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confianza

en el verano de 1954, Leon Festinger, el padre de la disonancia cognitiva, estaba leyendo la prensa y en una de esas noticias maravillosas que nos brindan los periódicos, aparecía un reportaje sobre un ama de casa de las afueras de Minnesota. Su nombre era Marion Keech y estaba convencida de que el fin del mundo se acercaba. Según ella, los extraterrestres, con los que llevaba tiempo en contacto, le habían comunicado que el 20 de diciembre de 1954 la tierra sería arrasada por una enorme inundación que acabaría con todo. Como nunca falta un roto para un descosido, poco a poco la señorita Keech comenzó a tener un grupo de seguidores que se hicieron partícipes de su mensaje apocalíptico. Siendo conscientes de que antes de la navidad todo lo que tenían y eran desaparecería, comenzaron a vender sus casas, a desatender sus obligaciones, a dejar de lado a sus amigos, ...

Leon Festinger, fascinado por la noticia, decidió hacerse miembro de esta “congregación”. Su objetivo era conocer cuál sería la reacción de sus compañeros de rebaño el día 21 de diciembre a las 0:01 al comprobar que el mundo no iba a ser destruido,  ¿se retractaría Marion de sus teorías?, ¿qué ocurriría cuando sus creencias se desvaneciesen?.

Así llegó el esperado día 20 de diciembre de 1954. Todos los seguidores se reunieron en la casa de Marion. Como es obvio, el final del mundo no llegó y el reloj marcó las 0:01 del día 21. Los miembros de la congregación comenzaron a preocuparse al ver que no sucedía nada, algunos comenzaron a llorar al ver que los extraterrestres les habían engañado. Pero en ese momento, Marion Keech, ama de casa de las afueras de Minneapolis, fue de nuevo contactada por los extraterrestres. En su nuevo mensaje, éstos le decían que el mundo había sido salvado gracias a la fe y a la luz que todas las personas reunidas en aquel salón habían desprendido. A pesar de no haberse cumplido ni una de las predicciones de Marion, y por increíble que parezca, sus seguidores no dudaron ni un momento en la veracidad del nuevo mensaje, es más, éste le daba sentido a lo ocurrido y les aportaba la fuerza necesaria para seguir prodigando su mensaje a lo largo y ancho del mundo. 


Esta historia le sirvió a Leon Festinger para poder trazar las bases de la disonancia cognitiva. Hechos contradictorios que entran en conflicto y que nosotros mismos nos encargamos de hacer encajar como piezas de un puzzle para que tengan sentido en nuestra cabeza. Y no pensemos que esto sólo le ocurre a los “locos”, nadie está libre de sufrir de algún modo los síntomas de la disonancia cognitiva. No hay que irse a casos extremos como el de Marion, nuestro día a día está lleno de contradicciones que demuestran que las conclusiones descubiertas por Leon Festinger son totalmente correctas. Personas que hablan del valor de la familia y se pasan el día trabajando con la excusa de que quieren lo mejor para los suyos; empresas que presumen de que sus empleados son el mayor activo y cuando llega la primera adversidad estos dejan de ser personas para convertirse en recursos con la excusa de “salvar” al resto; responsables de equipos que dejan de serlo para tratar de salvar su pellejo con la cutre-excusa de si a mí me va bien, a mi equipo le va bien; aquellos que son promocionados por su integridad, honestidad y valía y acaban robando de “la caja” de la empresa porque quieren mantener un nivel de vida que los que creían en ellos le han regalado; compañeros que se llenan la boca diciéndonos lo buenos que somos y que desaparecen comentando: “ ya sabía yo que fulano ...”, cuando las cosas no van tan bien; ....


Lo que yo llamo la PTC (Pérdida Transitoria de Coherencia) es una enfermedad que nos rodea y que es mucho más común de lo que parece. Las pérdidas de coherencia parecen inherentes al ser humano, pero lo preocupante es que hemos desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla y eso nos hace insensibles a ella convirtiéndonos en víctimas de nuestros propios engaños... sólo así se pueden explicar muchas de las cosas que suceden a nuestro alrededor.


La coherencia es una de las bases de la confianza, y ésta a su vez es un ingrediente del compromiso. Quienes creían en la historia de Marion la veían coherente y por eso confiaron en ella y se comprometieron con la causa. El poder del grupo refuerza la contradicción. Sufrirlo en soledad es más peligroso ya que es el camino que conduce a determinados comportamientos paranoides. Universos paralelos que enfrentan al “enfermo” con el mundo. ¿Quién tiene la razón? ... esa pregunta sólo la puedes responder tú, pero cuando sufrimos el síntoma de sentirnos en el ojo del huracán, víctimas de un complot a nivel global para llevarnos la contraria, es momento de plantearnos lo que Leon Festinger nos ha enseñado .... y puede suceder que los extraterrestres existan, y si así es, seamos coherentes. 

 ¿la tierra es plana o redonda?, ¿por qué las manzanas caen de los árboles?, ¿por qué veo antes el rayo y escucho luego el trueno?, ¿por qué llueve?, ¿por qué el agua del mar es salada y la de los ríos dulce?, ¿por qué hay mareas?,... han sido las preguntas las que nos han permitido evolucionar. Las respuestas son meras consecuencias de las mismas, sin las primeras no podrían existir las segundas. Si alguien no hubiese pensado en estas preguntas, y muchas otras, no habríamos podido descubrir lo que hay detrás de cada una de ellas. Las preguntas fijan el foco y definen el marco de la realidad que percibimos. La pregunta es el principio de la acción, de la reflexión y del pensamiento. Sin las preguntas sólo hay más de lo mismo.


Es evidente el poder que tienen las preguntas, pero a pesar de la evidencia, nuestra sociedad insiste en darle un mayor protagonismo a las respuestas. Son éstas las que realmente valoramos. La respuesta “correcta” es lo que perseguimos como si del Santo Grial se tratase. La verdad absoluta, el poder de tener la razón, eso es lo que realmente importa. Auténticas competiciones para convertirnos en los más listos de la clase, los que se las saben todas, los que nunca fallan. Todos queremos ser infalibles, los reyes del Trivial Pursuit. Vivimos en un examen constante tratando de responder a las preguntas y nos creemos muy listos porque en el examen siempre se hacen preguntas muy parecidas, pero lo que ocurre es que no nos damos cuenta de que lo que realmente cambia son las respuestas. 

 

Imagínate paseando por una calle atestada de gente. De repente oyes tu nombre, te vuelves y buscas con la mirada a la persona que te está llamando. Cuando la encuentras diriges tu mirada hacia ella y comienzas a caminar a su encuentro. Todo lo que te rodea pasa a un segundo plano y lo que realmente centra el foco es tu interlocutor.

El noble y antiguo arte de preguntar guarda muchos paralelismos con lo que acabo de describir. Las preguntas poseen el poder de despertar nuestra atención, de dirigirla hacia el objeto de la pregunta provocando que todo lo demás pase a un segundo plano. Al igual que en la calle atestada, nuestra atención desprecia todo aquello que no tiene que ver con lo que se pregunta.


Con las características descritas, la pregunta se muestra como un arma muy poderosa, pero, como todas las armas tiene un doble filo. Si se utiliza correctamente tiene efectos muy positivos, pero cuando se utiliza mal es sinónimo de destrucción. Por ejemplo, si te preguntase: ¿qué tres defectos destacarías de tu jefe?, tu mente comienza a buscar en sus estanterías aquellas cosas malas o que menos te gustan de él/ella. Tu atención centra todo su potencial en lo malo, en el defecto. Un pensamiento destructivo que acelera sentimientos como el enfado, la ira, el odio, la resignación, la envidia, ...

Por el contrario, si te pregunto: ¿qué tres virtudes destacarías de tu jefe?. Esta pregunta obligaría a tu cabeza a repasar sus archivos para buscar lo bueno. En este procesos es posible que surjan sentimientos de amabilidad, de gratitud, de humildad, de admiración, de compromiso, ... 

Como ves, la pregunta posee las dos caras de una misma moneda. Una de ellas es la destrucción, lo negativo, el poder del defecto, los ladrones de la felicidad. La otra cara es la construcción, lo positivo, el camino de la generosidad, de la conexión, de la búsqueda de los nexos de unión. 

Es evidente que todo el mundo tiene defectos, que nada es perfecto, que quejarse mola y da mucho gustito, que la pose de encontrar los peros es muy sofisticada, pero todo esto ayuda bien poco a hacer que las cosas sucedan. Pensar en lo que nos une ayuda a superar lo malo, a deshacernos del dolor y sufrimiento de lo negativo y centrarnos en las soluciones, en avanzar, en disfrutar del presente para poder mirar hacía delante.

 

Preguntar es un acto de responsabilidad. Cuando tengas que hacerlo piensa en que cara de la moneda quieres que decida el resultado, porque lo mismo se puede preguntar de múltiples maneras. 

  el pasado 27 de mayo, Sara H. Konrath, presentó en la Association for Psychological Science Annual Convention de Boston un estudio titulado: Empathy is declining over time in American college students. En dicho estudio se demuestra una alarmante caída en lo niveles de empatía de los estudiantes, en concreto, estos puntúan un 40% menos que generaciones precendentes. ¿Puede ser este dato relevante para el resto del mundo?. Creo que el modelo de consumo que presenta el mundo occidental hace que el patrón sea perfectamente válido, con lo cual, los resultados del estudio pueden ser extrapolados con bastante fiabilidad a nuestro entorno. 

 

En este estudio se habla de lo que ya se denomina “Generation Me”. El YO en mayúsculas. Egocéntricos, narcisistas, competitivos, seguros de sí mismos, son algunas de las características que definen a este generación. Konrath explica varios factores que pueden contribuir a que esta tendencia sea cada día más evidente. 

Por un lado tenemos el papel de los medios de comunicación y el mercado del video juego. Los jóvenes de hoy en día reciben un gran número de impactos de alto contenido bélico, en el que en muchos casos, principalmente en los video juegos, ellos son los protagonistas principales. Esta interacción constante con el dolor ajeno hace que no lo valoremos como corresponde.

Las redes sociales también están teniendo su cuota de protagonismo. Con el cambio de concepto de amistad que ahora proponen las redes sociales (desde mi punto de vista, ahora es amigo tuyo cualquier persona que se cruza a menos de 5 metros en tu vida), el hecho de perder un amigo, de cuidarlo, de apoyarlos, de esforzarse por su bienestar,... pierden parte de su significado. Estos nuevos “amigos” van y vienen en función de las necesidades personales.

El modelo de éxito que se propone a los jóvenes tampoco ayuda a que se trabaje la empatía. Entornos enormemente competitivos donde no hay tiempo para escuchar, sólo para actuar en pos de conseguir algo muy grande para uno, los demás que se preocupen de lo suyo.


Si me preguntan cuál es una de las características fundamentales de un buen profesional, sin duda, una de ellas sería la empatía. Por eso me llama tanto la atención las conclusiones del estudio de Konrath. Si éstas son correctas, y a mi me parece que están bien encaminadas, tenemos un motivo de preocupación en las empresas. Destruir este valor es un suicidio. Pero más allá del ámbito empresarial, construir una sociedad llena de vanidad y huérfana de empatía, es construir una sociedad infeliz y tendente a la depresión crónica. Hace poco leía la definición de una una niña de 9 años sobre la felicidad; ésta hablaba de dar las gracias, de querer a sus padres, estar con sus amigos, sonreír,... ¿leéis entre estas características alguna que haga referencia al yo?. La conclusión es que la felicidad está en nuestra capacidad para conectar, para hacer felices a los otros. Centrarnos en exceso en nuestro bienestar puede hacernos olvidar el bienestar de los demás.


También es importante no confundir la empatía con la simpatía. Eso de ser el más enrollado del lugar poco tiene que ver con ponerse en el lugar del otro. Quizás tenga más que ver con las ganas de agradar, de gustar, en definitiva, del propio beneficio. Ser empático no es fácil, no tiene beneficios a corto plazo, puede incluso resultar incómodo, pero a largo plazo deja un gran sabor de boca y fortalece los lazos entre personas, algo que como dice nuestra amiga de 9 años ayuda a las personas a ser felices.



¿Quieres saber cómo andas de empatía?, pues aquí te dejo unos deberes.

 

  Salvador Rueda, director de la agencia de ecología urbana de Barcelona, explicaba hace poco un proceso que me llamó mucho la atención. Hablaba de la evolución de los núcleos urbanos y del papel que han venido jugando las personas en el mismo. Cuando nacieron las primeras grandes urbes, las personas jugaban el rol de ciudadanos. Ellos eran quienes gobernaban las calles, ellos eran el centro de las metrópolis; las infraestructuras estaban diseñadas para ellos.

Pero las urbes han evolucionado mucho en los últimos tiempos y eso ha provocado también que el rol de la persona haya cambiado. Ahora las personas ya no son ciudadanos, su nuevo papel es el de peatón. Aquello de caminar libremente por donde uno quería, sentarse a contemplar buenas vistas, disfrutar de una conversación en cualquier lugar, comprar en el supermercado del bajo de tu casa,... se ha complicado enormemente. El protagonismo de la persona ha quedado relegado a un segundo plano y han sido los coches los que han llevado al hombre a las aceras y a sitios donde no interrumpan el tráfico. Sólo sitios como los pasos de cebra se han convertido en pequeños reductos de poder para el peatón, pero el que manda es el automóvil.

Este paulatino proceso de deshumanización de las ciudades parece querer invertirse de nuevo. El final de un ciclo se acerca y la persona reclama el protagonismo perdido. Cada día los espacios verdes, las calles peatonales, los carriles bici, ... comienzan a cobrar mayor importancia. Piden a gritos ese espacio que la persona necesita para poder vivir sin obstáculos, dueños del tiempo y del espacio.


Esta deshumanización no sólo es patrimonio de los espacios urbanos. Las empresas no han sido ajenas a esta tendencia, y al igual que los coches, toda una serie de actividades y modas han llevado a la persona a un segundo plano.

En el pasado, cuando el ser humano se dedicaba a actividades primarias, las personas dominaban su entorno. Eran artesanos, controlaban el proceso de principio a fin. Este tipo de actividades facilitaban la búsqueda del sentido a la tarea. Con el tiempo, irrumpieron en la vida del hombre nuevas formas de hacer las cosas. El proceso comenzó a deshacerse en partes, esas partes fueron a su vez divididas en subpartes, a éstas se les impuso un responsable con gente a su cargo a la que se tenía que controlar para que hiciese las cosas de manera correcta. El proceso se fue deshumanizando poco a poco, provocando una pérdida de sentido y una relegación de la persona a papeles secundarios. Pasó de ser el protagonista, a ser un recurso más.

Pero como todo en esta vida, las cosas tocan a su fin, caducan, y ese modelo de deshumanización, que respondió a necesidades concretas, comienza a perder sentido. Las personas y las empresas de este siglo reclaman algo diferente. Es como si de repente aquellos artesanos de antaño reclamasen su protagonismo. La lentitud, el control, la maestría, el significado, ... son de nuevo los ingredientes que las personas necesitan para sentirse dueños de su trabajo.


Artesanos del siglo XXI, personas que aman lo que hacen. Ya no vale cualquier cosa. La persona pide paso, no quiere ser un recurso. Eso de recursos humanos está un tanto obsoleto. La tendencia nos lleva a una persona diferente, una persona que no quiere ser peatón, quiere poder caminar libremente, quiere interactuar con su entorno de una manera libre sin tener que mirar a los lados por si lo atropellan. 

En este nuevo urbanismo empresarial hace falta gente como Salvador Rueda capaz de entender y ver lo que está sucediendo. Profesionales capaces de diseñar nuevos entornos sin semáforos, sin pasos de cebra, con grandes espacios verdes donde haya cabida para todo tipo de ideas, géneros, razas, maneras de hacer y entender las cosas. Lugares donde la libertad y la autenticidad sean la bandera.

Las nuevas urbes empresariales han comenzado a construirse. Los más hábiles se adelantarán y esto les permitirá diferenciarse del resto, porque ¿a que no es lo mismo Copenhague que el Congo?. 

 

se acercan las vacaciones de Semana Santa y es tiempo de decidir entre la playa o la montaña. Las vacaciones son un momento importante a la hora de tomar decisiones. El tiempo, presupuesto, logística, días disponibles, .... y otros muchos factores que determinan la decisión. Una vez tomada la decisión es momento de disfrutar. Ocurre a veces que los planes se truncan por diferentes motivos. Pero una vez en destino acatamos la decisión y permanecemos allí a pesar de cualquier tipo de circunstancia adversa. Da igual el coste, lo importante es seguir adelante con los planes.

Solemos ser testarudos cuando llevamos a cabo algo. Los motivos son variados: el tiempo invertido en la planificación, salirnos con la nuestra, autoconvencernos de que hemos tomado la decisión correcta, ... y esto a pesar de que las cosas sean todo menos lo deseado.

Hay un sinfín de comportamientos similares a estos, pensemos por ejemplo en las mentiras. Una vez tomada la decisión de mentir es difícil echarse atrás a pesar del coste de la misma. Y quién no ha montado alguna vez muebles de Ikea. Si eres como yo, de los que no se leen las instrucciones, comienzas a montar a toda prisa para terminar lo antes posible. Muchas veces ves que aquello no va como debería, pero ya no es momento de echarse atrás, si hay que forzar tornillos o hacer más agujeros de los necesarios, se hacen. Otro caso similar sucede cuando estas perdido, en vez de preguntar o buscar un mapa, tiras hacia donde tú crees, fiándote de un sentido de la orientación que casi seguro te va a fallar.


Este tipo de comportamientos tienen algo en común: el coste de hundimiento. Se trata de un dilema que nos plantea dejar la actividad por conducirnos a una pérdida de tiempo y dinero, o seguir adelante a pesar del más que previsible nefasto resultado final. La mayor parte de las veces asumimos que a pesar del alto riesgo de fracaso debemos continuar para tratar de sacar adelante lo que tenemos en mente. Sobre el papel parece ridículo, pero párate a pensar cuántas veces has seguido adelante en situaciones de este tipo.

La vida nos va enseñando a calcular el beneficio y la pérdida. Y es precisamente la diferencia entre ambas la que determina la rentabilidad. Cuando los beneficios de la acción son superiores a las pérdidas, esta claro que seguir adelante merece la pena. El problema aparece cuando las pérdidas superan a los beneficios. En este tipo de situaciones conviene pararse a pensar por un segundo. ¿Para qué estoy aquí?; esa es una buena pregunta que hacerse para empezar. Lo primero que hará es colocarnos en el plano temporal más importante, el presente. 

Una vez ubicados en el presente es hora de empezar a echar cuentas. Lo bueno que tiene hacer cuentas es que elimina de la ecuación la subjetividad. Ni el ego, ni la vanidad, ni la avaricia, ni el miedo, ni la vergüenza, ni nadie va a alterar el resultado. Lo que es, es. Este ejercicio nos dirige al otro plano: la objetividad. Una vez situados en el presente, dotar de objetividad a la decisión la hará más acertada.


¿En cuántas reuniones nos hemos empeñado en sacar nuestras ideas adelante?, ¿cuántas negociaciones con otras personas hemos perdido por intentar salirnos con la nuestra?, ¿en cuántas relaciones profesionales hemos fracasado?. El trabajo es un entorno donde se producen miles de estas situaciones con costes de hundimiento altos. Cada día los entornos de trabajo se convierten en improvisados escenarios donde se pueden ver multitud de estas representaciones. Batacazos, batacazos y más batacazos. Ese es el resultado. ¿Por qué?, porque no conocemos el coste que supone no echar cuentas, porque dejamos que nuestra cabeza se nuble con malos sentimientos que dan forma a nuestras acciones.

No tenemos problema para hacer cuadros de mando de lo que nos pidan, pero el único que nos cuesta realmente hacer, es aquel que tiene que ver con nosotros mismos. Si fuésemos capaces de hacerlo ahorraríamos mucha energía, energía consumida tratando de sacar adelante cosas que no tienen sentido. En el mundo de las relaciones, entre ellas la profesional, los costes de hundimiento son los más altos. Montar mal un mueble de Ikea o perderse en una ciudad por no preguntar, no tienen realmente un coste de hundimiento alto. Pero párate a pensar en lo que supone un alto coste de hundimiento en una relación personal. Ya no sólo es tiempo, aquí se pierde mucha energía, se debilita la reputación y afecta a la imagen. Precios altos que merecen la pena ser controlados. Así que la próxima vez que te veas en una situación de este estilo .... echa cuentas ya!!!.