por todas partes; o lo que le ocurre a las mujeres embarazadas, que no dejan de ver otras mujeres embarazadas. Predisponemos nuestra mente y centramos nuestra atención en aquello que nos interesa. Me da la sensación de que con “el error” ajeno pasa lo mismo. Si vemos esos fallos puede ser porque es algo que no tenemos y deseamos, porque es algo que nos trae un mal recuerdo pasado y lo asociamos con algo malo independientemente de que las condiciones hayan cambiado, o puede ser que el otro actúe como un espejo dejando al descubierto nuestras propias debilidades.


El caso es que debemos ser muy cuidadosos a la hora de identificar estas diferencias. David Caruso, profesor de la Universidad de Yale, recomienda cuatro pasos para trabajar con las emociones: identificarlas, usarlas de manera correcta, entenderlas y manejarlas. El propio Dalai Lama reconoce la importancia de saber identificar nuestras emociones, ser conscientes de cuando afloran y en ese momento saber convivir con ellas y gestionarlas adecuadamente, evitando que éstas nublen nuestro juicio e impidan que hagamos nuestro trabajo correctamente.


Cuando criticamos a otras personas, cuando vemos en ellos fallos, debilidades y problemas, merece la pena pararse a pensar un momento cuánto de eso puede ser nuestro y cuánto de la otra persona. A lo mejor puede que nos llevemos alguna sorpresa.

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