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cerebro

 esta semana pude ver uno de los programas de Redes (La2) que tenía atrasado: “El experto y sabio inconsciente”. Este programa terminaba con una frase muy interesante: “una de las funciones de la conciencia es seleccionar comportamientos que puedan automatizarse y volverse inconscientes” – John Bargh.

Cuando escuché la frase me acordé de algo que me ocurre de vez en cuando. Cuando aparco el coche y pasa un rato, siempre me paro a pensar si lo he cerrado o no. A veces la duda que me aborda es tan grande que tengo que volver para comprobar si efectivamente lo he cerrado. Tirando de estadística, el 99,9% de las veces el coche está cerrado. La solución parece sencilla: si no volviera a comprobarlo, lo más probable es que no pasase nada, pero hay algo que me impide optar por este camino.


En el programa de Redes se maneja un concepto muy interesante sobre el inconsciente. Aleja este término  de la oscuridad a la que se le asociaba en el pasado y lo presenta como un elemento fundamental que nos permite  convivir con nuestro entorno con total naturalidad. Es más, gracias al inconsciente, la conciencia puede trabajar con libertad. Mientras el inconsciente se caracteriza por permitirnos vivir el presente, la conciencia nos permite viajar en el tiempo revisando el pasado y planificando el futuro sin que ello interfiera en nuestro día a día.

Además, la idea de que la conciencia está reservada para tareas importantes queda descartada. Los límites máximos de información con los que trabajan ambos lo deja claro: conciencia - 50 bits/sg; inconsciencia - 11.000.000 bits/sg


Hace ya tiempo escribía una entrada en la que se explicaba cuál era la ruta para alcanzar la competencia máxima, es decir, la competencia inconsciente. Un camino que va de la incompetencia inconsciente a la competencia inconsciente. En ambos casos, el camino empieza y termina en la inconsciencia, lo que deja claro la importancia de la misma. Pero hay algo de esta ruta que me preocupa, y es que el final no siempre tiene porqué ser el final. Puede llegar a producirse un bucle que lleve de nuevo a la incompetencia inconsciente (véase el ejemplo que contaba al principio).


Alguien me dio un buen consejo un día: duda constantemente de todo lo que haces, seguro que hay maneras mejores de hacer lo que estás haciendo. 

La inercia es peligrosa si no se revisa, y a pesar de la importancia de la inconsciencia, ésta puede someternos a sus trampas haciendo que demos por hechas cosas que no lo son.

Debemos ser muy cuidadosos a la hora de seleccionar aquellos comportamientos que queremos automatizar y convertir en hábitos inconscientes, porque si nos equivocamos lo que ocurrirá es que la ruta de la competencia dejará de ser un camino de dirección única para pasar a ser un circuito circular.

 

 

 

 Giacomo Rizzolatti descubrió en los años 80 la existencia de unas neuronas con un nombre muy sugerente: las neuronas espejo.

Evidentemente estas neuronas siempre han estado ahí, pero el descubrimiento de su existencia nos ayuda a comprender mejor el comportamiento de las personas. Las neuronas espejo nos permiten dar un gran salto del individuo al colectivo.

¿Y qué hacen estas neuronas?, su cometido consiste en “reflejar” la acción que está realizando la otra persona. De esta manera el que observa está llevando a cabo la misma acción que su interlocutor.

En los seres humanos, las neuronas espejo se encuentran en la corteza frontal inferior, cerca del área de Broca, una región del lenguaje. Este dato invita a imaginar que el lenguaje humano evolucionó  a partir de un sistema de gestos implementado en las neuronas espejo. Gracias a éstas, a las personas les es posible entender las acciones de los otros, aprender por imitación y poder entendernos aunque no hablemos el mismo idioma.

La palabra empatía tiene todo que ver con esto. Incluso a las neuronas espejo se les denomina “las neuronas de la empatía”. Poseer la capacidad de ponernos en el lugar del otro para poder entender sus sentimientos, sensaciones y emociones, siendo consecuentes con ello. Ésta es la empatía y ahora ya sabemos donde habita.


El autismo es una enfermedad que se vincula a fallos en las neuronas espejo. Las personas que padecen este desorden poseen dos tipos de síntomas: habilidad intersocial limitada y deficiencias en la comunicación verbal.

Cuando reflexiono sobre los síntomas no puedo dejar de pensar si en nuestros entornos profesionales nos encontramos con estos males. Y peor aún, ¿pueden ser éstas las características de algunos líderes?. ¿Cuánto “autismo” tenemos en nuestro trabajo?. Cuando hablo de autismo organizativo me refiero a aquellas personas que no interactúan con sus compañeros, a los que les es muy difícil poder alabar los logros, a los que les resulta incómodo el feedback, a los que les cuesta expresar sus opiniones, .... y todas esas carencias son muy importantes para poder generar un buen ambiente de trabajo.

Visto lo visto, la empatía se erige como un valor fundamental que tiene que ser fomentado y trabajado en las organizaciones, ya que por su desarrollo pasa el de la compañía. La carencia de este valor es directamente proporcional al nivel de responsabilidad que se ocupe en la empresa, de tal manera que el mayor impacto en el negocio se producirá cuando sea el máximo representante de la organización quien carezca de empatía. La empatía debe de empezar por arriba.


Como cualquier buen espejo, estas neuronas nos muestran lo que hacen los otros y esto nos permite poder reflexionar sobre el por qué de sus acciones. Pero el reflejo de los espejos tiene otra capacidad: la de reflejarnos a nosotros mismos. Entretenernos más en observar nuestra imagen y olvidar la del otro es el primer síntoma del autismo organizativo...

 el miedo, la rabia, el enfado, los celos, la depresión, la culpa, la ansiedad, el resentimiento, la envidia, la vergüenza. Quizás sean estos los sentimientos más comunes y presentes en nuestros entornos cotidianos. 

El mundo de los sentimientos es un mundo complejo, lugares en los más profundo de nuestro ser que son el resultado de toda una vida y enredosos procesos de aprendizaje. Todo ello dota a este mundo de una complejidad y profundidad enorme. Saber cómo se forman, a qué responden, cómo controlarlos, ... es una tarea artesanal y totalmente individualizada.


El porqué de cada sentimiento es algo personal e intransferible, pero si hay algo común que tienen todos los sentimientos es el gran efecto detonador que provocan en nuestra memoria.


Nuestro cerebro está lleno de trampas y esto es algo que cada día la ciencia nos deja más claro. Un órgano lo suficientemente inteligente como para diseñar y desarrollar sus propias armas de defensa. Su poder es inmenso y conocer cómo funciona nos hace más conscientes de nuestras limitaciones. Saber cuáles son sus fronteras y trucos nos dota de una gran capacidad para poder controlar los acontecimientos. Lo contrario, provoca que vivamos a merced de los sentimientos y sus efectos ... muchas veces incontrolables.


La relación entre cerebro y sentimientos es realmente curiosa. Ésta nos afecta mucho en nuestro trabajo y resto de entornos cotidianos. Pensemos en nosotros mismos y un sentimiento, por ejemplo, imaginémonos muy felices. En ese momento, cambiar el sentimiento de felicidad por el opuesto, la tristeza, resulta muy complicado. Lo mismo ocurre a la inversa, si estamos tristes nos resultará muy difícil estar contentos de repente.


Así es como juegan los sentimientos con nuestro cerebro. Éstos provocan una “explosión” enorme en este órgano que evita que la memoria pueda recordar, o traer al presente, otras emociones pasadas. El sentimiento del presente minimiza todos los demás y nos dificulta  poder bucear en nuestra mente para buscar alternativas.


Para comprobarlo se puede llevar a cabo un sencillo experimento. Un grupo de adolescentes a los que se les pregunta cuál es su nivel de felicidad, tras esta pregunta, se les hace otra en la que se les pregunta acerca cuántas parejas han tenido. 

A otro grupo de adolescentes se les hacen las mismas preguntas, pero se formula primero la referente al número de parejas. 

En los resultados del experimento se puede comprobar cómo en el primer grupo los índices de felicidad en la vida son mayores que en el segundo grupo, ¿por qué?. La respuesta tiene que ver con lo contado al principio. La primera pregunta trae a nuestra memoria sentimientos que hacen que nuestro cerebro tenga una respuesta determinada, y esos sentimientos incidirán directamente en la respuesta a la segunda pregunta. 

Otro experimento en esta línea puede realizarse con personas mayores a las que se les pregunte por su nivel de felicidad en la vida y su estado de salud. El orden de las preguntas genera sentimientos diferentes que provocan una alteración importante de los resultados de las mismas.


Visto lo visto, nos resultará difícil poder cambiar nuestros sentimientos, de manera que cuando sintamos rabia, envidia, vergüenza o cualquier otro sentimiento, tendremos que hacer un gran esfuerzo para cambiarlo. Conocer esto puede ayudar a que el esfuerzo sea menor a la hora de controlar y modificar determinados sentimientos indeseados. Pasar del inconsciente al consciente nos dota de un arma muy poderosa que tiene mucho que ver con el autocontrol. El autocontrol es un valor muy poderoso. Poseerlo nos dota de un gran aliado para el trabajo, y por supuesto, la vida.