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metacompetencias

 en estas fechas la programación televisiva nos bombardea con resúmenes en imágenes de todo lo ocurrido este año que ahora termina. Desde pequeño esto es algo que siempre me ha gustado porque de un vistazo haces un repaso general del año. Quizás estos resúmenes anuales han influido en mi forma de recapitular cada año que pasa. Hago un repaso mental en imágenes de todo lo que me ha sucedido, repaso la agenda para ver aquellos hechos más reseñables, veo las entradas del blog para ver por donde ha ido mi cabeza y cómo ha evolucionado mi pensamiento.


Ahora que el 2009 se termina, es momento para hacer un resumen y a mi mente vienen tres palabras que podrían definir el 2009, según mi punto de vista: crisis, compromiso y responsabilidad.


Crisis: recuerdo la cantidad de horas que me he tirado en el teléfono charlando con amigos que se han quedado sin empleo. Auténticos dramas personales y familiares que le ponen ojos y cara a una crisis que no sólo existe en los medios de comunicación. Ésta es parte de nuestro paisaje habitual, y a lo mejor por mi trabajo en recursos humanos, es más patente el nuevo pulso que ha adoptado el mercado laboral. La crisis no servirá de nada si no nos preguntamos el por qué. ¿Por qué hemos llegado hasta aquí?, cada uno tendrá una explicación y estoy seguro de que todas serán acertadas y correctas, es más, seguro que todos esos puntos de vista son complementarios. Las reglas del juego están cambiando y ahora ya no está tan claro quién tiene la sartén por el mango, algo que precipita decisiones, resta libertad a la persona y puede ser un hipoteca de futuro para aquellas organizaciones que intenten beneficiarse de esta situación.


Compromiso: Si cuando llegas a casa, tu pareja te abraza, te dice todo lo que te quiere, etc, etc, ... y acto seguido te dice que te ha sido fiel el 99,9% de las veces, ¿cómo te sentirías?. Pues así funciona el compromiso, no hay grises, es o blanco o negro, todo lo demás resta confianza, y cuando no hay confianza, es imposible que se produzca el compromiso. Este año nos han robado la confianza, nos han dejado sin ese bien tan preciado que nos ayuda a tener la necesitada esperanza para construir con mayor facilidad el día a día. Se ha gestionado en el corto plazo, con egoísmo, agotando el recurso como si este fuese infinito, jugando con bienes que no sólo pertenecen a los que deciden, endiosando personajes para acabar demostrándonos que todas las miserias humanas se habían apoderado de ellos. Y habiendo sucedido todo esto, se le vuelve a pedir a las personas que confíen ... para que esto vuelva a suceder habrá que demostrar durante un largo periodo de tiempo que las cosas han cambiado, que todo esto nos ha servido para aprender. Cuando esto suceda, es probable que aparezca de nuevo el compromiso, y cuando tengamos este preciado bien, construir será mucho más sencillo.


Responsabilidad: este año hemos demostrado que a la hora de poner culpables somos unos verdaderos especialistas. Que si los bancos, que si los gobiernos, los empresarios, los promotores, .... los hay de todos los colores y estilos, sólo depende del punto de vista del “damnificado”. Hemos llegado a criticar incluso al propio sistema, no estoy en contra de este idea, pero nos hemos olvidado que nosotros somos parte de ese sistema. Este sistema lo construimos nosotros: Los pisos que se venden son los que nosotros compramos, los créditos que otorgan los bancos son los que nosotros pedimos, los gobernantes que tenemos son los que hemos elegido, ...

Hemos olvidado que esta crisis la hemos construido nosotros mismos, criticar todo lo que nos rodea es reconocer nuestra incapacidad para controlar nuestras propias necesidades. El hedonismo nos ha llevado por una senda muy peligrosa, unido este hecho a que tenemos un sistema “sin límites”, hemos demostrado que somos incapaces de gestionar nuestra propia avaricia. 

Es evidente una falta de responsabilidad generalizada. Sin ella es difícil que podamos salir de cualquier bache. Debemos de asumir nuestras responsabilidades, ser valientes para reconocer nuestros errores y sobre todo debemos controlar nuestras ansias por querer tenerlo todo.



Hecho el resumen, es hora de los deseos para 2010: 

Como pedir es gratis, mi primer deseo tiene que ver con el tiempo. Me gustaría que nos planteásemos el uso que hacemos de nuestro acelerador vital, y en caso de ser necesario, bajar un poco la velocidad, no por dejar de hacer cosas, sino por hacerlas mejor. Ya que vivimos más años, no nos empeñemos en pisar el acelerador para tener la sensación de que vivimos lo mismo que antes, sería bonito poder disfrutar de esta vida extra que nos ha regalado la ciencia. Empezar a distribuir el tiempo de una manera inteligente, reservando un porcentaje del mismo para regalarnos a nosotros mismos, para conocernos mejor, en definitiva, para querernos.

Mi segundo deseo tiene que ver con las personas. Me gustaría un 2010 un poco más humano, donde las personas dejasen de ser medios para conseguir fines materiales. La persona debe ser el fin en sí mismo. Me da la sensación de que la persona ha perdido protagonismo en pos de la tecnología, el dinero, las cosas, ... y esto hace que la confusión generada sea muy grande. Muchas veces en el blog hablo de ser feliz en el trabajo y mucha gente puede llegar a criticar la idea por considerarla ilusa .... quizás esa crítica sea debida a la creencia generalizada de que la persona no es más que una herramienta organizativa. Pensemos en las personas!!!.

Y mi tercer y último deseo es apostar por la responsabilidad. Tenemos que pararnos a pensar en cómo afecta lo que hacemos a lo que nos rodea. Seguir creyendo que nosotros no tenemos nada que ver con lo que nos pasa es una manera poco sutil de echar balones fuera. Es reconocer que somos un cero a la izquierda, y yo preguntaría ¿quién está dispuesto a reconocer que no es importante?, ¿quién admite que nada de lo que hace sirve para algo?. Como esto no suele ocurrir, es tiempo de pensar en asumir nuestra responsabilidad, de decidir que “de mi depende”.



El 2009 ha sido una año complicado, pero esa será la gran ventaja que tendremos en 2010, este año que entra será un buen año para construir. Aprendamos de los errores pasados y centrémonos a la hora de diseñar esa nueva realidad que las circunstancias reclaman. El reloj empieza a contar el 01/01/10.


Espero que tengas un feliz año y que podamos seguir “viéndonos” por este corner.

 hace ya unas semanas charlaba con un compañero de trabajo sobre lo que significaba la felicidad para él. Utilizó un símil muy interesante que describía la felicidad de una manera muy gráfica. Para él, la felicidad era como una mesa y, como todos sabemos, las mesas necesitan cuatro patas para poder mantener el equilibrio. Si a la mesa le faltase alguna de las patas, le fallaría el equilibrio y se vendría abajo. Así mismo, si una de las patas es más corta que el resto, lo normal es que la mesa baile, siendo necesario poner algo debajo de la pata más corta para poder evitar la inestabilidad de la misma. Si el número de patas supera las cuatro, la estabilidad de la mesa será mayor.

Mi compañero utilizaba este símil y me decía que para él la felicidad consistía precisamente en esto: cuatro elementos fundamentales en tu vida que te aportan la estabilidad necesaria a las que se pueden sumar otros factores que supondrán un refuerzo a las cuatro patas principales y que en caso de fallar pueden suponer un sistema de refuerzo.


Lo siguiente a esta explicación fue preguntarme cuáles eran las cuatro patas que soportaban mi equilibrio y estabilidad. Vino como un resorte a mi mente una afirmación de Seligman en la que comentaba que la felicidad consiste en la aplicación de las fortalezas en cuatro ámbitos de la vida: el amor, el ocio, la educación de los hijos y el trabajo. Sería un temerario e inconsciente si afirmase que esto es así para todo el mundo, porque las circunstancias de cada uno varían en función de toda una serie de factores. Pero lo que me llamó la atención de la afirmación de Seligman es que incluye entre esas cuatro patas el trabajo (algo con lo que estoy totalmente de acuerdo). Algo que poco tiene que ver con lo que nos enseñan desde pequeñitos, unas enseñanzas que apuntan más hacia la creencia de “trabajo: caca”.

Desde pequeños nos hablan del trabajo como si de un castigo se tratase, de  algo de lo que tenemos que huir ya que significa sufrimiento, sacrificio, aplazamiento de las gratificaciones, castigo, ... Este tipo de mensajes trabajan en el subconsciente colectivo haciendo que surjan creencias limitadoras que poco ayudan a que una de las patas de esta mesa tenga el mismo protagonismo que el resto. 


Hay un dato que la Fundación Russell Rage descubrió: La satisfacción laboral supone el veinte por cierto de la satisfacción general en la vida. Este dato pone cara y ojos a la importancia del trabajo en la vida de las personas. Además, son pocos los que pueden vivir sin trabajar. Generalmente aquellos que más dinero tienen serían los que podrían permitirse éste lujo, y aún así, suelen optar por seguir haciéndolo... algo para pararse a pensar.

Un buen amigo siempre puntualiza este dato y afirma que este 20% de satisfacción general en la vida se multiplica exponencialmente cuando la persona pierde su trabajo, con lo cual tenemos otra evidencia más de la importancia de este factor en el equilibrio que le aporta a nuestras vidas.


A diferencia de muchos de nuestros antepasados, poseemos la libertad de poder elegir. Y aunque a veces nos dé la sensación de lo contrario, suele ser un autoengaño que utilizamos para justificar nuestra mala fortuna.


Plantearse cuáles son esas cuatro patas de nuestra mesa puede ayudarnos a conocernos un poco mejor y saber si estamos siendo consecuentes....

 

 nuestra sociedad es una oda a la velocidad. Coches que cada día corren más, deportistas que cada día son más rápidos, trenes que cruzan países en tiempo record, aviones que nos ponen en la otra punta del planeta en cuestión de horas, acceso a cualquier información en cuestión de segundos, disponibilidad de casi todo YA. Esa es la realidad, toda una infraestructura que nos garantiza un montón de cosas de manera inmediata.

Pero la velocidad tiene sus efectos adversos: accidentes de tráfico, doping,  jet lag , desinformación, delitos en internet, pero sobre todo, estrés, sensación de que el tiempo no llega, ansiedad. Parece que nos gusta vivir siempre con el agua al cuello, con una sensación constante de no llegar.

A la velocidad se le intentan poner barreras, pero éstas no son suficientes para calmar nuestra ansia por el YA.


Había oído comentar que los buenos pilotos de coches son aquellos que conducen con el acelerador. No pisan el freno, simplemente sueltan el acelerador cuando quieren reducir la velocidad. De esta manera pueden mantener un buen ritmo sin tener que pararse.


¿A qué velocidad vas por la vida?, ¿eres capaz de regular el acelerador o te ves obligado a tener que utilizar el freno?. Los mayores expertos en psicología positiva coinciden en la necesidad de saborear, de disfrutar del momento, de evitar un enfoque excesivo al pasado o al futuro ya que nos pueden hacer olvidar el presente. 

Nuestro gusto por la velocidad es muy curioso, ¿por qué se produce?, ¿quizás queramos llegar muy rápido a un futuro esperanzador que nosotros mismos hemos construido en nuestra mente?, ¿quizás apuramos para rememorar recuerdos pasados?. Sea como sea, es necesario ser muy consciente de los efectos adversos de las prisas. Por utilizar un símil, imagínate en una moto por la autopista a una altísima velocidad. El horizonte se presenta ante ti como líneas de color, líneas que llegan a tus retinas sin tiempo para pestañear. El paisaje se distorsiona, dejas de observar los matices, el conjunto pierde su esencia y es la sensación de velocidad la que manda, tu cuerpo está en tensión y esta tensión impide que te relajes. ¿Cuánto de esto nos pasa en nuestra vida o en nuestro trabajo?. Vamos tan rápido que nos perdemos cosas espectaculares, personas increíbles, conversaciones enriquecedoras y un sinfín de matices que adornan nuestro paisaje diario. Esa velocidad sólo nos permite centrarnos en el yo, olvidando la importancia que tiene el conjunto en nuestras vidas. 

Dicho todo esto, no creo que la velocidad sea mala. Al igual que los buenos pilotos debemos saber cuándo hay que correr y es entonces cuando debemos pisar el acelerador. Debemos saber cuál es la velocidad adecuada, aquella que nos permita observar y disfrutar el paisaje sin que ello nos suponga estar en tensión ....


Si ya lo decía mi abuela ..... “vais como locos!!!”

 a veces me gusta salir a correr, y durante este rato de reflexión y deporte, llevo observando durante tiempo algo que me llama mucho la atención. Suelo salir a correr por un paseo que está al lado del mar, cerca de mi casa. Este paseo está lleno de padres con sus hijos: bicicletas, carritos, patines, carreras, travesuras, ... y un sin fin de actividades que rodean esos momentos.


Durante mi carrera me cruzo con muchos niños, y siempre me ha parecido curioso como éstos se ponen a correr a tu lado tratando de adelantarte. Luchan, se esfuerzan, lo dan todo, y ante este acto de desarrollo no puedes dejar de bajar un poco el ritmo para ver cómo todo ese esfuerzo se ve recompensado. Por unos segundos te adelantan, te ganan, en ese momento el esfuerzo llega a su fin y la satisfacción desborda las caras de tus “contrincantes”. 


Me llama la atención porque son niños. Niños con el disco duro vacío, en pleno desarrollo de su personalidad, carentes de embudos que entorpezcan sus cualidades, pero que ya son capaces de competir; de alguna manera sienten esa necesidad. ¿Por qué?. Observando el proceso me lleva a concluir que es parte del desarrollo de la persona. Competir te ayuda a crecer, lejos de una competición insana, la competitividad que demuestran es la base del desarrollo. Querer mejorar te ayuda a potenciar todo tipo de cualidades y capacidades, y éstas son una parte esencial del crecimiento de la persona. Es un proceso natural, competir contra el desarrollo, no contra un contrincante inexistente.


En el tiempo que estamos trabajando deberíamos estar creciendo. No crecer significa retroceder. Y para poder crecer debemos utilizar la competitividad que teníamos de niños. Competir contra nuestro desarrollo, viendo en esa competición un desafío, más que una amenaza. ¿Y cómo competimos?. A mí se me ocurren algunas maneras que os comento: 

Primero, y lo más importante, hacer algo que nos guste. Si trabajamos en algo que nos gusta todo el proceso resultará más sencillo ya que tendremos la gran suerte de poder disfrutar haciendo nuestro trabajo. Otra forma de competir con nosotros mismos puede ser desarrollando nuestra inteligencia emocional, para ello se recomienda la practica de la empatía, la escucha activa, la generosidad, la gratitud, el compromiso, ... la práctica de todo ello nos permitirá poder disfrutar de nuestro entorno, al tiempo que nuestro entorno disfruta de nosotros. Hacer más fácil la vida de los otros no es más que un acto de egoísmo que lo que busca es nuestro bienestar. Y todo esto es recomendable que esté aderezado con optimismo y una actitud positiva.


Dejar de crecer es el comienzo de la decadencia. En ese momento comenzamos el descenso de una montaña que previamente habíamos subido. Pero lo interesante de este juego es pasar el mayor tiempo posible en la cima para poder disfrutar del paisaje. Y lo bueno que tiene esta montaña es que la altura nos la fijamos nosotros, y además la podemos modificar a lo largo del tiempo.

 en alguna entrada anterior ya hablaba de las metacompetencias. El autoconocimiento y la capacidad de colaborar se presentan como aquellas competencias que nos permiten mejorar y adquirir otras competencias. 

La semana pasado hablando con unos amigos comentábamos cómo los actos de algunas personas dejan en evidencia la ausencia de una de estas metacompetencias: el autoconocimiento. Aquellas personas que tratan a los demás con desprecio; aquellos compañeros que lo único que hacen es dificultar el trabajo de los otros; los responsables que no ven más allá de su ego; el que considera el trabajo de los otros inferior al de uno mismo; aquellos que carecen de la humildad suficiente para, a pesar de su saber hacer,  ver en lo que hacen los demás puntos de vista interesantes a tener en cuenta. Hablábamos de ello y venía a mi mente el tema del autoconocimiento, ¿hasta qué punto este tipo de personas se conocen a sí mismas?, ¿carecen de una metacompetencia tan importante como el autoconocimiento?. 

Todo esto me recuerda a aquellas personas que se ven guapas cuando no lo son, a aquellos que se ven flacos cuando son obesos, aquellos que se ven altos siendo bajos, ... algo que es evidente para todo el mundo excepto para uno mismo.


                      

 

La ventana de Johari nos puede ayudar a entender este fenómeno. Todo lo expuesto anteriormente es lo que este modelo define como los puntos ciegos. Ese lugar del que todo el mundo es consciente menos uno mismo. Todos tenemos, en mayor o menor medida, puntos ciegos. Pensemos en cuando escuchamos nuestra voz o nos vemos grabados en vídeo. Cuando esto sucede, la mayor parte de la gente no le gusta lo que escucha o ve. Se siente incómodo con esa situación. ¿Por qué?. Idealizamos nuestra voz o nuestra imagen, nos acostumbramos a ellas y muchas veces dejamos de pensar qué opinan los demás sobre las mismas, es más, acabamos creyendo que la escuchan y ven igual que lo hacemos nosotros.


Esto sólo es un ejemplo para que podamos llegar a imaginar cómo son percibidos nuestros actos. Cuando interactuamos con otras personas lo hacemos de la misma manera que en el ejemplo anterior:  olvidando qué es lo que perciben los demás. Ahora bien, si te paras a pensarlo, si analizas en saber cuál es el efecto de tus actos, si le dedicas un porcentaje de tu tiempo a autoconocerte, seguramente los resultados cambien. Cuando alcanzas ese grado de consciencia es más probable que pierdas la incomodidad de los puntos ciegos.


Minimizar los puntos ciegos es algo realmente molesto, pero posible. Volvamos al ejemplo de la voz grabada. Si todos los días escuchamos nuestra voz grabada, iremos corrigiendo lo que menos nos gusta y puliendo aquellos aspectos mejorables, hasta alcanzar el resultado deseado. Lo mismo ocurre con nuestros actos. Si somos capaces de verlos desde fuera, si dedicamos tiempo y esfuerzo a alcanzar esa perspectiva, al igual que con la voz, iremos puliendo y buscando aquel punto que se adapte a nuestros principios y valores.


Puede ocurrir que alguien se autoconozca y aún así decida seguir actuando de una manera irresponsable. En estos casos lo mejor es volver a empezar desde la guardería.