felicidad

manía persecutoria

Submitted by rober on Sun, 05/06/2011 - 20:37

 

Conspiración es el título de una película protagonizada por Mel Gibson y Julia Roberts. Para los que no la conozcan, se trata de la historia de una taxista que vive obsesionado con la existencia de una serie de confabulaciones cuyo objetivo es controlar el mundo. La cinta muestra de manera muy gráfica la vida atormentada de este personaje, una persona que sufre los desórdenes típicos de quien padece manía persecutoria. Jerry Fletcher, así se llama el personaje en la película, es una caricatura de la peor cara de esta patología, sin embargo, no hay que llegar tan lejos para observar consecuencias a menor escala de los efectos provocados por la sensación de que todo y todos se han puesto de acuerdo para ponernos las cosas difíciles.

 

Todo el mundo sufre en mayor o menor medida los efectos de la manía persecutoria, pero aquellas personas que de manera recurrente se quejan de un maltrato universal unilateral padecen con mayor fuerza los efectos alucinógenos de este tipo de paranoia, por supuesto mucho más suave que la sufrida por Jerry Fletcher, pero con un resultado idéntico. En ambos casos, sentirse el objetivo a batir del resto del mundo impide disfrutar de una vida equilibrada y satisfactoria.

Las leyes estadísticas otorgan a cada ser humano una cantidad de maltrato similar, por eso, aquellos que afirman que ellos tienen mucho más que el resto invitan a que pensemos en la causa de esta asimetría. Bertrand Russell afirma que la causa está dentro de la propia persona: o bien se imagina afrentas que no existen, o su comportamiento inconsciente resulta un imán para la irritación colectiva.

 

Russell habla de una actitud totalmente irracional patente en la mayor parte de la población hacia el chismorreo malicioso. Nos resulta complicado resistir la poderosa tentación de no decir cosas malas de aquellos que tenemos más cerca, amigos incluidos (la televisión es buena muestra de ello, así como el consumo público de todo lo que tiene que ver con el cotilleo). Pero lo curioso del tema sucede cuando nos enteramos de que alguien habla mal de nosotros, en ese momento surge la sorpresa y por supuesto la indignación y el posterior enfado (cómo puede decir eso de mí, con todo lo que he hecho por él/ella). Resulta difícil imaginar que los demás piensen mejor de nosotros que nosotros de ellos y eso ocurre porque tenemos la tendencia natural a ver la inmensidad de nuestros logros que siempre hacen sombra a los méritos de los demás. Russell dice que si el ser humano tuviese el poder de leer la mente, el primer efecto sería la ruptura de casi todas las amistades; el segundo efecto sería que como seres sociales no soportaríamos vivir sin el calor de la amistad y por eso tendríamos que vivir asumiendo que nadie es perfecto y que tampoco hay que preocuparse mucho por el hecho de no serlo.

 

La manía persecutoria tiene su origen en una sobreponderación de nuestros propios méritos. Nuestra autoestima suele ser inflacionaria, nos gusta valorar lo nuestro muy por encima de lo de los demás, precisamente porque nuestra atención tiene el foco puesto en el esfuerzo que supone dicho trabajo, pero esa atención no es dirigida con el mismo nivel de consciencia hacia el trabajo y esfuerzo de los otros, lo que hace que la vara de medir que utilizamos sea totalmente diferente. Resultado: asimetría, sobrevaloración de mis méritos e incapacidad para comprender porqué los otros no lo ven así. Respuesta: porque ellos están haciendo lo mismo que tú. 

Cuando sufrimos el “castigo” exterior de la crítica surge en nosotros un mecanismo de defensa natural que consiste en buscar al culpable fuera, no dentro: los celos que tienen de mi grandeza, la envidia que les provoca ver lo bien que hago las cosas,... Esa tendencia egocéntrica hace que suframos los efectos alucinógenos del ataque externo, una vez más causada por nuestra tendencia natural a ver lo nuestro mejor que lo de los demás.

Russell nos provee de 4 máximas que pueden ser muy útiles para contrarrestar los efectos de este mal, un mal que sólo alimenta a un ego insaciable al que no le gusta compartir la comida. Estas máximas son: tus motivos no siempre son tan altruistas como te parecen a ti, no sobreestimes tus propios méritos, no esperes de los demás que se interesen por ti tanto como te interesas tú y no creas que la gente piensa tanto en ti como para tener algún interés especial en perseguirte.

la irracionalidad en formato resumido

Submitted by rober on Sun, 15/05/2011 - 00:54

lo bueno, si breve, dos veces bueno. Eso reza el dicho y ese es el mejor resumen de lo que se está convirtiendo en una corriente en el ámbito del conocimiento. Twitter, TED o Pecha Kucha son buenos ejemplos de ello. 140 caracteres, 18 minutos o 20 imágenes y 20 segundos por imagen para contar una historia. Comprimir la experiencia y ser capaces de contarla en píldoras que transmitan las conclusiones e ideas más importantes de horas y horas de trabajo. Los días de las lecciones magistrales, de los discursos infinitos comienzan a dejar paso a otros formatos que tienen mucho más que ver con el nuevo mundo en el que vivimos. Rápido, sencillo, al grano, esas son las ideas que están detrás de estos formatos, formatos que buscan encender bombillas, invitar a las personas a que piensen y que sean ellas las encargadas de sacar conclusiones y potenciar su conocimiento.

El pasado 6 de mayo tuve la suerte de ser invitado a participar en el Pecha Kucha Night de Ferrol. Un formato 20x20 que supuso un reto complicado y apasionante en el que dar  cuerpo a una historia. El proceso de montaje de esta historia pasó por muchas fases, pero si tuviera que resumirlo hablaría de la dificultad de abreviar, de contar algo en este guión. Pude comprobar lo difícil que resulta sintetizar, ir al grano. Estamos acostumbrados a utilizar un tiempo ilimitado para contar nuestras historias, pero este formato me obligó a someterme a unos límites a los que no estoy acostumbrado y que me permitieron comprobar el poder de la esencia. 

Llegar a la historia no fue difícil, desde el primer momento tuve claro lo que quería compartir, sentí la necesidad de hablar en este foro de lo inconsciente que es nuestra consciencia, pensé que hablar de la irracionalidad sería una buena manera de  demostrar lo lejos que estamos de controlar el rumbo de nuestras decisiones.

 

No conozco a nadie que no quiera ser feliz, pero sí que conozco a muchas personas que carecen del control necesario para la consecución de este objetivo. Básicamente la dificultad reside en nuestra habilidad para tomar decisiones. Cada vez que decidimos marcamos el rumbo de nuestra existencia, y lo preocupante es que creemos que cuando lo hacemos, lo hacemos avalados por la razón y la objetividad. Nada más lejos de la realidad. Antes que seres racionales somos seres emocionales y esta evidencia nos hace menos dueños de nuestros actos. Mi presentación versó en tratar de analizar cuatro filtros a través de los cuales comprobar cómo nuestro corazón manda sobre nuestra razón. El cálculo de probabilidades, la necesidad de sentir el control, los análisis causales selectivos y una memoria caracterizada por el olvido selectivo son estos filtros.

Los cuatro nos muestran cómo vivimos la realidad tal y como nos llega, una realidad ajena a nuestro control y determinante a la hora de vivir nuestras vidas. Estos filtros desnudan una voluntad racional que en muchos casos es víctima de impulsos y respuestas automáticas e irracionales que nos hacen menos dueños de nuestros actos.

 

La solución pasa por conocernos un poco mejor, por practicar un deporte impopular al que llamo conversaciones interiores. Dedicamos poco tiempo a pensar en lo que sentimos, en por qué reaccionamos ante determinados estímulos de maneras concretas y sólo cuando decidimos prestar atención a estos hechos somos capaces de entenderlos y encontrar patrones que nos ayuden a tomar el control de nuestras vidas, un control que nos reportará un mayor bienestar interior y exterior (en ese orden).

 

Me apetece compartir este video con vosotros porque creo que si somos capaces de encontrar y entender nuestras propias historias podremos controlar un poco mejor nuestras vidas.

 


sorbos

Submitted by rober on Sun, 01/05/2011 - 21:41

vivimos obsesionados por convertir nuestras vidas en una suma de experiencias positivas, pero esta tarea es más complicada de lo que se podría pensar a priori debido a la gran cantidad de opciones que cada día se suceden delante de nuestros ojos. El escaparate de la vida nos obliga a tomar múltiples decisiones cuyo único objetivo es encontrar la mejor de las alternativas posibles para maximizar nuestras experiencias.

Y ante este festín de alternativas nos hemos visto “obligados” a establecer reglas que nos ayuden a entender cuál de las disyuntivas es la más adecuada para hacer que nuestra vida sea la mejor posible. Como consumidores, uno de estos  axiomas es la relación lineal que hemos creado entre precio y calidad: un mayor precio significa mayor calidad y viceversa. 

Con esto no quiero dar a entender que una mayor calidad no lleve asociado un mayor precio, pero lo que sí es cierto, es que un precio alto no es sinónimo de una mejor experiencia... que a la postre es lo más importante.

 

Un producto como el vino nos ayudará a entender cómo funciona la relación entre expectativas y experiencia. Los precios de este bien se mueven en rangos muy amplios y el precio de una botella puede variar mucho en función del producto. Son abundantes los experimentos que se han hecho en este campo para tratar de determinar si los consumidores son capaces de diferenciar en tests ciegos los vinos caros de los baratos. La conclusión siempre es la misma: las personas que desconocen el precio no muestran una mayor satisfacción al probar los caldos más caros.

El truco en estos tests ciegos consistía en eliminar una fuente de información (el precio) que impidiera a la persona convertir algo tan subjetivo como el sabor de un vino en una escala de placer objetivo.

Lo que experimentamos no es lo mismo que sentimos. El valor de la experiencia es el resultado de la interpretación que nuestra mente subjetiva hace de nuestros sentidos, una ecuación en la que entran en juego nuestros recuerdos, nuestros deseos más íntimos y la información de la que dispongamos. La información que nos aportan nuestros sentidos es imprecisa y somos nosotros los que la completamos con aquello que tengamos más a mano. 

El filósofo Wilfrid Sellars afirma que no hay forma de separar en nuestras experiencias sensoriales lo que llega a nuestra mente y lo que ésta se encarga de añadir, de manera que cuando los individuos objeto de los experimentos de cata dan un sorbo al vino no están saboreando primero el vino y luego pensando en su precio. El proceso ocurre de manera simultánea, saboreamos todo al mismo tiempo, de tal modo que si pensamos que el vino es barato, éste nos sabrá a vino barato.

 

Resulta relativamente sencillo engañar a nuestro cerebro en este proceso. Neuroeconomistas de Caltech realizaron un estudio en el que una misma clase de vino era etiquetado con precios diferentes y ofrecido a los participantes (por supuesto, ellos no conocían esta información). La actividad cerebral de estas personas fue monitorizada a través de resonancias magnéticas durante la cata para analizar qué partes del cerebro se activaban durante la misma. De todas las zonas activadas, sólo una mostraba mayor actividad ante el precio del vino que al sabor de éste, se trataba del cortex orbitofrontal. En general, cuando el individuo creía que el vino era más caro, el nivel de excitación de esta parte del cortex prefontral era mayor, llegando incluso a provocar cambios en las preferencias de los sujetos objeto del estudio.

Los experimentos de Caltech muestran la sensación de placer como un producto de nuestra imaginación en el que nuestras expectativas son las responsables de determinar el valor de nuestras experiencias. Conclusión: el placer varía en función de lo que pensamos... o nos hacen pensar. 

 

Lejos de considerar todos estos hallazgos como un fallo de nuestro cerebro, estas conclusiones abren un mundo de posibilidades y opciones en la construcción de experiencias mucho más satisfactorias sin que sea necesario hacer sufrir a nuestros bolsillos. Nuestro cerebro esta capacitado para disfrutar de las cosas sencillas, pero a medida que se van ampliando el número de opciones sobre las que elegir, el precio es un atajo que nos permite hacer asociaciones simples en busca de la maximización del placer. ¿A alguien le cabe alguna duda de que las cosas importantes de la vida no tienen precio?.

¿de dónde vienen los malos humos?

Submitted by rober on Fri, 25/03/2011 - 22:27

¿te suena eso del típico día duro de trabajo en el que llegas a casa de mala leche?. Creo que es algo más común de lo que parece. Esa mala leche surge por algo, y como siempre, los científicos sociales nos ayudan a entender el origen del mal humor. En los años 90, Roy Baumeister y Mark Muraven nos hablaron del “agotamiento del ego”. Nuestro autocontrol y fuerza de voluntad son recursos cognitivos finitos, de manera que su sobreutilización acarrea un agotamiento del ego que lo convierte en cobarde y débil a la hora de afrontar la realidad que le toca. Nuestro día a día hace que vivamos con el piloto automático puesto y eso nos lleva a vivir una vida que a veces no se parece a la que nos gustaría.

 

En el 2007 se realizó un estudio en esta línea que reforzaba las teorías de Roy Baumeister y Mark Muraven. Se disponía un grupo de hambrientos individuos a los que se le ofrecía un sabroso donuts de chocolate. Los científicos le pedían a los participantes que tratasen de reprimir su ansias por comerse aquel delicioso donuts. Pasado un tiempo, los científicos comenzaron a increpar a los participantes. Comprobaron que aquellos que no habían conseguido refrenar sus ansías tenían respuestas mucho más agresivas a los insultos de los científicos. Esto confirma el típico estado de ánimo de la gente que está a dieta o tratando de dejar el tabaco. La necesidad de autocontrolarse agota su ego dejando que las emociones negativas afloren mostrando su peor cara.

 

Estos estudios le dan sentido a la necesidad de ser uno mismo en el trabajo, y en la vida en general. Ser uno mismo suena evidente, pero es increíble comprobar como dejamos de serlo para tratar de comportarnos de otra manera. Esto nos conduce al agotamiento de nuestra esencia, y eso puede resultar peligroso. 

La velocidad de nuestras vidas nos obliga a vivir a un ritmo en el que malgastamos el autocontrol y la fuerza de voluntad, dos recursos necesarios para mantener nuestra homeostasis interior. Derrochamos estos recursos en situaciones poco necesarias, lo que demuestra que el ser humano es un depredador de los recursos finitos. Cada vez que tenemos a nuestro alcance recursos limitados los consumimos hasta agotarlos. Así sucede con el petróleo, los bosques, los océanos,... y por supuesto, con la fuerza de voluntad y el autocontrol. ¿Por qué lo hacemos?, quizás por esas prisas con las que vivimos. Mucho no es sinónimo de mejor. Elegimos y pensamos como maximizadores, lo que nos aparta del equilibrio. Situaciones mantenidas de este tipo de comportamientos tienen situaciones fatales: divorcios, despidos, quiebras,...

 

A lo largo de este blog he escrito muchos posts en los que se hace referencia a la vocación. Realmente esta es la clave para evitar que nuestro ego se agote y nos convierte en nuestras peores versiones. Cuando haces algo con lo que disfrutas es raro que tengas que utilizar el autocontrol y la fuerza de voluntad. Estos bienes están a buen recaudo cuando lo que haces no supone esfuerzo alguno para ti, cuando puedes ser tú mismo, cuando puedes expresar tus ideas y pensamientos. En estas situaciones nuestra fuerza de voluntad y nuestro autocontrol disponen de una tarifa plana. No hay consumo y por lo tanto nuestro equilibrio interior nos conduce con mayor facilidad a sentimientos de bienestar.

Merece la pena dedicarle tiempo a pensar: ¿qué es lo que me gusta?, porque cuando encuentras la respuesta dispones de la llave que abre una de las puertas que conduce al bienestar. 

adaptarse o morir

Submitted by rober on Thu, 27/01/2011 - 22:24

¿qué le sucede a la rana que cuando la metes en una cazuela con agua fría y comienzas a calentarla es incapaz de saltar fuera antes de morir hervida?. Todos sabemos lo que ocurre, la progresiva subida de temperatura del agua impide a la rana darse cuenta de que realmente corre peligro, y esto se debe a que su cuerpo se adapta en la misma progresión a la nueva temperatura del agua. La verdad es que nunca he hecho este cruel experimento, pero realmente pone de relieve algo que nos asemeja mucho a las ranas, se trata de nuestra capacidad para adaptarnos. 

 

Físicamente nuestro cuerpo es una máquina perfecta de adaptación. Nuestros oídos se adaptan al volumen, nuestro olfato a todo tipo de olores, nuestros ojos al nivel de luz, nuestro gusto a sabores fuertes,... en casos más extremos, podemos llegar a convivir con el dolor como parte del día a día, personas con amputaciones que son capaces de vivir con absoluta normalidad e innumerables ejemplos que el maravilloso ser humano nos muestra cada día. Son innumerables las ventajas que nos ofrece nuestra capacidad de adaptación, pero como todo en la vida, esta capacidad de adaptación puede suponer una debilidad para nuestra percepción. El hedonismo es la viva expresión de esa debilidad. Una búsqueda interminable del placer por el placer que nos conduce a una insatisfacción constante. Igual que nos acostumbramos a lo malo, también tenemos la “mala” costumbre de acostumbrarnos a lo bueno, lo que ocurre, es que en esta dirección, a diferencia de la contraria, el recorrido es mucho más largo y el paisaje bastante más banal.

 

Vivimos fechas de revisiones salariales, en el mejor de los casos subidas, en casos no tan malos congelaciones y en la peor de sus expresiones están las reducciones de salario (por no mencionar aquellas personas que pierden su empleo). Nuestros salarios son un gran ejemplo de cómo funciona nuestra capacidad de adaptación ante las expectativas... y os anticipo que el sistema de funcionamiento no es diferente al de nuestro cuerpo, básicamente porque todos los datos van al mismo sitio: nuestro cerebro.

En el tema salarial, Andrew Clark ha realizado una serie de estudios sobre el nivel de satisfacción de los trabajadores británicos y ha comprobado que dicha satisfacción tiene una fuerte correlación con el nivel de incremento, más que con el salario en sí mismo. Es decir, que un trabajador que gana 100 puede estar mucho más satisfecho que uno que gana 1000 (suponiendo que un salario de 100 cubra las necesidades básicas de la persona). La diferencia radica básicamente en el incremento salarial, si al de 100 le suben un 10% y al de 1000 un 1%, a pesar de que cuantitativamente el incremento es el mismo, la satisfacción general del trabajador con menor salario será mucho mayor. 

Del estudio se desprenden conclusiones muy interesantes y un campo de trabajo sobre el que se puede innovar y reorientar las políticas salariales y los procesos de comunicación asociados.

 

Puede parecer frívolo hacer este tipo de comparaciones, ¿cómo vamos a comparar 100 con 1000?. Parece evidente que el de 1000 siempre estará más satisfecho que el de 100. Pues siento comentaros que en la última década hay toda una batería de estudios que demuestran que a pesar de los pesares, nuestros niveles de satisfacción con la vida tienen una tendencia natural a dirigirse a su nivel habitual. Ni tener mucho nos hace más felices, ni tener poco más desdichados. 

Solemos ser poco hábiles a la hora de predecir nuestro grado de adaptación hedonista a los regalos, buenos y malos, que nos hace la vida. Y básicamente nos solemos equivocar porque no tenemos en cuenta que la vida sigue su curso y que el paso de los días nos trae cientos de acontecimientos que hacen que ese cálculo inicial pierda su sentido desde el primer segundo.

 

Esta entrada no es una invitación al abuso, más bien se trata de evitar lo que le pasa a la rana. Ser conscientes de cuando el agua se calienta o se enfría nos ayudará a mejorar la calidad de nuestra toma de decisiones, y por ende de nuestra vida.

generation me

Submitted by rober on Sun, 06/06/2010 - 22:53

  el pasado 27 de mayo, Sara H. Konrath, presentó en la Association for Psychological Science Annual Convention de Boston un estudio titulado: Empathy is declining over time in American college students. En dicho estudio se demuestra una alarmante caída en lo niveles de empatía de los estudiantes, en concreto, estos puntúan un 40% menos que generaciones precendentes. ¿Puede ser este dato relevante para el resto del mundo?. Creo que el modelo de consumo que presenta el mundo occidental hace que el patrón sea perfectamente válido, con lo cual, los resultados del estudio pueden ser extrapolados con bastante fiabilidad a nuestro entorno. 

 

En este estudio se habla de lo que ya se denomina “Generation Me”. El YO en mayúsculas. Egocéntricos, narcisistas, competitivos, seguros de sí mismos, son algunas de las características que definen a este generación. Konrath explica varios factores que pueden contribuir a que esta tendencia sea cada día más evidente. 

Por un lado tenemos el papel de los medios de comunicación y el mercado del video juego. Los jóvenes de hoy en día reciben un gran número de impactos de alto contenido bélico, en el que en muchos casos, principalmente en los video juegos, ellos son los protagonistas principales. Esta interacción constante con el dolor ajeno hace que no lo valoremos como corresponde.

Las redes sociales también están teniendo su cuota de protagonismo. Con el cambio de concepto de amistad que ahora proponen las redes sociales (desde mi punto de vista, ahora es amigo tuyo cualquier persona que se cruza a menos de 5 metros en tu vida), el hecho de perder un amigo, de cuidarlo, de apoyarlos, de esforzarse por su bienestar,... pierden parte de su significado. Estos nuevos “amigos” van y vienen en función de las necesidades personales.

El modelo de éxito que se propone a los jóvenes tampoco ayuda a que se trabaje la empatía. Entornos enormemente competitivos donde no hay tiempo para escuchar, sólo para actuar en pos de conseguir algo muy grande para uno, los demás que se preocupen de lo suyo.

 

Si me preguntan cuál es una de las características fundamentales de un buen profesional, sin duda, una de ellas sería la empatía. Por eso me llama tanto la atención las conclusiones del estudio de Konrath. Si éstas son correctas, y a mi me parece que están bien encaminadas, tenemos un motivo de preocupación en las empresas. Destruir este valor es un suicidio. Pero más allá del ámbito empresarial, construir una sociedad llena de vanidad y huérfana de empatía, es construir una sociedad infeliz y tendente a la depresión crónica. Hace poco leía la definición de una una niña de 9 años sobre la felicidad; ésta hablaba de dar las gracias, de querer a sus padres, estar con sus amigos, sonreír,... ¿leéis entre estas características alguna que haga referencia al yo?. La conclusión es que la felicidad está en nuestra capacidad para conectar, para hacer felices a los otros. Centrarnos en exceso en nuestro bienestar puede hacernos olvidar el bienestar de los demás.

 

También es importante no confundir la empatía con la simpatía. Eso de ser el más enrollado del lugar poco tiene que ver con ponerse en el lugar del otro. Quizás tenga más que ver con las ganas de agradar, de gustar, en definitiva, del propio beneficio. Ser empático no es fácil, no tiene beneficios a corto plazo, puede incluso resultar incómodo, pero a largo plazo deja un gran sabor de boca y fortalece los lazos entre personas, algo que como dice nuestra amiga de 9 años ayuda a las personas a ser felices.



 

¿Quieres saber cómo andas de empatía?, pues aquí te dejo unos deberes.

más es menos

Submitted by rober on Thu, 20/05/2010 - 22:56

  el libro de Barry Schwartz, Por qué mas es menos: la tiranía de la abundancia, presenta un mensaje muy interesante: cuanto más tenemos menos libres somos. La tiranía de la riqueza nos obliga a convertir en confort cosas que no lo son. Hemos llegado a un punto en el que tenemos tantas opciones donde escoger que este hecho se ha convertido en un tormento moderno. El castigo del “y si ....”, el veneno del “qué dirán ....” o el cáncer de “es que fulano tiene...” hacen que suframos los efectos de la cinta de correr: correr, correr y correr para desgastar nuestras energías en un esfuerzo inútil que nos conduce a ninguna parte.


El mensaje de este libro es muy potente. Es un mensaje a tener en cuenta en nuestra sociedad. Un mensaje para padres, educadores, políticos y empresas. Hemos estado caminando mucho tiempo por un camino equivocado. Creíamos que dar, que presentar mil opciones, que ofrecer mil productos, eran sinónimo de libertad; pues la ciencia nos invita a pensar que esta idea es contraproducente. Lejos de incrementar nuestra libertad, la multiplicidad de opciones nos ha sacado de una pecera en la que conocíamos los límites, en la que tener unas fronteras nos permitía invertir el tiempo en lo realmente interesante: estar con los demás. Salir de la pecera nos deja solos en un océano de posibilidades que consumen cantidades de nuestro tiempo enormes. Tiempo que no podemos dedicar a cuestiones que en el pasado nos hacían sentir bien. Este proceso provoca que perdamos parte del control sobre nuestras vidas. Vivimos la gran herencia de nuestros antepasados, su trabajo y esfuerzo nos han traído al mejor momento de la historia de la humanidad y nosotros no hemos sabido entenderlo de la forma correcta. Nuestra psicología es imperfecta y tiene estas cosas.


En lo que a las empresas se refiere, ellas son parte de los receptores de este mensaje. ¿Cuánto de lo que vivimos no es culpa de ellas?. Parece que las empresas, al igual que nuestros antepasados, nos han dado un montón de cosas que antes no teníamos y todo esto parece que nos ha hecho más infelices. ¿Culpa de la persona?, ¿culpa de la empresa?. No me atrevería a responder a esta pregunta, lo que sí sé es que tenemos un problema.

La creencia de que darle muchas cosas a un niño hace que este las valore menos está bastante popularizada. Las sueles escuchar a los padres de las criaturas. El sentido común nos invita a pensar que si lo dicen será por algo. Entonces, si lo sabemos, ¿por qué nos empeñamos en lo contrario?.


Seguro de vida, cheque restaurante, cheque guardería, plan de retribución flexible, cheque informático, horario flexible, jornada de verano, catálogo de formación, .... y tantos productos como quieras. Esta es la retahíla de cosas que te puedes encontrar en muchas empresas afortunadas. Una infinidad de opciones para ser infeliz. ¿Alguna vez has pensado que cuanto más tenemos, más queremos?: el piso se me queda pequeño, el coche no es lo suficientemente potente, las vacaciones no son lo suficientemente exóticas ó en mi trabajo no me ofrecen tal cosa. Detrás de estas ideas se esconde la incertidumbre que genera la multiplicidad de opciones. Tengo jornada de verano, horario flexible, licencias para todo, .... pero me falta poder escoger los días de vacaciones cuando me da la gana; y el pensamiento puede llegar a ser: “ .... es que en mi empresa no puedo coger las vacaciones cuando me da la gana...”. ¿Por qué?, según el profesor Schwartz todas esas opciones las convertimos en confort, ya no son un motivador, dejan de serlo a los pocos meses de formar parte de nuestras vidas. Cuando nos acostumbramos a las cosas pasamos a convertirlas en el suelo sobre el que volvemos a evaluar. 


Se ofrecen demasiadas opciones. Me da la sensación de que poca gente piensa en el significado y la utilidad a la hora de diseñar la oferta de opciones de la que disponemos. La multiplicidad nos bloquea, dificulta la toma de decisiones, y cuando las tomamos, todas las opciones descartadas nos castigan recordándonos que nos hemos equivocado. Eso nos frustra y no nos permite disfrutar aquello por lo que hemos apostado. Se podría definir como el castigo de tener mucho, maximizadores que buscan la satisfacción inmediata de placeres cortoplacistas perfectos.


Aquellos que tenemos la responsabilidad de construir esos paquetes de ofertas deberíamos dejar de ser administradores para convertirnos en diseñadores. Administrar es fácil, lo realmente difícil es diseñar. Ser capaces de dibujar ideas que le hagan la vida mucho más fácil a la gente. ¿Parece que lleva asociado poco trabajo?, pues todo lo contrario. Estos diseñadores piensan en la utilidad que va a tener el producto, en el significado dentro del contexto en el que se encuentra. Sin duda un trabajo fruto de complicados procesos intelectuales, nada de funciones repetitivas y simples.

Imagínate poder diseñar ideas que hagan a la gente más feliz en su trabajo, a caso ¿no es eso la mayor felicidad?. 

 

la contaminación social

Submitted by rober on Sun, 18/04/2010 - 22:18

  estamos viviendo una revolución verde. Todo lo que tiene que ver con el medio ambiente se está convirtiendo en algo sagrado. Reciclar, consumir lo justo, minimizar la cantidad de ,  usar el transporte público, ... se están convirtiendo en parte de nuestro día a día.

Según Reuters, 4 de cada 5 ciudadanos, a pesar de la crisis, está dispuesto a comprar productos “verdes” aunque estos sean más caros. Una revolución que persigue conservar el mundo que tenemos tal y como lo conocemos.

Contaminar se ha convertido en pecado, es más, hay que pagar por hacerlo, y aquellos que no lo hacen pueden sufrir cuantiosas multas. ¿Lavado de conciencia, doble moral o realmente actos que buscan el respeto por el medio ambiente?. Sea lo que sea, la verdad es que es una corriente que cada día tiene más adeptos. Actos como los vertidos del Exxon Valdez o el Mar Egeo causan una gran conmoción social al destruir entornos naturales de enorme valor ecológico. Este tipo de actos desencadenan demandas, protestas, manifestaciones, cambios de gobiernos, ... lo que deja claro el alto coste que tiene contaminar.


Hay un tipo de contaminación que es ajena a toda esta corriente. Se trata de la contaminación social. Parece una tontería, pero si te lo paras a pensar resulta bastante curioso. Vas al supermercado y compras productos ecológicos, que por cierto son mucho más caros que los otros; pagas más cara la energía verde aunque te es imposible diferenciarla de la otra; te pasas el día optimizando el uso del agua o la calefacción porque estás cansado de ver imágenes de pantanos secos en las noticias del mediodía;  inviertes una gran cantidad de tiempo y energía a la hora de separar la basura, .... pero al final del día, una conversación telefónica con un compañero de trabajo te hace sentir fatal. Todo el día evitando contaminar y al final el que se ve contaminado eres tú. 


La contaminación social es ese tipo de cosas que todo el mundo conoce pero que a pesar de ello la mayoría sufre. No sólo las chimeneas emiten malos humos, ¿cuántas veces te has sentido mal después de interactuar con otras personas?. Las personas somos unos generadores naturales de contaminación. En nuestra interacción con otros emitimos y recibimos toda clase de “malos humos”: conversaciones, gestos, hechos, silencios, .... conforman toda una amalgama de outputs salidos de nuestras cabezas. 

Al igual que la industria invierte sumas importantes de dinero en purificadoras o filtros para minimizar el impacto de su actividad en el entorno; las personas debemos hacer lo mismo. Tenemos que adquirir esos filtros que nos ayudan a convivir con un entorno en el que la contaminación social está por todas partes.

Da mucho gustito poner a parir al jefe o a un compañero. Pero este tipo de actos son los que provocan esa contaminación de la que hablo. La contaminación llena de veneno nuestras cabezas y hace que nuestros actos se desvíen de su curso natural. Nos someten a tensión y ansiedad, nos conducen a la tristeza y el cabreo, nos hacen sentir ira, furia, celos, envidia o vanidad. Todos ellos productos de la contaminación, todos ellos grandes especialistas en desviarnos de nuestro camino y llevarnos por la oscura senda del sufrimiento. Pero esta contaminación se puede contrarrestar con los filtros adecuados: la empatía, la ecuanimidad, la humildad, la amabilidad o el vigor. Estos filtros nos ayudan a hacer que los elementos contaminantes de nuestro entorno dejen de serlo para convertirse en hechos que nos ayuden a crecer como personas y a ser mejores compañeros. 


Resulta muy fácil contaminar. El reto, al igual que pasa con nuestro medio ambiente, está en comenzar a ser conscientes de los efectos adversos que provoca en nuestras vidas. Ello nos llevará a esforzarnos, a tratar de incorporar en nuestro día a día hábitos que minimicen los efectos de los “malos humos”, a asumir incomodidades en pos del bienestar futuro, a pensar en el largo plazo y dejar el corto plazo para otras cosas.

La revolución verde debe llegar también a nuestras relaciones personales. No es fácil, no es cómodo, requiere esfuerzo y sacrificio, los resultados no son inmediatos, pero el beneficio que genera es muy grande. 

1 + 2 = 3

Submitted by rober on Fri, 05/03/2010 - 18:52

 estos días hemos visto en Vancouver los Juegos Olímpicos de invierno. Toda una serie de disciplinas a cada cual más espectacular. Deportistas que se han estado preparando durante largos periodos de tiempo para, en unos días, hacer que todo ese esfuerzo dé sus frutos. “Lo importante es participar” dice la famosa frase, pero la realidad es que nadie quiere quedarse sin su medalla. Todos luchan con uñas y dientes por el oro, por darle sentido al esfuerzo y sacrificios realizados. Al final, aquéllos con un mejor desempeño son los que consiguen el objetivo: la medalla. Parece obvio que las personas que lo consiguen deberían estar radiantes de felicidad. Por orden, la medalla de oro debería estar más feliz que la de plata, y la de plata que la de bronce. Es más, si te diesen a elegir, ¿qué preferirías: la plata o el bronce?. La lógica nos indica que es mejor ser segundo que tercero.


El podium de Vancouver, como cualquier otro podium, hace que la lógica pierda todo su sentido. La cara del segundo suele ser un poema, mientras que la cara del tercer clasificado muestra un alto grado de satisfacción. ¿Pero cómo puede ser esto?, no tiene sentido. Eso es lo que pasa con las personas, que no respondemos a la lógica. No se nos puede programar, no tenemos ni on ni off y eso es precisamente lo que hace interesante al ser humano.


La psicóloga Victoria Medvec afirma que en promedio, los medallistas de bronce son más felices que los medallistas de plata. A esto se le llama pensamiento contrafactual, que consiste en pensar “¿qué debería haber sido?”. La diferencia es una cuestión semántica que provoca un pensamiento muy distinto. La plata piensa en “si sólo ...” mientras que el bronce piensa “por lo menos ...”. Sin duda, el enfoque del bronce es más optimista que el enfoque de la plata. Y la diferencia de enfoque tiene mucho que ver con las expectativas.


Nuestras expectativas son las causantes de una gran parte de los sentimientos que invaden nuestra cabeza. Las expectativas nos hacen anticipar muchos de los acontecimientos que aún tienen que suceder. Montamos historias en las que nos vemos haciendo algo, o consiguiendo algo, y todos sabemos lo poco que nos gusta a las personas que algo que dábamos por hecho no suceda. 

La frustración reside en el vacío que existe entre una expectativa cumplida y otra no cumplida. Este vacío explica porqué una persona con un mejor desempeño que otra puede ser más infeliz. Las expectativas nos hacen esclavos de nuestras ideas, siendo ellas las que deciden nuestro estado de ánimo.

Este planteamiento podría llevar a pensar que el mejor antídoto contra la frustración podría ser la ausencia de metas. Sin metas no hay expectativas, sin expectativas no hay frustraciones. Ni mucho menos. 

En mi humilde opinión, el mejor antídoto contra la frustración es el pensamiento que genera la medalla de bronce en el podium: “por lo menos...”. Consiste en aceptar lo que viene, saber utilizarlo como base sobre la que construir nuevas oportunidades. El bronce se ha preparado para conseguir el oro igual que la plata. Sus expectativas eran las mismas, pero la manera de interpretarlas cambia el sentimiento. ¿Quién sale ganando?, para mí, el tercero ganas más porque interpretar así la expectativa no cumplida nos motiva a volver a intentarlo, a seguir persiguiendo el objetivo. Es una cuestión aritmética: 1+2=3.

el camino de la motivación

Submitted by rober on Sat, 06/02/2010 - 22:08

 es muy fácil sucumbir a la tentación de identificar la felicidad con algo vacío, con algo banal. Nuestra sociedad nos ha hecho creer que la felicidad consiste en la satisfacción más física, en temas materiales, en aspectos pasajeros, en algo fácil. Y claro, pensar en ser feliz trabajando resulta difícilmente comprensible.

Ser feliz en el trabajo tiene mucho que ver con la motivación, porque la motivación no son más que motivos, motivos para hacer lo que te gusta hacer. ¿Y cuáles son estos motivos?. Autores como Dan Pink nos ayudan a profundizar en estos motivos, reflexionando sobre sus ideas encuentro cuatro motivos que el profesional del siglo XXI necesita para poder ser feliz en su trabajo. Ahí van:

 

1º Autoconocerse: pasamos días, semanas, meses, años, ... pensando en temas acerca de  la familia, de los amigos, de la pareja, del trabajo, .... en esta retahíla aparece, “de mi mismo”, casi al final y con minúsculas. No sabemos cómo somos, pasamos por la vida con el piloto automático puesto, luchando para convertir nuestros actos en hábitos, para de este modo pasarlos al inconsciente y convertirlos en respuestas casi automáticas que no consumen energía alguna del cerebro. Debemos vencer esta pereza natural dedicando un hueco en nuestras apretadas agendas a nosotros mismos. Saber qué es lo que nos roba la felicidad, saber porqué hago determinadas cosas, porqué me llevo mejor con unas personas que con otras, porqué me gusta hacer más unas cosas que otras, ... Investigar sobre nuestras fortalezas y sobre ellas construir un buen futuro, un futuro trabajando en lo que te haga feliz.

 

2º Autonomía: el concepto del management es un invento del hombre, y cómo todos los inventos del hombre, tienen fecha de caducidad. Quizás ese día ya esté aquí, y ese concepto jerárquico de las organizaciones con jefes mandones y empleados obedientes dará paso a organizaciones con profesionales comprometidos. Profesionales que hacen lo que hacen porque confían, por lo tanto se comprometen, y ese compromiso es el motor del cambio. Cuando se sienten autónomos, se sienten libres para hacer lo que les gusta; sin ataduras, sin miedos. En eso consiste la autonomía.

 

Flow: cuando existe equilibrio entre las habilidades y los retos disfrutamos de un estado mágico: el flow. El flow nos lleva por un camino donde seremos felices trabajando. Salirse del camino supone estrés y ansiedad, por ser los retos mayores que las habilidades. Eso nos lleva a no poder disfrutar de lo que estamos haciendo. Pero lo que es aún peor, salirse del camino también puede suponer aburrirse. Y el aburrimiento es más peligroso que el estrés. El hombre necesita metas, por eso cuando las habilidades son mayores que los retos nos aburrimos. El aburrimiento hace que todo lo que hacemos pierda su significado y pase a ser una simple tarea. Debemos buscar el equilibrio entre habilidades y retos; ese es el camino; ese es el flow.

 

4º Sentido: hay una frase de Nietzsche que resume a la perfección este motivo: “el que tiene un porqué para vivir, puede soportar cualquier cómo”. Necesitamos la tensión interior que nos ayude a buscar el propósito. La tensión interior surge de la diferencia de los objetivos por alcanzar menos los objetivos alcanzados. Si la tensión interior es negativa significará que nos habremos rendido en vida, habremos aceptado que nuestra vida se ha acabado porque ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer. Tenemos que buscar metas en la vida que nos ayuden a tener esa tensión interior positiva. Porque cuando es positiva tiene sentido; la negativa carece de él.

 

Estos cuatro motivos construyen una parte fundamental de la motivación. Básicamente se trata de hacer algo porque realmente te apetece. Sin recibir ninguna presión, simplemente sintiéndose libre para escoger. Sin miedo, sin peros, con todas las consecuencias, asumiendo lo malo como parte de un camino que tiene una recompensa final: hacer lo que te gusta. Sin importar lo que digan los otros, sin tener en cuenta lo que la cultura de mi entorno predique que es correcto o incorrecto. Trabajar por algo mayor que la tarea, trabajar por un objetivo, un objetivo cuyo mapa presenta un montón de caminos para alcanzarlo. Y tú sabes el camino más corto!!!.

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