optimismo
allá por mediados de los 80, Alekséi Pázhitnov tuvo una brillante idea que cambió el mundo de los videojuegos. El Tetris surgió de su cabeza como una visión de lo que años más tarde se convertiría en una de las primeras industrias del mundo del entretenimiento.
Recuerdo mi Game Boy con la que tanto luché para completar aquellas filas intentando que éstas no sepultasen la cadena de decisiones aceleradas que aquel juego te obligaba a tomar. Por las noches, cuando cerraba los ojos, aún recuerdo la sensación de ver caer las piezas en mi cabeza.
Hoy en día, este tipo de videojuegos son parte de un pasado que el mercado ha dejado muy atrás. A los nacidos a partir de los años 90 eso del Tetris seguro que les suena bastante lejano. En la actualidad los juegos son mucho más sofisticados, repletos de detalles que cada vez hacen que éstos sean menos juegos para estar más cerca de la realidad virtual.
Quizás sea la sencillez del Tetris la que lo hace tan atractivo. Una sencillez que esconde procesos mucho más complejos que el mero juego. Este tipo de juegos ya dejaban un buen lugar a la imaginación, la decisión, la creatividad ... recuerdo aquellas piezas caer a toda velocidad sin casi tiempo para decidir donde ponerlas.
Juegos como el Tetris guardan enormes paralelismos con nuestra forma de pensar. Miles de “piezas” de información que llegan cada día a nuestra cabeza. Cada una de éstas tiene una forma concreta y cuando se depositan en nuestra mente dan lugar a nuestro pensamiento. El gran enemigo es el espacio en blanco, lugares sin sentido, burbujas de vacío carentes de significado que dificultan los procesos de razonamiento y toma de decisiones. Nuestras mentes actúan como recipientes donde se posan todas estas piezas. Nosotros somos quienes decidimos donde las colocamos. Es un juego democrático porque todos recibimos las mismas fichas y cada uno decide qué hace con ellas. El reto no es acumular el mayor número de piezas, el verdadero reto consiste en saber adecuarlas, en transformarlas en aquello que más nos conviene, en aquello que verdaderamente nos puede ayudar a evolucionar. Transformar la información para impedir que el azar decida por nosotros, evitando que sean otros los que nos digan donde tiene que ir cada ficha.
Los jugadores de Tetris saben que construir sobre unos buenos cimientos es fundamental para que el resto de la partida sea más llevadera. Los procesos de transformación de la información que recibimos requieren tener claro qué es lo que queremos transformar. El primer paso es saber hacia dónde queremos caminar.
La mejor manera que se me ocurre para explicároslo es contaros una experiencia personal. Hace ya algún tiempo decidí que las personas era el campo de conocimiento que me interesaba, de hecho, dedicarme a esto de los recursos humanos tiene mucho que ver con esta decisión. Ésta me obligó a educar a mis sentidos, tuve que priorizar aquellos que me permitían transformar la información en datos concretos sobre las personas. Puse de primero el oído: escuchar para saber, para entender, para tener datos sobre los que poder trabajar. El tacto fue el siguiente, en este caso el tacto tenía que ver con saber “tocar” los sentimientos y las sensaciones que mi oído me presentaba. Mi vista confirmaba los datos que mis otros dos sentidos trataban, mientras que el olfato dejaba que la intuición confirmará que lo oído, tocado y visto fuese coherente con mi experiencia. El gusto cerraba el círculo para tomar la decisión final: ¿me gusta o no me gusta?. De esta manera comencé a transformar información inconexa en historias personales.
Todos recibimos la misma información. Las noticias son las mismas pero cada uno decide en función de lo percibe: política, leyes, religión, .... todo depende de como se vayan colocando las piezas.
En el proceso de transformación reside la realidad que percibes. Tú decides lo que quieres ver, oír, tocar, saborear, sentir, .... si quieres ver dolor, lo vas a ver; si quieres ver, odio lo vas a ver; si quieres ver cosas buenas, las vas a ver; .... tú decides el orden, tú decides la transformación. Ahora sólo toca jugar.
el pasado 27 de mayo, Sara H. Konrath, presentó en la Association for Psychological Science Annual Convention de Boston un estudio titulado: Empathy is declining over time in American college students. En dicho estudio se demuestra una alarmante caída en lo niveles de empatía de los estudiantes, en concreto, estos puntúan un 40% menos que generaciones precendentes. ¿Puede ser este dato relevante para el resto del mundo?. Creo que el modelo de consumo que presenta el mundo occidental hace que el patrón sea perfectamente válido, con lo cual, los resultados del estudio pueden ser extrapolados con bastante fiabilidad a nuestro entorno.
En este estudio se habla de lo que ya se denomina “Generation Me”. El YO en mayúsculas. Egocéntricos, narcisistas, competitivos, seguros de sí mismos, son algunas de las características que definen a este generación. Konrath explica varios factores que pueden contribuir a que esta tendencia sea cada día más evidente.
Por un lado tenemos el papel de los medios de comunicación y el mercado del video juego. Los jóvenes de hoy en día reciben un gran número de impactos de alto contenido bélico, en el que en muchos casos, principalmente en los video juegos, ellos son los protagonistas principales. Esta interacción constante con el dolor ajeno hace que no lo valoremos como corresponde.
Las redes sociales también están teniendo su cuota de protagonismo. Con el cambio de concepto de amistad que ahora proponen las redes sociales (desde mi punto de vista, ahora es amigo tuyo cualquier persona que se cruza a menos de 5 metros en tu vida), el hecho de perder un amigo, de cuidarlo, de apoyarlos, de esforzarse por su bienestar,... pierden parte de su significado. Estos nuevos “amigos” van y vienen en función de las necesidades personales.
El modelo de éxito que se propone a los jóvenes tampoco ayuda a que se trabaje la empatía. Entornos enormemente competitivos donde no hay tiempo para escuchar, sólo para actuar en pos de conseguir algo muy grande para uno, los demás que se preocupen de lo suyo.
Si me preguntan cuál es una de las características fundamentales de un buen profesional, sin duda, una de ellas sería la empatía. Por eso me llama tanto la atención las conclusiones del estudio de Konrath. Si éstas son correctas, y a mi me parece que están bien encaminadas, tenemos un motivo de preocupación en las empresas. Destruir este valor es un suicidio. Pero más allá del ámbito empresarial, construir una sociedad llena de vanidad y huérfana de empatía, es construir una sociedad infeliz y tendente a la depresión crónica. Hace poco leía la definición de una una niña de 9 años sobre la felicidad; ésta hablaba de dar las gracias, de querer a sus padres, estar con sus amigos, sonreír,... ¿leéis entre estas características alguna que haga referencia al yo?. La conclusión es que la felicidad está en nuestra capacidad para conectar, para hacer felices a los otros. Centrarnos en exceso en nuestro bienestar puede hacernos olvidar el bienestar de los demás.
También es importante no confundir la empatía con la simpatía. Eso de ser el más enrollado del lugar poco tiene que ver con ponerse en el lugar del otro. Quizás tenga más que ver con las ganas de agradar, de gustar, en definitiva, del propio beneficio. Ser empático no es fácil, no tiene beneficios a corto plazo, puede incluso resultar incómodo, pero a largo plazo deja un gran sabor de boca y fortalece los lazos entre personas, algo que como dice nuestra amiga de 9 años ayuda a las personas a ser felices.
¿Quieres saber cómo andas de empatía?, pues aquí te dejo unos deberes.
el uso cotidiano de las palabras nos hace olvidar su verdadero significado. A veces es conveniente echar mano de la etimología para recordar la verdadera esencia que encierran. Un buen ejemplo es el significado de las palabras optimismo y pesimismo. Óptimo y pésimo no es con lo que solemos asociar estos términos. La perversión de estas palabras nos han llevado a pensar en los optimistas como personas alejadas de la realidad que piensan que el mundo es de color de rosa, y los pesimistas aquellos tiquis miquis que desconfían de todo lo que les rodea. Mentiras, generalizaciones muy peligrosas y otros vicios que tenemos en función de lo que nos convenga pensar.
Lo que si que nos muestra la realidad es que los optimistas se suelen rodear de personas optimistas y los pesimistas de personas pesimistas. Es como si se tratase de una selección natural. Cada uno con su especie.
Pero entre optimistas y pesimistas hay un nexo de unión: la predisposición al optimismo (optimism bias). Las personas tenemos una predisposición natural a ser optimistas en todo aquello que tiene que ver con nosotros mismos. Esto nos puede ayudar a explicar porqué las personas acometen créditos que luego no pueden pagar. Vemos nuestras posibilidades de una manera muy optimista. El tabaco es otro claro ejemplo. A pesar de los mensajes apocalípticos que aparecen en las cajetillas, todos los fumadores piensan que eso del cáncer del pulmón no va con ellos. ¿Y qué decir del matrimonio?. Los porcentajes de divorcios no dejan de crecer, pero nadie se casa pensando que se vaya a divorciar. Ese optimismo natural nos hace infravalorar los riesgos, no nos vemos como posibles víctimas de las estadísticas. Nosotros estamos fuera de esos números malditos.
Nuestros entornos de trabajo son otro lugar donde esta predisposición al optimismo se deja ver de una forma muy clara. Si hiciésemos una encuesta entre la plantilla de cualquier empresa en la que se preguntase acerca de la valoración individual del desempeño de cada uno de los profesionales, nos encontraríamos que las valoraciones que hacemos de nosotros mismos serían muy altas. Según nosotros, somos unos grandes profesionales. Pero la realidad, al igual que en los divorcios, en los cánceres de pulmón o en las crisis financieras particulares, nos demuestra que esto no es así.
Todos tenemos claro que somos muy buenos y no nos costaría el más mínimo esfuerzo identificar aquellos de nuestros compañeros que no son tan brillantes. Es más, seguro que nosotros nos ubicaríamos en el extremo derecho de la campana de Gauss.
El verdadero optimismo, el optimismo magnético, lo poseen aquellos que son capaces de hacer frente a esa predisposición al optimismo. A los optimistas, la objetividad les permite ver la grandeza que les rodea, les permite ubicarse en el lugar adecuado y ocupar el sitio que les corresponde. El optimista posee el don de saber poner en valor el trabajo de los otros, de ver los errores ajenos como lo que son, simples errores, errores que todos podemos cometer. Quizás esta sea la razón que hace a los optimistas tan atractivos: saber valorar a los demás.
Por el contrario, los pesimistas hacen evaluaciones desiguales e irreales entre ellos y el resto del mundo. Esto les lleva a ver y buscar el fallo ajeno como síntoma de debilidad, una debilidad que les permite justificarse a sí mismos y presentarse como lo que creen que son. Esta visión negativa del entorno actúa como repelente para los optimistas. Sólo los pesimistas se encuentran cómodos en este entorno. A mi forma de ver, el pesimismo tiene mucho que ver con el miedo y la inseguridad. Cuando tú eres el bueno y lo demás los malos, es un buen momento para dudar. ¿Puede ser que todo el mundo sea malo menos tú?. Difícil, muy difícil.
El pesimista es optimista, pero sólo consigo mismo. El optimista es pesimista, pesimista con las falsas euforias y con los excesos de confianza. La propia palabra lo indica: optimista = óptimo; pesimista = pésimo. ¿Con qué te quedas?.

