confianza

la miopía del poder

Submitted by rober on Sun, 29/05/2011 - 21:33

seguramente hayas oído hablar de la erótica del poder. ¿Qué tiene el poder para gustarle tanto a la gente?, ¿qué ven nuestros ojos en él que tanto les llama la atención?. El poder ha sido durante la historia de la humanidad una excusa sobre la que justificar enfrentamientos y batallas, un bien por cuya conquista y disfrute se han sacrificado millones de vidas. Este objeto de deseo ha formado parte de la historia de la humanidad desde sus inicios y aunque han sido muchas las formas que ha adoptado, sus características principales no han variado a pesar de su vejez. Lo que sí ha evolucionado han sido las instituciones y la sociedad sobre la que aplican y quizás sea momento de darle una vuelta al tema.

 

Una característica importante del poder, y que le resta parte de ese atractivo que tanto nos llama la atención, es que en un porcentaje muy alto de casos aquellas personas que  lo ostentan pierden parte de los rasgos y características que lo llevaron hasta él. Son muchos los casos de personajes públicos que llegaron a posiciones de poder gracias a rasgos de personalidad extraordinarios, pero por desgracia también son muchos los casos en que este tipo de personas se han visto traicionadas por rasgos totalmente antagónicos a los que le concedieron su posición de autoridad.

Los psicólogos afirman que uno de los mayores problemas con la autoridad es que provocan la pérdida de interés por los problemas y emociones de otros. Así, las personas que ostentan posiciones de mando tienden a confiar más en estereotipos y generalizaciones a la hora de juzgar a sus semejantes.

 

El psicólogo Adam Galinsky y algunos colegas han estudiado este fenómeno a través de una serie de experimentos. En uno de ellos se les pedía a los participantes que pensasen en situaciones en su vida en las que hubieran disfrutado de posiciones en las que ejercer su poder y otras en las que sucediese todo lo contrario. Una vez hecho esto, se les pidió que dibujasen una E en su frente. Aquellos que habían reportado mayor número de situaciones en las que habían ostentado la autoridad solían dibujar la E al revés. Galinsky y sus colaboradores concluyeron que esto se debía a lo que llamaron la miopía del poder, una miopía que provoca en quien la sufre una mayor dificultad a la hora de entender e integrar puntos de vista diferentes a los suyos.

En otro estudio realizado en el 2009, el mismo Galinsky observó como el poder convierte a quien lo disfruta en un hipócrita. En este estudio observó a través de múltiples pruebas y encuestas como las personas que ostentaban posiciones de autoridad eran capaces de justificar su faltas, mientras que el rasero por el que medían las actuaciones del resto de la población era totalmente diferente. El argumento principal en sus justificaciones consistía en valorar sus actos como realmente importantes y valiosos, algo que no observaba en los actos de su prójimo.

 

Si la autoridad nos hace miopes, ¿no será necesario que nos replanteemos a quién y cómo le damos el poder de nuestras empresas e instituciones y en qué condiciones lo hacemos?. Los estudios de Galinsky nos deberían ayudar a replantear nuevos modelos de autoridad. Los beneficios otorgados hasta ahora a las figuras de poder en las organizaciones parecen haber sido contraproducentes, ya que en vez de convertir a sus usufructuarios en mejores personas lo que hacen es todo lo contrario. Cambia el foco del “nosotros” al “yo”. Lo colectivo pasa a un segundo plano convirtiéndose lo individual en el centro de todas las decisiones. Una de las características fundamentales de un buen líder debería ser la empatía y si el poder y autoridad nos apartan de ello nublando nuestra vista, quizás sea preciso buscar nuevos modelos, nuevas formas de otorgar poder a un ser humano, con privilegios justos y razonables, con la obligación pública de predicar con el ejemplo, con la necesidad de rendir cuentas constantemente a la gente a la que presta servicio, garantizando y revisando que no aparezca esa miopía que conduce a la ceguera que convierte a tantos y tantos líderes en auténticos “temerarios”, limitando en el tiempo los periodos de los que se puede disfrutar de este bien tan adictivo, ya que si lo otorgamos de manera ilimitada en el tiempo nos será muy complicado poder acotar sus efectos.

venganza y confianza

Submitted by rober on Sat, 07/05/2011 - 17:24

imagínate el siguiente experimento: Te emparejan con otra persona a la que no conoces, ambas estáis en habitaciones separadas y nunca os llegaréis a conocer. A cada uno se os dan 10€. Te toca a ti hacer el primer movimiento y para ello debes decidir si le envías ese dinero al otro participante o te lo quedas tú. Si te lo quedas, cada uno de vosotros conservará y se llevará los 10€. Si por el contrario decides dárselo al otro participante la cantidad se multiplica por cuatro y tu compañero de juego pasa a disponer de los 10€ originales más 40€ adicionales, lo que lo deja un saldo total de 50€.

Cuando decides darle el dinero al otro jugador éste debe decidir qué hacer con él, puede quedarse con los 50€ o pasarte la mitad de esa cantidad haciendo que ambos dispongáis ahora de 25€.

 

 

 

 

 

 

La base de este juego es la confianza y el profesor Ernst Fehr comprobó que el ser humano, lejos de lo que concluye la teoría económica, tiende a confiar en los otros, de manera que la mayor parte de la gente está dispuesta a ceder su dinero a desconocidos confiando en que éstos le ayudarán a mejorar su posición en el juego. Pero Fehr y su equipo decidieron ampliar las conclusiones de su experimento y para ello incluyeron una nueva variable realmente interesante. En los casos en los que tu compañero de juego decidía no compartir las ganancias extras conseguidas gracias a tu generosidad, tú podrías usar el dinero de tu bolsillo para castigar esta traición. Así, por cada euro que aportases de tus propios ahorros, a la otra parte se le retiraban 2€ del dinero conseguido. Por 25€ del sudor de tu frente podías lograr que la otra parte perdiese todo su dinero. 

 

 

Mientras los participantes de este experimento tomaban este tipo de decisiones, sus cerebros eran escaneados a través de una tomografía por emisión de positrones. Estas tomografías permitieron observar la actividad cerebral durante el proceso y a lo largo del mismo se comprobó un importante incremento de actividad cerebral en las áreas asociadas con las experiencias de gratificación. Curioso, cuando castigamos a otros por su traición esto nos produce cierto “gustito”.

 

Las personas tenemos una tendencia natural a confiar en los que nos rodean, de algún modo establecemos contratos implícitos con nuestros semejantes cuya claúsula más importante es la que hace referencia a la confianza. Quizás, esta es siempre la posición de partida en nuestras interacciones con los demás. Pero las relaciones personales son tan frágiles como el cristal, se rompen con suma facilidad, aunque en el caso de las personas esta ruptura no siempre es tan evidente.

Estos contratos se firman sin ser comentados por ambas partes. Se sobreentienden demasiadas cosas, se da por hecho la buena fe y sobre todo se fija un nivel de expectativas que pocas veces es puesto en común. Cuando las condiciones del contrato son similares a las descritas anteriormente, es relativamente sencillo que una de las partes no satisfaga lo que la otra espera. Cuando este sucede, ese contrato se rompe y da lugar a la aparición de la venganza.

 

La confianza y la venganza son las dos caras de una misma moneda, una fina e invisible línea divisoria las separa y el paso de una a otra sucede sin que apenas nos demos cuenta. La confianza es la cara amable, la que nos permite mostrar lo mejor de nosotros mismos y nos conduce al mejor resultado. Por contra, la venganza muestra nuestra peor versión, y como demostró Ernst Fehr, la sensación de placer que produce hace que no sea tan evidente identificarla cuando aparece. Cuando esta emoción tan negativa entra en escena no nos importa utilizar tiempo, recursos y esfuerzo extra para poner al otro en su sitio.

 

La falta de comunicación a la hora de firmar los contratos que definen nuestras relaciones unido a jerarquías de expectativas unilaterales y la sensación de placer que nos produce la venganza componen un cóctel explosivo que conduce a los seres humanos por una pendiente resbaladiza que termina en el peor de los lugares: la soledad. 

¿de dónde vienen los malos humos?

Submitted by rober on Fri, 25/03/2011 - 22:27

¿te suena eso del típico día duro de trabajo en el que llegas a casa de mala leche?. Creo que es algo más común de lo que parece. Esa mala leche surge por algo, y como siempre, los científicos sociales nos ayudan a entender el origen del mal humor. En los años 90, Roy Baumeister y Mark Muraven nos hablaron del “agotamiento del ego”. Nuestro autocontrol y fuerza de voluntad son recursos cognitivos finitos, de manera que su sobreutilización acarrea un agotamiento del ego que lo convierte en cobarde y débil a la hora de afrontar la realidad que le toca. Nuestro día a día hace que vivamos con el piloto automático puesto y eso nos lleva a vivir una vida que a veces no se parece a la que nos gustaría.

 

En el 2007 se realizó un estudio en esta línea que reforzaba las teorías de Roy Baumeister y Mark Muraven. Se disponía un grupo de hambrientos individuos a los que se le ofrecía un sabroso donuts de chocolate. Los científicos le pedían a los participantes que tratasen de reprimir su ansias por comerse aquel delicioso donuts. Pasado un tiempo, los científicos comenzaron a increpar a los participantes. Comprobaron que aquellos que no habían conseguido refrenar sus ansías tenían respuestas mucho más agresivas a los insultos de los científicos. Esto confirma el típico estado de ánimo de la gente que está a dieta o tratando de dejar el tabaco. La necesidad de autocontrolarse agota su ego dejando que las emociones negativas afloren mostrando su peor cara.

 

Estos estudios le dan sentido a la necesidad de ser uno mismo en el trabajo, y en la vida en general. Ser uno mismo suena evidente, pero es increíble comprobar como dejamos de serlo para tratar de comportarnos de otra manera. Esto nos conduce al agotamiento de nuestra esencia, y eso puede resultar peligroso. 

La velocidad de nuestras vidas nos obliga a vivir a un ritmo en el que malgastamos el autocontrol y la fuerza de voluntad, dos recursos necesarios para mantener nuestra homeostasis interior. Derrochamos estos recursos en situaciones poco necesarias, lo que demuestra que el ser humano es un depredador de los recursos finitos. Cada vez que tenemos a nuestro alcance recursos limitados los consumimos hasta agotarlos. Así sucede con el petróleo, los bosques, los océanos,... y por supuesto, con la fuerza de voluntad y el autocontrol. ¿Por qué lo hacemos?, quizás por esas prisas con las que vivimos. Mucho no es sinónimo de mejor. Elegimos y pensamos como maximizadores, lo que nos aparta del equilibrio. Situaciones mantenidas de este tipo de comportamientos tienen situaciones fatales: divorcios, despidos, quiebras,...

 

A lo largo de este blog he escrito muchos posts en los que se hace referencia a la vocación. Realmente esta es la clave para evitar que nuestro ego se agote y nos convierte en nuestras peores versiones. Cuando haces algo con lo que disfrutas es raro que tengas que utilizar el autocontrol y la fuerza de voluntad. Estos bienes están a buen recaudo cuando lo que haces no supone esfuerzo alguno para ti, cuando puedes ser tú mismo, cuando puedes expresar tus ideas y pensamientos. En estas situaciones nuestra fuerza de voluntad y nuestro autocontrol disponen de una tarifa plana. No hay consumo y por lo tanto nuestro equilibrio interior nos conduce con mayor facilidad a sentimientos de bienestar.

Merece la pena dedicarle tiempo a pensar: ¿qué es lo que me gusta?, porque cuando encuentras la respuesta dispones de la llave que abre una de las puertas que conduce al bienestar. 

mío

Submitted by rober on Sat, 19/02/2011 - 23:28

 

“la teoría del cepillo de dientes”: todo el mundo necesita uno, pero nadie quiere usar el de otra persona. ¿Alguien duda de la veracidad de esta teoría?.¿Y qué pasa con las ideas?, ¿no ocurre algo parecido?. Al igual que con los cepillos de dientes, preferimos nuestras creencias a las del vecino. Es algo natural, para algo son nuestras ideas!!!. Este comportamiento irracional es algo universal y común.

 

Dan Ariely habla del efecto Ikea. ¿Habéis oído presumir a alguien de sus muebles más que los dueños de un mueble Ikea?. Que gran estrategia la de esta multinacional, ha sabido entender dónde reside uno de los motivadores esenciales de la persona. El orgullo de hacer algo, el orgullo de construir con nuestras propias manos, el orgullo de alcanzar el objetivo,... ahora algo del mueble es tuyo. Tu trabajo es la escultura que puedes ver y que te recuerda que tú lo has hecho.

Un trabajo al que encuentras sentido y que aporta. Esta es una de las patas de la esencia de la vocación. Cuando sientes que controlas el proceso, cuando ves de principio a fin, cuando lo que esperas lo sientes como si fuese tuyo, es entonces cuando se enciende la chispa, y nuestro motor comienza a funcionar sin consumir.

Como es nuestro y nos sentimos orgullos, es precisamente ese orgullo el que nos conduce a sobrevalorar nuestro trabajo. El fruto de nuestro esfuerzo sólo lo sentimos nosotros, su dureza nos recuerda que no hay nada que lo pague. Ese precio inflacionario es el que provoca la falsa ilusión de que lo nuestro es mejor que lo del vecino. En esta bolsa llena de nuestros puntos, hay unos que suman y otros que restan, lo que ocurre es que no sabemos diferenciarlos.

 

Nuestras ideas son como los muebles del Ikea: las hemos hecho nosotros y su esfuerzo fija un precio muy alto. Una burbuja que nubla nuestra vista y que define unos filtros, a través de los cuales vemos lo de fuera mucho menos valioso que lo nuestro. Nos cuesta mucho reconocer la grandeza ajena ya que medimos en escalas diferentes, tantas como personas hay en el planeta. Esto dibuja un mercado enloquecido donde los precios cambian en milésimas de segundo, pero que tras nuestros ojos sólo tiene una dirección. Se fija  así un precio muy alto al reconocimiento, a la humildad y a la generosidad.

Los que dominan la virtud de ser humildes disfrutan de un mercado en el que los precios son justos, en los que mente nos deja ver la realidad y nos aparta de ideas preconcebidas.

 

Esta muy bien sentir orgullo por lo que uno hace, debería ser un derecho. Pero esto no nos da derecho a despreciar lo ajeno, porque lo ajeno también cuesta mucho esfuerzo, porque tirar por tierra ideas de otros, simplemente por el hecho de no ser mías, nos convierten en seres egoístas. 

Los extremos nunca fueron buenos. La otra cara de la moneda, donde se carece de orgullo por lo que uno hace, nos convierte en alguien que no somos nosotros mismos. Si no valoramos lo que hacemos como es debido, nos convertimos en un desconocido. Cualquier otra persona excepto tú.

Como siempre, la respuesta reside en el carril del medio. El equilibrio entre extremos es el resultado del precio justo. Un tira y afloja que deja las cosas en su sitio, donde deben estar. Valorar y ser valorados, esa es la verdadera humildad.

 

... pero por lo de ahora voy a seguir viajando con mi cepillo de dientes ;-)

la fiesta de la vida

Submitted by rober on Fri, 04/02/2011 - 23:36

imagínate que te invitan a una fiesta. Cuando llegas, tu anfitrión escribe un número en tu frente. En ese momento accedes a una sala donde te encuentras un gran grupo de hombres y mujeres, cada uno de ellos llevan escrito en la frente un número entre el 1 y el 10. Descubres que no hay espejos en toda la casa y que por lo tanto te resulta imposible saber cuál es tu número. El sistema de valoración hace referencia a tus atributos físicos, es decir, el anfitrión valora de 1 a 10 tu apariencia física y te asigna una puntuación.

Una vez dentro, como es natural, tratas de establecer contacto con las personas que llevan el 10, te acercas pero compruebas que ellos/as no te hacen caso. Reconsiderando tus opciones pasas a fijarte en los nueves y te sucede más de lo mismo, entonces comienzas con los ochos hasta que alguien con un 4 se acerca y te invita a beber algo.

 

Hay una fábula conocida como “el zorro y las uvas” en la que un zorro, mientras paseaba por el bosque,  encuentra un racimo de apetecibles uvas colgando de una rama. El zorro, sediento, decide tomar carrerilla para saltar y hacerse con las uvas. Tras varios intentos, el zorro es incapaz de alcanzarlas y decide abandonar su misión. En ese momento se dice a sí mismo: “seguramente estén agrias”. Esta fábula nos muestra lo sencillo que resulta despreciar todo aquello que no está a nuestro alcance.

 

Algo similar sucede en la fiesta a la que nos han invitado. Tenemos una tendencia natural a sobrevalorar nuestros atributos, pero la realidad es que dicha valoración siempre está sometida a consideraciones que están lejos de nuestro alcance. Lo normal es que busques dieces porque tú mismo no te puedes ni imaginar que valgas menos de un 10. Pero el entorno te demuestra que esa valoración no concuerda con la realidad, y en un proceso natural de adecuación buscas tu rango, la escala a la que perteneces. A medida que la fiesta discurre, comienzas a comprobar que el 10 llama al 10, que el 7 llama al 7 y que este proceso sucede de un modo totalmente natural.

Al igual que en la fábula del zorro y las uvas, surge en nosotros una predisposición hacia el desdén por todo aquello que no podemos tener y que está lejos de nuestro alcance. Es entonces cuando ponemos en funcionamiento nuestras armas y de una manera subconsciente nuestra cabeza es capaz de cambiar la forma de observar el mundo que nos rodea. En vez de simplemente aceptar aquello que está lejos de nuestro alcance, nuestro arsenal psicológico convierte nuestra realidad en algo totalmente aceptable. No nos vamos a hundir porque un 10 no nos quiera, en vez de ello utilizaremos nuestros recursos para pensar que quizás esas uvas estén demasiado ácidas para nosotros.

 

¿Cómo funcionan estos trucos “caseros” para conseguir suplantar la verdadera realidad por aquella que más nos conviene?. SImplemente consiste en cambiar la ponderación de nuestro sistema de prioridades. En nuestra fiesta, si comprobamos que nuestra puntuación es un 4, el aspecto físico pasará a un segundo plano y comenzaremos a valorar otros aspectos como la simpatía, el nivel cultural, la calidad de la conversación, las aficiones,... Por contra, el grupo de personas con un 10 no despreciarán estos valores, pero priorizarán el aspecto físico por encima de muchos de los factores antes mencionados. Simplemente reconsiderando el ranking de atributos somos capaces de modificar nuestra visión del mundo. Y esto no significa que el 4 no sea capaz de apreciar la belleza, lo que ocurre es que al verla lejos de su alcance la convertirá en un factor menos importante en su escala de prioridades.

 

Este proceso de valoración no sólo sucede en el ámbito de lo físico. El mundo profesional es otro entorno donde se produce. Pero hay una diferencia clara entre ambos, mientras que en el ámbito de lo físico poco podemos hacer para cambiar nuestro aspecto (poco creo en la cirugía y en el photoshop), en el mundo profesional esta nota tiene una mayor dependencia de nosotros mismos. En este caso, nosotros somos los dueños de nuestra puntuación y podemos hacer mucho para cambiarla. Pocas cosas más ridículas hay que creerse un 10 y ser un 4. ¿Te lo imaginas?, pulular por tu empresa creyéndote un fenómeno mientras que el resto ve el 4 grabado a fuego en tu frente.

pérdida transitoria de coherencia (PTC)

Submitted by rober on Mon, 09/08/2010 - 21:46

en el verano de 1954, Leon Festinger, el padre de la disonancia cognitiva, estaba leyendo la prensa y en una de esas noticias maravillosas que nos brindan los periódicos, aparecía un reportaje sobre un ama de casa de las afueras de Minnesota. Su nombre era Marion Keech y estaba convencida de que el fin del mundo se acercaba. Según ella, los extraterrestres, con los que llevaba tiempo en contacto, le habían comunicado que el 20 de diciembre de 1954 la tierra sería arrasada por una enorme inundación que acabaría con todo. Como nunca falta un roto para un descosido, poco a poco la señorita Keech comenzó a tener un grupo de seguidores que se hicieron partícipes de su mensaje apocalíptico. Siendo conscientes de que antes de la navidad todo lo que tenían y eran desaparecería, comenzaron a vender sus casas, a desatender sus obligaciones, a dejar de lado a sus amigos, ...

Leon Festinger, fascinado por la noticia, decidió hacerse miembro de esta “congregación”. Su objetivo era conocer cuál sería la reacción de sus compañeros de rebaño el día 21 de diciembre a las 0:01 al comprobar que el mundo no iba a ser destruido,  ¿se retractaría Marion de sus teorías?, ¿qué ocurriría cuando sus creencias se desvaneciesen?.

Así llegó el esperado día 20 de diciembre de 1954. Todos los seguidores se reunieron en la casa de Marion. Como es obvio, el final del mundo no llegó y el reloj marcó las 0:01 del día 21. Los miembros de la congregación comenzaron a preocuparse al ver que no sucedía nada, algunos comenzaron a llorar al ver que los extraterrestres les habían engañado. Pero en ese momento, Marion Keech, ama de casa de las afueras de Minneapolis, fue de nuevo contactada por los extraterrestres. En su nuevo mensaje, éstos le decían que el mundo había sido salvado gracias a la fe y a la luz que todas las personas reunidas en aquel salón habían desprendido. A pesar de no haberse cumplido ni una de las predicciones de Marion, y por increíble que parezca, sus seguidores no dudaron ni un momento en la veracidad del nuevo mensaje, es más, éste le daba sentido a lo ocurrido y les aportaba la fuerza necesaria para seguir prodigando su mensaje a lo largo y ancho del mundo. 

 

Esta historia le sirvió a Leon Festinger para poder trazar las bases de la disonancia cognitiva. Hechos contradictorios que entran en conflicto y que nosotros mismos nos encargamos de hacer encajar como piezas de un puzzle para que tengan sentido en nuestra cabeza. Y no pensemos que esto sólo le ocurre a los “locos”, nadie está libre de sufrir de algún modo los síntomas de la disonancia cognitiva. No hay que irse a casos extremos como el de Marion, nuestro día a día está lleno de contradicciones que demuestran que las conclusiones descubiertas por Leon Festinger son totalmente correctas. Personas que hablan del valor de la familia y se pasan el día trabajando con la excusa de que quieren lo mejor para los suyos; empresas que presumen de que sus empleados son el mayor activo y cuando llega la primera adversidad estos dejan de ser personas para convertirse en recursos con la excusa de “salvar” al resto; responsables de equipos que dejan de serlo para tratar de salvar su pellejo con la cutre-excusa de si a mí me va bien, a mi equipo le va bien; aquellos que son promocionados por su integridad, honestidad y valía y acaban robando de “la caja” de la empresa porque quieren mantener un nivel de vida que los que creían en ellos le han regalado; compañeros que se llenan la boca diciéndonos lo buenos que somos y que desaparecen comentando: “ ya sabía yo que fulano ...”, cuando las cosas no van tan bien; ....

 

Lo que yo llamo la PTC (Pérdida Transitoria de Coherencia) es una enfermedad que nos rodea y que es mucho más común de lo que parece. Las pérdidas de coherencia parecen inherentes al ser humano, pero lo preocupante es que hemos desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla y eso nos hace insensibles a ella convirtiéndonos en víctimas de nuestros propios engaños... sólo así se pueden explicar muchas de las cosas que suceden a nuestro alrededor.

 

La coherencia es una de las bases de la confianza, y ésta a su vez es un ingrediente del compromiso. Quienes creían en la historia de Marion la veían coherente y por eso confiaron en ella y se comprometieron con la causa. El poder del grupo refuerza la contradicción. Sufrirlo en soledad es más peligroso ya que es el camino que conduce a determinados comportamientos paranoides. Universos paralelos que enfrentan al “enfermo” con el mundo. ¿Quién tiene la razón? ... esa pregunta sólo la puedes responder tú, pero cuando sufrimos el síntoma de sentirnos en el ojo del huracán, víctimas de un complot a nivel global para llevarnos la contraria, es momento de plantearnos lo que Leon Festinger nos ha enseñado .... y puede suceder que los extraterrestres existan, y si así es, seamos coherentes. 

el poder de las preguntas

Submitted by rober on Tue, 22/06/2010 - 23:03

 ¿la tierra es plana o redonda?, ¿por qué las manzanas caen de los árboles?, ¿por qué veo antes el rayo y escucho luego el trueno?, ¿por qué llueve?, ¿por qué el agua del mar es salada y la de los ríos dulce?, ¿por qué hay mareas?,... han sido las preguntas las que nos han permitido evolucionar. Las respuestas son meras consecuencias de las mismas, sin las primeras no podrían existir las segundas. Si alguien no hubiese pensado en estas preguntas, y muchas otras, no habríamos podido descubrir lo que hay detrás de cada una de ellas. Las preguntas fijan el foco y definen el marco de la realidad que percibimos. La pregunta es el principio de la acción, de la reflexión y del pensamiento. Sin las preguntas sólo hay más de lo mismo.


Es evidente el poder que tienen las preguntas, pero a pesar de la evidencia, nuestra sociedad insiste en darle un mayor protagonismo a las respuestas. Son éstas las que realmente valoramos. La respuesta “correcta” es lo que perseguimos como si del Santo Grial se tratase. La verdad absoluta, el poder de tener la razón, eso es lo que realmente importa. Auténticas competiciones para convertirnos en los más listos de la clase, los que se las saben todas, los que nunca fallan. Todos queremos ser infalibles, los reyes del Trivial Pursuit. Vivimos en un examen constante tratando de responder a las preguntas y nos creemos muy listos porque en el examen siempre se hacen preguntas muy parecidas, pero lo que ocurre es que no nos damos cuenta de que lo que realmente cambia son las respuestas. 

 

Imagínate paseando por una calle atestada de gente. De repente oyes tu nombre, te vuelves y buscas con la mirada a la persona que te está llamando. Cuando la encuentras diriges tu mirada hacia ella y comienzas a caminar a su encuentro. Todo lo que te rodea pasa a un segundo plano y lo que realmente centra el foco es tu interlocutor.

El noble y antiguo arte de preguntar guarda muchos paralelismos con lo que acabo de describir. Las preguntas poseen el poder de despertar nuestra atención, de dirigirla hacia el objeto de la pregunta provocando que todo lo demás pase a un segundo plano. Al igual que en la calle atestada, nuestra atención desprecia todo aquello que no tiene que ver con lo que se pregunta.


Con las características descritas, la pregunta se muestra como un arma muy poderosa, pero, como todas las armas tiene un doble filo. Si se utiliza correctamente tiene efectos muy positivos, pero cuando se utiliza mal es sinónimo de destrucción. Por ejemplo, si te preguntase: ¿qué tres defectos destacarías de tu jefe?, tu mente comienza a buscar en sus estanterías aquellas cosas malas o que menos te gustan de él/ella. Tu atención centra todo su potencial en lo malo, en el defecto. Un pensamiento destructivo que acelera sentimientos como el enfado, la ira, el odio, la resignación, la envidia, ...

Por el contrario, si te pregunto: ¿qué tres virtudes destacarías de tu jefe?. Esta pregunta obligaría a tu cabeza a repasar sus archivos para buscar lo bueno. En este procesos es posible que surjan sentimientos de amabilidad, de gratitud, de humildad, de admiración, de compromiso, ... 

Como ves, la pregunta posee las dos caras de una misma moneda. Una de ellas es la destrucción, lo negativo, el poder del defecto, los ladrones de la felicidad. La otra cara es la construcción, lo positivo, el camino de la generosidad, de la conexión, de la búsqueda de los nexos de unión. 

Es evidente que todo el mundo tiene defectos, que nada es perfecto, que quejarse mola y da mucho gustito, que la pose de encontrar los peros es muy sofisticada, pero todo esto ayuda bien poco a hacer que las cosas sucedan. Pensar en lo que nos une ayuda a superar lo malo, a deshacernos del dolor y sufrimiento de lo negativo y centrarnos en las soluciones, en avanzar, en disfrutar del presente para poder mirar hacía delante.

 

Preguntar es un acto de responsabilidad. Cuando tengas que hacerlo piensa en que cara de la moneda quieres que decida el resultado, porque lo mismo se puede preguntar de múltiples maneras. 

generation me

Submitted by rober on Sun, 06/06/2010 - 22:53

  el pasado 27 de mayo, Sara H. Konrath, presentó en la Association for Psychological Science Annual Convention de Boston un estudio titulado: Empathy is declining over time in American college students. En dicho estudio se demuestra una alarmante caída en lo niveles de empatía de los estudiantes, en concreto, estos puntúan un 40% menos que generaciones precendentes. ¿Puede ser este dato relevante para el resto del mundo?. Creo que el modelo de consumo que presenta el mundo occidental hace que el patrón sea perfectamente válido, con lo cual, los resultados del estudio pueden ser extrapolados con bastante fiabilidad a nuestro entorno. 

 

En este estudio se habla de lo que ya se denomina “Generation Me”. El YO en mayúsculas. Egocéntricos, narcisistas, competitivos, seguros de sí mismos, son algunas de las características que definen a este generación. Konrath explica varios factores que pueden contribuir a que esta tendencia sea cada día más evidente. 

Por un lado tenemos el papel de los medios de comunicación y el mercado del video juego. Los jóvenes de hoy en día reciben un gran número de impactos de alto contenido bélico, en el que en muchos casos, principalmente en los video juegos, ellos son los protagonistas principales. Esta interacción constante con el dolor ajeno hace que no lo valoremos como corresponde.

Las redes sociales también están teniendo su cuota de protagonismo. Con el cambio de concepto de amistad que ahora proponen las redes sociales (desde mi punto de vista, ahora es amigo tuyo cualquier persona que se cruza a menos de 5 metros en tu vida), el hecho de perder un amigo, de cuidarlo, de apoyarlos, de esforzarse por su bienestar,... pierden parte de su significado. Estos nuevos “amigos” van y vienen en función de las necesidades personales.

El modelo de éxito que se propone a los jóvenes tampoco ayuda a que se trabaje la empatía. Entornos enormemente competitivos donde no hay tiempo para escuchar, sólo para actuar en pos de conseguir algo muy grande para uno, los demás que se preocupen de lo suyo.

 

Si me preguntan cuál es una de las características fundamentales de un buen profesional, sin duda, una de ellas sería la empatía. Por eso me llama tanto la atención las conclusiones del estudio de Konrath. Si éstas son correctas, y a mi me parece que están bien encaminadas, tenemos un motivo de preocupación en las empresas. Destruir este valor es un suicidio. Pero más allá del ámbito empresarial, construir una sociedad llena de vanidad y huérfana de empatía, es construir una sociedad infeliz y tendente a la depresión crónica. Hace poco leía la definición de una una niña de 9 años sobre la felicidad; ésta hablaba de dar las gracias, de querer a sus padres, estar con sus amigos, sonreír,... ¿leéis entre estas características alguna que haga referencia al yo?. La conclusión es que la felicidad está en nuestra capacidad para conectar, para hacer felices a los otros. Centrarnos en exceso en nuestro bienestar puede hacernos olvidar el bienestar de los demás.

 

También es importante no confundir la empatía con la simpatía. Eso de ser el más enrollado del lugar poco tiene que ver con ponerse en el lugar del otro. Quizás tenga más que ver con las ganas de agradar, de gustar, en definitiva, del propio beneficio. Ser empático no es fácil, no tiene beneficios a corto plazo, puede incluso resultar incómodo, pero a largo plazo deja un gran sabor de boca y fortalece los lazos entre personas, algo que como dice nuestra amiga de 9 años ayuda a las personas a ser felices.



 

¿Quieres saber cómo andas de empatía?, pues aquí te dejo unos deberes.

la deshumanización

Submitted by rober on Sat, 24/04/2010 - 20:56

  Salvador Rueda, director de la agencia de ecología urbana de Barcelona, explicaba hace poco un proceso que me llamó mucho la atención. Hablaba de la evolución de los núcleos urbanos y del papel que han venido jugando las personas en el mismo. Cuando nacieron las primeras grandes urbes, las personas jugaban el rol de ciudadanos. Ellos eran quienes gobernaban las calles, ellos eran el centro de las metrópolis; las infraestructuras estaban diseñadas para ellos.

Pero las urbes han evolucionado mucho en los últimos tiempos y eso ha provocado también que el rol de la persona haya cambiado. Ahora las personas ya no son ciudadanos, su nuevo papel es el de peatón. Aquello de caminar libremente por donde uno quería, sentarse a contemplar buenas vistas, disfrutar de una conversación en cualquier lugar, comprar en el supermercado del bajo de tu casa,... se ha complicado enormemente. El protagonismo de la persona ha quedado relegado a un segundo plano y han sido los coches los que han llevado al hombre a las aceras y a sitios donde no interrumpan el tráfico. Sólo sitios como los pasos de cebra se han convertido en pequeños reductos de poder para el peatón, pero el que manda es el automóvil.

Este paulatino proceso de deshumanización de las ciudades parece querer invertirse de nuevo. El final de un ciclo se acerca y la persona reclama el protagonismo perdido. Cada día los espacios verdes, las calles peatonales, los carriles bici, ... comienzan a cobrar mayor importancia. Piden a gritos ese espacio que la persona necesita para poder vivir sin obstáculos, dueños del tiempo y del espacio.


Esta deshumanización no sólo es patrimonio de los espacios urbanos. Las empresas no han sido ajenas a esta tendencia, y al igual que los coches, toda una serie de actividades y modas han llevado a la persona a un segundo plano.

En el pasado, cuando el ser humano se dedicaba a actividades primarias, las personas dominaban su entorno. Eran artesanos, controlaban el proceso de principio a fin. Este tipo de actividades facilitaban la búsqueda del sentido a la tarea. Con el tiempo, irrumpieron en la vida del hombre nuevas formas de hacer las cosas. El proceso comenzó a deshacerse en partes, esas partes fueron a su vez divididas en subpartes, a éstas se les impuso un responsable con gente a su cargo a la que se tenía que controlar para que hiciese las cosas de manera correcta. El proceso se fue deshumanizando poco a poco, provocando una pérdida de sentido y una relegación de la persona a papeles secundarios. Pasó de ser el protagonista, a ser un recurso más.

Pero como todo en esta vida, las cosas tocan a su fin, caducan, y ese modelo de deshumanización, que respondió a necesidades concretas, comienza a perder sentido. Las personas y las empresas de este siglo reclaman algo diferente. Es como si de repente aquellos artesanos de antaño reclamasen su protagonismo. La lentitud, el control, la maestría, el significado, ... son de nuevo los ingredientes que las personas necesitan para sentirse dueños de su trabajo.


Artesanos del siglo XXI, personas que aman lo que hacen. Ya no vale cualquier cosa. La persona pide paso, no quiere ser un recurso. Eso de recursos humanos está un tanto obsoleto. La tendencia nos lleva a una persona diferente, una persona que no quiere ser peatón, quiere poder caminar libremente, quiere interactuar con su entorno de una manera libre sin tener que mirar a los lados por si lo atropellan. 

En este nuevo urbanismo empresarial hace falta gente como Salvador Rueda capaz de entender y ver lo que está sucediendo. Profesionales capaces de diseñar nuevos entornos sin semáforos, sin pasos de cebra, con grandes espacios verdes donde haya cabida para todo tipo de ideas, géneros, razas, maneras de hacer y entender las cosas. Lugares donde la libertad y la autenticidad sean la bandera.

Las nuevas urbes empresariales han comenzado a construirse. Los más hábiles se adelantarán y esto les permitirá diferenciarse del resto, porque ¿a que no es lo mismo Copenhague que el Congo?. 

costes de hundimiento

Submitted by rober on Sat, 20/03/2010 - 11:00

 

se acercan las vacaciones de Semana Santa y es tiempo de decidir entre la playa o la montaña. Las vacaciones son un momento importante a la hora de tomar decisiones. El tiempo, presupuesto, logística, días disponibles, .... y otros muchos factores que determinan la decisión. Una vez tomada la decisión es momento de disfrutar. Ocurre a veces que los planes se truncan por diferentes motivos. Pero una vez en destino acatamos la decisión y permanecemos allí a pesar de cualquier tipo de circunstancia adversa. Da igual el coste, lo importante es seguir adelante con los planes.

Solemos ser testarudos cuando llevamos a cabo algo. Los motivos son variados: el tiempo invertido en la planificación, salirnos con la nuestra, autoconvencernos de que hemos tomado la decisión correcta, ... y esto a pesar de que las cosas sean todo menos lo deseado.

Hay un sinfín de comportamientos similares a estos, pensemos por ejemplo en las mentiras. Una vez tomada la decisión de mentir es difícil echarse atrás a pesar del coste de la misma. Y quién no ha montado alguna vez muebles de Ikea. Si eres como yo, de los que no se leen las instrucciones, comienzas a montar a toda prisa para terminar lo antes posible. Muchas veces ves que aquello no va como debería, pero ya no es momento de echarse atrás, si hay que forzar tornillos o hacer más agujeros de los necesarios, se hacen. Otro caso similar sucede cuando estas perdido, en vez de preguntar o buscar un mapa, tiras hacia donde tú crees, fiándote de un sentido de la orientación que casi seguro te va a fallar.


Este tipo de comportamientos tienen algo en común: el coste de hundimiento. Se trata de un dilema que nos plantea dejar la actividad por conducirnos a una pérdida de tiempo y dinero, o seguir adelante a pesar del más que previsible nefasto resultado final. La mayor parte de las veces asumimos que a pesar del alto riesgo de fracaso debemos continuar para tratar de sacar adelante lo que tenemos en mente. Sobre el papel parece ridículo, pero párate a pensar cuántas veces has seguido adelante en situaciones de este tipo.

La vida nos va enseñando a calcular el beneficio y la pérdida. Y es precisamente la diferencia entre ambas la que determina la rentabilidad. Cuando los beneficios de la acción son superiores a las pérdidas, esta claro que seguir adelante merece la pena. El problema aparece cuando las pérdidas superan a los beneficios. En este tipo de situaciones conviene pararse a pensar por un segundo. ¿Para qué estoy aquí?; esa es una buena pregunta que hacerse para empezar. Lo primero que hará es colocarnos en el plano temporal más importante, el presente. 

Una vez ubicados en el presente es hora de empezar a echar cuentas. Lo bueno que tiene hacer cuentas es que elimina de la ecuación la subjetividad. Ni el ego, ni la vanidad, ni la avaricia, ni el miedo, ni la vergüenza, ni nadie va a alterar el resultado. Lo que es, es. Este ejercicio nos dirige al otro plano: la objetividad. Una vez situados en el presente, dotar de objetividad a la decisión la hará más acertada.


¿En cuántas reuniones nos hemos empeñado en sacar nuestras ideas adelante?, ¿cuántas negociaciones con otras personas hemos perdido por intentar salirnos con la nuestra?, ¿en cuántas relaciones profesionales hemos fracasado?. El trabajo es un entorno donde se producen miles de estas situaciones con costes de hundimiento altos. Cada día los entornos de trabajo se convierten en improvisados escenarios donde se pueden ver multitud de estas representaciones. Batacazos, batacazos y más batacazos. Ese es el resultado. ¿Por qué?, porque no conocemos el coste que supone no echar cuentas, porque dejamos que nuestra cabeza se nuble con malos sentimientos que dan forma a nuestras acciones.

No tenemos problema para hacer cuadros de mando de lo que nos pidan, pero el único que nos cuesta realmente hacer, es aquel que tiene que ver con nosotros mismos. Si fuésemos capaces de hacerlo ahorraríamos mucha energía, energía consumida tratando de sacar adelante cosas que no tienen sentido. En el mundo de las relaciones, entre ellas la profesional, los costes de hundimiento son los más altos. Montar mal un mueble de Ikea o perderse en una ciudad por no preguntar, no tienen realmente un coste de hundimiento alto. Pero párate a pensar en lo que supone un alto coste de hundimiento en una relación personal. Ya no sólo es tiempo, aquí se pierde mucha energía, se debilita la reputación y afecta a la imagen. Precios altos que merecen la pena ser controlados. Así que la próxima vez que te veas en una situación de este estilo .... echa cuentas ya!!!.

 

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