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David Weikart era un psicólogo americano que en los años 60 realizó un famoso experimento llamado Perry Preschool Program. Con este estudio, el profesor Weikart pretendía demostrar los efectos a largo plazo que tienen los sistemas de pre-escolarización. Para ello se contó con 123 niños afroamericanos, de entre 3 y 4 años, procedentes de familias con pocos recursos. Estos niños fueron separados aleatoriamente en dos grupos, al grupo objeto del estudio se les asignó un programa de preescolar de alta calidad, mientras que al grupo de control no se les ofreció programa alguno. Los participantes en el estudio fueron monitorizados durante varias décadas después para poder medir los resultados del experimento. Las conclusiones fueron claras: los niños que participaron en los programas de pre-escolarización, una vez adultos, tenían un 20% más de posibilidades de terminar secundaria, un 19% menos de haber sido arrestados más de cinco veces, conseguían mejores notas, tenían más posibilidades de seguir casados y además eran menos dependientes de los programas de ayuda ofrecidos por el Estado.
Es llamativo que los resultados no hablen de la inteligencia general o del coeficiente intelectual. De hecho los niños que participaron en los programas de pre-escolarización tenían una ligera ventaja en lo que se refería a inteligencia general, pero ésta desaparecía cuando ambos grupos llegaban a secundaria. Sin embargo, lo que sí que parecía diferente entre los niños de los dos grupos eran las habilidades no cognitivas: el autocontrol, la persistencia, la firmeza, .... En una sociedad obsesionada por la inteligencia, este estudio deja claro que nuestra inquietud va mal encaminada.
La cualidad más valorada por los empleadores es la confianza, mientras que la tríada perseverancia-confianza-coherencia es la mejor predictora de las notas en el colegio. Ninguna de las características comentadas tiene nada que ver con la inteligencia general, y esto es muy buena noticia, porque mientras que la inteligencia está altamente ligada a la herencia genética, las habilidades no cognitivas son maleables y por lo tanto se pueden aprender. A la vista de los resultados del experimento, es probable que la escolarización precoz no nos haga más inteligentes, pero quizás contribuya a diseñar buenas personas, lo que es mucho más importante.
Las empresas contratan a las personas por sus competencias técnicas y las despiden por sus incompetencias sociales. Esta frase resume a la perfección las conclusiones del estudio del profesor Weikart. Fábricas de competentes intelectuales e incompetentes sociales. Muchas matemáticas y poco autocontrol. Mucha historia y poca perseverancia. Mucha física y poca coherencia. De nada sirve la obsesión por construir profesionales altamente cualificados cuando la práctica nos demuestra que todo ese potencial es insuficiente cuando llega al mundo real. Profesionales de probeta, objeto de debates estériles que políticos y gobernantes utilizan como arma arrojadiza, olvidando que esto es lo que diferencia las sociedades avanzadas de las que no lo son.
Las empresas no deberían dedicar tiempo y recursos a formar a sus profesionales para que adquieran las competencias básicas de las que estamos hablando. Por ahora no conozco ninguna organización cuya misión sea esta, pero sí que me suenan organizaciones de éxito donde estos valores son parte de la cultura corporativa, donde eso que se adquiere en primaria forma parte de los códigos éticos de la empresa y donde todos los profesionales viven esos valores con naturalidad, una naturalidad que sólo puede existir cuando dichos principios han sido bebidos desde temprana edad.
Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo son las prisas, y en este caso ocurre algo parecido. Tenemos prisa por todo, también por formar y educar a nuestro futuro. Y suele ocurrir que las prisas son malas compañeras .... ¿no me crees?, pues escucha alguno de los datos obtenidos del Perry Preschool Program : el coste por niño por un programa de pre-escolarización de dos años era de 5.984$ del año 1979. Los beneficios fueron:
- 3.353$ de ahorro por niño en escuelas públicas ya que la educación preescolar evita la educación especial.
- 10.798$ de ingreso por niño debido a las ganancias adicionales que generará a lo largo de su vida profesional a causa de la mejora en su estatus educativo.
- 668$ de valor estimado por el tiempo disponible de las madres mientras sus hijos acudían a la escuela primaria.
El resultado final de esta cuenta supone un retorno de la inversión de un 248%. Lo que ocurre es que este ROI no es inmediato, no sucede de la noche a la mañana.
Mientras midamos la rentabilidad de estas acciones en números de votos, en periodos temporales de 4 años, en deseos de padres frustrados, en la búsqueda de atajos, en la fama y el éxito express,... nos va a ser muy difícil conseguir cifras de esta magnitud.
Una vez más el refranero popular tiene una receta fantástica: “vísteme despacio que tengo prisa”.
¿la tierra es plana o redonda?, ¿por qué las manzanas caen de los árboles?, ¿por qué veo antes el rayo y escucho luego el trueno?, ¿por qué llueve?, ¿por qué el agua del mar es salada y la de los ríos dulce?, ¿por qué hay mareas?,... han sido las preguntas las que nos han permitido evolucionar. Las respuestas son meras consecuencias de las mismas, sin las primeras no podrían existir las segundas. Si alguien no hubiese pensado en estas preguntas, y muchas otras, no habríamos podido descubrir lo que hay detrás de cada una de ellas. Las preguntas fijan el foco y definen el marco de la realidad que percibimos. La pregunta es el principio de la acción, de la reflexión y del pensamiento. Sin las preguntas sólo hay más de lo mismo.
Es evidente el poder que tienen las preguntas, pero a pesar de la evidencia, nuestra sociedad insiste en darle un mayor protagonismo a las respuestas. Son éstas las que realmente valoramos. La respuesta “correcta” es lo que perseguimos como si del Santo Grial se tratase. La verdad absoluta, el poder de tener la razón, eso es lo que realmente importa. Auténticas competiciones para convertirnos en los más listos de la clase, los que se las saben todas, los que nunca fallan. Todos queremos ser infalibles, los reyes del Trivial Pursuit. Vivimos en un examen constante tratando de responder a las preguntas y nos creemos muy listos porque en el examen siempre se hacen preguntas muy parecidas, pero lo que ocurre es que no nos damos cuenta de que lo que realmente cambia son las respuestas.
Imagínate paseando por una calle atestada de gente. De repente oyes tu nombre, te vuelves y buscas con la mirada a la persona que te está llamando. Cuando la encuentras diriges tu mirada hacia ella y comienzas a caminar a su encuentro. Todo lo que te rodea pasa a un segundo plano y lo que realmente centra el foco es tu interlocutor.
El noble y antiguo arte de preguntar guarda muchos paralelismos con lo que acabo de describir. Las preguntas poseen el poder de despertar nuestra atención, de dirigirla hacia el objeto de la pregunta provocando que todo lo demás pase a un segundo plano. Al igual que en la calle atestada, nuestra atención desprecia todo aquello que no tiene que ver con lo que se pregunta.
Con las características descritas, la pregunta se muestra como un arma muy poderosa, pero, como todas las armas tiene un doble filo. Si se utiliza correctamente tiene efectos muy positivos, pero cuando se utiliza mal es sinónimo de destrucción. Por ejemplo, si te preguntase: ¿qué tres defectos destacarías de tu jefe?, tu mente comienza a buscar en sus estanterías aquellas cosas malas o que menos te gustan de él/ella. Tu atención centra todo su potencial en lo malo, en el defecto. Un pensamiento destructivo que acelera sentimientos como el enfado, la ira, el odio, la resignación, la envidia, ...
Por el contrario, si te pregunto: ¿qué tres virtudes destacarías de tu jefe?. Esta pregunta obligaría a tu cabeza a repasar sus archivos para buscar lo bueno. En este procesos es posible que surjan sentimientos de amabilidad, de gratitud, de humildad, de admiración, de compromiso, ...
Como ves, la pregunta posee las dos caras de una misma moneda. Una de ellas es la destrucción, lo negativo, el poder del defecto, los ladrones de la felicidad. La otra cara es la construcción, lo positivo, el camino de la generosidad, de la conexión, de la búsqueda de los nexos de unión.
Es evidente que todo el mundo tiene defectos, que nada es perfecto, que quejarse mola y da mucho gustito, que la pose de encontrar los peros es muy sofisticada, pero todo esto ayuda bien poco a hacer que las cosas sucedan. Pensar en lo que nos une ayuda a superar lo malo, a deshacernos del dolor y sufrimiento de lo negativo y centrarnos en las soluciones, en avanzar, en disfrutar del presente para poder mirar hacía delante.
Preguntar es un acto de responsabilidad. Cuando tengas que hacerlo piensa en que cara de la moneda quieres que decida el resultado, porque lo mismo se puede preguntar de múltiples maneras.

